El libro de China Miéville Un espectro recorre el mundo. Sobre el Manifiesto comunista (Akal, 2024) consiste en una completa introducción a la lectura del Manifiesto comunista (1848), de Marx y Engels, que se distribuye en dos partes: el texto introductorio de China Miéville y el propio Manifiesto.

Entonces, dicho esto, qué es lo que puede animar a su lectura a un público lector que seguramente ya conoce el Manifiesto y está sobradamente familiarizado con otras introducciones a la lectura, como las que realizaron Lenin, Althusser, Hanecker… y, entre otras, Manuel Sacristán en “Para leer el Manifiesto comunista”, un texto publicado en 1972. La cuidada edición y la traducción de Juanmari Madariaga podría ser una respuesta o incluso la necesidad de satisfacer algún tipo de raro ‘coleccionismo’ -reconozco que, sin llegar a poseer una colección tan amplia como la de la profesora Adelaide Gonçalves, que posee más de 200 ediciones en diferentes idiomas, más modestamente yo también colecciono Manifiestos-, pero esas no son razones para leer ‘otra’ introducción a la lectura del Manifiesto. Hay otras razones de peso.
La primera razón y la más importante es que se trata de una lectura novedosa. Una novedad que radica en el hecho de que su autor, China Miéville, aparte de ser un teórico marxista, es un escritor de ciencia ficción weird, lo que hace que su lectura sea crítica e imaginativa a la par. La segunda razón, pero también a tener en cuenta, es el propio pensamiento materialista de China Miéville que subyace a toda la obra y que fundamenta en dos aspectos centrales: primero, su crítica al binarismo racional-irracional, con la introducción del aspecto no-racional (sentimientos, emociones, pasiones… forman parte de nuestro ser sin ser exactamente aspectos reducibles a lo racional); y, dos, su noción de apocatopía -realmente ya presente en aquella famosa “Carta al señor Futuro”, de Eduardo Galeano-, una idea que remite a que ante el futuro siempre nos encontramos ante una disyuntiva: o avanzamos hacia el ‘fin del mundo’ (apocalipsis) o hacia un mundo nuevo (utopía), dos opciones que siempre estuvieron ligadas y que son un eco de la disyuntiva propuesta ya en su día por Engels y Rosa Luxemburg entre socialismo o barbarie. Precisamente a esa apocatopía alude la imagen de la cubierta del libro, una litografía de Spassky para el I Congreso de la Internacional Comunista celebrada en 1919, en la que se ve a un remero montado sobre una balsa (en la que se puede leer Manifiesto comunista y Karl Marx en ruso) que capea un fuerte temporal, que llega a poner en peligro los barcos más sólidos (apocalipsis), guiado por el faro de la Internacional (utopía). Es esa la perspectiva que nos permitirá realizar una provechosa introducción a la lectura del Manifiesto de China Miéville.
Bajo esa perspectiva la primera tarea del autor es explicar la razón por la cual Marx y Engels, que había estado trabajando en el año 1847 en unos “Principios del comunismo” -recogidos en el libro en forma de epílogo al texto de China Miéville- y escritos al estilo de los catecismos de la Iglesia católica con una serie sucesiva de preguntas y respuestas, optan por la forma manifiesto; para China Miéville la opción del manifiesto iba a permitir que ‘el texto no solo trabajase sobre los materiales que analiza, sino que va a intentar además que esos análisis trabajen sobre el público lector’. Efectivamente, el Manifiesto, a diferencia de otros formatos -como podría ser un ensayo-, nos interpela, se dirige a nosotros en primera persona y nos anima a actuar: “Proletarios de todos los países, uníos”, un lema que no solo llama a la unidad, ofrece esperanza, algo que ya había interpretado Ernst Bloch, quien sostenía que las personas tenemos un ‘excedente’ no racional que nos impulsa a luchar. Dicho de otro modo, nadie ‘muere por la causa’ por un cálculo racional, lo hace inspirado por un fuerte sentimiento de esperanza en un mundo mejor que solo se puede conseguir mediante la lucha, una lucha que puede implicar la muerte.
No obstante, el libro de China Miéville no se limita a ese análisis de la utopía, la esperanza y lo no-racional, también nos ofrece una lectura ‘clásica’ del Manifiesto, aunque mediada por su pensamiento. Así, a lo largo de las páginas del libro el autor nos obliga a ‘repensar la historia’, nada que no hubiesen hecho ya tantos y tantas marxistas de diferentes ‘ismos’, a la vez que va desmontando viejas lecturas. En este sentido, para China Miéville es fundamental demostrar que efectivamente hay un ‘hilo rojo a lo largo de la historia’, pero ese hilo no está determinado. ¿Qué sentido tendría apelar a la movilización si solo hay que esperar a que ‘los tiempos sean llegados’ y florezca el comunismo en la faz de la Tierra como fruta madura en los árboles? ¡Marx es materialista, pero no mecanicista! Con todo, el autor no se limita a señalar que en Marx ‘habita el fantasma utópico del comunismo que nos anima a luchar’, ese que se manifiesta hacia el final del Manifiesto cuando nos dice que como obreros y obreras no tenemos “nada que perder, solo las cadenas. Pero tenemos un mundo por ganar”.
Asimismo, la lectura que nos ofrece del Manifiesto deshace malentendidos y responde a viejas críticas. En este sentido, para el autor, de la lectura comprensiva -no literal, no escolástica, no reduccionista-, del Manifiesto se desprende que el comunismo lucha contra todas las opresiones, como prueba el hecho de que a lo largo del texto de Marx y Engels hay varias referencias a la opresión de la mujer y a la opresión de las razas no europeas, y China Miéville nos advierte de dos cuestiones fundamentales: primera, el papel de los comunistas “apoyando todo movimiento revolucionario en contra del orden político y social existente”, lo que en su momento incluía a las mujeres y a las razas no europeas, pero que por esa lógica comprensiva en la actualidad incorporaría a otras múltiples formas de opresión que Marx y Engels ni siquiera podían intuir; y, segunda, el hecho de que la lucha contra el sistema deba girar sobre el antagonismo de clase (capital-trabajo), no significa que en la lucha por el comunismo se deba de posponer la lucha feminista o antirracista, significa sencillamente que esas otras luchas si quieren triunfar tienen que ser también anticapitalistas, de lo contrario le estarían haciendo el juego al capital.
En definitiva, la creativa lectura que nos ofrece China Miéville, también nos interpela y anima a la acción al considerar que “cada generación política -y él representa a esa generación de jóvenes formados en la Inglaterra del ‘thatcherismo’ que, considerándose de izquierdas, tenían gustos artísticos, literarios y estéticos que no eran propios de ‘un hombre de izquierdas’ comme il faut.-, debe reencontrarse con el Manifiesto, descubrir en qué enfocarse, encontrar problemas, preguntas, análisis, respuestas, lagunas, aporías y soluciones para su propia época y a partir de ella”. Dejémonos ‘poseer’ por el ‘fantasma del comunismo’ -Laura Marx en su traducción del Manifiesto al francés emplea ‘hante’, que hace referencia a esa posesión por los espíritus, para traducir ‘geht’-, que se ‘manifiesta’ por medio del Manifiesto, disfrutando de la lectura y relectura de este libro.
Este mismo texto también fue publicado en Nuestra Bandera (nº 269, 2025) con el título «El fantasma que nos posee: una nueva lectura del Manifiesto«.
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