Se llamó desarrollo a sacralizar el capitalismo fósil. Es horrible ver cómo todo arde en Guadalajara, en Madrid, en Castilla y León, en Aragón, en Sicilia o en Francia
El mundo se derrite y los territorios, la subsistencia de las personas y los vínculos y relaciones que sostienen todo lo que en la tierra respira y palpita están en riesgo.
La palabra derretir tiene diferentes acepciones. La más evidente se refiere a que algo sólido se transforme en líquido o pastoso a causa del calor. Algo como lo que la penúltima ola de calor de este verano ha hecho con las juntas sellantes de los raíles del tranvía en la ciudad alemana de Leipzig, obligando a suspender por completo el servicio. O el arqueamiento de las placas de hormigón de, por ejemplo, la autopista A115 y las autovías A2 y A7, todas ellas en Alemania, que se elevaron hasta 15 centímetros sobre la calzada y obligaron a un cierre de emergencia. O el derretimiento del asfalto de las carreteras en diversos lugares de Chequia, Francia o la propia Alemania. O el hecho de que en Francia hayan tenido que desconectar varias centrales nucleares a causa del calor.
En el mundo, la inmensa mayoría de los hogares no cuenta con sistemas de climatización ni adaptación a las temperaturas extremas. Tampoco la mayor parte de los edificios públicos ni el transporte. En hospitales, escuelas, centros geriátricos, las profesionales y las personas residentes o enfermas se encuentran sometidas a unas temperaturas sofocantes. En las calles de las ciudades grandes, el problema se agrava al recibir todo el calor adicional que se extrae con los aparatos de aire acondicionado, porque el calor, que es energía, no se destruye ni desaparece mágicamente, simplemente se desplaza de unos lugares a otros.
El calor extremo también deshace los equilibrios biológicos que tienen los cuerpos para mantenerse vivos. Entre el 22 y el 28 de junio, los institutos nacionales de Alemania, Francia, Bélgica, España, Países Bajos, Suiza y Luxemburgo registraron cerca de 10.000 muertes humanas por encima de lo esperado. Según algunas fuentes, más 5.000 se produjeron en Alemania y unas 3.000 en Francia. Las personas más afectadas son las más mayores, las más pequeñas, las mujeres y las más pobres. Muchísimas personas, sobre todo ancianas y enfermas, están confinadas en sus casas, sin poder salir de ellas más que muy a primera hora de la mañana. El calor extremo se ceba con quienes padecen enfermedades previas, viven en ciudades hiperasfaltadas, en viviendas mal acondicionadas, no tienen hogar o sufren aislamiento social.
Las olas de calor, que ya se suceden en una suerte de normalidad, aumentan exponencialmente el riesgo de incendios. Es horrible ver cómo todo arde en Guadalajara, en Madrid, en Castilla y León, en Aragón, en Sicilia o en Francia y las consecuencias del fuego sobre la vida humana y no humana, en términos de pérdidas de personas, animales, plantas y territorio, de más confinamiento, de desplazamiento forzoso, de tristeza, impotencia y de miedo. Si bien es verdad que no se puede tolerar la impunidad en torno a los incendios provocados, haríamos mal en centrar el foco solo en la causa inmediata detonante del fuego y no en las condiciones estructurales que los facilitan, especialmente el abandono rural, las dificultades crecientes para el sector agropecuario extensivo, la falta de atención y mantenimiento en los montes en contextos de caos climático y el urbanismo desatado. Los rayos, las chispas accidentales de las maquinarias o de las ruedas de un tren también provocan fuegos. Necesitamos prevención, formación y capacitación de las personas para atender situaciones que ya son estructurales. Pero sobre todo una profunda transformación de las relaciones entre personas, economía y territorio.
Si hago esta descripción es para resaltar que, ni siquiera el mundo rico que supuestamente mejor hacía los deberes, cuenta con infraestructuras, equipamientos o capacitación adaptadas a este mundo extraño en el que nos toca ya vivir. Más bien, las tendencias muestran que lejos de buscar fórmulas que avancen en adaptación, protección y cautela, los modelos económicos profundizan y agravan los problemas. Por supuesto, los problemas más acuciantes no se dan en Europa, que es donde se acumulan privilegios.
