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El último libro de David González: “Memoria colectiva de una guerra”

Desobediencia de la memoria

Fuentes:

  David González:  Hasta los paranoicos tienen enemigos.  Memoria colectiva de una guerra Editan:  Ediciones La Tapadera  ([email protected]) y Alternativa Antimilitarista-MOC València (retirada@xarxaneta,org) Valencia 2004 (ISBN: 84-95700-67-0)  88 páginas       Este libro es al mismo tiempo una memoria sobre la guerra y una antología de poemas trenzados como cuchillas, y quiso ser escrito […]

 
David González: 
Hasta los paranoicos tienen enemigos. 
Memoria colectiva de una guerra
Editan: 
Ediciones La Tapadera 
([email protected])
y Alternativa Antimilitarista-MOC València
(retirada@xarxaneta,org)
Valencia 2004 (ISBN: 84-95700-67-0)  88 páginas
 

 
 
Este libro es al mismo tiempo una memoria sobre la guerra y una antología de poemas trenzados como cuchillas, y quiso ser escrito -en tiempo real- durante los 21 días que oficialmente duró la guerra de Iraq la pasada primavera, a un ritmo medio de catorce horas diarias de escritura sin medida.
 
Como ya ocurriera en episodios precedentes, el acoso, la guerra y la ocupación de Iraq supusieron -en el paulatino proceso de explicitación del cinismo en el gobierno de España- la instalación en la mentira de una estrategia que aspiraba a un imposible consenso de «pacificación» social. Sin embargo, en pocos episodios como en éste, tantas voces se levantaron para cuestionar la mentira, para ponerla activamente en entredicho, para detener lo inevitable. Organizaciones sociales, movilizaciones ciudadanas y grupos de izquierda -donde el papel tanto de artistas como de escritores fue significativo, pese a sus demasiado ocasionales ambigüedades- alzaron sus voces contra este nuevo tipo de guerra que el Informe Ikle y Wohlsletter del Departamento de Defensa cínicamente describía (para tiempos «nuevos») como «instantánea», «limpia» y «profesional». 
 
Las sucesivas y cada vez más contradictorias versiones «oficiales» de la realidad fueron firmemente cuestionadas por un importante sector de la gente, a pesar de que meses antes fuera filtrado un proyecto de intoxicación elaborado por el Pentágono dirigido a lanzar masivas operaciones secretas «de propaganda bélica» con el fin de influir en la opinión pública de países neutrales y aliados, incluyendo el pago directo de dinero a periodistas extranjeros que pudieran ofrecer una visión positiva acerca de la política exterior del gobierno de EEUU. Por entonces se daba a conocer la existencia de la ‘Oficina de Influencia Estratégica’, la sala de guerra creada por el Departamento de Estado estadounidense con la misión de «cambiar los corazones y las mentes de la opinión pública internacional». Lo que andaba en juego era aceptar o no la infravaloración del precio de la sangre de la población civil iraquí con respecto a las necesidades energéticas y estratégicas del Occidente Democrático; lo que andaba en juego era la supuestamente incuestionable legitimidad de los señores de la guerra, del petróleo y del monopoli global; lo que andaba en fuego era el supuesto valor de la verdad en el territorio abierto de una nueva masacre.
 
Coherente con las renovadas y sofisticadas operaciones de maquillaje procedentes de todas las salas de guerra de nuestro planeta, coherente con la -unas veces sutilísima, otras veces cruelmente explícita- militarización de nuestras sociedades, la lógica del miedo que las administraciones del Norte procuran (no más por garantizar supuestos mercados «estables y abiertos») volvió a reactivarse en las fases previas a la invasión del territorio iraquí, con el vergonzoso apoyo de nuestro gobierno vasallo y local. Sin embargo y sin querer hincar las rodillas, el poeta Antonio Gamoneda recordaba -en una de las multitudinarias manifestaciones ciudadanas del 15 de Febrero- que eran muchas, demasiadas, las voces que exigían a ese mismo gobierno, supuestamente representativo, «que no puede confundir nuestra conciencia con la suya; que lo sepa y que no lo olvide, porque tendrá que rendir cuentas ante el inmenso tribunal que se está formando a partir de esa misma conciencia».
 
