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Pinchadas telefónicas

El Estado omnisciente

Fuentes: Adital

Ni el presidente del STF escapó de la pinchada telefónica. Se supo que Gilberto Carvalho, jefe de gabinete del presidente Lula, había caído en la red de escuchas de la Policía Federal, con ocasión del caso Daniel Dantas.   El año pasado una alta autoridad del gobierno de São Paulo me hizo la confidencia de […]

Ni el presidente del STF escapó de la pinchada telefónica. Se supo que Gilberto Carvalho, jefe de gabinete del presidente Lula, había caído en la red de escuchas de la Policía Federal, con ocasión del caso Daniel Dantas.
 
El año pasado una alta autoridad del gobierno de São Paulo me hizo la confidencia de que, en el estado, había al menos 15 mil teléfonos pinchados. Los ojos y oídos del Big Brother se ensancharon de tal manera que hasta el delegado que obtiene en la Justicia autorización para pinchar acabó teniendo su propio teléfono intervenido.
 
Hoy cualquier vehículo puede llevar, sin que lo sepa el dueño, una etiqueta electrónica llamada RFID (radio frecuency identification) con chips o transponder de radiofrecuencia que transmiten informaciones al pasar delante de un dispositivo de lectura. Basta con poner un chip en el abrigo de una autoridad para conocer todos sus pasos. En algunos países se está pensando incluir un transponder en los documentos de identidad. De este modo se podría conocer la identidad de toda una multitud reunida en una manifestación.
 
Imagínese que se introduce un transponder en una persona, tal como se hace ya con animales. ¿Delirio? Los visitantes asiduos de la discoteca Beach Club, en Rotterdam, se dejan implantar en el brazo un chip del tamaño de un grano de arroz. De ese modo ingresan sin ser molestados por los miembros de la seguridad y no necesitan llevar dinero, pues el consumo, gracias a la lectura electrónica, es debitado automáticamente de su cuenta bancaria.
 
Sin embargo no siempre gana el cazador. En el juego del espionaje muchas veces el tiro sale por la culata.
 
Un ingeniero cubano tomaba el aperitivo en el bar de un hotel de Londres. Le abordó un turista norteamericano, furioso contra el gobierno de Fidel Castro. El cubano se declaró apolítico; estaba allí para averiguar sobre proyectos hoteleros en Cuba financiados por capital europeo. Poco le importaba si en su país había o no democracia. Tenía un buen estilo de vida y su familia estaba feliz.
 
Meses después, en un hotel de Madrid, el ingeniero encontró al mismo usamericano. Esta vez el gringo descubrió su juego: era un coronel retirado que trabajaba para la CIA y monitoreaba agentes dentro de Cuba. Para probar su competencia le enseñó fotos del ingeniero con su  familia reunida de merienda en un parque de La Habana. Y sabía que el ingeniero se ocupaba de la reforma del Palacio de la Revolución, donde Fidel tiene su oficina.
 
Era la época del gobierno de Nixon. Después de larga conversación y la promesa de una recompensa de US$ 100 mil, el ingeniero aceptó introducir un radiotransmisor en la pared de la sala del Consejo de Estado, órgano supremo del gobierno cubano. Sin embargo no quiso regresar a su país con el aparatito.
 
El agente de la CIA le dio una seña y un código. Debe oír la radio Voz de América todos los días en un horario determinado. Cuando tocase determinada música al comienzo y al final de una noticia inocua, sería la señal de que el texto de la noticia contenía el mensaje. Al descodificarla, el ingeniero encontró una piedra en una cantera de obras abandonada. La abrió en casa. Dentro estaba el transmisor.
 
Durante dos años todo lo que se habló en la sala en que se reunía el  Consejo de Estado fue captado en los Estados Unidos. Kissinger, entonces presidente del Consejo de Seguridad usamericano, añadió a la recompensa financiera un reloj Rolex de oro. El ingeniero había hecho un buen trabajo.

Fidel se preparaba para viajar a África. Sabía que la CIA le preparaba otro atentado. En la despedida al pueblo cubano agradeció en público los servicios prestados a la Revolución por el ingeniero. Gracias a él, durante dos años el régimen cubano desinformó a Washington. Todas las conversaciones transmitidas habían sido simuladas.

 
[Autor de «Cartas desde la prisión», entre otros libros. Traducción de J.L.Burguet]

 http://www.adital.com.br/site/noticia.asp?lang=ES&cod=35372