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Capitalismo contra ecología: la combinación mortal de pobreza urbana y peligros naturales

Fuentes: Sin permiso

Una villa miseria de los alrededores de Buenos Aires es, quizá, el lugar con el peor fenshui (*) del mundo: está edificada «sobre un antiguo lago, un vertedero y un cementerio, y se halla en una zona inundable». De modo que un asentamiento de este tipo sólo puede calificarse de lugar peligroso y potencialmente dañino […]

Una villa miseria de los alrededores de Buenos Aires es, quizá, el lugar con el peor fenshui (*) del mundo: está edificada «sobre un antiguo lago, un vertedero y un cementerio, y se halla en una zona inundable». De modo que un asentamiento de este tipo sólo puede calificarse de lugar peligroso y potencialmente dañino para la salud: da igual que se trate de un barrio precariamente edificado sobre postes de madera hundidos en los excrementos del río Pasig, en Manila, o de un bustee de Vijayawanada [India], donde «los residentes, teniendo por seguro que cada año las inundaciones desbaratarán sus viviendas, no sólo han pintado los números de las casas en las puertas sino también en cada uno de los muebles».

Los ocupantes de estos lugares trocan su seguridad física y su salud por unos pocos metros cuadrados de tierra y cierta inmunidad contra el desahucio. Son pioneros conquistando pantanos, cauces fluviales inundables, laderas de volcanes, montañas de basura, vertederos químicos y márgenes desérticos. En una visita por Dhaka, Jeremy Seabroke describe cómo un pequeño suburbio -«un refugio para gentes desplazadas por la erosión del suelo, por ciclones, por inundaciones, por hambrunas, o por el mayor creador de inseguridad: el desarrollo»- ha encontrado una especie de compromiso fáustico en un precario saliente rocoso encajado entre una fábrica tóxica y un «lago envenenado». Precisamente por su condición de extrema insalubridad, ese lugar no ofrece atractivo alguno y «está a salvo del aumento de los precios del suelo de la ciudad». Lugares como éste son nichos de pobreza en la ecología de la ciudad, y la gente pobre de solemnidad apenas puede hacer otra cosa que aceptar vivir en estas condiciones desastrosas.

Los suburbios empiezan cuando la geología se hace imposible. Por ejemplo, el avispero de barrios de chabolas que inundan la periferia de Johannesburgo se levanta inexorablemente en un cinturón de suelos dolomíticos inestables contaminados por decenios de excavación minera. Al menos la mitad de la población no blanca de la región vive en asentamientos construidos en zonas de vertidos tóxicos y con grave riesgo de hundimiento. De un modo parecido, los suelos arcillosos de los cerros en los que se erigen las favelas de Belo Horizonte y de otras ciudades brasileñas son propensos a hundimientos y corrimientos de tierras. Las famosas favelas de Río de Janeiro están construidas sobre suelos igualmente inestables compuestos por bóvedas y laderas graníticas que frecuentemente se vienen abajo, a veces con resultados verdaderamente trágicos: 2.000 muertos en corrimientos de escombros en los años 1966-1967, 200 en 1988 y 70 en las Navidades de 2001.

Sin embargo, geológicamente hablando, no hay lugar en la Tierra que aúne más riesgos que el suelo de Caracas. Dos terceras partes de la población de la ciudad vive en suburbios edificados en las laderas inestables de los cerros y en las profundas gargantas que rodean el Valle de Caracas, una zona, además, sísmicamente muy activa. Años atrás, la vegetación fijaba el arenoso esquisto del lugar, pero el desbrozo de la maleza y las construcciones precarias han ido desestabilizando el asiento de las laderas densamente pobladas. La consecuencia ha sido un aumento incontrolable de corrimientos y hundimientos, que han pasado de menos de uno por década antes de 1950 a la media actual de dos o más por mes. Sin embargo, la creciente inestabilidad del suelo no ha arredrado a los colonizadores, quienes ocupan los salientes más precarios de las faldas de los collados, las cuestas por donde desagua la lluvia o las bocas de desfiladeros que se inundan con regularidad.

