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El Sartre que prefiero

Fuentes: Rebelión

Me siento incapaz de escribir algo objetivo sobre Jean Paul Sartre, pues a estas alturas de la película todo se ha dicho ya sobre él y todos han dicho ya sobre él. Por tanto, mientras siga en plenitud de facultades mentales (sinceramente, no sé cuánto tiempo más me durarán a este paso) jamás me metería […]

Me siento incapaz de escribir algo objetivo sobre Jean Paul Sartre, pues a estas alturas de la película todo se ha dicho ya sobre él y todos han dicho ya sobre él. Por tanto, mientras siga en plenitud de facultades mentales (sinceramente, no sé cuánto tiempo más me durarán a este paso) jamás me metería en semejante embolado. Pero sí que estoy dispuesto a mirar subjetivamente a través de tan poliédrica figura, para decidir con qué me quedo, pues el personaje tiene demasiadas facetas interesantes como para disfrutarlas todas por igual. Por otra parte, dicho sea de paso, cada día valoro más lo subjetivo, conducirse sin ánimo de sentar cátedra en nada, así que miraremos subjetivamente a Sartre, y que los sabios nos perdonen.

Primera premisa de partida: admirar profundamente la obra Camus y de Malraux no me impide admirar también la de Sartre. No es incompatible todo esto, ni mucho menos. Menos mal que no les conocí personalmente y que yo no era conocido por ellos, pues teniendo en cuenta el ego natural de los literatos (para más inri, tres genios), seguramente me habrían obligado a elegir, como pasa en todos los mundillos literarios. No es el caso: a la vez puedo admirar el genio bribón y las contradicciones de Malraux, el compromiso bien entendido y la ética de Camus, y también celebrar al renacentista Sartre. Puedo deleitarme con los tres genios, allá ellos con sus líos propios. Posiblemente, si tuviera que elegir, me entendería mejor con Camus, me iría de juerga con Malraux y compartiría piso con Sartre. Pero como soy yo el que escribe estas líneas, por una vez en la vida puedo decir aquello de que «aquí mando yo», y no tengo por qué elegir nada en ningún sentido.

Segunda premisa: Sartre era un personaje renacentista. Hombre inteligente, autoridad filosófica, gran narrador, excelente dramaturgo y polemista polémico, todo en uno. También un genio insoportable y caprichoso, de acuerdo, pero esto no empaña todo lo anterior (a lo mejor, incluso lo acrecienta). Posiblemente, la última gran autoridad literaria francesa: su entierro en 1980 certificó el fin de una época (el epílogo foucaultiano fue un episodio menor). Montparnasse, divino fetiche funerario. Ya lo había dicho De Gaulle, cuando se negó a encarcelarle por los alborotos de «La cause du people»: «no se puede encarcelar a Voltaire». Bravo, general, así se habla, no cargue con más responsabilidades de las necesarias (al fin y al cabo, ya cumplió con la Historia inventando la Francia Libre, sólo con una mesa y una silla, en Londres). La Iglesia católica incluyó en su Índice todos los libros de Sartre, pero éste era otro tema.

Tercera y última premisa: ¿qué Sartre prefiero, de todos los existentes, si es que tengo que elegir? Dediquemos a este tema nuestras líneas, a ver qué sale de ellas. Porque aquí sí quiero elegir. No todos los Sartres me llegaron por igual y hoy lo cuento, por si pudiera interesar a alguien (cosa que dudo con casi todas mis fuerzas).

Sartre era filósofo, ante todo y en todo momento. Su formación era filosófica y siempre fue un filósofo que hizo literatura, política o filosofía. Gracias a él asimilamos que el infierno eran los otros, que el hombre es una pasión inútil o que estamos condenados a ser libres, entre otras cosas. Sin embargo, el Sartre filósofo en sentido estricto, no se puede negar, es terriblemente complicado de entender. Obras como «El ser y la nada» o la «Crítica de la razón dialéctica» exigen una formación filosófica de gran envergadura para devorar sus párrafos con provecho. Ambas se cayeron de mis débiles manos a la primera tacada, no me quiero poner bien puesto. En este campo lo único que resulta legible para un lector medio es un texto de divulgación filosófica, «El existencialismo es un humanismo», aquella famosa conferencia que pronunciara y en la que divulgaba su filosofía para que llegara a círculos mayores que los de los filósofos al uso. Admirable: en este texto podemos hacer verdad aquello que dijera otro filósofo, Ortega y Gasset, de que la claridad era la cortesía del filósofo. Sartre era poco cortés, pero aquí se comportó.

