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Una síntesis marxista freudiana

El infantilismo capitalista

Fuentes: Rebelión

A modo de advertencia, señalaremos, antes de comenzar nuestra exposición, que con ésta no se pretende causar ofensa alguna a las creencias de quiénes puedan leer éstas líneas. El objetivo del que las escribe no es el de convencer ni el de persuadir sino simplemente el de desarrollar una argumentación sólida en torno al controvertido […]

A modo de advertencia, señalaremos, antes de comenzar nuestra exposición, que con ésta no se pretende causar ofensa alguna a las creencias de quiénes puedan leer éstas líneas. El objetivo del que las escribe no es el de convencer ni el de persuadir sino simplemente el de desarrollar una argumentación sólida en torno al controvertido tema de la fe. Afortunadamente, el que ahora va a exponer sus ideas es sabedor de que en las modernas democracias la intolerancia de otros tiempos es bien menor. Tanto es así que hasta hace no mucho uno hubiese preferido callar a escribir nada sobre el ateísmo. Bien lo señala Freud (1986: 174) cuando nos recuerda que semejantes manifestaciones abreviaban la vida terrenal de su autor y le proporcionaban pronta ocasión de comprobar por sí mismo si existe o no una vida de ultratumba.

Bien que hoy día, en determinados sistemas políticos, la libertad de expresión esté plenamente garantizada, lo cual nos evita el tener que rendir cuentas por nuestras ideas, es notorio el que se tenga, de facto, una imposición ideológica sumamente elevada. Ya sea a través de los medios de comunicación de masas o en la academia, parece sumamente difícil salirse de lo marcado por el establishment sin ser tildado de ideólogo y considerado como carente de técnica y de objetividad, como si el punto de vista dominante, esto es, aquel que está en los centros de poder, no tuviese una ideología bien definida (por mucho que, por ejemplo, la economía parezca haber pasado a ser una rama de las matemáticas aplicadas o la politología una ciencia únicamente técnica en la que las ideas transformadoras no tienen cabida). Aquellos, además, que nos enfrentamos al sistema tenemos un problema añadido: la carga de la prueba recae sobre nosotros. Mientras que sus ideas pasan por ser autoevidentes, las nuestras han de ser exhaustivamente demostradas, con el riesgo además de que cualquier contradicción sea denunciada fuertemente (aunque luego el mismo sistema la incumpla en mayor medida). De ahí, vemos la necesidad de reflexionar en torno al ateísmo, como una forma de lucha contra aquello que se viene llamando pensamiento único y por la urgente necesidad de dar soluciones a una crisis de civilización que cada día se agrava más. 

De esta forma, y sin más dilación, vamos a reflexionar en torno a las ideas de dos de los llamados por Paul Ricœur maestros de la sospecha: Karl Marx y Sigmund Freud (aunque, como se podrá evidenciar, tendremos tiempo de recordar al tercero de ellos, Friedrich Nietzsche). Pretendemos, al servirnos de tan reconocidos pensadores, dar, por un lado, una explicación de las raíces inconscientes de la creencia divina, o lo que es lo mismo, subrayar el porqué de la necesidad del ser humano en creer en un ser superior, lo que nos indicaría que ésta no es más que una ilusión. Por otro lado, nos haremos con las ideas de Marx para demostrar el cómo la religión ha sido -y es- un instrumento de legitimación de un modo de producción dado. Estamos, de nuevo, ante una ficción que responde a unos intereses concretos1. Por último, terminaremos nuestra breve exposición realizando una síntesis de las ideas de ambos autores, lo que nos llevará a exponer tres conclusiones que por el momento preferimos reservarnos.

