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Crisis de la globalización: Hillary fustiga la Ronda Doha

Fuentes: La Jornada

La globalización mercantil, de por sí en severos problemas debido a la parálisis de la Ronda Doha, entró en su fase de dilema metafísico cuando la favorita para descolgar la presidencia de Estados Unidos, Hillary Clinton, puso en tela de juicio el proceso mismo. La crisis de la globalización no se va a resolver con […]

La globalización mercantil, de por sí en severos problemas debido a la parálisis de la Ronda Doha, entró en su fase de dilema metafísico cuando la favorita para descolgar la presidencia de Estados Unidos, Hillary Clinton, puso en tela de juicio el proceso mismo. La crisis de la globalización no se va a resolver con la presión de la plutocracia de la Unión Europea, ni mucho menos en la periferia parasitaria de los países emergentes/ detergentes, ya no se diga en los hilarantes cuan delirantes programas de radio de México totalmente sometidos a los dictados neoliberales.

Éste es un asunto de ligas mayores, mejor dicho de serie mundial, cuando ha empezado la revuelta ciudadana en Estados Unidos que la sensibilidad exquisita de Hillary Clinton ha percibido en toda su magnitud. A la senadora neoyorquina le toca lidiar con una nueva fase histórica: «El fin de la era de la globalización», diferente a la fase paroxística del modelo que le correspondió dirigir a su marido Bill Clinton.

Estados Unidos va que vuela al neoproteccionismo bajo la cobertura del «patriotismo (¡súper sic!) económico», que impide a una petrolera estatal china, CNPC, adquirir a UNOCAL, la trasnacional energética estadunidense, que finalmente fue comprada por Chevron-Texaco mediante papel chatarra característico de la desregulada alquimia financiera global. Estados Unidos perdió la guerra de la globalización en todos los frentes: la económica y la mercantil contra China; la energética contra Rusia y la OPEP; y la del software contra India.

Mientras le convino el modelo de la globalización omnímoda en todas sus manifestaciones (financiera, económica, mercantil, energética y de software), la otrora superpotencia unipolar abogaba por un libre comercio irrestricto y desregulado que le aportaba los mayores dividendos y que algunos analistas situaban en jugosas ganancias anuales de un mínimo de un millón de millones (un trillón en anglosajón).

Derrotado en todos los multifrentes de la globalización, solamente quedaba a Estados Unidos el liderazgo indisputable de la globalización financiera, en la cual también ha sucumbido debido al suicidio de sus múltiples burbujas especulativas que la orillaron a la decadencia, en medio de una dolorosa recesión que le hará pagar crudamente todos sus excesos de alquimia bancaria.

Hillary no es más que el reflejo del Zeitgeist (el espíritu de los tiempos) tanto a escala global como doméstica, cuando la sociedad estadunidense vive la resaca de las inevitables corrientes históricas globales que le son notoriamente adversas. Es en este sentido que habría que entender el nuevo posicionamiento de Hillary frente a la Ronda Doha que fustiga sin tapujos.

La Ronda Doha, en el contexto de las negociaciones de la OMC (a la que absurdamente no pertenece Rusia) se encuentra paralizada debido al obstruccionismo bushiano desde la reunión de Cancún en 2003, cuando el norte desarrollado (EU y la Unión Europea) intentó imponer su agenda agrícola unilateral totalmente subsidiada, al sur subdesarrollado (India, Brasil, Sudáfrica y China), al que le exigen la apertura suicida en los servicios.

El canadiense John Ralston Saul, uno de los óptimos filósofos del continente americano, considera que la Ronda Doha no tiene salvación, lo cual contribuye, al unísono de la resurrección de los nacionalismos en el mundo, al Colapso de la globalización, título de su imprescindible libro visionario.

En una entrevista al rotativo portavoz de la globalización (The Financial Times, 2/12/07), la favorita a la presidencia de Estados Unidos, Hillary Clinton, pone en tela de juicio «revivir la ronda Doha» (actualmente paralizada) en caso de alcanzar la primera magistratura.

En forma interesante la senadora Clinton cuestiona la validez de «las teorías económicas que se encuentran detrás de la era de la globalización». Pide un «descanso» para nuevos acuerdos comerciales: «estoy de acuerdo con Paul Samuelson, el muy famoso economista, quien recientemente ha hablado y escrito acerca de la ventaja comparativa, como se entiende clásicamente, y que pueda no ser descriptiva de la economía del siglo XXI en la cual nos encontramos».

Los asertos de la senadora neoyorquina se parecen a los que suelen emitir los nacionalistas mexicanos cuando defiende la «soberanía económica» de la otrora superpotencia unipolar: «Deseo tener una política comercial más integral y meditada para el siglo XXI. No se trata de proteccionismo (¡súper sic!). Es un camino responsable. La alternativa es dejar las cosas como las deja Bush, y ésa no es una opción».

El rotativo británico refiere que el virtual golpe de timón de la candidata a la presidencia se genera en un momento cuando la base del Partido Demócrata se encuentra «escéptico sobre los beneficios de una economía mundial abierta», pero «no ha llegado tan lejos» como su contrincante el senador John Edwards, quien exige la abolición de todos los tratados de libre comercio, incluyendo al nefario TLCAN, curiosamente impulsado por su marido, el ex presidente Bill. Hay que reconocer que la senadora ha fustigado con justa razón aquellos tratados comerciales que no contemplan resguardos ambientales ni laborales.

El diario londinense, portavoz de la globalización, indica que los «señalamientos de la senadora probablemente reforzarán las expectativas de que la política comercial estadunidense cambiará su trayecto en caso de que un candidato demócrata llegue a la Casa Blanca». Exhibe su «preocupación» por el despliegue de los exitosos «fondos soberanos de riqueza» que promueven las empresas estatales de los competidores geoeconómicos de Estados Unidos (ver Bajo la Lupa, 8/8/07): «una amenaza potencial para la soberanía (¡súper sic!) económica de Estados Unidos».

No desea que países como China imiten lo que ha hecho Estados Unidos toda su vida con otros países (en particular con el sumamente endeble México) y sopesa sus desventajas en caso de tener «un gobierno extranjero (¡súper sic!) que controle activos en nuestro país».

Sobre la política doméstica la senadora prometió combatir la pronunciada brecha de desigualdad que ha sido la mayor en la historia de Estados Unidos desde 1929: «como presidente haré que la economía funcione de nuevo para la clase media».

Como que suena a una locura que la polémica teoría unidimensional de la muy desprestigiada «ventaja comparativa» del economista británico David Ricardo (un vulgar apostador en su vida privada poco virtuosa) del siglo XVIII la hayan querido extrapolar cuatro siglos más tarde los fantasiosos neoliberales exotéricos del siglo XXI para una economía multidimensional.

Hasta el parasitario e insolente, ya no se diga mediocre, Consejo Coordinador Empresarial «mexicano» ya arrojó la toalla y no desea saber más de otros tratados de libre comercio que el disfuncional foxismo multiplicó infantilmente.

Son tiempos de la resaca de la globalización, es decir, se vive el «fin de una era» y el inicio de la «desglobalización», y esto una mujer sensata, como la senadora Clinton, lo entiende correctamente cuando Estados Unidos ha perdido el liderazgo del modelo pernicioso que obligó a adoptar por la vía militar y con cobertura de su paraguas nuclear al resto valetudinario del planeta.