Personalmente, como admirador de sus ideas, prefiero asimilarlas con azúcar, gracias al Sartre narrador. Éste sí me interesa más: el Sartre de «La náusea», de «El muro», de «Los caminos de la libertad», permite concluir que cuando uno es un genio, puede moverse en diferentes campos. Por cierto, de la trilogía de «Los caminos de la libertad», básica para entender la historia de Francia previa a la invasión hitleriana, me gustaría destacar cómo en «El aplazamiento», la segunda de las obras, la compleja estructura nos traerá ecos de Dos Passos o, a los españoles, también del Cela colmenero (esta novela es frenética, desenfrenada, Hitler nos embarca a todos en una guerra y la estructura así nos lleva). Posiblemente haya que leer, después de la trilogía, «Los mandarines», de la Beauvoir, para cerrar el ciclo histórico francés, pero tampoco es imprescindible, no se preocupen. Gran narrador, Sartre: un buen filósofo que es capaz de difundir sus ideas mediante la narrativa no es moco de pavo. Se ganó por méritos propios el Nobel de Literatura en 1964 y lo rechazó. Ese mismo año escribió una bella autobiografía, «Las palabras», demostrando que sabía no sólo dar sentido a las palabras, darles contenido, sino disfrutar también del continente.

Pero donde ese Sartre literato alcanzó sus mejores páginas, según mi discutible opinión, es con su teatro. Ahí llega Sartre a unos límites increíbles, ofreciendo admirables ejemplos de buen hacer literario, y frecuentemente sirviéndose de este vehículo para hacer más digerible el existencialismo a las masas o para permitir mirarnos como ciudadanos mayores de edad. Uno recuerda cosas como «A puerta cerrada», «Las manos sucias», «Las moscas», «La puta respetuosa», «Muertos sin sepultura», «Los secuestrados de Altona», «El Diablo y Dios», etc., y debiera hacer la ola, literariamente hablando. «A puerta cerrada» es posiblemente de sus obras dramáticas más filosóficas, y refleja el infierno, que en realidad eran los otros (que se lo digan a muchos estudiantes que comparten piso durante el curso: sin leer a Sartre ya lo habían asimilado hace mucho). Admirable: la columna periodística que mantuve en la prensa local malagueña hasta que la perdí llevaba el nombre genérico de «A puerta cerrada». Homenaje evidente a Sartre, además de ser la constatación de que para mí, el infierno, efectivamente, iban a ser los demás.

En «Las manos sucias» se ensucia él también, apuntando temas tan peliagudos y sugerentes como los criterios de oportunidad política, el intelectual y la política en general, el burgués y el partido obrero, el papel de la mujer en la lucha, los revolucionarios, el colaboracionismo, etc. Cuando se estrenó, montó la gran polémica, era inevitable: los comunistas se sintieron insultados por el burgués Sartre, y los reaccionarios veían la constatación de lo malos que eran los rojos, que hasta un rojo irreductible lo confesaba. Como siempre, cuando uno está en guerra todo sirve para embestir al de la trinchera de enfrente.

Sigue tratando la cuestión de la lucha contra el nazismo (o la responsabilidad por el mismo) en obras tan actuales como «Los secuestrados de Altona» o «Muertos sin sepultura»; juega con el anticomunismo de la época en «Nekrassov» o con el racismo norteamericano en «La puta respetuosa», pero tampoco descuida los temas clásicos, como se puede comprobar en «Las moscas», con Orestes y Electra dando tumbos por el escenario y plasmando inquietudes sobre la libertad y sus consecuencias (gran obra que provoca un orgasmo en los que siempre están mirando a la Grecia clásica).

En otros casos coge al toro existencial por los cuernos, y en «El Diablo y Dios» nos condena a la libertad y a la soledad, pues ni Dios ni el Diablo existen. Por tanto, tendremos que buscarnos las habichuelas metafísicas por nuestros propios medios.

En fin, Sartre poliédrico. Sartre polemista político, metiendo a veces la pata de modo descomunal (los genios lo hacen todo a lo grande). Sartre el prisionero de guerra de los nazis. Sartre el fundador de «Les Temps Modernes». Sartre, el compañero de viaje de los comunistas, pero casi siempre peleado con ellos («Las manos sucias», Argelia, mayo de 1968). Sartre, el estudioso de Flaubert («El idiota de la familia») o de las letras («¿Qué es la literatura?»). Sartre, el mandarín cultural, con la Beauvoir del brazo.

Sartre, el gran dramaturgo que nos regaló existencialismo y mucho más sobre las tablas de los teatros.

Sartre, ese genio.