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Sobre El patriarcado del salario. Críticas feministas al marxismo, de Silvia Federici

El otro marxismo sin Marx

Fuentes: Asturbulla

  Creo que es necesario realizar algún comentario sobre este libro que, para el propósito de este análisis, es suficiente con ceñirse solamente a su introducción titulada: «A modo de introducción Marxismo y feminismo: historia y conceptos». Es ya tradicional referirse a Marx, no solo para reinterpretar lo que dijo o no dijo en su […]

 

Creo que es necesario realizar algún comentario sobre este libro que, para el propósito de este análisis, es suficiente con ceñirse solamente a su introducción titulada:

«A modo de introducción Marxismo y feminismo: historia y conceptos».

Es ya tradicional referirse a Marx, no solo para reinterpretar lo que dijo o no dijo en su momento, sino también para criticar los temas que él no trató o por no prever acontecimientos futuros, como esperando que ejerciera de vidente. Por si esto no fuera ya suficiente, ahora nos encontramos con un nuevo modo de interpretar a Marx, como es afirmar justamente lo contrario de lo que él ha dicho, mientras el nuevo marxismo-feminismo se apunta el invento y acierto de corregirlo. Podría afirmarse que se trata no de un marxismo-feminista sino de una especie de fobia que podríamos denominar antimarximo-feminista. De tal modo está planteado este (anti)marxismo-feminista que no se sabe bien hasta qué punto es aconsejable rebatirlo dada su falta de rigor falseando lo más esencial del marxismo, mientras, en cambio, lo relevante y las claves de la aportación marxista quedan anuladas.

Revolución feminista

Todos coinciden en que estamos ante una «crisis sistémica» que, por supuesto, afecta profundamente a nuestra vida y a nuestras relaciones a todos los niveles. Inevitablemente esta crisis económico-social va a marcar nuestra conducta para mal porque, como es de esperar, cuando el «sistema» es perverso en sí mismo y en sus fines, sus resultados también lo serán, salvo que pudiéramos poner freno a sus desmanes de inmediato aunque, de momento, parece difícil cambiar el modelo. El capitalismo acorralado por sus contradicciones, se vuelve tremendamente agresivo, necesita expandirse y lo hace a sangre y fuego tal como estamos viendo en tantas situaciones y en tantos países. Sencillamente necesita rentabilizar el capital acumulado y, no solo esto, sino mantener la tasa de ganancia e incluso incrementarla. También necesita recursos, mercados, mano de obra más y más barata, eliminar competidores (el mayor enemigo de un capitalista es otro capitalista) y, para ello, importa el fin, no los medios. Pensar y pretender actuar en esta jungla de modo unilateral -sectario se podría decir- desde solo el punto de vista feminista creyendo que la revolución puede hacerse en los números pares y no en los impares, o viceversa, no es más que estar del lado del despiste y no del lado de buscar una trasformación del conjunto de esta sociedad capitalista-neoliberal. Desde luego no estamos hablando de la misma crisis ni tampoco vemos que haya coincidencia en las soluciones.

El Capital y marxismo

Cada cuál puede leer e interpretar El Capital como mejor le parezca. El Capital es de los libros más citados y, sin embargo, es de los que menos se han leído (La primera edición en España data de 1931 y su precio era exorbitante). El estudio de la circulación de mercancías y del dinero, la transformación de dinero en capital, los conceptos de valor (valor de uso y de cambio), el plusvalor absoluto y el relativo, la tasa de ganancia y su relación con el capital orgánico (capital constante y variable), la acumulación de capital y el capital originario, la lucha de clases, etc., se pueden pasar por alto, por supuesto, pero entonces no sé bien de qué estamos hablando, pero desde luego no solo no estamos hablando de marxismo sino de algo que es todo lo contrario, de la particular interpretación que Silvia Federici da al marxismo, de federicismo. Como en las facultades que, en general, si se estudia a Marx es para su desprestigio sin más análisis, cuando no con tergiversaciones que contribuyen a crear confusión o a favorecer expresamente al neoliberalismo y a la economía del llamado libre mercado. En este sentido, la aportación y la interpretación que Silvia Federici da en esta introducción es un ejemplo de lo dicho e incluso va más allá, con este «marxismo-feminista» para nada hacen falta los antimarxistas.

