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El silencio de los corderos y la «españa» conservadora

Fuentes: Rebelión

Entre tanto neoliberalismo rampante, tantos parados, tanto desahucio, tanto riesgo de pobreza y tanta precariedad vital y laboral, es recurrente que las gentes de izquierda se pregunten a menudo cómo es posible que la clase trabajadora (el pueblo llano si así se quiere) no se levante de una vez por todas y demande a gritos […]

Entre tanto neoliberalismo rampante, tantos parados, tanto desahucio, tanto riesgo de pobreza y tanta precariedad vital y laboral, es recurrente que las gentes de izquierda se pregunten a menudo cómo es posible que la clase trabajadora (el pueblo llano si así se quiere) no se levante de una vez por todas y demande a gritos un nuevo modelo de sociedad más justo, igual y solidario.

Los datos objetivos apuntan a que la sociedad capitalista que habitamos no resuelve los problemas más acuciantes de la gente común: un empleo digno, pagar la hipoteca o el alquiler de una vivienda, dar una educación de calidad a sus vástagos y disponer de un servicio público y universal de sanidad con recursos suficientes para toda la población sin discriminación alguna.

Lo que detiene ese hipotético impulso o salto adelante hacia una sociedad diferente es ni más ni menos que la ideología dominante que se destila por la mayoría de los principales medios de comunicación de masas, empresas privadas que representan y son portavoces oficiosos de las elites hegemónicas de la globalidad neoliberal.

Pero la ideología, además de en el discurso preponderante, también se manifiesta en instituciones, costumbres y tradiciones de muy diverso signo que suelen pasar desapercibidos por sus componentes neutrales o no políticos en sentido estricto. Sin embargo, son formidables diques emocionales que operan a favor del orden establecido de una forma callada y sibilina. Vamos a repasar algunos de esos factores silenciosos por lo que respecta a España.

La Iglesia católica

Es la institución por antonomasia, el poder fáctico de mayor presencia en la vida cotidiana, a pesar de ser España constitucionalmente un país laico y, por ende, aconfesional.

Nadie se atreve con las prebendas y privilegios que sigue ostentando el catolicismo. Estamos ante la institución con más propiedades del país y con mayores exenciones tributarias que ninguna. El sector educativo y la caridad social son sus espacios preferidos de influencia, allí donde se conforman prosélitos de alto rango y con capacidad de influencia política y mediática para defender sus propios intereses y los de las elites financieras y empresariales y allí donde canalizan y controlan las necesidades imperiosas del pueblo llano con programas caritativos que curan heridas a cambio de vender el alma propia y las actitudes responsables y críticas de los marginados, pobres, inmigrantes, mujeres en situación de emergencia y niños y niñas al borde del desamparo.

Aunque no se cumplan las consignas de las doctrinas del catolicismo, millones de personas se encuentran atrapadas en la red ideológica de la Iglesia romana. Los de arriba porque saben que ésta mantiene a raya las reivindicaciones sociales de los de abajo, y los de abajo que han caído en las mallas de la caridad vertical por agradecimiento ante una coyuntura dramática salvada gracias a la larga sombra de la sopa boba eclesial.

La Iglesia necesita tanto a la elite como a los pobres para subsistir. A los ricos les calma la conciencia y a los miserables se la llena de dolorismo y de resignación cristiana. Son valores invisibles pero que actúan a la larga para mantener el statu quo en vigor en cualquier sociedad donde el culto religioso ocupa lugares públicos que no le corresponden.

La libertad religiosa es una falacia. Nadie se opone a que cada cual alimente sus creencias ultraterrenas y sus fantasías espirituales como le dé la real gana. Sucede que el ámbito íntimo de las ideas personales jamás debe colisionar con la razón argumentativa y la realidad objetiva. El laico y el ateo están en desventaja más que manifiesta en el debate público porque existe un prejuicio previo favorable a las tesis religiosas.

