El crimen organizado, al ser parte de los andamiajes de los procesos de acumulación de capital, ni de lejos es un fenómeno que se circunscriba a las escalas territoriales nacionales.
Es un fenómeno en esencia transnacional y parte de los flujos globales que signan al mundo contemporáneo. Sin embargo, el pensamiento residual se obstina en pretender convencer –a través de su complejo mediático/cinematográfico/digital– que el crimen organizado es una anomalía circunscrita al ámbito estrictamente nacional y que los mismos Estados emprenden una cruzada para combatirlo en una lógica de “policías y ladrones”, en una lucha entre “el bien y el mal”. Tampoco se trata de un disputa intra o interregional entre organizaciones criminales que combaten en aras de apropiarse el territorio.
El crimen organizado es el engranaje visible y el lubricante de una esclerotizada arquitectura monetario/financiera global que se fundamenta en la economía subterránea y en la necroeconomía. Lo que provee el crimen organizado es la liquidez y el flujo de dinero en efectivo para sostener procesos de acumulación a gran escala y que enlazan a mercados financieros, sistemas bancarios y amplios segmentos de la economía formal. El crimen organizado no es el lado marginal del capitalismo, la anomalía o la patología de un sistema económico que drena pobreza; es parte consustancial de las estructuras de poder que reproducen la desigualdad y la concentración de la riqueza.
El dinero en efectivo circulando de manera masiva crea estructuras de poder por sí solas que escapan a la fiscalización de los Estados. Además, existe una vinculación estrecha del crimen organizado –y su control del territorio en países como México– con el mercado de la plata y los mercados de valores como la City de Londres. Si se controlan los flujos de plata, se incide en el precio internacional de este metal; precio que es estipulado en la London Bullion Market Association (LBMA).
Que se disminuyan los flujos de minerales como la plata, es un asunto que se disputa en los mercados financieros (Londres, New York, Miami, etc.). Si una organización criminal que garantizaba esos flujos de plata es socavada, se corre el riesgo de que esa reducción de flujos afecte el rumbo del propio mercado de derivados financieros de la City de Londres. De ahí que la “guerra contra las drogas” es solo el espectáculo mediático que encubre e invisibiliza esas dispuestas financieras y monetarias, en el marco de las luchas geopolíticas por reconfigurar el control de las finanzas y de los recursos ilícitos. Lo que parece una disputa entre el Estado mexicano y las organizaciones criminales no es más que una breve manifestación de procesos más amplios relacionados con las transiciones en el sistema monetario internacional y la viabilidad o no del dólar como moneda de referencia; con el control de activos estratégicos como el oro y la plata, y con la hegemonía financiera que pretende ostentar la élite plutocrática liderada por Donald Trump.
Las redes financieras globales que manejan recursos de procedencia ilícita tienen una profunda relación con el crimen organizado transnacional, pues éste funge como un brazo paramilitar que contribuye a controlar territorios dotados de recursos naturales como los minerales. Como organizaciones armadas, las empresas criminales ejercen el control territorial en regiones mineras; al tiempo que usan a la minería ilegal para el blanqueo de activos ilícitos. De allí una primera manifestación del carácter geoeconómico y geoestratégico del crimen organizado.
En cuanto a la minería ilegal destacan las 200 toneladas de mercurio que empresas criminales mexicanas movilizaron –entre el año 2019 y el 2025– a países como Perú, Bolivia y Colombia –donde son controladas por organizaciones armadas– para separar el oro de las piedras con que es extraído (https://shre.ink/AfYX). El estado de Querétaro cuenta con yacimientos de mercurio de los más grandes del mundo. El alza histórica en los precios del oro –precios que también se fijan en la LBMA– incentiva la minería ilegal y la deforestación de bosques en la Amazonía. Se trata de una red transnacional mercantil que declara en las aduanas que el mercurio es un componente para la construcción o la decoración, según el informe Traficantes no dejan piedra sin levantar de la Enviromental Investigation Agency.
La oficialmente llamada “guerra contra las drogas” financia una violencia generalizada para controlar esos territorios dotados de recursos naturales y metales preciosos. A su vez, propicia la reconfiguración de las empresas criminales al interior de algún país estratégico, sin que ello suponga cambios estructurales en torno a la economía clandestina y de la muerte. Se trata de un problema sistémico de la economía mundial y de sus contradicciones profundas; no es un fenómeno que remita a capos y criminales, en tanto el último eslabón de la cadena jerárquica de mando. De ahí que personalizar el problema es para consumo de la prensa convencional, con el fin de crear cortinas de humo.
Si esa lucha contra las drogas fuese real, su énfasis no sería colocado en los cultivos y en las rutas para el tráfico de sustancias ilícitas; el meollo tendría que colocarse en el sistema bancario/financiero, en el blanqueo de activos ilícitos y en los procesos de re-inversión en la economía legal. Que en el caso del HSBC no se llegase a sus últimas consecuencias es solo una muestra de ese desatino premeditado.
Que el crimen organizado lubrique a la economía mundial es un fenómeno de larga data. Tiene sus orígenes en los siglos XVIII y XIX. Las guerras del opio, que devastaron a China en el siglo XIX fueron una muestra de esa concentración de recursos de procedencia ilícita en el imperio británico. Así que lo observado el mundo contemporáneo no escapa a esa tendencia histórica que relaciona orgánicamente al capitalismo con la violencia en múltiples de sus formas.
La lucha por la construcción y control de la significaciones precisa de la mayor compresión de esa relación de los procesos de acumulación de capital con la violencia criminal. La construcción de una economía política del crimen organizado sería solo un primer paso en ese ejercicio de comprensión profunda en aras de identificar los resortes geopolíticos y geoeconómicos de las actividades ilícitas.
Académico en la Universidad Autónoma de Zacatecas, escritor y autor del libro “La gran reclusión y los vericuetos sociohistóricos del coronavirus. Miedo, dispositivos de poder, tergiversación semántica y escenarios prospectivos”. Twitter: @isaacepunam
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