Las etiquetas

Están de moda las etiquetas y su utilización sin especificar su contenido. Así no tenemos modo ni de saber qué pasa, por qué pasa y, mucho menos, intentar resolver lo que no sabemos en qué consiste. La lucha, ciertamente, va mucho más allá del feminismo y del patriarcado. La lucha ha de ser contra el «sistema» que es el que origina -y hasta le conviene- las diferencias existentes y estos conflictos internos. Siguiendo con las etiquetas, francamente, no se ve significado alguno a lo de «teoría marxista-feminista», «patriarcado del salario», «jerarquías patriarcales», «patriarcado capitalista», etc., que no solo no nos conducen a nada positivo, sino que enmascaran la verdadera lucha, la lucha de clases, contra el capitalismo devenido ahora en neoliberalismo y principal causante tanto de la situación de crisis como de las diferencias sociales, incluidas las de género.

Reinterpretando El Capital

Está claro que Silvia Federici está por el cambio y contra la crisis, pero lo que no se ve bien es qué cambio pretende, aunque sí parece que la crisis lo es solo para las feministas y que el enemigo a batir no es la «crisis sistémica» sino el «patriarcado capitalista» y las «jerarquías patriarcales». De El Capital dice que solo es aprovechable una parte mientras que rechaza otra y, en general, lo reinterpreta para que el marxismo se acomode y ajuste adecuadamente a las necesidades predeterminadas de este particular modelo feminista recogido en la «teoría marxista-feminista» e, incluso, pone en boca de Marx justamente lo contrario de lo afirmado por éste y por los marxistas más relevantes. Desde luego de Marx (no solo) no aprovecha nada sino es para tergiversarlo y sumarse con ello a los interesados detractores.

Tres clases

Apostar por un «marxismo feminista» o incluso sin marxismo es una opción, pero al mismo tiempo es ponerse al lado de este sistema. Conviene no olvidar que la crisis sistémica es completamente democrática y nada sectaria, no hace distinciones, trata a todos por igual, solo le interesa sacar el máximo beneficio con el menor coste posible, le da igual que trabajen blancos o negros, hombres o mujeres, niños o ancianos. Es más, el capitalismo, si pudiera, prescindiría de lo que Marx denomina «capital variable», de los salarios. El eslogan de que la revolución será feminista o no será, no hace más que perjudicar y confundir a los movimientos sociales, porque la revolución o lo es para todos o para nadie. Y si pudiera serlo para solamente la mitad de la sociedad ¿qué revolución sería? Tal parece, para Silvia Federici, que la sociedad se divide en tres clases -no en dos como señalaba Marx-, en los poseedores de los medios de producción, las feministas y el «patriarcado capitalista» y que la lucha se ha de librar entre feministas y el «patriarcado capitalista», todo ello plagado de matices pseudomarxistas pero olvidando al enemigo común, mejor dicho, al que debiera ser el enemigo común.

La propiedad garantizada

No se trata de dividir el mundo en buenos y malos sino en los que poseen los medios de producción y los que no tienen nada más que su fuerza de trabajo que han de vender como mejor puedan, si pueden, y si no al paro en el que ya hay millones. Parados que son muy necesarios al sistema como amenaza latente al empleo de los que trabajan y, también, para mantener su precariedad. No podemos olvidar que las constituciones de los países neoliberales (incluida la impuesta en el 78) aseguran y garantizan la propiedad pero, para el trabajo, la vivienda, prestaciones sociales, etc., solo aseguran el derecho, mucho derecho, pero nada de garantizarlo.

Pero si la situación ya está muy complicada, Silvia Federici considera «que a nivel mundial se siente la necesidad de un cambio, económico, social y cultural» y, añade, que es importante «tener presentes los principales problemas de la relación entre marxismo y feminismo» como si el marxismo distinguiera de géneros. Olvida Silvia Federici que, desde el punto de vista marxista, la idea de clase es más que esencial para entender de qué va El Capital, el marxismo, y en qué consiste realmente el conflicto político-económico de la sociedad de modo que si olvida que la esencia del conflicto es de clases, entonces no está hablando de marxismo.

Acumulación / precariedad

La crisis sistémica se traduce en una precarización de las condiciones del trabajo asalariado acompañada de crecientes recortes en el conjunto de las prestaciones sociales y de un incremento del paro, todo ello debido a la sobreproducción, por un lado, y a la acumulación de plusvalías (ganancias) que, de ser reinvertidas, tendrían un bajo rendimiento, es decir, un descenso en la tasa de ganancia, tal como predecía Marx. Con la ruina y el cierre de empresas y los correspondientes despidos, que conduce a una mayor concentración de las mismas, se resuelve la crisis de modo provisional y hasta la próxima, sin olvidar un incremento del paro y una mayor precarización de toda la sociedad sin distinción ni de edades ni de género.