Freud, en su apasionante El porvenir de una ilusión remarca el cómo durante el periodo infantil -marcado por la indefensión- dos sentimientos contrapuestos se combinan y dominan al niño en su relación con los padres: el profundo temor que éstos le inspiran (principalmente el padre) y, paralelamente, la sensación de protección que le otorgan. Ello, de forma análoga, lo podemos ver en el ser humano que, ante sus miedos, provenientes de la inseguridad que le da la naturaleza y el destino (especialmente la certeza de que tarde o temprano morirá2), decide revestirlos de un carácter paternal y los convierte en dioses, conforme a un prototipo infantil (Freud, 1986: 155). Se crean, por tanto, una serie de dogmas que vienen a paliar los miedos del hombre situándose por encima de la razón -a la vez que se extraen de las necesidades propias de ésta. Estamos, en suma, ante ilusiones de carácter infantil, lo que nos anima a considerar la religión como una neurosis colectiva que tiene sus raíces, de la misma forma que en el niño, en la relación edípica con el padre.

Una vez aclarado este punto, es decir, la ilusión de la creencia en Dios, nos vemos empujados a pensar que esas pulsiones de difícil control pueden ser utilizadas de forma interesada. Tanto es así que uno de los discípulos de Freud, Wilhelm Reich, estableció una equivalencia entre la represión sexual y determinados fines políticos. No creía Reich que fuese casualidad el que, por ejemplo, el Papa Pio XII hablase de «refrenar los deseos de los carne»; el que tanto la Iglesia católica como las fuerzas reaccionarias y fascistas tienen la extraña obsesión de censurar todo aquello relacionado con la sexualidad. El objeto de éstos no sería otro que el de producir seres serviles, dóciles, que se ajustan al orden establecido sin cuestionamientos de cualquier tipo. La supresión de la actividad sexual tiene por fin mecanizar a las masas y volverlas incapaces de independencia» (Reich, 1972: 23)

Al exponer el punto de vista de Reich hemos introducido una cuestión esencial: la religión juega manifiestamente un importante papel como legitimadora del orden social existente. Desde un punto de vista marxista, afirmaríamos que ésta se sitúa en un punto clave de la superestructura ideológica, que, como bien es sabido, tiene cierta autonomía propia aunque en última instancia viene determinada por la estructura económica, a la par que la legitima. Cabe pues diferenciar, dos facetas de la superestructura: su parte represiva y su lado ideológico, en el que distinguimos diferentes Aparatos Ideológicos del Estado (Althusser, 1970), desde la religión a los medios de comunicación, pasando por la escuela, la universidad, etc. Éstos últimos son esenciales pues, en términos maquiavélicos, es imposible mantener el poder estatal en el tiempo únicamente a través de las fuerzas represivas. Se hacen absolutamente necesarios los Aparatos Ideológicos del Estado para reproducir y legitimar el modo de producción dominante. Bien que, y es necesario señalarlo, la Iglesia, en las sociedades occidentales, ha perdido parte del poder de influencia del que disponía antaño (siendo sustituido por la educación o los medios de comunicación de masas) ésta ha sido cómplice a lo largo de la historia de las clases dominantes. Como bien recalca Marx: Los principios sociales del cristianismo han justificado la esclavitud antigua, glorificado la servidumbre medieval y si es necesario, están igualmente dispuestos a hacer apología de la opresión del proletariado. Los principios sociales del cristianismo predican la necesidad de una clase dominante y de una clase oprimida y se limitan a expresar el piadoso deseo de que aquella sea caritativa con ésta.

Pasaremos, a partir de este momento, a tratar de atar cabos en torno a las ideas expuestas para llegar a una serie de conclusiones. Para ello, empezaremos con una imagen que crea un importante impacto visual y que nos sitúa en el tiempo y en el espacio. El 14 de febrero de 1990 la nave espacial Voyager 1 tomó, a una distancia de 6000 millones de kilómetros, la fotografía más lejana que tenemos de nuestro planeta. Ello daría pie a que Carl Sagan escribiese su conocido libro Un punto azul pálido viniendo a coincidir con las reflexiones que más de un siglo antes hizo Nietzsche (2005: 57), las cuales transcribiremos pues creemos imposible encontrar palabras mejores: En algún apartado rincón del universo, desperdigado de innumerables y centelleantes sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales astutos inventaron el conocer. Fue el minuto más soberbio y más falaz de la Historia Universal, pero, a fin de cuentas, sólo un minuto. Tras un par de respiraciones de la naturaleza, el astro se entumeció y los animales astutos tuvieron que perecer. Alguien podría inventar una fábula como ésta y, sin embargo, no habría ilustrado suficientemente cuán lamentable y sombrío, cuán estéril y arbitrario es el aspecto que tiene el intelecto humano dentro de la naturaleza; hubo eternidades en las que no existió, cuando de nuevo se acabe todo para él, no habrá sucedido nada. La fotografía de la Voyager 1 es la demostración palpable de las palabras de Nietzsche. No somos más que una mota de polvo en la historia del universo. Iría siendo hora de dejar de considerarse el centro de éste.

