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Movimiento indígena ecuatoriano y elecciones

Entre el espejismo del simulacro y la tentación del espectáculo

Fuentes: Rebelión

Una de las virtudes del liberalismo es que hace desaparecer, en tiempos de elecciones, los conflictos sociales. La democracia se convierte en el escenario de mercadeo político, maquillaje de la realidad y la impostación de los discursos. La política se convierte en simulacro y espectáculo. En las elecciones, la democracia nace y muere en el […]

Una de las virtudes del liberalismo es que hace desaparecer, en tiempos de elecciones, los conflictos sociales. La democracia se convierte en el escenario de mercadeo político, maquillaje de la realidad y la impostación de los discursos. La política se convierte en simulacro y espectáculo. En las elecciones, la democracia nace y muere en el voto. La aporía del voto como fundamento de la democracia, en realidad, expresa la alienación mercantil como fundamento del capitalismo. Entre la democracia como expresión del poder del pueblo y el ejercicio real de ese poder, media la representación política que nada tiene que ver con la democracia, pero mucho con el poder. Así, las elecciones generalmente permiten el recambio del poder pero no su crítica, ni su deconstrucción.

Es un curiosa paradoja de la historia que el movimiento indígena ecuatoriano, uno de los movimientos sociales más lúcidos del continente, y que ha forjado jornadas de resistencia muchas veces heroicas contra el capitalismo, y que tenía absolutamente claro los contenidos reales de la dominación política en las aporías de la democracia y las elecciones, en la coyuntura electoral del año 2016-2017, sucumba a los pronósticos, se pierda en el laberinto de las encuestas, arríe sus banderas de crítica radical al sistema, y ceda las líneas rojas de su proyecto histórico.

Estamos lejos de aquellas épocas en las que el movimiento indígena ecuatoriano marcaba distancias con el sistema político, expresaba sus desacuerdos y asumía posiciones tan radicales pero tan coherentes con su visión de sociedad y de historia, que no le importaba perder las elecciones con tal de no perder la ética y el espacio político de su proyecto histórico. En las elecciones del año 2006, en un gesto de quijotismo extremo, el movimiento indígena apostó electoralmente por su líder histórico Luis Macas, sabiendo a ciencia cierta que era una candidatura que tenía nulas posibilidades en el escenario electoral. Se trató de una jugada que solo podía ser comprendida desde la perspectiva histórica de largo plazo del movimiento indígena. A veces para mantener la coherencia política, es necesario el sacrificio. Gracias a ese sacrificio el movimiento indígena pudo abrir el espacio de resistencia al extractivismo y la privatización de los territorios, con la legitimidad de no haber sido cómplice ni haber tenido participación alguna en la llegada al poder del Presidente Rafael Correa.

Años después, y luego de haber sufrido la violencia del modelo de dominación política que emergió durante el gobierno de Alianza País (2007-2016), el movimiento indígena, de forma paradójica y contradictoria con sus principios, decide entrar en las elecciones abjurando de su ética política, cediendo los puntos más fuertes de su agenda de resistencia social y negociando pequeños espacios de poder con sus socios del momento.

En efecto, el movimiento indígena ecuatoriano que tenía todo por ganar en el escenario electoral ecuatoriano del año 2017, porque tenía la legitimidad de haber sido el movimiento social más tenaz y con mayor capacidad de resistencia y lucha social durante todo el periodo de Alianza País, decide subsumirse a la candidatura de un partido político que de izquierda solo tiene el nombre: «Izquierda Democrática», bajo la bandera de un candidato presidencial, el militar retirado Paco Moncayo, que ha hecho de la ambigüedad y el pragmatismo la condición de posibilidad de su propio espacio político, y bajo una constelación de organizaciones políticas agrupadas bajo el nombre de Acuerdo Nacional por el Cambio, que es más un espacio de negociación de posiciones electorales que una real opción de resistencia social y construcción de alternativas.