Causas y efectos

En la introducción del libro no queda nada claro qué pretende Silvia Federici cuando intenta aclarar los conceptos del marxismo y del feminismo. Pero menos claro resulta aún saber cuáles son las causas originales del malestar, las causas de fondo de los problemas que cita. Una cosa son los efectos y otra son las causas. Por mucho que apostemos por eliminar los efectos nada conseguiremos, nada que no sea obtener una satisfacción tan efímera como engañosa porque todo va a seguir igual, o incluso peor, porque estamos empleando nuestras energías y recursos en dirección equivocada cuando apuntamos a señuelos más que al objetivo real.

Marx como comodín

Silvia Federici utiliza a Marx para bien y para mal, como comodín, pero realmente no da a entender cuáles son las aportaciones que Marx ha realizado al modelo socio-económico. Es más, considera que el capitalismo, la organización del trabajo y las formas de acumulación han cambiado y por tanto la aportación de Marx ha perdido actualidad, caducó en parte, y considera que el feminismo ha dado herramientas para hacer la crítica a Marx partiendo del invento al que ha denominado «teoría marxista-feminista». Esto es posible, pero sería necesario que lo argumentara, cosa que no hace en absoluto. Tal parece que la «crisis sistémica» se ciñe solo al feminismo olvidando a todos los demás. Se olvida de que cuando un barco va a pique, unos primero y otros después, todos van al agua, no hay distinción de categorías, pero todos naufragan. Claro que hay que corregir las diferencias pero yendo a las causas y no malgastando el tiempo en enfrentamientos entre los afectados.

Visión marxista-feminista del progreso

Dice Silvia Federici que tanto Marx como Engels piensan que el desarrollo industrial capitalista es un factor de progreso y que promueve una relación más igualitaria entre hombres y mujeres y que el desarrollo capitalista es necesario porque es una fuente de progreso y, por sí misma, nos lleva a un proceso de emancipación, al igual que el llamado proceso «acelerecionista» que favorece el desarrollo capitalista como factor de emancipación. Después de atribuir a Marx-Engels tan disparatadas afirmaciones, Silvia Federici concluye diciendo que una visión marxista-feminista puede ayudar a liberarnos de algunas ideologías presentes en Marx.

Evolución capitalista

Esta es la apreciación de Silvia Federici sobre la idea que Marx tiene sobre la «emancipadora evolución capitalista», cuando precisamente en el auge de la revolución industrial en Inglaterra, los niños de 10 a 12 años han de trabajar de sol a sol en la mina o en alguna industria no menos insalubre, época en la que limitaban el salario máximo, no el mínimo, y penalizaban tanto al patrón como al trabajador por pagar o cobrar más que el salario máximo. Por otra parte, se ha de reconocer que en esto el capitalismo no hace distinciones, igual le da cómo o quién trabaje, aunque ahora, con la deslocalización, todo se ha trasladado a las maquilas de otros países en donde hay niños, mujeres y hombres con salarios y condiciones de trabajo similares a las de la Inglaterra de hace dos siglos. La esencia del capitalismo es la que es desde el principio y no parece que haya cambiado en nada ni mucho menos que el marxismo haya caducado

Silvia Federici llega a decir que «Marx comparte la idea de que el desarrollo industrial, capitalista, promueve una relación más igualitaria entre hombres y mujeres.» Y, añade, que Marx no se da cuenta de que esto favorecería un nuevo patriarcado.

El salario

Parece que el quid de la cuestión está en el salario según entiende Silvia Federici cuando dice que la dependencia del salario masculino convierte a éste en el supervisor del trabajo de la mujer y que divide a la familia en dos partes, una asalariada y otra no asalariada, creando una situación de violencia latente. Resuelve esta situación convirtiéndola en una reivindicación que el movimiento feminista reclama como contraprestación por las labores domésticas y las de reproducción, como si así recuperara la libertad y, con ella, su emancipación. Pero parece que olvida que el salario es el clavo ardiendo al que se han de agarrar los desposeídos de medios de producción para poder sobrevivir y que el salario masculino que cita, no es producto de ninguna libertad sino el pago por la sumisión del trabajador al poseedor de los medios de producción.

Vale recordar que el salario no hace libre a nadie, si es bueno vivirá mejor y si es precario vivirá precariamente, pero en cualquier caso dependerá de quien se lo pague. Salario pagado por la realización de trabajos penosos e insalubres hasta el pagado por trabajos que implican la renuncia a los propios principios, y siempre con la cláusula de la sumisión, de la no realización de la persona y del despido sin más. Algunos trabajos pueden ser gratificantes pero, en todo caso, no tienen por qué estar relacionados necesariamente con un buen salario. Puestos a buscar independencia por qué no reclamar la renta básica universal, algo que solo podría ser fruto de una conquista social y, por supuesto, no a costa de recorte de otras prestaciones. Sería una buena solución para cubrir las necesidades básicas y, al tiempo, para liberarnos de la esclavitud de tener que estar sometidos a un trabajo con un salario que depende de un empleo inestable y cada vez más precario o de ir al paro. Pero Silvia Federici insiste en que la liberación de las feministas vendrá de la mano de tener un salario.

