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El irresistible encanto de la mascarilla

Fuentes: Rebelión

¿Quién nos iba a decir, hace tan solo un año, que una especie de tanga para la mitad inferior de la cara –labios, nariz, barbilla– que, a veces, como el niqab saudí, apenas deja más que un resquicio para los ojos, se iba a convertir en la prenda insustituible e incuestionada para toda persona de bien en Occidente?

Aún quedan resistencias, lo sé; gentes que dicen que “no está científicamente demostrada” su eficacia para evitar la transmisión de los virus o que provoca serios inconvenientes en otros ámbitos de la salud; incluso se han hecho algunos estudios serios capaces de encender algunas alarmas1. Algunos –todos sabemos qué clase de gente, no usaré aquí la palabrita– arguyen los titubeos de la OMS y otros motivos, pero es evidente que todo esto es y seguirá siendo descartado, simplemente porque quien pretenda “contrastar científicamente” la obligatoriedad del niqab o del burka no comprende que no se trata de eso; que se trata de otra cosa.

OBSCENIDAD

Lo que me dio la clave para entender el alcance de este asunto fueron las palabras del filósofo coreano-alemán Byung-Chul Han en marzo de 2020, cuando se comprobaba que en Europa ni siquiera disponíamos aún de medios para fabricar y distribuir en masa las mascarillas. En su artículo traducido a los idiomas europeos dominantes y publicado en los periódicos de mayor tirada se explicaba así: “En los países europeos casi nadie lleva mascarilla. Hay algunos que las llevan, pero son asiáticos. Mis paisanos residentes en Europa se quejan de que los miran con extrañeza cuando las llevan. Tras esto hay una diferencia cultural. En Europa impera un individualismo que trae aparejada la costumbre de llevar la cara descubierta. Los únicos que van enmascarados son los criminales. Pero ahora, viendo imágenes de Corea, me he acostumbrado tanto a ver personas enmascaradas que la faz descubierta de mis conciudadanos europeos me resulta casi obscena. También a mí me gustaría llevar mascarilla protectora, pero aquí ya no se encuentran”2. Para Han, pues, se trata de una “diferencia cultural”: nuestro individualismo lleva aparejada la cara descubierta. Mientras que, para él, un oriental no enfermo de individualismo, “la faz descubierta de sus conciudadanos europeos le resulta casi obscena”.

Unos pocos meses de insistente campaña y consiguientes medidas punitivas –denuncias, multas, despidos, encarcelamientos…– han sido suficientes para que el abismo cultural que separa a los individualistas occidentales de los colectivistas orientales se difumine: ahora también para nosotros resulta obscena una cara descubierta.

Obscenas eran las mujeres que enseñaban las rodillas o se atrevían a comprarse un bañador y practicar el “desnudismo” en las playas ibéricas hace cinco o seis décadas. Obsceno resulta hoy, incluso bajo un sol abrasador, enseñar los pies desnudos en China –no lo era vendar los pies de las niñas, hasta que lo prohibió Mao; una práctica que aún pervive marginalmente–. Obsceno nos resulta a todos mostrar nuestros genitales en público; copular o defecar ante la mirada de los demás, costumbre que adoptaron aquellos filósofos locos en la Grecia antigua y que les valió el nombre de kínicos, “perros”. Lo primero que hacían los misioneros europeos cuando se encontraban con una tribu amazónica que no utilizaba ropa, era cubrir sus desnudos cuerpos pues se trataba de una prueba evidente de que aquellos salvajes estaban poseídos por Satanás. Lo obsceno activa un sentimiento de vergüenza insoportable –he soñado, a veces, que voy desnudo por la calle porque había olvidado vestirme por la urgencia de alguna demanda, y la sensación es muy desagradable.