Ese caldo de cultivo preexistente se abona de modo reiterativo por las derechas y las izquierdas nominales que eluden el debate a campo abierto sobre la regulación de la experiencia religiosa como un elemento privado de cada individuo.

La presencia del catolicismo continúa siendo abrumadora en los ritos señeros de la vida cotidiana: bautizo, comunión, matrimonio y muerte. Aunque los fundamentos laicos y ateos han ido ganando peso en las últimas décadas, la Iglesia católica tiene un protagonismo estelar en esa manera de presión social que elige por costumbre lo que la mayoría dicta sin palabras.

El calendario festivo

De principio a fin de año, todo son referencias a vírgenes, santos, santas, beatos, beatas y mártires del cristianismo. No hay día que escape a esta dictadura católica.

Vivimos con inusitada templanza que las jornadas de asueto se realicen en honor de un prócer cristiano. Ponemos nombres a nuestros hijos sacados del santoral y nos acordamos de efemérides y eventos haciendo memoria del santo o santa del día en que aconteció cualquier hecho significativo.

Las fiestas patronales siempre aluden a un personaje cristiano. En su honor celebramos todas las festividades locales. Estamos ante un monopolio total y absoluto.

Da la sensación de que la historia humana no ha lanzado personajes insignes ni hechos memorables que merezcan nuestra atención por encima de las correrías, la mayoría de ellas fantásticas o apócrifas, de los superhombres y supermujeres de la idolatría cristiana.

De esta manera tan sutil e inocente en apariencia, toda la cultura humana con sus conflictos sociales y políticos queda sin conmemoraciones públicas que pueda rescatarla del olvido. Todo lo realmente importante tiene el aroma y el sello religioso e interesado de la Iglesia católica.

Si un partido de izquierdas solicitara una democratización del calendario de fiestas, su defunción electoral sería inminente y rotunda. Solo se hizo en la Revolución francesa, pero la experiencia duró menos que un suspiro.

 La Semana Santa

Proseguimos dentro del espacio religioso, si bien la denominada Semana Santa tiene aspectos singulares de gran relieve.

Para mantener tal nombre oficial, se alude a criterios de raigambre social y de intereses nacionales turísticos.

No obstante, estamos ante una propaganda particular y gratuita, esto es, pagada por el erario público, y avalada por activa y por pasiva desde el Estado con un impacto mediático de enorme resonancia.

No hay pueblo por pequeño que sea que no programe una procesión católica. De esta forma, se mantiene la llama viva de un pueblo devoto fiel a sus costumbres ancestrales. El resto de la ciudadanía se agolpa en las calles de manera entregada o curiosa a un ritual antediluviano donde los protagonistas (nazarenos, portaestandartes y figuras similares) representan el sometimiento a una irracionalidad espesa a la vez que espectacular.

El sobrecogimiento inducido por la puesta en escena es magnífico. Hasta algunos no creyentes o indiferentes sienten ese temblor trágico que transmite el ambiente creado para la ocasión.

Ese temblor mágico y trascendente que no tiene nombre hace que mucha gente de izquierdas considere a la religión como un mal menor con marchamo cultural que hay que preservar a cualquier precio, incluso con sus cargas negativas y propuestas irracionales que bailan al son de las clases dominantes.

La Iglesia católica tiene mucho tirón todavía como reminiscencia de una tradición inveterada. Y también muchos aliados de buena fe entre gentes laicas de la izquierda moderada. La Semana Santa es su producto estrella, apto para todos los públicos, de ahí su impresionante éxito temporada tras temporada. Además, puede consumirse entre tapas variadas, en pantalón corto o minifalda y como proyecto etnográfico-sociológico con pedigrí incuestionable para clases medias ilustradas.

 La Navidad

Tercera advocación con sabor genuinamente religioso en origen: las esperadas y entrañables navidades, cuando los que están lejos vuelven a casa y los pobres adquieren entidad propia como objeto de consumo con elevadas cualidades nutricionales de carácter sentimental.