Poeta de conciencia crítica precisamente es mi compañero David González, uno de los autores fundamentales de la poesía de resistencia política que se escribe en el Estado español, y cuyo último trabajo estas líneas prologan: un libro insólito, necesario, contra todas las tentaciones del olvido; un libro que -tras su paso minucioso por los sucesos de aquellos 21 días terribles- no podía terminar sino como justamente había querido empezar: con un gesto decisivo de desobediencia ante cualquier emperador. En sus anteriores libros de poesía -El demonio te coma las orejas (Ed. Crecida, 1997); Ley de Vida, (DVD, 1998); Sparrings, (Línea de Fuego, 2000); Sembrando hogueras, (Bartleby, 2001); La carretera roja (Celya, 2002); El hombre de las suelas de viento, (Germanía, 2003)- puede rastrearse esa misma voluntad de no doblegarse y de ayudar a otros a no hacerlo. El emperador anda desnudo, denuncia la literatura de González; su traje nuevo no es más que una mentira, y está cosido a sangre.
 
A sus demostradas acciones de desobediencia coherente (compañero de viaje y amigo suyo, soy testigo de ellas desde hace años, tanto en resistencias del mundo de la poesía en este país como en las de otros mundos no menos terribles), David añade con esta obra un nuevo desplante ante el poder: la desobediencia de quien tercamente se niega a olvidar, la de quien se propone devolvernos la memoria de una guerra que para tantos quedó ya lejos (si no -peor todavía- relativamente justificada), la desobediencia de quien se empeña en seguir escribiendo con tinta roja para que los demás no olvidemos. Cuando el pasado mes de agosto leí este libro por primera vez se me vinieron de golpe aquellas palabras de Arnold Hauser que, en tanto escritor y en tanto ciudadano, tantas veces me han ayudado: «el criterio de la fecundidad de un arte comprometido no estriba en la solución de crisis y conflictos, sino en combatir la ilusión de que, en medio de los peligros y bajo el signo de la catástrofe, todavía se sigue viviendo en un mundo sin peligro alguno». Valgan ellas también para estas páginas corales que David ha escrito, contra la afonía, a jirones en mitad de la tormenta.
 
No es mera casualidad el que este gesto de resistencia convertido en libro se publique ahora a iniciativa de la gente de «Alternativa Antimilitarista – MOC València». La voz indomable de David González merecía ser acogida por estos compañeros y compañeras que, entre otros tantos viajes cómplices, a finales de los 80 me acompañaron en aquella insumisión (eran los tiempos de «la colectiva») tanto al Servicio Militar como a cualquier posible Prestación Sustitutoria futura, los mismos compañeros -quizá fueron cambiando los rostros, pero no su insobornada apuesta por la paz- que hoy me alientan en el sano ejercicio compartido de la objeción fiscal a los gastos militares. Si, hace año y medio, alguno pudo apuntarse al «No a la guerra» desde calculados gestos de autopromoción mediática (hubo casos de éstos, y no pocos entre poetas), los compañeros del MOC fueron precisamente los que mejor entendieron -pagando incluso con penas de prisión- esa fidelidad activa a un compromiso organizado y necesario que lleva años y décadas de recorrido incansable. 
 
Sólo en espacios de participación y creatividad social como el Moviment d’Objecció de Consciència sería posible encontrar -dados de la mano contra tiempos de amnesia- al poeta tercamente resistente y al ciudadano responsablemente insumiso. Sin saber dónde empiece uno, sin saber dónde acabe el otro, este libro que no quiere olvidar es la prueba de ello: que no se nos olvide.