A mediados de diciembre de 1999 el norte de Venezuela recibió un tremendo aguacero. En pocos días cayó lo que en un año, y casi llegó a saturar el suelo. Piénsese que en algunas zonas la lluvia es vista como un fenómeno que «se da una vez cada 1.000 años». Se estima que las inundaciones repentinas y los desprendimientos de roca en Caracas y en toda la costa caribeña del otro lado de las montañas de Ávila han matado a 32.000 personas, han destruido las casas de 140.000 y han dejado sin trabajo a otras 200.000. Un sacerdote católico no pudo evitar decir que se trataba de un castigo divino por la reciente elección del gobierno izquierdista de Hugo Chávez, pero el Ministro de Exteriores José Vicente Rangel se apresuró a responder: «Qué dios tan terriblemente cruel sería aquel que urdiera su venganza ensañándose con los más pobres».

Los corrimientos de tierras son a la región de Caracas lo que las inundaciones a la región metropolitana de Manila. Situada en un llano inundable semi-aluvial ribeteado por tres cuencas fluviales y proclive a sufrir lluvias torrenciales y tifones, Manila es una cuenca de desagüe natural. Después de 1898, las autoridades coloniales estadounidenses excavaron canales, dragaron esteros y construyeron estaciones de bombeo para achicar las aguas pluviales y proteger las partes centrales de la ciudad. Sin embargo, las mejoras de los últimos años han sido tristemente rebasadas por las cantidades ingentes de vertidos que colapsan desagües y esteros (se cree que el fondo del río Pasig está casi cuatro metros por debajo de la superficie de desechos); por hundimientos debidos a la sobreexplotación de las capas freáticas subterráneas; por la deforestación de las cuencas de Marikina y Montalbán; y, más aún, por la construcción incesante de chabolas en humedales y pantanos.

En otras palabras, la crisis de la vivienda ha transformado el carácter y la magnitud del problema de las inundaciones: la quinta parte más pobre de la población está expuesta a un peligro continuado y a la amenaza de perderlo todo. En noviembre de 1998, por ejemplo, las inundaciones dañaron o destruyeron las casas de más de 300.000 personas, y en otra ocasión el asentamiento de Tatlon quedó sumergido bajo seis metros de agua.

El pacto con el diablo

Los ejemplos de Manila y Caracas ilustran cómo la pobreza acrecienta los peligros geológicos y climáticos. Ciudades ricas edificadas en lugares peligrosos como Los Angeles o Tokio pueden reducir el riesgo geológico o meteorológico mediante colosales obras públicas e «ingeniería avanzada»: estabilización de corrimientos de tierras mediante redes geotextiles y pernos de anclaje; construcción de terrazas y remoción de laderas húmedas; perforación de pozos de drenaje y bombeo de agua de suelos saturados; intercepción de inundaciones mediante pequeños diques y colectores; y canalización de aguas pluviales por vastos complejos de canales y alcantarillado de cemento. Los programas de seguros nacionales por inundación junto con los subsidios mixtos de seguro por terremoto garantizan la reparación y reconstrucción de viviendas en caso de daño masivo.

En cambio, en el Tercer Mundo los suburbios que carecen de agua potable y de canalizaciones de residuos fecales tienen pocas probabilidades de que alguien acuda en su ayuda mediante la ejecución de costosas obras públicas, y menos aún de recibir la cobertura de seguros contra desastres. Dos reputados investigadores sostienen que la deuda externa y el consiguiente «ajuste estructural» promueven una lógica siniestra de «incremento de la productividad, la competitividad y la eficiencia a cambio de un aumento de las consecuencias ambientales adversas, que se concretan en la proliferación de asentamientos cada vez más precarios y peligrosos».

