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Hirohito y Roosevelt

El teatro detrás de la guerra

Fuentes: Rebelión

De las figuras que atizaron el fuego de la guerra mundial de 1939, una que ha quedado envuelta en una espesa nebulosa es la del emperador Hirohito. Mientras que Hitler escribió en su Mein Kampf las líneas principales de su ideario y pronunció centenares de discursos donde expresó su doctrina y Mussolini también escribió artículos […]

De las figuras que atizaron el fuego de la guerra mundial de 1939, una que ha quedado envuelta en una espesa nebulosa es la del emperador Hirohito. Mientras que Hitler escribió en su Mein Kampf las líneas principales de su ideario y pronunció centenares de discursos donde expresó su doctrina y Mussolini también escribió artículos y manifestó en sus alocuciones las rutas de su acción política, el emperador japonés estaba envuelto en el silencio y no fue hasta terminar la guerra que los nipones escucharon su voz por primera vez para anunciar su derrota.

Los ocupantes norteamericanos realzaron ingentes esfuerzos por despojar a Hirohito de su aureola de divinidad y su aislamiento del pueblo. El general McArthur era un notorio fascista, su pensamiento ultra reaccionario calculó que si se juzgaba por crímenes de guerra al emperador, o se le obligaba a abdicar, el mantenimiento del orden público se haría difícil y tendrían que emplear muchas más divisiones en la ocupación. Además, y eso era lo peor para él, las tendencias liberales y socialistas podrían prosperar en un régimen republicano. Por tanto se decidieron por una monarquía constitucional, copiando el sistema británico. Su imperio, conocido como el período Showa, duró de 1926 a 1989.

Los historiadores dudan si Hirohito fue cómplice del militarismo que se apoderó del Japón desde inicios de la década del treinta del pasado siglo. Sus defensores estiman que el emperador fue débil y vacilante y aceptó la política agresiva que recomendaba su gabinete presidido por el ex ministro de Defensa, y nuevo Premier, general Hideki Tojo. Otros afirman que Hirohito estuvo de acuerdo con todo y le dio su visto bueno al ataque a Pearl Harbor. La documentación acerca más los indicios a esta última hipótesis. El emperador era considerado una personalidad divina y fue educado por tutores privados y jamás salía de su palacio. Con ello se desconectó de las corrientes de opinión que recibía solamente a través de sus cortesanos y generales.

El expansionismo nipón ocupó primero Manchuria y estableció un régimen títere, el Manchukuo. Luego se lanzaron sobre China y efectuaron la masacre de Nankín y se apoderaron de Shanghai. Entonces continuó la ola asaltante en toda Asia: Birmania, Indochina, Filipinas, Siam, Malaya, Indonesia, Corea, Nueva Guinea y numerosas islas del Pacífico pasaron a la soberanía nipona. Es muy probable que Hirohito, imbuido de la arrogancia imperial haya sido partidario de esas conquistas basándose en el lema «Asia para los asiáticos» y en la teoría de la superioridad racial de los japoneses y la inferioridad de los chinos y los coreanos. En definitiva teorías muy cercanas a la supremacía aria en Europa que predicaba Hitler.

Pero existía otro problema. El Presidente Roosevelt estaba convencido de la necesidad de apoyar a los británicos y entrar en guerra contra el eje Berlín-Tokyo-Roma, pero el pueblo norteamericano estaba opuesto a involucrarse en el conflicto. Predominaba el aislacionismo. Para penar la insolencia agresiva del imperio del sol naciente Roosevelt ordenó el bloqueo de los productos comerciales japoneses y decretó la prohibición de venta de petróleo. El gabinete imperial empezó a cocinar la iniciativa del ataque a Pearl Harbor como desagravio del boicot que le fue impuesto. Hay indicios de que Roosevelt supo de Pearl Harbor antes de que ocurriera a través de los servicios de inteligencia naval, pero no hizo nada para impedir el ataque sabiendo que una hecatombe de ese tipo haría salir a los estadounidenses de su retraimiento.

Se sabe que después de las explosiones atómicas el círculo gobernante nipón se inclinó por dos posiciones opuestas: la rendición o la resistencia al desembarco estadounidense en las islas centrales. Se sabía que la continuación de la guerra costaría la vida a dos millones de civiles y militares nipones y varios ciento de miles de soldados yanquis. Hirohito se decidió por la rendición si se respetaba la institución monárquica. Al saberlo un grupo de militares intentó un golpe de estado, deponer al emperador y continuar la lucha. Cuando se rindió Japón el nombre de Hirohito apareció en la lista de criminales de guerra que debían ser juzgados, pero McArthur se apresuró eliminarlo de esa humillación. Hirohito fue la visible cabeza del estado durante 44 años más y vio a su país resurgir de sus cenizas pese a sus monstruosos errores y su anuencia a tanto genocidio.