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¿Capitalismo: medidas paliativas o «curación»?

Fuentes: Rebelión

Recientemente el presidente boliviano Evo Morales pidió un verdadero debate sobre las causas de la pobreza y denunció la concentración de la riqueza en los países desarrollados y, dentro de ellos, en unas pocas manos. Además, aseguró que el capitalismo coloca a su servicio el medio ambiente, mediante el saqueo de sus recursos y favorece […]

Recientemente el presidente boliviano Evo Morales pidió un verdadero debate sobre las causas de la pobreza y denunció la concentración de la riqueza en los países desarrollados y, dentro de ellos, en unas pocas manos. Además, aseguró que el capitalismo coloca a su servicio el medio ambiente, mediante el saqueo de sus recursos y favorece a los banqueros mientras perjudica a los pueblos. Sin dudas, es el capitalismo el que causa la extrema pobreza y, por ello, Evo dice que si se quiere erradicar ese problema «se debe acabar con el sistema capitalista».

Es evidente que las condiciones objetivas apuntan a una actualidad histórica para la ofensiva socialista. En ese marco hay que abordar las especificidades del tránsito al socialismo, sus diferentes formas y vías desde la necesidad de resolver las contradicciones entre tener el Gobierno y tener el Poder real para construir una nueva sociedad. A su vez esta tamaña última cuestión se ve condicionada por dos aspectos decisivos: 1) La necesidad de escapar de la trampa del parlamentarismo ya que la alternativa al sistema del capital no se dirime en ese terreno sino en el de la lucha extraparlamentaria dado que es ahí donde se desenvuelve el capital (la fuerza extraparlamentaria por excelencia) y 2) El significado de la violencia en la revolución socialista y el llamado «paso pacífico al socialismo».

La trampa del parlamentarismo

El uso del parlamentarismo en la lucha por el socialismo se planteó en circunstancias históricas defensivas que marcaban la prevalencia del reformismo socialdemócrata frente al ala radicalmente socialista del movimiento obrero. El sistema del capital impuso el «consenso reformista» con el autoconfinamiento parlamentario de la izquierda que renunció a sus principios transformadores. Ya Marx recordaba a los trabajadores que no debían contentarse con la negatividad de «retardar el retroceso» cuando la tarea consistía en «cambiar su dirección»; que no debían aplicar «paliativos» cuando el problema era cómo «curar la enfermedad» y proseguía con el planteamiento de que no basta con participar defensivamente en la «inevitable guerra de guerrillas, continuamente provocada por los abusos incesantes del capital o por las fluctuaciones del mercado»1. Con la crisis estructural del capitalismo y la agudización de la confrontación social, aunque la tendencia defensiva aflore, debemos empeñarnos en una nueva orientación política/ideológica para estar a la altura de las nuevas condiciones objetivas que apuntan a una actualidad histórica de ofensiva socialista.

Ya lo decía proféticamente Rosa Luxemburgo hace mucho tiempo: «…..el parlamentarismo es el caldo de cultivo de todas las tendencias oportunistas ahora presentes en la socialdemocracia occidental….proporciona el terreno propicio a ilusiones tales del actual oportunismo como la sobrevaloración de las reformas sociales, la colaboración entre clases y partidos, la esperanza de un avance pacífico al socialismo, etc….Con el crecimiento del movimiento obrero, el parlamentarismo se convierte en un trampolín para quienes quieren hacer una carrera política. Es por eso que muchos ambiciosos fracasados de las huestes de la burguesía corren a cobijarse bajo las banderas de los partidos socialistas….[El objetivo es] disolver al sector activo, con conciencia de clase, del proletariado, en la masa amorfa de un «electorado»2.

Se confirmó la desviación del movimiento socialista de la clase obrera en el último tercio del siglo XIX, agudizándose, con el éxito parlamentario, la adaptación al capitalismo. Una auténtica victoria pírrica, basada en la idea ilusoria de que el parlamentarismo serviría a los intereses de la clase obrera quedando subordinados estos a los del capital cuyas determinaciones se ejercen precisamente a través del parlamento.

Fue nefasta la división entre lo que István Mészáros llama el «brazo político» y el «brazo industrial». Se restringió a los sindicatos a las disputas laborales estrictamente económicas renunciando a la fuerza política derivada del poder material del movimiento obrero para enfrentar al capital tanto en la lucha por concesiones como por un orden alternativo.

