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Presentación “Asociación político cultural Paco Fernández Buey” en Salamanca

De un maestro y un amigo sabio, rebelde, fraternal y bueno

Fuentes: Rebelión

Buenas tardes queridos amigos, queridas amigas. Que Salamanca esté tan cerca de un país tan maravilloso como Portugal y Barcelona, la millor botiga del món, la mejor tienda del mundo según los grandes patricios de la ciudad (y supuestos consistorios de izquierda), esté tan cerca de un mar cada vez más contaminado (los atunes tienen […]

Buenas tardes queridos amigos, queridas amigas.

Que Salamanca esté tan cerca de un país tan maravilloso como Portugal y Barcelona, la millor botiga del món, la mejor tienda del mundo según los grandes patricios de la ciudad (y supuestos consistorios de izquierda), esté tan cerca de un mar cada vez más contaminado (los atunes tienen que decir mucho sobre ello) tiene sus inconvenientes. Uno de ellos no poder asistir a un encuentro, el que estáis celebrando, por el que, como en el bolero de los Panchos, lo hubiera dejado todo o casi todo. La realidad y el deseo no fluyen en este caso armoniosamente.

Estuvimos, además, tan bien, tan maravillosamente bien, en la presentación de la Asociación en Palencia que todos nosotros, el que suscribe, Mercedes, Jordi, Paula, incluso Lluc, un niño de tres años que no para de hablar de aquellos días, todos nosotros, decía, vamos gritando por las calles de la ciudad de los prodigios, eso dicen cuanto menos, una ciudad que Paco tanto hizo suya y que tanto le debe, ¡que vivan los palentinos y las palentinas! Por extensión, y para que no haya envidias entre vecinos afables, ¡que vivan los salmantinos!

A la persona que les está leyendo este texto en un castellano, el suyo, magnífico, y que tanto recuerda al de Nieves y al de Paco, le gusta mucho un chiste que yo suelo explicar, equivocándome una y otra vez. Está inspirado en Zinoviev y al autor de Leyendo a Gramsci le gustaba mucho. Se trata de determinar el sexo de un conejo. Para ello, los seres humanos estamos divididos en dos grupos: los epistemólogos y los científicos. O se es E o se es C, no hay más. ¿Qué haría un científico para resolver la cuestión? Buscaría el animal, lo trataría con cariño, lo tocaría, lo miraría, pensaría con calma y al final, tocando la realidad del caso, diría si conejo o coneja.

¿Y qué haría el epistemólogo? Pues otra cosa. Pondría semblante muy sofisticado, a la Wittgenstein digamos, lo miraría a lo lejos sin aproximarse, nada de mancharse las manos, nada de tocar realidad, pensaría, o haría para que pensáramos que estaba pensando, y exclamaría con tono de decir la última verdad sobre el Ser de todos los entes: si blanco, conejo; si blanca, coneja. Y ya está, resuelto éste y mil problemas semejantes.

Como deben estar riéndose, me paro un instante. En este punto, me solía equivocar: si blanco, coneja; si blanca, conejo. La pura contradicción salía de mis labios.

Sea como fuere, Nieves no se ha equivocado y la cuestión es ahora: ¿y qué hubiera hecho Paco, el autor de La ilusión del método, y de Por la tercera cultura en un caso así? No lo duden: hubiera tocado amorosamente realidad y de paso nos hubiera regalado alguna reflexión lingüística. No olvidemos que Paco fue también discípulo de otro de los grandes, de José María Valverde, un gran filósofo y poeta que hizo lo contrario de lo que hacen muchos: en lugar de irse aceleradamente a la derecha, transitó cada vez más hacia la izquierda.

¿Y por qué Paco obraría así, como científico realista y epistemólogo razonable a un tiempo? Porque Paco siempre fue en serio. ¿Y qué significa ir en serio en este contexto?

¿Tener cara de palo? ¿No reír nunca? Por favor, nada de eso. ¡Ay la sonrisa de Paco! Paco iba en serio porque además de ser una persona culta, sabia, un filósofo de una pieza, un gran crítico literario, un profesor excepcional, un analista político al que no se le escapaba detalle, sabía ver siempre lo esencial, tenía muy claro con quien se jugaba el tiempo que nos ha sido dado: con los desfavorecidos, con las gentes explotadas, con las personas que no soportan este mundo de inequidad y de desigualdades crecientes casi inimaginables. No he conocido a mucha gente que tuviera la sensibilidad que Paco tenía para acercarse a la vida, a las luchas, al sufrimiento de esas personas, de esos compañeros y compañeras. Era uno de los suyos y entendía muy bien su esfuerzo, sus trabajos, su lenguaje y la decisiva importancia de sus prácticas. Eso de ser el gran gramsciano hispánico no era por casualidad.

«No se debe ser marxista (Marx); lo único que tiene interés es decidir si se mueve uno, o no, dentro de una tradición que intenta avanzar, por la cresta, entre el valle del deseo y el de la realidad, en busca de un mar en el que ambos confluyan.» Es una anotación del gran maestro y amigo de Paco, Manuel Sacristán, que a él le gustaba mucho. La encontré en una anotación sobre Coletti, antes de irse a las turbulentas y neoliberales aguas del berlusconismo.

En busca del mar en donde confluyan deseo y realidad. Hacia allí se dirigió Francisco Fernández Buey. Hacia allí nos aconsejó con afabilidad que fuéramos. Hacia allí van ustedes. Hacia allí debemos desplazarnos. ¡Viva la Asociación que lleva el nombre de un gran filósofo internacionalista que estaba a un tiempo por la unión fraternal de los pueblos y su libre autodeterminación! Larga vida a todos ustedes.

Me olvidaba: ¡el cartel del acto es una maravilla! Gracias por él. Como Guevara, como aquel médico imprescindible e inolvidable, también Paco pensaba siempre con su propia cabeza… Y con su generosa alma, con un corazón abierto a todas las causas justas de este mundo grande y terrible.

21 de Febrero de 2014

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de los autores mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes