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Ella

Fuentes: Alai-amlatina

Ella era una niña indiferente, que trabajaba con su papá en la labranza, en trabajos pesados para cualquier ser humano, más aún para ella, con sus 10 años. Un día se cansó y resolvió buscar otros destinos. Entró en un convento, creyendo que podría huir de aquellos tormentos cotidianos. Una mañana, un Padre la invitó […]

Ella era una niña indiferente, que trabajaba con su papá en la labranza, en trabajos pesados para cualquier ser humano, más aún para ella, con sus 10 años. Un día se cansó y resolvió buscar otros destinos. Entró en un convento, creyendo que podría huir de aquellos tormentos cotidianos.

Una mañana, un Padre la invitó a acompañarlo, porque él iba a celebrar una misa en un lugar muy especial. Ella se vistió, se arregló y siguió al Padre. Era un campamento de los trabajadores sin tierra. La niña se enamoró de aquella gente, de aquella vida, de sus escuelas, su trabajo, su lucha. No acompañó al padre de vuelta al convento. Se quedó allí mismo.

Se quedó y se convirtió en una sin tierra. O mejor dicho, en una participante de la lucha de los trabajadores sin tierra por la tierra para todos, por la escuela, por el rescate de su identidad, de su cultura, de su dignidad. Ella se quedó, pasó a estudiar, a trabajar y a participar en sus luchas.

Después de seguir los estudios básicos, ella se presentó al vestibular (examen de admisión a la universidad) y pasó a hacer el curso de Derecho. Se casó con un trabajador sin tierra, los dos tienen una linda niñita. Un día yo la encontré en un aeropuerto internacional de Brasil, regresando de Europa, donde había ido, muy orgullosa, representando al MST.

Es uno de los tantos casos de rescate de la dignidad de brasileños logrado con la lucha de los trabajadores sin tierra. Y, sin embargo, ellos suelen ser tratados por los medios de comunicación como si fuesen portadores de violencia y no víctimas, portadores del caos y no de la esperanza, de arbitrariedad y no de escolaridad. Son criminalizados, cuando deberían ser reconocidos, exaltados y recibir la gratitud de la sociedad y del Estado brasileños, por haber rescatado de la miseria, del abandono, de la ignorancia, a centenares de millares de personas.

Personas que morían anónimamente, en el abandono, sin tierra, sin dignidad, sin esperanza, encontraron en el movimiento el espacio para transformarse en ciudadanos, una condición que les fue negada durante siglos por el Estado y por las elites dominantes. Son personas como aquella niña, como millones que todavía sobreviven en la penuria, sometidos a la violencia y a la arbitrariedad del poder de los grandes propietarios de tierras y, mas recientemente, de las grandes empresas exportadoras.

Muchas son personas que huyeron de ese infierno para venir a sobrevivir pésimamente en la periferia de las grandes metrópolis brasileñas, abandonadas, marginalizadas, discriminadas. Pero que encontraron en los campamentos un lugar para trabajar, para estudiar, para vivir dignamente.

Se puede decir que ese movimiento contribuye a la humanización de los brasileños pobres del campo como ninguna otra institución, estatal o no, lo haya hecho. Debe tener el reconocimiento de haber sacado a la superficie el sordo conflicto social, de forma organizada, consciente. De haber traído hacia la ciudadanía a millones de brasileños, de niños, de mujeres, de ancianos, que comenzaron a poder leer, a poder entender las raíces de las injusticias que sufrieron decenas de millones de brasileños desde que fuimos invadidos por los colonizadores, hace más de cinco siglos.

El MST alfabetizó más gente en el campo que todos los programas oficiales de alfabetización. Su sistema educativo incluye 1900 escuelas (léase bien: 1900 escuelas), en las que estudian 160 mil niños/as y adolescentes y trabajan 4 mil profesores. Dos mil alfabetizadores trabajan con jóvenes y adultos. Hay 10 cursos de formación de profesores, entre otros.

Un millón de personas viven, trabajan y estudian en los campamentos rurales. Producen sin agrotóxicos, preservan las semillas naturales, organizan cooperativas, comercializan sus productos, apoyan a los que todavía luchan por la tierra.

Ese trabajo de rescate tiene que ser reconocido y apoyado, al contrario de descalificado, tiene que ser divulgado, en vez de ser difamado, tiene que ser extendido y de ningún modo reprimido. Visitar los campamentos de los sin tierra es una de las experiencias mas extraordinarias que podemos tener hoy en Brasil, recomendada incluso -y hasta especialmente- para aquellos que tienen prejuicios respecto al MST.

El MST cumplió 20 años. Su historia tiene que ser conocida por todos, tiene que encontrar en los medios de comunicación los espacios que permitan a los brasileños/as conocer cómo viven, se educan, trabajan y afirman su identidad los trabajadores del campo, sus familias y sus hijos. Para que muchas y muchos -como aquella niña indiferente- puedan escoger su destino, vivir con dignidad y encontrar el camino de su emancipación. (Traducción ALAI)