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¿De la globalización a la «localización»?

Fuentes: La Jornada

Se ha vuelto una obviedad fastidiosa aseverar que el modelo de la desregulada globalización neofeudal se encuentra fatigada desde hace más de seis años, lo cual expusimos ampliamente en nuestro libro agotado El lado oscuro de la globalización: post-globalización y balcanización (Editorial Cadmo & Europa, 2000). En las entrañas de la globalización sus propios apologistas […]

Se ha vuelto una obviedad fastidiosa aseverar que el modelo de la desregulada globalización neofeudal se encuentra fatigada desde hace más de seis años, lo cual expusimos ampliamente en nuestro libro agotado El lado oscuro de la globalización: post-globalización y balcanización (Editorial Cadmo & Europa, 2000).

En las entrañas de la globalización sus propios apologistas comparten un escepticismo epidémico sobre su devenir. Un economista muy solvente de la talla de Stephen Roach, jefe de economistas del banco de inversiones Morgan Stanley, en tres recientes artículos admite a regañadientes, tras una previa defensa ditirámbica medio año atrás, que la globalización ha entrado en una zona crepuscular de «transición» (11-12-06) y se encamina irremisiblemente hacia su «localización» (07-01-07). Destaca el «traslado de poder» (08-01-07), tema que se volvió redundante en la deprimente reunión anual del Foro Económico Mundial de Davos de 2007.

Roach, ex funcionario de la Reserva Federal, enfatiza las «profundas consecuencias para el ciclo de ganancias que ha acompañado al mundo siempre espumoso de los mercados financieros». Pone de relieve el «giro laboral con entonaciones proteccionistas, que puede representar la prueba sombría de la globalización».

Al solvente economista no se le escapa que la desaceleración de Estados Unidos y China, que «contribuyen colectivamente en más de 60 por ciento al crecimiento acumulado del producto interno bruto (PIB) mundial en los pasados cinco años», sea susceptible de profundizar las tendencias desglobalizadoras. Puntualiza que el «traslado de poder», en especial en el ámbito político, ha tomado vuelo como consecuencia del control del partido Demócrata en el Congreso estadunidense en las elecciones de noviembre, cuyos «impactos políticos en los mercados económico-financieros no deben ser minimizados».

Advierte que el desequilibrio entre «el retorno del capital que se encuentra en sus niveles históricos más altos y la recompensa laboral que se ubica en sus mínimos niveles desde hace 40 años», será revertido por el «movimiento del péndulo hacia el poder político» que «se ha movido hacia la izquierda en Estados Unidos».

El nuevo Congreso empujará la nueva correlación de fuerzas en varios frentes: «el primer aumento en el salario mínimo en 10 años con un aumento de 40 por ciento que pasará del presente 5.15 dólares la hora a 7.25» en los próximos dos años; los «inminentes aumentos a los impuestos a la industria petrolera», y un mayor enfoque a los «excesos de las compensaciones a los ejecutivos», en medio de la «intensificación de presiones proteccionistas».

Aunque los tres artículos de Roach forman un cuerpo común articulado, «De la globalización a la localización» es más definitorio y marca un nítido punto de inflexión de una tendencia ineluctable de «desglobalización» que se encamina hacia la «localización», que define como el «revire político» que destaca el «interés individual de las naciones». Es decir, del interés particular de la plutocracia oligopólica, el mundo industrializado del G-7 pasaría al interés grupal de sus ciudadanos. ¡El giro es dramático!

Las supuestas bondades de la teoría sobre la globalización han fallado en su aplicación justamente en los países industrializados del G-7 plus, cuando los principales beneficiarios han sido los «tenedores del capital», mientras sus principales perjudicados han sido los obreros de cuello azul y los empleados de cuello-blanco: «la participación obrera en el ingreso nacional cayó a un récord de nivel más bajo de 53.7 por ciento hasta la mitad de 2006, mientras la participación de ganancias se disparó a su récord más alto de 15.6 por ciento». Tan sencillo como eso: ¡falló la teoría!

No lo dice, pero aún en el seno del G-7 plus existe profunda inequidad en relación con los obreros y/o empleados, donde Estados Unidos encabeza la desigualdad mayor cuando su segmento laboral dispone de menos resguardos sociales que los otros países tecno-industrializados.

Asienta que la «globalización es una gran teoría, pero no está funcionando como se ha publicitado». Lo más importante: «el sesgo en favor del capital de los impactos de la globalización en los países ricos puede sembrar las semillas de un revire político en favor de la clase obrera en Estados Unidos, Francia, Alemania, España, Italia, Japón y Australia». Omite citar las implicaciones que tendrá en los países en vías de desarrollo, discriminados tanto en el auge como en el declive de la globalización.

El enfoque de Roach se centra más bien en Estados Unidos, que sufrió una sacudida telúrica al «cargarse a la izquierda» en las pasadas elecciones con el control del Congreso por el Partido Demócrata, que abogará por mayores salarios a los trabajadores y empleados, mayores impuestos a los ejecutivos y a las trasnacionales petroleras, y un «mayor escrutinio regulatorio» de los mercados financieros.

Como todo movimiento pendular, que suele ser brusco de un extremo a otro, susurra los «riesgos» de la «localización» que «puede engendrar mayor proteccionismo» con sus conocidas consecuencias financieras, monetarias y bursátiles.

Se embeleza con el artefacto de que el comercio mundial en 2006 alcanzó 30 por ciento del PIB ­tres veces mayor al auge 30 años atrás­ y el mayor crecimiento económico global desde la década de los 70 del siglo pasado, lo cual representa el «gran testamento de los asombrosos éxitos de la globalización» que, «en otros niveles», generó «señales perturbadoras» debido a su «sorprendente asimetría».

Falló la teoría decimonónica del anterior agente bursátil David Ricardo con su simplista cuan reduccionista «ventaja comparativa» (extensiva en su reformulación posmoderna del teorema Heckscher-Ohlin), que, aplicada dos siglos y pico más tarde, desquició al planeta entero y benefició exclusivamente a la plutocracia oligopólica anglosajona (y sus tentáculos deslocalizados en China e India) mientras dañaba a sus propias poblaciones de cuello azul y/o blanco.

Más bien salió airosa la ley de Pareto, también decimonónica, al encumbrar al 20 por ciento plutocrático global y desahuciar al restante 80 por ciento, lo cual ofende y pone en tela de juicio al sistema democrático, donde debe prevalecer el interés grupal mayoritario ante intereses exclusivistas muy particulares y parcelares.

Roach se defiende de propalar una «herejía al desafiar la mayor megatendencia de nuestros tiempos» y, menos aún, «abanderar el deceso de la globalización». Dice «sospechar» que se trata de un «retroceso parcial» y una «desviación a la izquierda del cuerpo político en el mundo industrializado, que emite una vigorosa protesta sobre la extraordinaria disparidad que fracturó el retorno del capital y las compensaciones a la mano de obra», y arroja la pelota del lado del campo de los políticos, con lo que pretende eximir a los financieros y economistas neoliberales de su responsabilidad histórica por el daño irreparable que infligieron a la biosfera con sus espejismos sicóticos: «la extensión de cualquier retroceso es un veredicto en manos de los políticos».

¿El alza al salario en 40 por ciento en Estados Unidos en los próximos dos años salvará a la globalización de su suerte escrita en el muro?