Trump se ha convertido en un loco peligroso. Ahora se proclamó el mayor guerrero de todos los tiempos: Más grande que Genghis-Khan y que Alejandro Magno. Luego dijo que su poder no tenía límites. En realidad no se sabe bien si Trump está loco o borracho de poder. Pero no hay duda de que su militarismo es peligroso.
Por ese motivo y por temor del resurgir del militarismo japonés que China padeció por 20 años, el pasado lunes China tomó nuevas medidas. El Ministerio de Comercio incluyó a 20 entidades japonesas, entre ellas el Instituto Nacional de Estudios de Defensa, en la lista de control de exportaciones, y a otras 20, como MITSUI E&S Co., Ltd., en una lista de vigilancia. Tras las listas iniciales publicadas el 24 de febrero, esta segunda tanda de designaciones busca frenar con firmeza las temerarias acciones del renaciente «neomilitarismo» de Japón. Con esta medida, China pretende asegurar que Japón pague un precio tangible por cualquier plan aventurero que alimente este «neomilitarismo», haciendo que cada acto provocador sea sumamente doloroso y, en última instancia, contraproducente.
China mantiene su firme compromiso de salvaguardar su propia seguridad, así como la paz y la estabilidad regionales y cuenta con la capacidad suficiente para hacerlo.
A diferencia de la ronda inicial de controles dirigida al sector manufacturero, esta última medida se centra en los institutos de investigación militar y las empresas de apoyo clave, apuntando de hecho al «cerebro» de todo el complejo industrial de defensa de Japón, para frenar la modernización del armamento ofensivo desde su origen: el diseño, la I+D y la evolución tecnológica. Si la publicación de la primera lista sirvió como advertencia inicial, esta última medida indica que China puede, dependiendo de las acciones posteriores de Japón, añadir más entidades vinculadas al sector militar a la lista en cualquier momento, estableciendo así un mecanismo de control sostenible a largo plazo. Japón debería anticiparse a esto.
Según informes de los medios japoneses, las exportaciones a Japón de materiales clave para imanes de alto rendimiento, como el disprosio y el terbio, se han reducido a cero, y el suministro de productos relacionados con el tungsteno también se ha visto interrumpido. Las instituciones japonesas han estimado que si se interrumpieran las importaciones de tierras raras procedentes de China durante un año, sumado a las restricciones sobre los componentes, el PIB real de Japón podría contraerse aproximadamente un 1,3% o alrededor de 7 billones de yenes (43.000 millones de dólares). Estas cifras demuestran la profunda dependencia de los sectores de defensa y manufactura de alta tecnología de Japón respecto a las cadenas de suministro chinas.
Al haber convertido esta dependencia en una «amenaza para la seguridad proveniente de China», Japón no puede esperar que China continúe suministrando provisiones incondicionalmente. China no puede ni permitirá que sus recursos y su mercado alimenten una maquinaria militar que socave su propia seguridad soberana.
China ha jugado sus cartas abiertamente. El objetivo de ambas rondas de medidas de control de exportaciones es el mismo: frenar la «remilitarización» de Japón y sus ambiciones de adquirir capacidades nucleares. Cuando China jugó esta carta por primera vez en febrero, claramente tocó una fibra sensible en Japón. Japón en lugar de rectificar, el Gobierno de Sanae Takaichi ha redoblado la apuesta, intensificando su impulso hacia el «neomilitarismo» y acelerando la «remilitarización» mediante el despliegue de armas ofensivas y el lanzamiento de misiles ofensivos más allá de sus fronteras.
Mientras tanto, en el ámbito internacional, Japón ha explotado los foros multilaterales para distorsionar la verdad y fabricar una narrativa falsa de ser «coaccionado por China», intentando sumar a las naciones occidentales a su causa y promoviendo agresivamente la creación de cadenas de suministro que excluyan a China. La relación de causa y efecto entre las acciones de Japón y las contramedidas de China es evidente.
El militarismo japonés, otrora ideología y sistema de Estado, subordinó la política, y la economía, la cultura, la educación y la vida de sus ciudadanos japoneses a los asuntos militares y las guerras de agresión externa, infligiendo inmensas catástrofes a los pueblos de Asia y del mundo. Con un Trump delirante a la cabeza del Occidente colectivo China no puede saber si el Japón contemporáneo está retrocediendo hacia el militarismo, no depende de si se vuelve a izar la bandera del Sol Naciente para cubrir a Asia. Puede que impulsado por su patrón estadounidense, Japón esté utilizando la maquinaria del Estado para movilizar a la sociedad japonesa hacia la guerra.
Este «neomilitarismo» prescinde de la retórica de la «Esfera de Coprosperidad de la Gran Asia Oriental» y para despistar opta por un lenguaje más moderado: en lugar de hablar de «expansión militar y preparativos bélicos», habla de «fortalecer las capacidades de autodefensa»; en vez de «proyectar poder militar en el extranjero», como antaño, enfatiza la «alianza Japón-EE. UU.»; y en vez de referifrse a «expansión externa», cita la necesidad de «abordar amenazas comunes». Traduce y reformula la lógica de movilización nacional de antes de la guerra, adaptándola a un lenguaje compatible con el sistema de posguerra, aunque impulsa gradualmente su agenda bélica.
Esto es precisamente lo que hace que el «neomilitarismo» estadounidense o japonés sea tan peligroso. Su camino oculto, sistemático y normalizado hacia la expansión militar no solo es más engañoso, sino también más destructivo. A diferencia del militarismo manifiesto del pasado, el actual rearme militar de Japón avanza mediante mecanismos integrales e institucionalizados en múltiples ámbitos.
En este contexto, es particularmente importante recordar a los países indecisos que ningún país o bloque que socave la soberanía, la seguridad o los intereses de desarrollo de China debe esperar que China asuma sola las consecuencias sin sufrir daños. Japón no es una excepción, sino un claro ejemplo y conviene recordarle que así como EEUU no está dispuesto a permitir que Irán se convietta en potencia nuclear porque es vecino de su aliado sionista, China nunca permitirá que Japón se convierta en una potencia nuclear militarista.
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