Pero en ocasiones la intervención del Estado puede ser un multiplicador del riesgo. En noviembre de 2001 los distritos pobres de Bab el Oued, Frais Vallong y Meaux Fraisier, en la zona occidental de Argel, sufrieron inundaciones y corrimientos de fango devastadores. Durante 36 horas diluvió sobre las chabolas de las laderas de los cerros y se inundaron los barriadas al pie de las lomas circundantes. Murieron más de 900 personas. Ante la indolente respuesta de las autoridades fueron los propios vecinos, en especial los más jóvenes, quienes iniciaron los trabajos de rescate. Cuando ya habían transcurrido tres días, hizo acto de presencia el presidente Abdelaziz Bouteflika. Los enojados residentes lanzaron toda clase de eslóganes contra el Gobierno. Bouteflika se hizo un flaco favor a sí mismo y al Estado diciendo que el desastre había sido la voluntad de Dios. «Nada podía hacerse», concluyó.

Los vecinos sabían que esto era absurdo. Como los ingenieros inmediatamente señalaron, las viviendas de la ladera habían sufrido un desastre anunciado: «Tenían estructuras muy vulnerables a tormentas fuertes. En todo el país este tipo de construcciones han sufrido muchos daños por lluvia a causa de su estado degradado, reparaciones inadecuadas, envejecimiento y negligencia». Ahondando más en el asunto, cabe decir que gran parte de la destrucción fue consecuencia directa de la guerra gubernamental contra las guerrillas islamistas. Para eliminar los escondites de los insurgentes y sus rutas de huida, las autoridades habían deforestado las colinas que rodean Bab el Oued y habían sellado las alcantarillas. Con los drenajes taponados las aguas pluviales no tenían salida. Además, las autoridades corruptas habían concedido permisos para la construcción de viviendas de mala calidad en los lechos fluviales, enriqueciendo a los contratistas individuales a expensas de la salud de la población.

Más aún que los corrimientos de tierras y las inundaciones, los terremotos son un indicador preciso de la crisis de la vivienda urbana. Aunque algunos terremotos de elevada intensidad afectan a edificios altos -como el que sobrevino en Ciudad de México en 1985-, la destrucción sísmica generalmente se corresponde con extraña precisión con la construcción residencial de ladrillo, tapia o cemento de baja calidad, y esa coincidencia aumenta cuando las viviendas se erigen en pendientes inestables y en suelos propensos a la degradación. La construcción de viviendas informales es un pacto con el diablo cuya cláusula más sutil es el peligro sísmico. Geoffrey Payne insiste en que «si bien la relajación en la exigencia en el cumplimiento de las normas y los estándares en el planeamiento urbano por décadas ha permitido que los pobres de Turquía hayan tenido un acceso relativamente fácil a suelo y servicios en las ciudades, no es menos cierto que esta actitud aplicada a las regulaciones sobre construcción de edificios causó un elevado número de víctimas mortales y una destrucción generalizada en los terremotos del año 1999».

Durante el siglo XX los terremotos destruyeron más de 100 millones de casas, la mayor parte en suburbios, distritos de bloques de viviendas y villas rurales pobres. Con la mayoría de la población urbana del mundo concentrada sobre o cerca de los márgenes de placas tectónicas activas, especialmente en los litorales de los océanos Índico y Pacífico, muchos millones de personas están seriamente amenazadas tanto por terremotos, volcanes y tsunamis, como por oleajes violentos y tifones. Si bien es cierto que el terremotos y el tsunami acontecidos en Sumatra en el año 2004 pueden calificarse de algo insólitos, también es casi seguro que muchos otros ocurrirán durante el próximo siglo. Los gecekondus de Estambul, por ejemplo, son un blanco perfecto para los terremotos que se mueven fatalmente hacía el Oeste por la ‘cremallera’ del sistema de fallas móviles del norte de Anatolia. En el mismo sentido, las autoridades de Lima predicen que al menos 100.000 estructuras -la mayoría de ellas en tugurios y barriadas– se hundirán sin remedio cuando ocurra el gran terremoto que se espera para la próxima generación. En estas ciudades el riesgo sísmico está distribuido de una forma tan desigual que algunos geógrafos radicales acuñaron el término «clasemoto» para designar el sesgado patrón que gobierna la destrucción pretérita y futura.