En la trama de la vida, todo está conectado y tal y como señalaban Javier Andaluz y Sofía Fernández en el diálogo impulsado por la Fundación CTXT el pasado 21 de julio, las intervenciones lineales, de final de tubería y ajenas a la complejidad de lo vivo no sirven. Ojalá funcionaran. Lo desearía con todas mis fuerzas. Pero todas las promesas de soluciones que no supongan cambios de fondo ya no son creíbles. Ni siquiera, posiblemente para quienes las hacen. Puede que por eso sean tan poco convincentes.
Todo lo que vivimos sucede, además, en un contexto de contracción material. Los vaivenes de los precios del petróleo, que suben y bajan al ritmo de las declaraciones sobre el flujo de barcos el Estrecho de Ormuz, tienen mucho que ver con la especulación y con los intereses de quien se lucra con las oscilaciones de los mercados de futuros. Pero esa mirada, centrada en el precio del barril brent, oculta los problemas vinculados a la escasez material inducida por los metabolismos económicos irracionales. Incluso JP Morgan afirma que, según avanza la tensión en Irán, el principal desafío ha pasado de la subida de precio a la escasez física de petróleo, gas y otras materias primas.
Es una situación que afecta de forma directa a Asia por concentrar más de la mitad de la producción manufacturera mundial. Algunas noticias localizadas que pasan inadvertidas dan muestra de ello.
Gente en Corea del Sur comprando bolsas de basura de forma compulsiva; Taiwán habilitando líneas de ayuda para los fabricantes que se han quedado sin plástico; productores de arroz que alertan sobre la subida de precios porque no pueden conseguir bolsas selladas al vacío, preocupación sanitaria en Japón por la potencial escasez de tubos médicos de plástico utilizados en la hemodiálisis; fabricantes de guantes de Malasia que afirman que la falta de un subproducto del petróleo necesario para fabricar látex de caucho amenaza el suministro mundial de guantes médicos; programación de interrupciones en la producción de preservativos en India, no solo por el complicado suministro de embalaje y aceite de silicona –que requiere materias primas petroquímicas– sino también de amoníaco.
La consultora Dezan Shira & Associates, una firma que ayuda a las empresas internacionales a expandirse en Asia, señaló que el problema afecta a sectores dispares como el de la cerveza, fideos, patatas fritas, juguetes o cosméticos.
No solo hay problemas con el petróleo. Según Morgan Stanley, Irán también suministra el 45 % del azufre, utilizado para fabricar fertilizantes; el 33 % del helio, utilizado en semiconductores, atención médica y aeroespacial; y el 22 % de urea y amoníaco, utilizados como nutrientes para los cultivos.
Quizás eso se pueda relacionar con el titular sorprendente que he leído hace unos días: “Trump prioriza la agricultura regenerativa con nuevas inversiones para transformar el sector agrícola”. La lectura del artículo señala que la Administración Trump pretende evitar que la agricultura dependa de los insumos químicos y de los combustibles fósiles en un momento en el que estos últimos presentan una gran volatilidad. Más allá de poder discutir la “amplia” noción de agricultura regenerativa defendida por Trump, lo significativo es que a la vez que se niegan los problemas, no haya más remedio que reconocer las vulnerabilidades.
Lo que muestran estos sucesos es que vivimos en un mundo petrodependiente. El petróleo no es solo una fuente de energía que mueve coches, aviones, fábricas o tractores, sino una materia prima para múltiples procesos y producciones que hoy sostienen el metabolismo económico. Los combustibles fósiles están en el epicentro del caos climático, pero son además los ladrillos de las diferentes fases de los procesos productivos. Por eso, esa pequeñita franja de mar que llamamos Estrecho de Ormuz se ha convertido en el ombligo del mundo económico y financiero. También ilustran sobre la ecodependencia, que implica a todos los minerales de la tabla periódica y a los ciclos y procesos naturales que hacen que todo funcione.
Es por eso, que una y otra vez, defendemos que atajar la crisis ecosocial no es solo cambiar refinerías por parques eólicos. Ni centrar la mirada solo en el cambio climático. Implica transformar radicalmente los modelos productivos y las formas de organizar la vida en común para sostener necesidades humanas, las de todos, en un contexto de fuerte cambio de la organización de la trama de la vida y de contracción material.
Reconocer esta situación es doloroso y a la vez condición necesaria para abrir posibilidades de evitar que lo que se anuncia a bombo y platillo desde diversos campos del conocimiento llegue a suceder, o mejor dicho, aumente violentamente de escala, porque suceder, ya está sucediendo.