No es obscena para sí mismo la verga hinchada del violador, que se vestirá adecuadamente cuando termine su hazaña, y besará castamente a su mujer y sus hijas, como no lo son las armas fálicas –puñales, pistolas o cañones– cuando se utilizan para destruir al enemigo. Nuestro cuerpo y sus extensiones técnicas no se sienten obscenas cuando se utilizan como arma de poder. Pero esa línea de demarcación es difusa, y utilizamos profusamente la palabra “obsceno” cuando nos referimos a los niños que mueren de hambre, a las niñas violadas, a las madres encinta destripadas… Para el banquero suizo Henry Dunant resultó insoportablemente obscena la contemplación de los cuarenta mil hombres malheridos y abandonados a su suerte tras el enfrentamiento de los ejércitos austriaco, francés y piamontés en Solferino el 24 de junio de 1859, y de su reacción surgió la Cruz Roja. Entonces, aún las guerras se hacían cuerpo a cuerpo, pero eso se acabó en cien años, y no corre tanta sangre en los campos de batalla: una sola bomba lanzada desde un avión bastó para aniquilar más de 100.000 personas al instante y dejar malheridas a muchas más. Hoy, desde un bunker del desierto de Las Vegas un soldado americano dirige drones que bombardearán bodas y bautizos en Afganistán como quien juega en una play station. No creo que a ese soldado le resulte obsceno su trabajo: la distancia y la invisibilidad de vísceras y de sangre desactiva ese sentimiento. Lo mismo que nos resultan obscenas las escenas del matadero de animales, y no el filete que nos comemos ya guisado –las carnicerías de nuestros mercados tienen una estética cada vez más parecida a la de las farmacias.

Volviendo a nuestro cuerpo, son susceptibles de resultar obscenos, en primer lugar, las partes de su superficie con una cualidad semejante a las vísceras: un pene, una vagina, unos labios, unos pezones hinchados… A nadie se le oculta lo problemático de la relación con nuestros propios cuerpos y los de los demás, cuestión que requiere de la “adecuada distancia”; mucho más con las llamadas “zonas eróticas”, aquellas que en su propia percepción o exhibición nos ponen en contacto con profundidades tan inquietantes como difíciles de controlar: parte o residuo de nuestra naturaleza animal. Por eso, el control sobre esas partes –su ocultación y utilización restringida a códigos sociales muy estrictos– ha sido una obsesión para las instituciones encargadas de la disciplina de las costumbres. Aunque de las rigurosas sociedades disciplinarias de los siglos pasados hemos transitado a otras donde las antiguas instituciones se vuelven instigadoras del consumo sin límite y, en él, a la hipererotización de los cuerpos exhibidos como mercancía, sólo una mirada superficial percibe ambos movimientos como contradictorios, pues funcionan, más bien, como capas que se activan de forma alternativa y complementaria.

RESPIRACIÓN

El pulmón sería nuestro órgano vital más “obsceno” ya que es el único que tiene una comunicación directa con el exterior. Los otros cuatro –corazón, hígado, riñones y bazo-páncreas, según la descripción tradicional china, pero equiparable para el caso a nuestra moderna anatomo-fisiología–, no tienen contacto directo con el aire o la piel que, por cierto, en aquella tradición, y no sin fundamento, pertenece al mismo sistema orgánico de los pulmones. La respiración es una de las funciones vitales que no puede ser suspendida sin provocar la muerte inmediata, y que es, a la vez, autónoma y voluntaria. Nuestra respiración es también la función orgánica más plástica y “emocional”: se modifica según nuestro ánimo, así como en función de nuestras prioridades metabólicas. El sistema nervioso autónomo, además de regular dichas prioridades –la desintoxicación que nos recupera en el sueño, por ejemplo– es tan sutil que va alternando la prioridad de la fosa nasal izquierda y derecha cada pocos minutos, sin que nosotros lo percibamos, para priorizar a cada uno de los hemisferios cerebrales. El miedo inhibe o acelera nuestra respiración; y lo mismo ocurre con el resto de las emociones. Por eso, cualquier alteración de la respiración es muestra y condiciona, al mismo tiempo, el estado general del ser humano, y no sólo orgánica o emocionalmente, también e incluso más, a todas nuestras funciones cognitivas o mentales.

Nadie que haya observado su propia respiración o la ajena desconoce que nuestra capacidad respiratoria se haya crónicamente alterada en función de nuestro estado general: no respiramos de la misma manera en un aire o un ambiente emocional enrarecido o tóxico que en un bosque y con una presión social más liviana. El diafragma, que separa y une el tórax y el abdomen es el músculo respiratorio por excelencia –y, como la respiración, es regulado por el sistema nervioso autónomo, siendo a la vez dirigible a voluntad–, se encuentra crónicamente bloqueado en una gran cantidad de personas, quizá en la mayoría, al menos en las horas de vigilia. Dicho bloqueo hace mucho más trabajosa la respiración –el tórax debe moverse, y eso exige un mayor esfuerzo–, que se va viendo progresivamente reducida a una pequeña oscilación de la parte más alta y superficial del tórax. Su efecto: una especie de apatía, congestión y confusión vital, emocional y mental que llamamos “gris”, ligada a una crispación en aumento, a la pérdida de la flexibilidad asociada a la vitalidad: nuestros rostros son cada vez más grises, macilentos.