Hablando de salarios, es esencial distinguir la diferencia entre el «valor de uso» y «el valor de cambio», conceptos con los que Marx inicia, precisamente, El Capital. Valor de uso es la capacidad de un bien para satisfacer necesidades de la vida humana y su cualidad no depende del trabajo necesario para obtenerlo. El valor de cambio es el precio que se ha de pagar por una mercancía a la que se le ha incorporado el trabajo necesario para obtenerla. Ambos bienes tienen en común su utilidad. El valor de uso de un bien ni tiene precio ni es cuantificable, mientras que el valor de cambio sí es cuantificable y tiene precio. Precio que lleva incorporado el trabajo necesario para obtenerlo, más el trabajo no pagado que es el beneficio, es decir, la plusvalía del capital.

Marx

Marx contribuyó con importantes aportaciones a la redefinición de las leyes socioeconómicas y su inter relación (por no hablar del campo de la filosofía y demás). E n el entierro de Marx en 1883 y ante su tumba, Engels, a modo de resumen dijo: «… Marx ha descubierto las leyes del desarrollo de la historia humana…». Así, en el » Prólogo a la Contribución a la Crítica de la Economía Política», Marx dice que e l conjunto de las relaciones de producción forman la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y, que el modo de producción de la vida material, condiciona el proceso de la vida social política y espiritual. Es decir, no es la conciencia del hombre la que determina su ser sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia.

Contrariamente a la opinión de Silvia Federici y a su «teoría marxista-feminista» nada de todo esto ha cambiado, solo que no se puede olvidar que estamos condicionados, inexorablemente, a este modo de producción, al sistema del que no podemos salir, sistema neoliberal liderado e impuesto, precisamente, por Margaret Thatcher, de tal modo que poco importa a los negros que Obama haya gobernado en Estados Unidos o quién dirija, de algún modo la UE aquí, Merkel en Alemania y May en el Reino Unido, para que las reivindicaciones feministas hayan progresado, porque no depende de la persona sino del modo de producción que es el que condiciona el proceso de la vida social y política, y no al revés, tal como dice Marx.

Diferencias sociales

Es evidente que hay discriminación y diferencias sociales y las hay de todo tipo, por diversas causas y con distintos orígenes. Diferencias de género, por supuesto, pero también y no menos graves e importantes, de raza, color, origen social, étnico, emigración, etc. De poco o de nada sirve protestar o denunciar las diferencias sin más, si no se hace una seria apuesta por ver cuáles son las causas, su origen y por qué. Silvia Federici recurre a las etiquetas como justificación y sin otro argumento. De este modo considera que a partir de la «teoría marxista-feminista» ya se puede hablar del enemigo a batir, el «patriarcado capitalista» sin que se sepa muy bien qué significan ambas expresiones y cuáles son sus contenidos, quedando tan incierta su interpretación como su utilidad y, en concreto, sin saber exactamente qué hacer. Eso sí, las feministas no solo son siempre las víctimas, sino que parecen ser las únicas y las mayores víctimas que ni siquiera lo son del sistema, sino de lo que llama el «patriarcado-capitalista.»

A modo de conclusión

Este sistema, este modo de producción capitalista ha nacido con discriminación y con violencia y solo con violencia y discriminación puede mantenerse, es su esencia. La primera violencia y discriminación se establece con el modo de producción, una clase posee los medio de producción y otra clase solo puede trabajar para vivir «vendiendo» su fuerza de trabajo en las condiciones impuestas por el mercado sobre el que tiene bastante difícil ejercer control alguno.

Nuestra sociedad, como parte del sistema, no es ninguna isla en donde la ley sobre la igualdad y la no discriminación importe realmente al sistema. El enemigo no puede buscarse en la ciudadanía ni en el vecino, ni en el color de la piel, ni tampoco en el género. Los planteamientos tan indefinidos y sesgados, como los realizados por Silvia Federici con su «teoría marxista-feminista», «patriarcado del salario», «jerarquías patriarcales», «patriarcado capitalista», etc., no solo no resuelven nada sino que sirven para crear más división y hasta enfrentamiento en los grupos sociales, en las clases sociales de esta sociedad cada vez más precarizada, más neoliberal y con más violencia y discriminación a todos los niveles y, de paso, para favorecer al sistema, a los intereses del neoliberalismo que es el que nos gobierna de hecho y de derecho.

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Fuente: http://asturbulla.org/index.php/temas/opinion/35494-sobre-el-patriarcado-del-salario-criticas-feministas-al-marxismo