¿Quién puede resistirse a la Navidad sin parecerse al mítico monstruo del lago Ness? El período navideño obliga a adoptar un rol determinado en el que las relaciones sociales están fijadas en un ideario normativo cerrado y sin posibilidad alguna de enmienda.

Vivir solo la Navidad es una aberración insoportable. Aunque el resto del año la soledad sea tu compañera y el cielo tu techo, nadie se acordará de ti. Pero en Navidad, búscate la vida y comparte tu miseria con cualquiera.

Por supuesto que el consumo excesivo es la meta comercial de estas fechas tan únicas. Pero el asunto da para más, su complejidad es mayor.

Por los intersticios que deja el consumismo a velocidad de vértigo, se filtran valores aún más perversos: toda guerra necesita treguas, el capitalismo también se acuerda de los menos desfavorecidos, la familia de sangre tradicional es la mejor de todas, todos somos iguales antes los ojos ciegos de Dios. Después de la Navidad, la explotación vuelve por sus fueros.

Como en los Carnavales, donde el mundo se presenta al revés y el pueblo llano se mofa de sus autoridades y de las relaciones sociales existentes por unos días y dentro de un orden aceptado por el sistema, durante la Navidad se nubla la realidad y se vive una igualdad, fraternidad y solidaridad falsas que permiten curar las heridas de la batalla cotidiana por la supervivencia.

Esa bendita mentira sirve de equilibrio emocional a muchas conciencias, salvando las frustraciones del discurrir diario. Es un alto en el camino, un instante teatral en el que se subliman las contradicciones y sinsabores de la vida real.

Supriman la Navidad y las multitudes se echarán a la calle y morderán a buen seguro a los promotores de tamaña osadía.

 Los toros

Es la fiesta nacional por antonomasia, donde las esencias españolas se concentran de una forma más poderosa y atávica.

Las corridas y las salvajadas singulares que se infligen a los cornúpetas resisten cualquier argumentación razonada contra ellas.

Como un jardín sin flores, tampoco puede entenderse una fiesta grande municipal sin programar eventos taurinos. El alcalde o alcaldesa que se atreva a suprimir tales eventos puede salir escaldado sin capacidad alguna para oponer su punto de vista racional.

Los defensores de la tauromaquia suelen traer a colación las palabras cultura y arte para sostener su discurso. Arte y cultura son conceptos lábiles que se deslizan con mucha facilidad entre la muchedumbre más proclive a argumentos emocionales de rápida digestión intelectual.

Cultura y arte tienen un prestigio casi irrebatible. Todo es cultura: la explotación laboral, el esclavismo, el capitalismo, el socialismo, la filosofía, la albañilería, la carpintería… Y arte, que admite numerosas acepciones, podemos definirla de dos maneras generales: una interpretación o visión personal de la realidad y una destreza o habilidad para hacer algo concreto. Pero arte es una palabra mágica que resuena como algo sublime en los oídos de la gente llana. De ahí su fuerza simbólica y evocadora.

La «españa» conservadora vive la tauromaquia como algo muy suyo, muy querido, como una particularidad (al igual que la eñe) que distingue las esencias nacionales frente a otros países de manera indubitable.

Por el momento, los detractores de la fiesta nacional tienen todas las de perder. Incluso los no aficionados, con su silencio pasivo y cómplice, suman votos a la cuerda de los aficionados de pro. Harán falta muchas generaciones para que el ambiente emocional favorable a las corridas de toros pierda presencia en el sentir mayoritario de España.

Los toros continúan siendo un factor fundamental de la «españolidad» normal, del españolito de a pie, del paisano fiel a sus tradiciones seculares.

 El fútbol

Otro dique de control social de importancia mayúscula lo configura el fenómeno balompédico. En general, todas las manifestaciones deportivas con cierto enganche social operan de similar manera.

