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El problema estructural detrás de los «bullshit jobs»

Fuentes: Rebelión

Días atrás leía el artículo de David Graeber sobre los «trabajos de mierda» y me reconocí en cada página. Mi trabajo también es bullshit. Reuniones, llamadas, seminarios, entrenamientos, discursos sobre liderazgo, en 5 años de labor corporativa, he desarrollado expertise en las más innovadoras formas empresariales de perder el tiempo improductivamente. Pero mi instinto materialista tiene un problema con su explicación de por qué existen: Graeber confunde una estrategia de clase con una necesidad estructural, y ese error le cuesta toda la teoría.

El autor argumenta que la existencia de trabajos improductivos es una alianza política de las élites para sostener y perpetuar su hegemonía cultural; es decir, que el capital necesita mantener a la clase trabajadora ocupada no porque su trabajo sea necesario, sino porque el tiempo libre es políticamente peligroso, dado que una clase con tiempo tiende, tarde o temprano, a organizarse. Lo curioso es que el propio Graeber reconoce que esto no debería ocurrir según la lógica del mercado, lo llama explícitamente «el misterio», pero en lugar de seguir ese hilo estructural lo resuelve con hegemonía y cierra el caso.

El punto refuerza el horizonte político de Graeber, quien era anarquista y culpaba a la burocracia innecesaria que el capitalismo moderno crea como una forma de autoridad para el control social. Acá comete el error de identificar correctamente el síntoma pero equivocarse en el diagnóstico. La burocracia no nace de una voluntad política conspiratoria, nace de la necesidad, específicamente, de la necesidad cuantitativa que cualquier organización masiva requiere.

Esta crítica al pensamiento ácrata ya fue formulada hace más de un siglo por Engels, quien preguntó directamente a los antiautoritarios de su época: ¿puede funcionar una fábrica, un ferrocarril, un barco sin autoridad y coordinación? La respuesta era no entonces y sigue siendo no hoy, con la diferencia de que la complejidad técnica del siglo XXI hace la pregunta todavía más incómoda. Tomemos el ejemplo anecdótico que el artículo original hace: un abogado corporativo, quien abiertamente acepta que su trabajo no es significativo ni aporta nada real a lo social.

Visto desde el punto de vista utilitario, pues sí, muchos otros trabajos como profesores, mecánicos y enfermeras son de mucha mayor relevancia y vitales para la vida moderna. No obstante, decir que el derecho corporativo no aporta nada al capitalismo mismo es fallar en entender este último, o incluso ignorar las muy reales consecuencias que los marcos jurídicos tienen en nuestras vidas.

En Latinoamérica, el caso de la constructora Odebrecht nos ayuda a ilustrar el punto. Entre 2014 y 2016 estalló el escándalo de corrupción más grande de la historia latinoamericana: Lava Jato en Brasil. Odebrecht había construido un sistema institucionalizado de sobornos para ganar contratos públicos en prácticamente todos los países donde operaba. No era corrupción espontánea, tenían un departamento interno literalmente llamado «Departamento de Operaciones Estructuradas» dedicado exclusivamente a gestionar sobornos. Burocracia para la corrupción.

El colapso fue total. La empresa quebró, su CEO Marcelo Odebrecht fue a prisión, y el escándalo derrumbó gobiernos y carreras políticas en Brasil, Perú, Colombia, Ecuador, Panamá, República Dominicana y otros. Fue precisamente el hecho de que este «Departamento de Operaciones Estructuradas» fuera performativo, que fuera bullshit, lo que finalmente llevó al colapso de todo.

Entonces, al igual que sucede con relaciones públicas, mercadeo y recursos humanos, estos no son departamentos de performance cultural para apaciguar a las masas sino los muy reales costos de hacer negocios en el capitalismo. Los capitalistas no pueden ser pensados como un bloque unificado, lo son siempre y cuando el enemigo sea común para toda su clase, por ejemplo, cuando ese enemigo son los trabajadores organizados.