Ahora bien, queda hacerse la eterna pregunta ¿Qué hacer? Feuerbach, entiende la religión no solo como una mera proyección infantil sino también como una etapa en el desarrollo humano caracterizada por una fuerte relación de dependencia. La ruptura de estos lazos de subordinación nos llevaría, en términos nietzscheanos, a la muerte de Dios, o lo que es lo mismo en terminología freudiana, a la muerte del padre y a la consiguiente superación de la etapa infantil en pos de una adulta. Si trasladamos esta idea al modo de producción vigente consideraríamos que el capitalismo es un sistema sumamente infantil. En éste, por ejemplo, se suceden las guerras más cruentas o se da una irresponsabilidad generalizada por lo que respecta a la pobreza, estando ello mediatizado a través de unos medios de comunicación que dan al espectador una imagen infantilizada y degradada de sí mismo. Se vende la ilusión al ciudadano -o cliente como ya se le considera en muchos centros de poder- que a través de elecciones esporádicas tiene la llave para poder influir decisivamente en el poder, como aquel -explica Slavoj Žižek- que cree que al pulsar el botón de cerrar las puertas de un ascensor está ejerciendo algún dominio sobre éste cuando en realidad no es más que un placebo.3 Incluso, desde un punto de vista estrictamente económico, los mecanismos de mercado denotan un laissez faire sumamente pueril. No hay más que entrever el funcionamiento de lo que ya se ha calificado como casino financiero internacional para dar cuenta de cómo el mercado se articula en base a normas propias de un juego infantil, en el que las obligaciones y los compromisos -características de un modelo planificador- son dejados de lado en beneficio de la satisfacción inmediata.

Estamos ante un sistema abocado al fracaso, aunque solo sea por la explotación desenfrenada de los recursos naturales y la problemática medioambiental, que habría de verse superado por un sistema en el que el avance de la cultura4, siguiendo el esquema del proyecto ilustrado, haga disminuir al máximo todas las irresponsabilidades, propias de un niño, que han caracterizado a todos los modos de producción existentes hasta el momento. Como señala Freud (1986: 187), el hombre no puede permanecer eternamente niño, tiene que salir algún día a la vida, a la dura vida enemiga, tiene, en palabras de Marx, que ser el ser supremo para el hombre, derrumbar todas las situaciones en que es un ser humillado, esclavizado, desamparado, abyecto para poder dar paso al comienzo de la historia o, como dice Freud, al fin de la infancia de la humanidad.

Resulta, no obstante, fundamental, el no caer en los vicios del pasado a la hora de dar forma a ese nuevo tipo de sociedad. Esto es, a no crear un nuevo dogma, una nueva ilusión que sustituyese a la antigua. El Che Guevara (2010) era sumamente crítico con esos ladrillos soviéticos en los que el partido ya te lo da todo hecho siendo ello lo más antimarxista que hay. Sin ir más lejos, yo no soy marxista, indicaría el propio Marx, queriendo decir con ello que él no era el nuevo creador de una religión, sino más bien todo lo contrario. La teoría de Marx -como más tarde explicaría Lenin (Harnecker, 1977: 232)- no es algo perfecto e intangible sino la piedra angular de la ciencia que los socialistas quieren desarrollar en todas las direcciones, si es que no quieren quedar rezagados en la vida.