Y lo mismo ocurrió con el llamado eurocomunismo que, como ejemplos, en vez de convertir en realidad la prometida «vía italiana al socialismo» llevó al Partido Comunista de Gramsci a la capitulación liberal burguesa. Así mismo, en el PCE el grupo eurocomunista carrillista, al acabar con la organización sectorializada y en los centros de trabajo, lo convirtió en una estructura organizada únicamente para propósitos electoralistas. El eurocomunismo no planteó ninguna «vía al socialismo», fue una justificación para la conversión de organizaciones de naturaleza revolucionaria en organizaciones electoralistas socialdemócratas.

La clave de esta cuestión es la naturaleza del poder bajo el dominio del capital procediendo interrogarnos sobre la posibilidad de reformar lo incontrolable (el capital) mediante la «conquista del puesto de mando» del sistema con un poder realmente inexistente (el parlamento). Precisamos una estrategia general viable de la clase antagonista estructural del capital (que surja de sus necesidades básicas y cuando el capital ya no hace más concesiones al reformismo) para transformar radicalmente el orden establecido.

Conviene remarcar, como conclusión del primer apartado, que el control de la esfera política no supone el control del poder del capital, precisándose para ello que se acompañe de la esfera de la reproducción material. Solo se puede afectar el poder del capital asumiendo las funciones productivas claves del sistema y con el control sobre los procesos de toma de decisiones políticas a todos los niveles, desde lo local a lo internacional. El parlamentarismo debe ser superado por el movimiento extraparlamentario porque no es posible una reforma política que altere las relaciones de poder materiales dentro de los parámetros del sistema. Para rematar este apartado nada mejor que reivindicar la voz comunista más clara y precisa, la de Lenin: «Solo los canallas o los tontos pueden pensar que el proletariado debe primero conquistar la mayoría en elecciones llevadas a cabo bajo el yugo de la burguesía, bajo el yugo de la esclavitud asalariada, y después conquistar el poder. Esto es el colmo de la estupidez o de la hipocresía; esto es reemplazar la lucha de clases y la revolución por elecciones realizadas bajo el viejo régimen, bajo el viejo poder.»3  

El avance pacífico al socialismo

Partiendo de la actualidad histórica de la ofensiva socialista no podemos olvidar que ningún orden de dominación cede voluntariamente su mando sobre la sociedad (recurriendo incluso a la más violenta represión), aunque el sistema del capital atraviesa una crisis estructural muy seria y también con la confrontación antagónica se puede poner límites al sometimiento por la violencia a un movimiento socialista organizado como movimiento revolucionario de masas. Marx decía al respecto que: «El obrero tendrá que lograr algún día la supremacía política para organizar el trabajo de una nueva manera: tendrá que derrotar la vieja política que sostiene las viejas instituciones….Pero nunca hemos afirmado que esta meta se alcanzaría en todas partes por medios idénticos. Conocemos todas las salvedades que se deben hacer a propósito de las instituciones, costumbres y tradiciones de los diversos países; y no negamos que hay países como los Estados Unidos, Inglaterra, y añadiría Holanda, si conociera mejor sus instituciones, en los que los obreros pueden alcanzar su objetivo por medios pacíficos. Si bien eso es cierto, debemos reconocer también que en la mayoría de los países del continente la palanca de las revoluciones tendrá que ser la fuerza: es a la fuerza a la que tendremos que recurrir algún día para instaurar el reino del trabajo»4.

En este sentido cabe hablar de la violencia representada por la fuerza potencial proyectada en cada caso concreto en la forma adecuada y en el momento preciso de la lucha de clases, de las masas conscientes de sus propios intereses de clase ante la resistencia violenta, larvada o proyectada en acciones represivas concretas, frente al avance del movimiento revolucionario.

Es de nuevo Lenin quien precisa los términos de esta segunda cuestión: «¿Está bien que el pueblo ejerza la violencia contra los opresores del pueblo?. Sí, está muy bien, es la más alta manifestación de la lucha del pueblo por la libertad»5.

Notas

 1. Marx, Salario, precio y ganancia

2. Rosa Luxemburgo, Cuestiones organizativas de la Socialdemocracia Rusa

3. Lenin, Saludo a los comunistas italianos, franceses y alemanes

4. Marx, Discurso pronunciado en la reunión de Amsterdam del 08/09/1872

5. Lenin, El triunfo de los kadetes y las tareas del partido obrero

 

Arturo Borges Álamo, Miembro del colectivo «Punto de Vista Comunista».

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.