Pero en situaciones de estabilidad política normal, de producción, distribución y en general de intercambio de mercancías, el enemigo número uno del capitalista siempre será otro capitalista. Es su competencia quien aprovecha los fallos en el debido proceso legal, esos fallos en política laboral para tomar recursos, tomar fracciones del mercado y en el mejor de los casos absorber a su competencia. El propio Graeber intuye esto cuando clasifica a los abogados corporativos como trabajadores que existen para contrarrestar a los abogados de la competencia, pero no extrae la conclusión obvia: si esos trabajos responden a la lógica de la competencia intercapitalista, no son bullshit, son exactamente lo que el sistema requiere.

Sin un departamento de RRHH, el portillo legal para demandas laborales se transforma en un riesgo financiero real. En un mercado altamente competitivo, como podría ser el de las bebidas gaseosas, sacar producto al mercado sin el debido departamento de marketing es convertirse en víctima brutalizada de Coca-Cola. En una cultura donde la indignación pública toma formas reales en redes sociales, ¿puede una corporación darse el lujo de no contar con profesionales de relaciones públicas y manejo de crisis a su disposición?

Los puntos pueden seguir: detrás de cada uno de estos aparentes trabajos sin sentido hay una lógica racionalizada que tiene su razón estructural para existir. Los sistemas, sobre la base económica, no son decorativos; son formas reales, son estructuras pensadas como reales y, por ende, son reales en consecuencias.

Aún más lejos está el punto de que los sistemas que Graeber defendía, como el acceso universal a la salud y la educación, son solo posibles a través de la racionalización. No hay forma espontánea de garantizar medicamentos, escuelas y hospitales. Formar un médico o un maestro exige décadas de infraestructura institucional coordinada, y la única forma que la historia conoce de sostener eso a escala masiva es la administración racional. No es un invento europeo: puede rastrearse hasta el orden imperial chino desde su primera dinastía.

La burocracia es solo el paso lógico siguiente cuando se racionaliza una acción humana que pretende un fin determinado sobre el todo social. La opresiva naturaleza de la alienación que está produciendo, algo con lo cual concuerdo con el autor, no es producto de una intencionalidad villanesca de malvados accionistas, es producto lógico que conlleva el organizarse racionalmente, en especial en organizaciones cuyos miembros se cuentan en centenas o millares. Quien ha trabajado en una oficina sabe que ya más de media docena conlleva problemas de coordinación.

Esa alienación propia de la racionalidad es lo que el sociólogo alemán Weber bautizó como la «jaula de hierro». Weber podría ser un apologista de la burocracia neoliberal, y probablemente la etiqueta no esté del todo equivocada, pero lo que la izquierda occidental que pretende superioridad moral basada en principios éticos olvida es que la «jaula de hierro» es implacable. Le es indiferente si soy el administrador de tesorería en Goldman Sachs, si soy el secretario general del partido comunista, o si soy un burócrata medio del sistema de salud pública. Todos y cada uno de ellos están siendo atrapados en sus propias jaulas de racionalidad. Aunque sea circular, aunque aquellos dentro de la misma lo vean como sin sentido, el sentido está ahí, porque el problema no es si la burocracia oprime o nos roba de algo que nos hace humanos, el problema es que no hay modernidad sin racionalización.

Graeber acierta en algo fundamental: el malestar es real, la alienación que describe es real, y su mérito es haberle dado nombre a algo que millones sentíamos pero no podíamos articular. El problema no es su diagnóstico del síntoma sino su explicación de la causa.

Acá el único anarquismo que se sostiene contra toda crítica sería el primitivismo, que, consciente de esta tensión, toma la ruta de rechazar la sociedad masiva industrial de raíz, junto con todos sus productos. No obstante, no veo el porqué cambiar el yugo de opresión capitalista por el yugo de opresión natural que es el sarampión o la malaria.

Diagnosticar la realidad es un ejercicio básico para querer transformarla. Pero caer en el error de cegarnos a su complejidad solo por comodidad ideológica nos lleva a razonar en círculos. La realidad ha de ser transformada, sí, pero aceptándola y superándola, no negando lo que es, sino reconociendo lo que puede llegar a ser.

Minor Montero es sociólogo costarricense

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.