Es algo tan cotidiano el fútbol profesional que casi pasa desapercibido como objeto de análisis político, social e ideológico. Lo natural es que a todo hombre hecho y derecho le guste el fútbol. Esa es la norma no escrita.

Es más, vemos como lógico que en cada telediario las informaciones detalladas de cada entrenamiento del Real Madrid y el Barcelona se den al final de las noticias como información que merece tal relevancia en los medios de comunicación. Lo habitual se transforma en pasiva aceptación de la normalidad cotidiana, incluso con datos estúpidos y opiniones fútiles e intrascendentes de los actores del espectáculo futbolístico.

El balompié mueve ingentes millones de euros, sí, pero sobre todo galvaniza riadas de personas ante la televisión y la radio e in situ varios días a la semana. Y cuando no hay partido, los hinchas siguen ocupando su tiempo hablando de fútbol con los amigos y pensando en sus idolatrados iconos mediáticos.

El fútbol controla las mentes e impide pensar más allá de su círculo vicioso de nimiedades y futesas varias. Además, sirve de desagüe social donde las contradicciones particulares pueden salir a flote lanzando improperios al árbitro y las estrellas rutilantes de turno. Tal vez, esos gritos desaforados hubieran tomado una forma política caso de no existir la asombrosa omnipresencia del fútbol.

No cabe duda que el fenómeno futbolístico es un engranaje psicológico complejo para que en sus redes inocuas queden atrapados males sociales de distinta naturaleza. Estamos ante un veneno ideológico que mediante las batallas partidarias sublima las luchas sociales más urgentes.

Por eso, el fútbol ha de renovarse con celeridad. Nuevos fichajes, escándalos, declaraciones salidas de tono, rivalidades enconadas… Todo ello conforma un fenómeno de máxima utilidad para el sistema capitalista de Occidente.

Sin fútbol, habría que inventar un hecho equivalente que arrastrara la maleza que puede cultivarse en una mente crítica y razonable con posibilidad de transformarse en ideario político.

Es tal la fuerza del fútbol, que incluso en España varias hinchadas se han manifestado en la calle contra decisiones administrativas que descendían a sus equipos a categorías inferiores. Casos conocidos se han producido en Vigo, Sevilla y Elche, con mareas de miles de forofos clamando por las supuestas injusticias cometidas contra el club de sus amores. ¿Esas mareas también van a las manifestaciones sociales y políticas o solo se motivan por razones emocionales secundarias?

Esas movilizaciones reivindicativas, huelga señalarlo, no hacen daño al sistema. Es más, son tratadas, por su irrelevancia, con cierta amabilidad por las autoridades policiales y gubernativas.

 El coche

Uno de los ritos más ansiados por la adolescencia es poseer el carné de conducir. Con él en la mano, uno se hace mayor de golpe y recibe el título de casi ciudadano pleno.

La plenitud llega cuando se alcanza la propiedad o posesión de un coche. En la publicidad y en las películas, el coche es un elemento imprescindible para dar consistencia a un personaje protagonista. Todos somos más al volante, dominando una máquina que nos transporta más allá del espacio recorrido a un entramado de fantasía y poder inefables.

Cualquier medida para restringir el uso del coche resulta impopular. Sin el coche nos sentimos desnudos, menos capaces de conseguir las metas que nos propongamos.

Además de estatus, el automóvil añade valor intrínseco a la autoestima. No importan demasiado los mensajes ecologistas contra la utilización abusiva del vehículo. Todo queda contrarrestado con la seducción irresistible de la propaganda: el modus vivendi de nuestras sociedades aquí y ahora se mide en diseño aerodinámico y la distancia vial convertida en traslados sin ton ni son entre no-lugares de paso.

Lo realmente importante es que el coche nos lleve aunque no sepamos jamás adónde queremos ir de verdad.

