La Conferencia de Seguridad de Múnich, es decir, la infame reunión de belicistas, comerciantes de armas y señores de la guerra que se celebra anualmente en la ciudad bávara, se presentaba este año con expectación. No se puede negar que había un clima enrarecido, marcado por los exabruptos y bluffs del loco psicópata que ocupa la Casa Blanca, la difusión de un cierto discurso apocalíptico de ruptura del eje transatlántico y el sentimiento de desamparo y pánico que la más mínima posibilidad de que se produzca una tal ruptura despierta entre las élites políticas y económicas europeas. La aparición de Marco Rubio en el programa, Secretario de Estado de los EE. UU., gusano, neocon y ultracatólico, parecía despertar una mínima esperanza para la temblorosa oligarquía. Su discurso no defraudó.
Rubio empezó haciendo una crítica neocon a las políticas de los países occidentales durante las últimas décadas, que supuestamente habrían confiado demasiado en la diplomacia y que habrían descuidado los ardores guerreros; en definitiva, que habrían «externalizado cada vez más su soberanía en instituciones internacionales, mientras que muchos países invertían en Estados del bienestar en detrimento de su capacidad para defenderse». Por si fuera poco, decía el gusano Rubio –y aquí el discurso neocon se entreteje con el de corte más neofascista–, Occidente se habría autoimpuesto políticas energéticas ruinosas para complacer «al culto climático» y, «en nombre de un mundo sin fronteras», habría abierto sus puertas «a una ola sin precedentes de migración masiva» que amenazaba «la cohesión de sus sociedades, la continuidad de su cultura y el futuro de sus pueblos». Nada nuevo: el mito neo-fascista de la invasión de los bárbaros y el gran reemplazo se naturaliza cada vez más.
Por suerte que bajo la providencial y divina presidencia de Donald Trump, los Estados Podridos de América están decididos a poner fin a una tal decadencia y a liderar una nueva era «de renovación y restauración», «guiados por una visión del futuro tan orgullosa, soberana y vital como el pasado de nuestra civilización». Rubio parece tender la mano a sus repetidamente humillados socios-vasallos: «Aunque estamos dispuestos, si es necesario, a actuar solos, nuestra preferencia y nuestra esperanza es hacerlo con ustedes, nuestros amigos aquí en Europa». Primeros alivios entre el selecto público; primeros orgasmos también.
Hasta aquí, ninguna sorpresa: el discurso de Rubio, norteamericano de origen cubano que pretende destruir el país de sus antepasados, repite todos los tópicos trumpistas; un poco suavizados, eso sí, para que las hipócritas élites europeas puedan masticarlo y digerirlo bien sin demasiados problemas de estómago y de conciencia. A partir de entonces, sin embargo, el gusano Rubio pasa al revisionismo histórico más descarado para justificar el Destino Manifiesto y la hegemonía imperial yanqui. No hay dominación imperialista, ni lucha de clases, ni explotadores ni explotados; solo una sempiterna lucha de la civilización contra la barbarie. Occidente y los otros bárbaros que deben ser colonizados, exterminados, aniquilados por el bien de la humanidad. Una afirmación que no deja lugar a dudas: «Pertenecemos a una misma civilización, la civilización occidental cristiana», según Rubio «una gran civilización que tiene todas las razones para estar orgullosa de su historia». Una historia de conquistas, intervenciones militares, masacres, genocidios, expolio y guerras de exterminio. Una historia, la de Estados Unidos, fundada en el exterminio de la población indígena, la esclavitud y la segregación racista. Por supuesto, no hay ni rastro de ello en el discurso del gusano Rubio; solo se nos presenta la mistificación del espíritu emprendedor y aventurero de los hombres étnicamente europeos y cristianos que llevaron la frontera hasta el Océano Pacífico y colonizaron el mundo entero. Vergüenza y odio es lo que deberían despertar semejantes palabras.
Pero en el esquema historiográfico simplista de uno de los personajes con más poder político del planeta, el despliegue de la historia es una especie de arcadia feliz en que el papel criminal de Occidente se ve elevado al de fuerza benéfica iluminada por Dios: «durante cinco siglos, Occidente no dejó de expandirse»: «sus misioneros, peregrinos, soldados y exploradores abandonaron sus costas para cruzar los océanos, colonizar nuevos continentes y construir vastos imperios por todo el mundo». Pero, ¡ay!, llega la hidra comunista y lo cambia todo. Después de la Segunda Guerra Mundial, la historia gloriosa (ignominiosa, más bien) de Occidente empieza a contraerse y los grandes imperios occidentales entran en una fase de declive irreversible. Según Rubio, «este declive se vio acelerado por las revoluciones comunistas ateas y por los levantamientos anticoloniales, que transformarían el mundo y cubrirían con la hoz y el martillo vastas zonas del mapa».