Se llamó desarrollo a sacralizar el capitalismo fósil. Pero también tenemos una socialdemocracia fósil, socialismos fósiles y regímenes autoritarios fósiles. Todos ellos, ahora, se van arrastrando hacia dinámicas autoritarias y supremacistas, o se muestran impotentes y frágiles ante esa deriva.
Asistimos al desmoronamiento del orden establecido después de la Segunda Guerra Mundial. Era un orden desigual y plagado de sesgos y hechos coloniales, antropocéntricos y patriarcales, pero se fundamentaba en el relato de los derechos humanos, el diálogo multilateral y la renuncia a la guerra. Hoy esa narrativa se derrite como las juntas de los raíles en Leipzig.
Ahora, la guerra se naturaliza y el debate sobre seguridad se centra en los riesgos para la economía y el abastecimiento. La violencia, las muertes, el despojo, las expulsiones o el destrozo del territorio, si son lejanos y permiten mantener a raya los precios y el acceso a los bienes deseados, son hasta aceptables. El gobierno de Israel y su impunidad a plena luz son la mayor evidencia de esa descomposición. Cuando Marco Rubio defiende el desmantelamiento de la Corte Penal Internacional “ladrillo a ladrillo”, evidencia el colapso de una determinada forma de concebir la política y también de expresarla. De este desmoronamiento desigual, rapiñador y autoritario era del que hablaba Ramón Fernández Durán en La quiebra del capitalismo global.
La emergencia de la ultraderecha autoritaria, del supremacismo, el racismo, la voluntad de supeditación de las mujeres, de la crueldad como bandera política son, entre otras cosas, la respuesta distópica a la crisis ecosocial.
Por un lado, se reivindica sin tapujos la necesidad de apropiarse de bienes y recursos y se le otorga a la geopolítica una importancia que venía siendo negada. Las actuaciones imperialistas del Gobierno Trump desde su constitución son la muestra más descarnada.
Por otro, se recorta y desbarata el estado de bienestar. Un buen ejemplo, que Friedrich Merz ha explicado sin paños calientes, es el recorte del gasto público en Alemania propuesto por su Gobierno.
Menos camas hospitalarias, menos tratamientos, menos estancias en hospital, menos tratamientos dentales, menos dinero para financiar los hospitales públicos y a los médicos adscritos a la red sanitaria pública, menos protección en subsidios sociales, menos ayuda infantil. Menos es la palabra clave. Menos para revitalizar la capacidad de crecimiento y cumplir la voluntad, vestida de necesidad, de inversiones en rearme, dice Merz.
El canciller propone también la eliminación del seguro sanitario gratuito para cónyuges no cotizantes –mayoritariamente mujeres que cuidan en casa–. Merz ha adelantado que las pensiones alemanas quedarán convertidas en una “cobertura básica” para la vejez y advierte que no serán suficientes para garantizar el nivel de vida a largo plazo.
En otro lugar, Túnez, el 23 de julio amanecía con largos cortes de luz a diario que afectan a los barrios más populares, mientras que las zonas privilegiadas se libran de apagones. Los cortes se producen porque las infraestructuras eléctricas no aguantan unas temperaturas máximas de 48ºC y unas mínimas que no dan descanso. Los cortes de electricidad afectan también a las plantas de bombeo de agua y a las desalinizadoras, a los hospitales, la restauración y en general a todos los ámbitos de la vida cotidiana.
Este, el de Alemania y el de Túnez, es el decrecimiento por las malas.
Son muchos los esfuerzos, conocimiento y posibilidades que podrían ayudar a organizar la vida de otro modo. Tanto en las formas de producir alimentos, de generar energía de base renovable, de ordenar el territorio con enfoques biorregionales… La educación ecosocial, las estrategias para garantizar cuidados, los modelos de transporte, las formas de producir alimentos, la gestión de los riesgos… En todos esos ámbitos hay propuesta multiescalar, adaptada a lo local y a los ámbitos regionales y estatales. Se sabe qué habría que hacer. La cuestión de fondo es que si que lo se hace se inscribe en la consciencia plena de la situación de translimitación y en la voluntad de no dejar a nadie atrás.
Necesitamos restaurar un marco de relaciones con la tierra y entre personas que permitan albergar una esperanza digna de ser nombrada como tal. No es sólo restar CO2. Ni reducir las acciones a la mejora de algunos procesos industriales. Ni solo la posibilidad de instalar toda la energía renovable posible. Todas esas acciones son, indudablemente, necesarias. Pero cualquier alternativa corre el riesgo de convertirse en monstruosa si orbita alrededor del beneficio apetecido por élites que concentran de una forma brutal poder mediático, económico y político y no en torno a la garantía de condiciones de vida decente para todas.
