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Calle Santa Fe

Fuentes: Rebelión

Si tienen tiempo, no dejen de ir a verla; si no, búsquenlo, por favor, pero no se la pierdan. Si viven en Barcelona, deberán ir al Maldà, cerca de la plaza del Pi, más pronto que tarde, porque es posible que dure poco en cartelera. Si viven en otras ciudades o en otros lugares del […]

Si tienen tiempo, no dejen de ir a verla; si no, búsquenlo, por favor, pero no se la pierdan. Si viven en Barcelona, deberán ir al Maldà, cerca de la plaza del Pi, más pronto que tarde, porque es posible que dure poco en cartelera. Si viven en otras ciudades o en otros lugares del mundo, y no la proyectan en ninguna sala, reclamen, pidan, exijan, soliciten que la distribución cinematográfica no esté en manos de los de siempre y no distribuyan lo de siempre. No importa que sean miristas o que no lo sean y tengan reservas políticas respecto a su trayectoria, que conozcan la historia del MIR, sus orígenes, sus luchas, su ejemplar combate contra aquella dictadura encabezada por un hombre -«Si eso es un hombre…»- que recibía los halagos del presidente Nixon, del doctor y Premio Nóbel Kissinger y del excelentísimo gurú neoliberal Milton Friedman (Manuel Sacristán, 1982: «[…] por ejemplo, el Ensayo de metodología de un ser como Friedman, para mí odioso, si no estuviera traducido lo traduciría porque es buenísimo»), o que desconozcan todo ello pero quieran aprender en torno a una arista no siempre visible ni analizada de la oculta y ocultada historia de las luchas ciudadanas y populares. No importa si piensan que la cámara de la directoria en demasiado insistente en determinados momentos, si la conductora está más que presente en su propia obra, si tal o cual otro plano es mejorable, si la duración es algo excesiva, si algunas conversaciones no acaban de entenderse, si quedan flecos por cubrir. No importa, no importa nada. Pelillos (microscópicos) a la mar. Si no recuerdan el comentario de Allende a Regis Debray, vayan a verla (da igual si lo recuerdan). Oirán entonces aquellas palabras imborrables: «Yo no tengo guardaespaldas. Compañeros políticos, con los que coincido en ideales y finalidades, cuidan de mi seguridad. Son miristas». Sí, miristas, militantes de otro partido, de un partido que apoyaba críticamente la Unidad Popular y la presidencia de la República. Si no lo saben, como era mi caso, sabrán que Miguel Enríquez habló con Salvador Allende el día del asalto y destrucción del Palacio de la Moneda, que le ofreció la posibilidad de que grupos del MIR fueran a ayudarle a salir del Palacio para continuar la resistencia en zonas populares, en terrenos más favorables para la lucha popular, pero que el Compañero Presidente -con razones que entiende bien el dirigente mirista que explica lo sucedido, su propio sobrino- no acepta, no puede aceptar. Pascual Allende, creo que ese es su nombre, dice, sin pestañear pero con la voz entrecortada, que en aquellos momentos el presidente socialista revolucionario chileno ya había decidido no abandonar la Moneda aunque fuera a costa de su vida. Si lo sabían, verán complacidos momentos de resistencia, gentes que en circunstancias casi inimaginables, se organizan, no ceden, sufren persecución, combaten. Si no lo sabían, sabrán también de la vida de Miguel Enríquez, de su honestidad y sabiduría políticas, de su año de clandestinidad, de su combate a muerte, de su asesinato y el de tantos y tantos otros (y otras y otras y muchas más). Sabrán también, lo verán ustedes claramente, la alegría contagiosa de aquellos años, apenas tres, de libertad, igualdad y construcción del socialismo. Los valores que las imágenes destilan sin apenas pretenderlo: deseo de vivir en paz, solidaridad, compañerismo, ganas de aprender, amar y ayudar, trabajadores y trabajadoras en pie de lucha y dignidad, campesinos que por fin viven y son tratados como seres y no como máquinas productivas. Pero si quieren emocionarse hasta lo imposible, si quieren entender bien si aquello valió o no la pena, si quieren pensar con calma si aquellos jóvenes y no tan jóvenes estaban o no equivocados, si valieron la pena tantos muertos, tantas torturas inenarrables, tantos y tantos sacrificios (atenciones especiales a sus hijos, separaciones familiares), tantas actuaciones políticas aparentemente suicidas como la vuelta del