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China rechaza la hegemonía estadounidense del G-2

Fuentes: La Jornada

Europa busca la creación de un bloque económico con Estados Unidos para asegurar la preminencia sobre China. (Foto Reuters)Antecedentes: durante el paroxismo de la unipolaridad de Estados Unidos, según Pierre Hillard, especialista francés en relaciones internacionales, el sector privado alemán en el seno de la OTAN lanzó el proyecto hegemónico del G-2: «creación de un […]

Europa busca la creación de un bloque económico con Estados Unidos para asegurar la preminencia sobre China. (Foto Reuters)
Antecedentes: durante el paroxismo de la unipolaridad de Estados Unidos, según Pierre Hillard, especialista francés en relaciones internacionales, el sector privado alemán en el seno de la OTAN lanzó el proyecto hegemónico del G-2: «creación de un verdadero bloque económico euroestadunidense todavía más estructurado que el G-7 (…) para asegurar la estabilidad económica mundial y la preminencia sobre China y los países emergentes» (Réseau Voltaire; 20/5/09).

Con el fin de que el matrimonio euroestadounidense tuviese éxito «Estados Unidos tendría que compartir su liderazgo con su socio europeo», lo cual llega hasta la creación de una moneda común transatlántica, después de haber realizado la doble unificación monetaria (el «amero») y centralbanquista norteamericana entre Estados Unidos, Canadá y México (¡súper-sic!).

Como consecuencia del tsunami financiero global provocado por Wall Street, el eje anglosajón parece haber abandonado a Europa y ahora pretende incorporar como nuevo socio a China al espejismo del G-2, en preámbulo del nuevo orden mundial (ver «Brzezinski: del G-20 al G-2 para cambiar al mundo», Bajo la Lupa; 26/4/09).

Hechos: en la reciente onceava cumbre sino-europea celebrada en Praga, el primer ministro chino Wen Jiabao (WJ) «rechazó (¡súper sic!) el concepto del G-2 que comprende a Estados Unidos y a China», según la reseña de Jian Junbo (JJ) del People’s Daily (29/5/09).

No pudo haber existido mejor selección de parte de WJ que Praga, otrora foco civilizatorio católico que se ha extraviado en el caduco unilateralismo misilístico y teológico de Estados Unidos.

WJ actuó estupendamente ya que cualquier equívoco al respecto puede resultar contraproducente a los intereses globales chinos cuando Pekín ha lanzado vectores multipolares con el resto del mundo y, en particular, con Brasil, con quien ha establecido una complementariedad geoeconómica de alcances estratégicos que ha sacudido las entrañas comerciales del planeta (ver «Brasil y China Desechan al Dólar»; Geoeconomía Mensual; El Financiero; 25/5/09).

JJ puntualiza que es la primera vez que un líder chino ha comentado públicamente la noción del G-2 cuando un buen número tanto de funcionarios (sic) como de centros de pensamiento chinos han puesto en duda la aplicación práctica del neologismo «Chimerica» (simbiosis de «China» y la «América» estadounidense).

La quimera de «Chimerica» es una alucinación más de los desfasados neoliberales anglosajones y hasta de geoestrategas de peso como Zbigniew Brzezinski: ex asesor de seguridad nacional de Carter y ahora muy cercano a Obama, quien impulsó el G-2 el pasado enero durante el trigésimo aniversario del establecimiento de relaciones entre Estados Unidos y China.

JJ evidencia la visión británica del ministro de relaciones exteriores David Milliband, quien «predijo que las próximas décadas China sería uno de los dos poderes que cuentan» y «todo dependía de Europa si deseaba cambiar el G-2 por un G-3».

Los círculos belicosos anglosajones, con vocación mercantilista y/o neoliberal, desechan con la mano en la cintura a potencias (re) emergentes, de la talla de Rusia, India y Brasil, como si a Washington y a Londres les incumbiese solos el diseño divino del nuevo orden mundial en gestación que, por necesidad imperativa, es multipolar y no bipolar; ni siquiera tripolar.

JJ cuestiona la viabilidad de un G-2 que «no ha sido claramente definido» y que busca «establecer la agenda de las relaciones internacionales (…) que se asemejaría a una hegemonía mundial».

Pese a su nuevo estatus, bien ganado a pulso, al haberse colocado en los primeros sitiales de varios rubros de su notable desempeño en el planeta, » China no tiene la capacidad ni el deseo (sic) de convertirse en miembro del G-2″, a juicio de JJ, quien destaca que «China también puede ser vista como un país pobre y subdesarrollado con un PIB per capita, que se encuentra en el ranking global número 104, según datos del Banco Mundial de 2008», lo cual es relativamente verdadero hasta cierto punto.

A nuestro juicio, lo que menos les importa a Wall Street y la City es la enorme disparidad económica y social de China, por lo que la dupla anglosajona ha puesto la mira en capturar sus pletóricas reservas de divisas (las primeras del mundo) para nutrir el parasitismo consuetudinario del neoliberalismo global.

JJ se arroja al suelo sin deseos de que lo recojan para recordar que China es todavía «un país en vías de desarrollo», mientras coloca en relieve «los mayores avances de Estados Unidos en casi (sic) todos los sectores económicos y en el poderío militar y el poder-suave (‘soft-power’)», por lo que «no existe comparación entre China y Estados Unidos en el poderío integral».

El G-2 rebasa la «capacidad y las ambiciones de China», ya no se diga cuando «muchos (sic) académicos chinos temen que en el G-2 China pueda ser enredada en una estructura construida por Estados Unidos y que obligaría a contribuir con mayores aportaciones económicas y sociales superiores a sus posibilidades». JJ agrega que el G-2 atenta contra » los principios básicos de China como el multilateralismo y el deseo de un orden mundial multipolar».

Pregunta en forma ingenua; «¿Quién le ha conferido dado el poder o la autorización a Estados Unidos para crear el G-2?» Como decimos coloquialmente: pues el mismo Estados Unidos «por sus pistolas» unilaterales, sin percatarse de su impotencia global.

En forma romántica, JJ aduce que el G-2 sería rechazado en un » referéndum global» cuando «ningún (¡súper-sic!) país, excepto Estados Unidos, desea ver la emergencia de una pax chimeramericana». Ahora sí que JJ no está actualizado del estado masoquista de ciertos países del planeta y le podemos enumerar muchísimos, entre ellos el «México neoliberal» calderonista.

En resumen: con el G-2 China «dañaría su imagen» y «sería el blanco de los movimientos antihegemónicos y antimperiales», en un contexto de franco «antiamericanismo global», además de «amenazar a la sociedad civil global», por lo que sería mejor optar por el G-20 y la ONU, pese a sus deficiencias.

Concluye juiciosamente que «el G-2 no le haría ningún bien a otros países y potencias, especialmente a las crecientes estrellas (sic) industriales como India, Rusia y Brasil». ¡Olé!

Epílogo: en esta fase de la decadencia multidimensional del eje anglosajón, el G-2 representa, a nuestro humilde entender, una trampa del tamaño de la Vía Láctea que, por fortuna, no se tragan los altos funcionarios ni los académicos chinos.

Y decimos «por fortuna» porque la claudicación de China a los enredos anglosajones del G-2, una unipolaridad encubierta con el fin de salvarse de los infiernos unilaterales que prohijó, aplazaría el imperativamente urgente requilibrio armónico del planeta que teóricamente estaría mejor bajo la multipolaridad plural donde el BRIC (Brasil, Rusia, India y China) tendría mejores oportunidades de florecer.