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Cuando los pueblos callan, las armas gritan

Fuentes: Rebelión

Los acontecimientos geopolíticos están determinando la vida de las personas de todo el orbe. Desde la guerra en Ucrania comenzada en 2022 y el genocidio en Gaza desde 2023, las sociedades han comenzado una carrera armamentista de difícil pronóstico pero que tiene una vertiente clara: los regímenes en la mayoría de los países se han militarizado, sacando a relucir lo más grotesco de su repertorio, instaurando el miedo y el odio como cotidiano entre la población.

Ya sea en Europa, los Estados Unidos o América Latina, se busca que los pueblos acepten que la contienda es una condición de la que no hay escapatoria; buscan que consientan que se debe invertir el dinero de los ciudadanos en prepararse para la guerra, la que se convierte en una fuente de extraordinario poder económico para las elites.

El control de la población ha llegado a su cúspide mientras redoblan los tambores de batalla, los pueblos languidecen sin actuar o sin saber en qué dirección moverse. Durante pasados conflictos existieron movimientos que se les oponían, incidiendo políticamente para contrarrestar, aunque sea fallidamente, las ansías de lucro que producen los conflictos armados.

La globalización neoliberal prometió que las grandes calamidades producidas por la guerra se acabarían al existir una integración económica profunda entre las naciones; los países en una mutua dependencia buscarían las formas de entendimiento para solucionar sus diferencias.

Ésta como las otras promesas del neoliberalismo no se han cumplido. La desigualdad ha llegado a un punto extremo, las poblaciones empobrecidas intentan huir hacia cualquier parte, pero encuentran la misma miseria. La única promesa que cumplió el neoliberalismo fue la globalización de la pobreza.

Hasta cierto grado es comprensible el inmovilismo en que han caído los sectores populares ante la amenaza de la guerra permanente, los individuos están tan ocupados en intentar sobrevivir que ven en la organización un esfuerzo y un tiempo que no les garantiza el éxito o la esperanza.

La Primera Guerra Mundial movilizó a grandes contingentes de sectores políticos de vanguardia, pacifistas, anarquistas y la clase trabajadora para impedir la conflagración imperialista. La movilización política social por la paz en Vietnam fue un factor político determinante a la hora de terminar con la guerra y la derrota de los Estados Unidos.

En la propia invasión de los EE.UU. contra Irak en el 2003, existió una movilización masiva de oposición en diferentes países. El contraste con el tiempo presente es demoledor, no existe un alzamiento o acciones populares contra la guerra, el control político de la población es total.

Este sometimiento de quienes son llamados a ser la carne de cañón es la principal herramienta con que cuentan los gobiernos de las naciones agresoras, saben que sus actos belicistas no tienen consecuencias políticas. Vemos como en Europa la propaganda de la rusofobia permite la carrera armamentista (5% del PIB en defensa) con una amenaza constante de expandir el conflicto desde Ucrania a todo el continente.

En Ucrania, después de más de cuatro años, la población en proceso de exterminio, no se rebela contra la dirigencia política nacional o europea que lucha hasta el último ucraniano.

El caso del país eslavo es paradigmático en cómo se construye una sociedad militarizada manipulando las pulsiones de odio tanto como los intereses nacionalistas y económicos. Desde el año 2014 se transformó a esa nación en un pueblo que vive y muere por la guerra, desde exacerbar la ideología nazi que alaba y ve en lo bélico la esencia hasta hacer girar al país económicamente hacia el conflicto, viviendo del dinero y las armas entregadas por los EE.UU. y Europa, una sociedad donde Tánatos reina, donde la elite se enriquece groseramente con la corrupción, pero donde algo queda para el ciudadano de a pie, aunque sea la paga del soldado inmolado en el altar del poder.

Una vez que el individuo es enganchado a las fuerzas armadas se convierte en un número, en parte de un organismo al que se le hace imposible la rebelión, aunque esté siendo brutalmente utilizado. Los mecanismos de control son totalizadores logrando la entrega absoluta a una causa corrompida.

Sin embargo, en conflictos anteriores encontramos en las propias filas de los movilizados en las fuerzas armadas una luz de esperanza que indica que en algún momento los individuos pueden reaccionar para lograr incidir o al menos resistir a los intereses de la elite.

En la Primera Guerra Mundial, no fue infrecuente que los oficiales británicos y franceses desaparecieran en la tierra de nadie, eliminados por sus propios soldados que sentían resentimiento al ser obligados a embestir en cargas suicidas sobre las trincheras y ametralladoras alemanas.

Más relevante fue que durante la guerra de Vietnam se acuño el término de fragging (uso de granadas de fragmentación que no dejaban evidencias) para conceptualizar la eliminación de los oficiales estadounidenses que obligaban a misiones suicidas a tropas con baja moral y alto consumo de drogas psicodélicas. El soldado se dio cuenta que el oficial era el portavoz del poder y no un camarada más, que su muerte era un paso trascendente de protesta. Lo extraordinario fue que el aumento de esas prácticas fue una de las razones que llevaron al fin de la guerra, los altos mandos militares y políticos se percataron de que podía existir una rebelión general de la tropa.

En contraposición a los episodios narrados, durante la Segunda Guerra Mundial, un conflicto con claros visos ideológicos en la lucha contra el fascismo y el nazismo, los actos de rebelión y ataques contra los oficiales fueron escasos, pero se trataba de una confrontación que los pueblos podían entender como justa, existencial e imperativa.

La guerra actual y su carrera armamentista – a no ser en países que resisten a la agresión imperial como Irán o Palestina-, la ideología como motivadora político/social no existe. En los EE.UU. su presidente asevera sin reservas, que las acciones bélicas son destinadas a la acumulación de riqueza, especialmente controlar el mercado de los hidrocarburos.

Se hace necesario el regreso de la movilización popular masiva para oponerse a las guerras de codicia y el rearme. Las diferencias entre un ciudadano pobre en Irán, Europa, los EE.UU. o Latinoamérica no existen. El riesgo de la inmovilidad es esperar el turno para ser consumido como carne de cañón o la expansión de la miseria cuando los Estados usan el dinero de nuestros impuestos para financiar guerras infinitas creando una carrera militarista para servir sus intereses espurios.

Hay un cambio de época, eso es seguro, la tecnología tanto como la exacerbación del belicismo nos lo indican, la resistencia es la única forma de vivir con dignidad:

“El mundo sólido en el que ellos se criaron y vivieron se estaba yendo a pique y disolviendo. La nieve caía. Caía sobre aquel solitario cementerio donde yacía Michael Furey enterrado. Caía lánguidamente sobre el universo, lánguidamente como el descenso de su último final, sobre todos los vivos y sobre todos los muertos” (James Joyces, Los Muertos).

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.