exilio de cuadros y dirigentes del MIR al Chile de finales de los setenta en momentos de brutal represión dictatorial, si queremos meditar sobre todo ello, vayan a verla y escuchen con atención, con el alma en vilo, con la respiración suspendida, notando que por la sangre solo transita la rabia, la indignación y una admiración sin aire contaminado, escuchen decía, el testimonio de los padres de tres jóvenes miristas asesinados, Luisa es el nombre de la madre, dando cuenta de la vida de sus hijos, de los motivos de su militancia, de su sufrimiento, de lo que ellos piensan de todo ello, de lo que para ellos siguen significando sus hijos y sus aspiraciones morales y políticas. Miren sus rostros, miren como uno escucha las palabras de la otra. No controlen el llanto. Y luego recuerden las palabras de Gladis, una dirigente del MIR, que dice como el que no dice nada, que ella no critica a nadie, ni rechaza otros puntos de vista ni critica otros comportamientos, pero que en aquellos momentos, y también ahora, ella creía que no podía usar procedimientos ni actuar de forma privilegiada, que lo que valía para ella tenía que valer para los demás, que no podía ir a refugiarse a una embajada, aunque sí podía hacerlo, porque todo Chile no cabía en las embajadas disponibles. Y piensen también en el llanto emocionado de aquella otra militante que explica que el MIR se convirtió en su familia y cómo al cabo de los años aún no puede entender por qué se disolvió sin más, sin explicaciones claras, con un «hasta aquí hemos llegado y no podemos seguir». Ella podía y quería seguir, quedaba mucho por hacer. Y algunos lo hicieron e hicieron mucho sin ser militantes ni gentes especialmente politizadas. Una mujer, una trabajadora de un estanco, vecina de Santa Fe, cuenta con orgullo, pero tímidamente, sin darle importancia alguna, acaso para complacer y dar ánimos a la entrevistadora, cómo pintó durante la dictadura, ella sola, arriesgándose, sin nadie detrás, en una de las paredes de la calle, sin más motivos que la verdad y el sentimiento, «el MIR vive». Y cómo otro vecino, el mismo día del asalto y del asesinato, que vio a la compañera de Miguel Enríquez, entonces embarazada, herida, caída y destrozada en la calzada, mientras aún seguía el tiroteo de los militares asesinos, llamó a una ambulancia y él mismo acompañó a una vecina herida, casi desconocida para él entonces, hasta el hospital donde fue atendida con la hermosa solidaridad de enfermeros y médicos. Y cómo otra mujer trabajadora, en plena dictadura, acompañada de una amiga suya y de su hijo, se enfrenta a la policía pinochetista, no acepta la prohibición, y se acerca, consigue llegar finalmente a un parque, para dejar una rosa en el lugar donde ella sabe que fue asesinado su marido. Quiere que su hijo lo vea y no olvide. Y si van a ver «Calle Santa Fe», oirán también el testimonio del hermano mayor, mirista también (aunque ello verdaderamente no importa) de la directora. Otro hermano, más joven, que apenas habla pero que dice casi todo con su simple estar, lee admirablemente una carta que su hermano escribió al padre desde la clandestinidad y verán que Christian casi le interrumpe, cómo habla inmediatamente después de haber finalizado su hermano la lectura, para decir que ahora no sabe si lo diría así, que entonces estaban demasiado seguros, que el lenguaje usado es mejorable, que no sabe. Y vacila, y mira a la pantalla, y aparta la mirada. Pero mira de nuevo y nos mira, y nos pregunta con ello y nos explica. Y sus dudas son nuestras seguridades, nuestra rendida admiración por su lucha y por sus dudas que son certezas.

Me olvidaba: la guionista y directora de «Calle Santa Fe» es Carmen Castillo, la combatiente revolucionaria que fue compañera de Miguel Enríquez, el nombre de la revista del MIR era «El Rebelde» (¿les recuerda algo?) y el pueblo chileno y el resto de pueblos del mundo que pensaron y siguen pensando que el intento de transformación socialista de la Unidad popular, la lucha armada del MIR, la resistencia del PC de Chile y de otros grupos políticos, la heroicidad de tantos y tantos pobladores, era -y sigue siendo- un hermoso canto a la esperanza emancipadora, a la dignidad y al internacionalismo, esos ciudadanos (y ciudadanas), admitámoslo con orgullo y admiración, tenían y tienen razón. Son, no lo duden, la sal de nuestra tierra.