Desde la generación beat estadounidense, el automóvil se transformó en un icono de la libertad capitalista. Carretera, coche y yo conformaron un ente indisoluble de individualismo extremo. Ese influjo surrealista por la máquina, de la tecnología sin alma ni propósito humano, ha tomado el relevo en otros objetos mágicos de aislamiento social: el teléfono móvil, el ordenador personal y la tablet.

Al volante, todos somos algo más que un mero ser humano. Y nadie desea perder la sensación de poder supremo que nos hace sentir nuestro adorable coche.

 La «mujer femenina»

Cierto es que la mujer ha conquistado terreno vedado durante siglos por el machismo y el patriarcado en las últimas décadas. Las mujeres tienen expedientes educativos mejores que los hombres, sin embargo su presencia en órganos de dirección o responsabilidad continúa siendo irrelevante.

Las causas son muchas. No obstante, a pesar de los logros obtenidos, el ideal de mujer permanece muy cercano a los cánones clásicos.

La «mujer femenina» que construyen y venden la publicidad y los medios de comunicación sigue anclada en imágenes y pautas de antaño.

Falda, tacones, exuberancia en mostrar con gracia y salero «sus encantos», desmedida pasión por la delgadez y la belleza exterior son los factores esenciales del patrón de la mujer-mujer de nuestro tiempo. Tales clichés se pueden ver cada día. Lo tradicional es que el primer valor que define a la mujer y que brota con naturalidad en cualquier persona sea su belleza: ¡qué guapa!, ¡qué guapa eres!, ¡qué guapa estás!

Esa dictadura coloquial echa por tierra muchos años y esfuerzos sostenidos por los movimientos feministas y configuran un tope o techo de cristal irrompible en el escenario político y social.

Por supuesto que cohabitan con la «mujer femenina» otros roles minoritarios de ser mujer, pero son tildados como alternativas fallidas de una auténtica y completa femineidad.

Hace falta mucha energía política e ideológica para saltarse las normas preconcebidas de ser mujer en la sociedad actual. Esa tendencia mayoritaria inducida por la publicidad hace que el hombre mire a la mujer dentro de lo políticamente correcto, es decir, como complemento más o menos inteligente en el día a día.

Los roles de género tradicionales están ahí. La mujer-tipo, obligada por la presión social, persiste en mostrarse como en tiempos pretéritos. Haga lo que haga, debe resultar bellamente aceptable para el teatro social.

Incluso en la transgresión más «antinatural», la preferencia erótica por el mismo sexo, los gais llevan una delantera considerable a las lesbianas, una actitud todavía nefanda a ojos del machismo irredento, lo que demuestra sin paliativos que el patriarcado continúa como filosofía predominante de vida correcta, coherente y adecuada.

Pese a la mezcla de sensibilidades culturales e ideológicas muy diferentes, el canon de la «mujer-femenina» por excelencia permanece casi inmutable. La mujer está para ocultar su interior y enseñar lo máximo de su piel, mientras que el hombre hace prevalecer su supuesta inteligencia antes que su figura física.

Los hitos por los que hemos transcurrido a vuelapluma no suelen advertirse a primera vista en el debate social y político. Se omiten por cálculo o interés electoral pues son asuntos tabú que pueden restar votos a una propuesta de izquierdas.

Se habla a menudo de si España es sociológicamente de izquierdas o de derechas. Debate estéril donde los haya. La izquierda hace tiempo que dejó atrás su prontuario ideológico por otro modelo de sociedad alternativo al régimen capitalista.

La «España conservadora» pervive en el subconsciente colectivo, en el silencio de los corderos abducidos por la normalidad del consumo capitalista. Ardua tarea ser de izquierdas y usar el simple recurso de la razón contra las tradiciones, las costumbres y los automatismos culturales.

Hacer tabla rasa es imposible, pero, ¿por dónde empezar para que otra sociedad sea posible? ¿Con populismos de rebajas o dando la batalla ideológica a la derecha en sus distintas advocaciones públicas e instituciones privadas?

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.