De esta forma, conviene señalar que hay que revisar y poner en duda constantemente la ideología propia pues si no se hace se corre el riesgo, como aquel que tiene los cristales de las gafas sucias y lo desconoce, de observar la realidad desde una perspectiva errónea. Cabría entonces atreverse a salir de la caverna, coger los cristales y limpiarlos, para poder avanzar personalmente y en sociedad. La ideología no es para Marx más que puro sueño, pura ilusión. Y ese porvenir de una ilusión del que nos habla Freud no puede estar jamás construido en base a métodos estancos y carentes de crítica. La muerte de Dios– considera Nietzsche- provocará, más tarde, o más temprano, pero inevitablemente, el rechazo de los valores absolutos, de la idea de una ley moral objetiva y universal.

Coincidimos, en definitiva, con Michael Foucault cuando éste nos anima a cuestionarnos todo de forma permanente, a no dar nada por cierto de forma ciega, a mantener una postura crítica ante la vida, a tener una vida sin dependencia alguna construyéndonos a nosotros mismos como diría Sartre, a luchar por la aceptación plena de las diferencias o por vencer ese miedo a la libertad del que nos habla Erich Fromm, a hacer realidad la apreciación de Lenin: Es preciso soñar, pero con la condición de creer en nuestros sueños. De examinar con atención la vida real, de confrontar nuestra observación con nuestros sueños, y de realizar escrupulosamente nuestra fantasía. Sin duda alguna, todo ello se hace más que necesario en un momento en el que contrariar el pensamiento único neoliberal se convierte en un verdadero acto de resistencia, como aquel protagonista de la obra de Ionesco (1959: 246), El rinoceronte, que ante la conversión de todos los humanos a aquel animal gritaba desolado: ¡Contra todo el mundo, me defenderé! ¡Soy el último hombre, lo seguiré siendo hasta el final! ¡Yo no capitulo!

NOTAS

1. Obsérvese como en ningún momento se cuestionará de pleno si uno o varios dioses efectivamente existen sino únicamente la creación de éstos por el ser humano debido a necesidades tanto inconscientes como de legitimación de una forma dada de organización social y económica.

2. Al respecto de la muerte, podemos comprobar el alivio que siente el ser humano al creer que cuando ésta llega empieza la existencia verdadera.

3. Todavía recuerda el que éstas líneas escribe como creyó, de niño durante un corto periodo, que había una estrecha relación entre pulsar el botón de parada del autobús y el que saliese el arcoíris, del mismo modo que el religioso cree en el milagro o el ciudadano medio cree influir en el poder porque, por pura coincidencia, se produjo en cierta ocasión una relación de causalidad entre su deseo y la realidad.

4. Resulta interesante el cómo Freud considera al «gran experimento de cultura emprendido actualmente en el amplio territorio situado entre Europa y Asia» -refiriéndose al naciente Estado Soviético- como un ejemplo en el sentido descrito. Se recomienda, del mismo modo, y sobre este mismo sujeto, la lectura de una entrevista realizada a Santiago Alba Rico por Marcelo Colussi (2008)

Bibliografía

Althusser, Louis. [1970]. Aparatos ideológicos del Estado. Freud y Lacan. Encontrado en: www.iade.org.ar/modules/descargas/visit.php?cid=7&lid=5

Colussi, Marcelo. 2008. «Entrevista a Santiago Alba Rico». Rebelión, 9 de julio de 2008. Obtenido en: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=69837

Freud, Sigmund.1986 [1927]. «El porvenir de una ilusión» en Psicología de las masas. Alianza Editorial. Madrid.

Guevara, Ernesto. 2010. Escritos revolucionarios. Diario Público. Madrid.

Harnecker, Marta. 1977. Los conceptos elementales del materialismo histórico. Siglo XXI Editores. Madrid.

Ionesco, Eugène. 1959. Rhinocéros. Gallimard. Mayenne.

Nietzsche, Friedrich. 2005 [1873]. Sobre verdad y mentira en sentido extramoral. Diálogo. Valencia.

Reich, Wilhelm. 1972. La lucha sexual de los jóvenes. Granica. Buenos Aires.

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