Como decía, esto resulta obvio para cualquier observador y ha sido amplia y “científicamente” demostrado, pero no van por ahí los tiros. ¿Cómo renunciar a cualquier posibilidad de evitar, aun mínimamente, un contagio que puede resultar mortal para otro si para eso debemos taparnos la boca y la nariz, como lo hace el cirujano durante una operación? ¿No estamos, los que nos resistimos a esa medida indiscriminada, incluso al aire libre, en el lugar de aquellos que se resistían a que las matronas se lavaran las manos antes de atender a los partos y así evitar tantas infecciones mortales? Sí, si se tratara de una medida adoptada con el rigor y la coherencia que exigiría un balance entre pros y contras… Pero los estudios que podrían establecer criterios racionales no llegarán, y la grotesca batalla entre “ciudadanos responsables” y “sociópatas negacionistas” continuará su curso, pues tocamos puntos extremadamente sensibles –obscenos–; pero el asunto no se reduce a esto. Esta nueva prenda ha sido implantada como el fetiche irresistible que es, y los nuevos clérigos de la religión científica, apoyados por cualquier interesado en el control de la población no va a renunciar a semejante artefacto.

MASCARILLA PARA LARGO, QUIZÁ PARA SIEMPRE

La mascarilla –con ese diminutivo que la convierte en tierna y apta para todas las edades– ha llegado para quedarse. Es un signo demasiado poderoso para que ningún sistema de poder pueda renunciar a él fácilmente: la amenaza, más o menos fantasmal o real, recordada por esa cara embozada; la alerta y su consiguiente excepcionalidad que justifica la imposición de una obediencia ciega, no debe ceder.

Además, y aquí radica quizá su valor más eficaz, cuando te pones la máscara entras automáticamente a formar parte del colectivo de ciudadanos responsables y solidarios: eres parte de los inocentes. Lo mismo que, si no la usas convenientemente –sabemos que casi nadie lo hace, siguiendo las normas estrictas de las máscaras sanitarias que han de ser desechadas, o usando filtros más caros y eficaces– te expones ante todos como un ser extremadamente egoísta, irresponsable, asocial. El mensaje de sus apologistas –ninguno que no lo sea tendrá voz en ningún medio no obsceno– viene siempre ligado a la decencia, al mínimo de responsabilidad civil: “Salir de esta situación depende de la responsabilidad individual de todos y cada uno de nosotros”, se nos repite cada día.

De pronto, el que echa leña al fuego de la locomotora que nos conduce aceleradamente al abismo, y el que ha sido expulsado de sus tierras y sus medios de supervivencia por aquél y se ve obligado a vivir en una chabola sin agua corriente en un basurero, quedan automáticamente igualados. Bueno, no exactamente. El que vive expuesto a la contaminación mortal, a las infecciones y al hambre crónicas, será mucho más responsable de la catástrofe, pues es un apestado que está poniendo en peligro nuestra burbuja inmunizada “libre de virus”. Ha cometido el imperdonable delito de no estar muerto todavía.

Simplemente por esto, por la enorme funcionalidad política del principal fetiche actual no se harán estudios rigurosos para valorar pros y contras del uso de la mascarilla en todas y cada una de las circunstancias. Lo mismo que no se hacen estudios para determinar lo que es decoroso u obsceno en cada momento histórico y cada civilización; su funcionalidad cae por su peso en el “sentido común”. Esta máscara es un arma demasiado sabrosa y eficaz, irrenunciable por tanto para los que, más que nunca, deben imponer “medidas sanitarias” para afrontar un colapso que ellos mismos han provocado y continúan alentando.

¡Cuánto me gustaría errar en mi percepción y no resultar tan agorero!

Este artículo se publicó originalmente en euskera en ARGIA y ha sido traducido por el autor al castellano

1 Como el reciente Corona children studies «Co-Ki»: First results of a Germany-wide registry on mouth and nose covering (mask) in children.

2 La emergencia viral y el mundo de mañana. Byung-Chul Han, el filósofo surcoreano que piensa desde Berlín, titulaba El País del 22 de marzo de 2020.