Bajo lógicas supremacistas, hasta la agricultura regenerativa puede ser monstruosa, también los modelos energéticos o de transporte basados en tecnologías renovables. Margaret Atwood en El cuento de la criada recreó una sociedad distópica en la que, el decrecimiento material forzoso o la enfermedad causada por la contaminación obligó a adoptar formas de existencia más adaptadas al contexto ecosocial. El ecofascismo puede existir de forma explícita o enmascarada sostenido sobre lógicas de capitalismo verde
Restaurar significa volver a poner en pie. La restauración implica realizar actuaciones de reparación y regeneración profundas e integrales, en muchos casos se trata de dejar que la naturaleza actúe y aliarse con ella. Conlleva reducir la desmesurada huella ecológica de lo humano y hacer un gigantesco esfuerzo de redistribución. Requiere voluntad política e inversiones.
Tengo que reconocer que no conozco ninguna propuesta política que me parezca encaminada a trabajar en esta línea. Y os juro que me encantaría. Aunque no fuese perfecta, aunque estuviese plagada de contradicciones. Eso no es óbice ni cortapisa para que cuando toque, deposite el voto para quien me parezca que puede obstaculizar, aunque solo sea un poco, las derivas más violentas.
A mí me parece que lo menos dudoso es unir indisociablemente las agendas sociales y ecológicas, situar la cobertura de las necesidades y la recomposición de comunidades sólidas y cohesionadas como prioridad. Y ahí sí que mantengo una esperanza honesta, que no promete soluciones fáciles, ni se desprende de la contradicción, la discrepancia o la alianza a veces incómoda. No me fío mucho de las alianzas incómodas por arriba y en el último momento, pero las defiendo a muerte por debajo, porque las he visto funcionar y construir. Tengo la suerte de participar en espacios en los que he comprobado que las personas diversas y comunidades no expuestas al escrutinio de las redes sociales ni al cálculo electoral, son capaces de discrepar con firmeza, inteligencia y capacidad de escucha, de llegar a acuerdos y de atreverse a experimentar. Algunas de estas iniciativas se dan en espacios en los que lo público y lo autoorganizado cooperan. Como las experiencias que se recogen en el informe sobre alianzas público comunitarias que ha coordinado José Luis (Kois) Fernández Casadevante y auspicia el Foro de Transiciones.
Se requiere autoorganización, porque sí es verdad que el pueblo salva al pueblo, tanto, que la política social y los servicios públicos son el resultado de la organización del pueblo. En un contexto de crisis ecológica y climática con grandes cotas de incertidumbre, las personas tenemos que estar preparadas para actuar ante incendios o danas, porque la prevención y los primeros minutos son claves y son tantas las cosas que vamos a vivir que es necesario pringarse y no delegarlo todo. En lugares como Cuba, que han sido pioneros y reconocidos por la capacidad de gestionar los riesgos climáticos, el papel de la ciudadanía organizada coordinada con las instituciones públicas ha sido crucial. Podemos aprender de ello. La colaboración entre los servicios públicos y las personas consciente y organizadas es, a mi juicio, fundamental.
La educación y el periodismo pueden ser elementos facilitadores en la construcción de una constelación de movimientos, incluso sin nombre, logo o página web, flexibles y preparados para lo imprevistos que puedan venir. Desde un estallido social, hasta las posibilidades de reorganización después de un incendio o dana. Desde una alianza imprevista con posibles mamdanis, hasta constructores de cooperativas de todo aquello en los que sea posible cooperar. La clave es trabajar para crear las condiciones y estar dispuestos a colaborar con otros. Muchos ya existen, fuera de los focos, invisibles. Se pusieron en pie sin que nadie pidiese permiso.
Si me importa que exista CTXT es, entre otras cosas, por la oportunidad de empujar y dar visibilidad a las transiciones que ya han comenzado.
El diccionario también contempla una acepción de la palabra derretir que se refiere figuradamente a ablandarse o deshacerse de amor. En un mundo que se derrite, el periodismo, como la política, ha de ser una forma de amor fiero, veraz y riguroso, imprescindible para convertir cada zona de sacrificio en una zona de reexistencia.
Yayo Herrero es activista y ecofeminista. Antropóloga, ingeniera técnica agrícola y diplomada en Educación Social.