Nubes mortales y ataúdes voladores

Si los peligros naturales son acrecentados por la pobreza urbana, peligros completamente nuevos y artificiales son creados por las interacciones entre la pobreza, las industrias tóxicas, el caos circulatorio y el desplome de las infraestructuras. En las ciudades pobres se han quebrantado todos los principios clásicos del planeamiento urbano, incluidos los de la preservación de espacios abiertos y la separación entre áreas destinadas a usos potencialmente tóxicos y zonas residenciales.

En su libro sobre las ciudades pobres del Sur, Jeremy Seabrook narra la inexorable marcha hacia el desastre de Klong Toey, una barriada pobre del puerto de Bangkok aprisionada entre dársenas, empresas químicas y autopistas. En el año 1989, una explosión química envenenó a centenares de residentes; dos años más tarde, un almacén de productos químicos saltó por los aires dejando sin casa a 5.500 personas, muchas de las cuales murieron poco después a causa de misteriosas enfermedades. El fuego calcinó 63 casas en 1992, 460 viviendas en 1993 (año en que hubo otra explosión) y varios cientos en 1994. Otros miles de suburbios, incluidos algunos en países ricos, tienen historias parecidas a las de Klong Toey. Son víctimas del ‘síndrome del vertedero’: la concentración en una misma área de actividades industriales tóxicas como el laminado de metales, tintado, abrillantado, esmaltado, reciclado de pilas, moldeado, reparación de vehículos, fabricación de productos químicos y todo aquello que las clases medias jamás aceptarían en sus distritos.

El mundo sólo se da cuenta de que la combinación de pobreza e industrias tóxicas puede resultar fatal cuando se produce una explosión que acaba con miles de vidas humanas. 1984 fue el annus horribilis. En febrero explotó un oleoducto en Cubatao, en el ‘valle de la contaminación’ de Sao Paulo, incinerando a 500 personas de una favela contigua. Ocho meses después explotó, con una deflagración parecida a la de una bomba atómica, una planta de gas natural licuado de Pemex en la colonia de San Juanico de Ciudad de México, matando a más de 2.000 residentes pobres de solemnidad (nunca pudo fijarse el número exacto de muertos).

Apenas habían transcurrido tres semanas desde el holocausto de Ciudad de México cuando una planta de la Union Carbide en Bhopal, la capital de Madhya Pradesh, liberó su tristemente célebre nube mortal de metilisocinato; según un informe del año 2004 de Amnistía Internacional, entre 7.000 y 10.000 personas perecieron de inmediato, y en los años siguientes murieron otras 15.000 a causa de enfermedades relacionadas. Las víctimas fueron los más pobres de entre los pobres, mayoritariamente musulmanes. La planta de envasado de pesticidas se construyó en un lugar en el que ya había habido asentamientos irregulares. A medida que la planta se fue ampliando y pasó a producir pesticidas cada vez más nocivos, a su alrededor fueron floreciendo los bustees. Hasta el instante en que vieron a sus hijos morir por las calles, los pobres moradores de ese suburbio hiperdegradado nada sabían sobre qué se producía en la planta o sobre el peligro apocalíptico que suponía el metilisocinato.

Por otro lado, los habitantes de los barrios pobres son perfectamente conscientes de los peligros que entraña el salvaje tráfico que atasca las calles de la mayor parte de las ciudades del Tercer Mundo. La extensión descontrolada de la urbanización sin la correspondiente inversión social en transporte público o autopistas ha convertido el tráfico en una catástrofe sanitaria. A pesar de haber una congestión insufrible, el uso de vehículos motorizados crece sin parar en las ciudades en vías de desarrollo. En 1980, el número de vehículos del Tercer Mundo significaba un 18% del total; en 2020, se calcula que la mitad de los 1.300 millones de coches, camiones y autobuses -sumados a varios centenares de millones de motocicletas- circularan por las calles y callejas de los países más pobres.