Qué blasfemia: los desheredados de la tierra desafiando a los Amos del Mundo, desafiando el orden natural de las cosas dictado por Dios todopoderoso. Qué mundo tan maravilloso el de los imperios coloniales, que trajo civilización y progreso a los bárbaros; a golpes de cañones y de fusiles, a base de violencia y crueldad, de explotación y expolio, es cierto, pero tampoco hace falta entrar en este género de detalles, ¿verdad? Por suerte que el imperio yanqui se resistió a tal osadía y detuvo aquel declive inevitable, por suerte que el imperio yanqui se erigió en líder de Occidente y lo salvó de su decadencia y del comunismo ateo. Más orgasmos en la sala: las élites europeas pueden sentirse por fin orgullosas de algo, aunque sea de su maldito pasado imperialista y de haber preservado los privilegios de los amos del mundo.
El guion discurre perfecto hacia su conclusión lógica: una vez suavizadas las líneas de tensión, una vez puesto en primer plano aquello que nos une, la voluntad imperial de dominación; una vez establecido quién tiene la hegemonía, quién es el heredero legítimo del Occidente cristiano, ahora solo hace falta tender la mano y buscar la complicidad y la colaboración necesaria de la decrépita Europa. Rubio quiere evitar los malentendidos: en el fondo, a pesar de las salidas de tono, la dureza y el lenguaje soez, daddy Trump lo único que quiere es el bien de Europa, que el viejo continente sea fuerte y trabaje codo con codo con el imperio yanqui (es decir, que siga sometida a sus designios): «no buscamos separarnos, sino revitalizar una vieja amistad y renovar la más grande civilización de la historia de la humanidad». Es por ello que propone una nueva alianza, «no para gestionar un estado del bienestar mundial y expiar los supuestos pecados de generaciones pasadas», no, sino una «alianza basada en el reconocimiento de que nosotros, Occidente, lo que hemos heredado juntos es único, distintivo e irreemplazable». Europa tiene pues la oportunidad de unirse a los Estados Unidos, que «está trazando el camino hacia un nuevo siglo de prosperidad». Es decir, un nuevo siglo de explotación, dominación, expolio y extorsión imperialista. Más orgasmos de felicidad ya desbordada.
Finaliza el discurso vomitivo y autocomplaciente del representante del imperialismo occidental. Es ovacionado por las élites oligárquicas y militaristas congregadas en la ciudad alemana donde Hitler intentó un putsch fallido en una cervecería allá por 1923. La misma ciudad que había sido el epicentro de la efímera República Soviética de Baviera, reprimida a sangre y fuego por los freikorps bajo las órdenes del primer gobierno socialdemócrata de la historia, en 1919.
La crisis del atlantismo, que nunca fue crisis, la amenaza que pesaba sobre la existencia misma de la OTAN, que nunca fue una tal amenaza, se ha cerrado sin consecuencias aparentes. Los patéticos llorones y lloronas que representan a la clase capitalista europea ya han olvidado los agravios, los exabruptos, las humillantes faltas de respeto y los feos del cada vez más fascista Donald Trump. Todo vuelve a la calma cuando quien habla es un neocon «respetable» como el gusano Marco Rubio, aunque sea un verdadero ignorante y un auténtico ser sin escrúpulos. Es decir, que solo se trataba de esto, de hablar de civilización cristiana compartida, de enmascarar una historia de masacres, guerras imperialistas, exterminios y genocidios, de alzar la eterna espada de Cristo con una mano y, con la otra, la cruz que la justifica.
Las élites políticas y económicas europeas se han conjurado para seguir los pasos que marca el Tío Sam. Ahora se sienten fuertes, amparadas, seguras de que el gran protector de Occidente no las ha abandonado. Bendecirán, como han hecho siempre, los atropellos atroces del hegemón yanqui en América, en Oriente Medio y donde sea; bendecirán la destrucción de Irán y la construcción del Gran Israel; bendecirán lo que tengan que bendecir o callarán de forma rastrera. Ahora ya pueden pasar página de las amenazas de anexión que pesaban sobre Groenlandia (que, por cierto, no deja de ser una colonia danesa), ya pueden seguir gastando decenas de miles de millones en comprar armas norteamericanas para alimentar la guerra de Ucrania y la que vendrá: la nueva operación Barbarroja que se vislumbra en el horizonte.
El destino de la oligarquía capitalista europea y, el de todos nosotros, ha quedado sellado. Guerra, muerte, destrucción: seremos vasallos del imperio yanqui hasta el final o sucumbiremos en el intento de alargar su hegemonía para sacar de ello solo migajas y rebajarnos a la condición de siervos. Quizás ha llegado ya el momento de oponerse a este destino, quizás ha llegado el momento de empezar a destruir el imperio desde dentro. Quizás ha llegado ya la hora de oponer a esta guerra de los Amos del mundo otra guerra, la guerra de clases.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