La explosión del parque de automóviles es guiada por poderosas fuerzas que socavan la igualdad. La política de transportes de la mayoría de ciudades es un círculo vicioso en el que el deterioro de la calidad del transporte público fomenta el uso del vehículo privado, y viceversa. El resultado es una auténtica carnicería. Más de un millón de personas -dos tercios de las cuales son peatones, ciclistas y pasajeros- mueren cada año en accidentes de tráfico en el Tercer Mundo. Un investigador de la Organización Mundial de la Salud (OMS) informó que «las personas que durante su vida no han tenido nunca coche corren un grave riesgo». Son especialmente peligrosos los minibuses y los pequeños colectivos, muy a menudo carentes de licencia y sin ninguna clase de mantenimiento. En Lagos los autobuses son conocidos como dangos y molue, ‘ataúdes voladores’ y ‘morgues andantes’. El ritmo a paso de tortuga del tráfico de la mayor parte de ciudades pobres no parece reducir su capacidad mortífera. Aunque coches y autobuses se arrastran por El Cairo a velocidades medias inferiores a los 10 kilómetros por hora, la capital egipcia aún maneja unos índices de siniestralidad anuales de ocho muertos y 60 heridos por cada 1.000 automóviles. En Lagos, donde el residente medio pasa una increíble media de tres horas metido en un insufrible embotellamiento, a menudo pasajeros y conductores de autobús pierden los estribos. De hecho, hay tantos conductores que se suben a los bordillos o circulan en dirección contraria que el Ministerio de Tráfico les ha impuesto la obligación de superar pruebas psiquiátricas y de demostrar que no tienen antecedentes penales. Mientras tanto, en Nueva Delhi, el periódico Hindustan Times recientemente se quejó de que los conductores de clase media raramente se molestan en parar después de atropellar a pedigüeños andrajosos o a niños pobres.

Según la OMS, se estima que el coste económico global de los muertos y heridos en la vía pública es equivalente a «casi el doble del monto total de las ayudas para el desarrollo recibidas de los países ricos». En realidad, la OMS tipifica al tráfico como uno de los peores riesgos que afrontan los pobres urbanos, y pronostica que en el año 2020 será la tercera causa de muerte. Desafortunadamente, China, donde los coches están hurtando el dominio de las calles a ciclistas y peatones, estará en cabeza: solamente en los cinco primeros meses de 2003 casi un cuarto de millón de chinos murieron o recibieron heridas graves en accidentes de tráfico urbanos.

Naturalmente, la motorización rampante está exacerbando la espantosa contaminación ambiental de las ciudades del Tercer Mundo. Miríadas de viejos autos, autobuses desvencijados y camiones que cuentan sus años por décadas asfixian las áreas urbanas con sus letales gases de combustión, mientras los sucios motores de dos tiempos que propulsan pequeños coches emiten diez veces más partículas contaminantes que los coches nuevos. Según un estudio reciente, el aire contaminado es una de las principales causas de muerte en las megaciudades de crecimiento descontrolado como Ciudad de México (300 días al año de dañino smog), Sao Paulo, Nueva Delhi y Pequín. Respirar el aire de Bombay equivale a fumar dos paquetes y medio de cigarrillos diarios, y el Centro para la Ciencia y el Medio Ambiente de Nueva Delhi advirtió que las ciudades de la India «se estaban convirtiendo en letales cámaras de gas».

Los expertos en salud pública nos cuentan que los pobres de las ciudades del Tercer Mundo soportan una ‘doble carga’ de enfermedad: por un lado, las mortales enfermedades infecciosas generadas por los contaminantes urbanos y, por otro, el estrés. Con una cantidad estimada de 1.000 millones de personas habitando en suburbios en todo el planeta (se espera que en 2030 la cifra se duplique), la pobreza urbana por sí misma está creando nuevas ecologías epidemiológicas y allanando el camino a plagas como el VIH-Sida y la gripe aviar. Mucho más aún que en tiempos de Marx y Dickens, los suburbios constituyen hoy el problema sanitario y medioambiental global por excelencia. Y además son el mayor desafío a la solidaridad humana.

Nota

(*) En la sabiduría tradicional china, sistema de leyes que gobiernan la disposición y orientación espacial respecto a los flujos de energía, y cuyos efectos favorables o desfavorables son tomados en cuenta en la localización y diseño de edificios. [N. del T.]