Empero, las posiciones políticas de Moncayo empiezan a emerger y entran en directa contradicción con el proyecto político del movimiento indígena. De hecho, en varias declaraciones públicas, Moncayo ha apoyado la política extractiva del gobierno de Alianza País y considera que de ganar las elecciones continuaría el extractivismo minero y petrolero; también ha declarado que no tendría problemas en negociar con el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, acuerdos de deuda externa y condicionalidad. No solo ello, sino que Moncayo aceptó una alianza electoral con Jimmy Jairala, líder del movimiento Centro Democrático, quien fuera acusado de corrupción por los propios asambleístas del movimiento indígena Pachakutik y, hasta hace algún tiempo, aliado incondicional del gobierno de Alianza País.

El movimiento indígena, que en otras circunstancias habría sido radical con respecto a esas declaraciones y alianzas, ahora guarda un ominoso silencio, se refugia en sus propios cálculos electorales y considera que los acuerdos a los que ha llegado son más importantes que la ética de su proyecto histórico.

En la coyuntura electoral del año 2016-2017, la dirigencia política del movimiento indígena ecuatoriano decide sustraerse del debate político, y deja que sean el sistema político y los partidos políticos del poder los que decidan la agenda política nacional. Así, los temas fundamentales que formaban parte del proyecto histórico del movimiento indígena, como la construcción del Estado Plurinacional, la desarticulación del extractivismo, la defensa de los territorios y la vida, el rechazo a los tratados de libre comercio, le democracia intercultural y plurinacional, el Sumak Kawsay como alternativa al desarrollo devastador de la naturaleza, entre otros temas, desaparecen del escenario, porque el sujeto político que podía enunciarlos y defenderlos, el movimiento indígena, decidió guardar silencio, y lo hizo porque en esa coyuntura electoral consideró que su silencio quizá podría garantizar el cumplimiento de las expectativas electorales de sus dirigentes.

Empero, todos los datos apuntan a que en las próximas elecciones la disputa del poder estará entre la derecha empresarial y el partido de gobierno, Alianza País. Así, la apuesta que hace el movimiento indígena por subsumirse detrás de la Izquierda Democrática, quizá sea una apuesta perdedora. Pero no importa perder si a largo plazo se pueden abrir los espacios sociales de resistencia y movilización que permitan cambiar a la sociedad. Pero la situación sería dramática en el improbable caso que la Izquierda Democrática ganase las elecciones, porque el movimiento indígena habría resignado su espacio de resistencia en función de sus alianzas electorales y, en ese contexto, le será muy difícil resistir al extractivismo y el neoliberalismo de un gobierno al que ayudó a llegar al poder. La cuestión está en que en ambos casos el movimiento indígena pierde todo, y quizá lo más importante: el sentido ético de su resistencia y de su trayectoria.

Las decisiones asumidas por el movimiento indígena son la sumatoria de una serie de desencuentros, conflictos internos, y desgarres profundos que demuestran los niveles de intervención en la organización social desde diversos sectores ajenos al movimiento indígena, así como sus propios liderazgos oportunistas y carentes de una visión histórica de largo plazo. Demuestran así la fragilidad de estos liderazgos. Demuestran que a veces el liberalismo es un laberinto sin salida cuando se pierde la brújula de la ética y la convicción. Si bien la estructura organizativa pudo resistir el embate del extractivismo del gobierno de Alianza País a través de grandes movilizaciones sociales, sus organizaciones políticas han sido cooptadas por los poderes de turno y han demostrado ser demasiado vulnerables en momentos electorales.

El movimiento indígena se enfrenta así a una de las coyunturas más difíciles de su historia reciente, aquella de perder de forma definitiva su partido político Movimiento de Unidad Plurinacional Pachakutik, creado en la coyuntura de 1995-1996, o debilitarlo de tal forma que se convierta en un actor marginal del debate político del Ecuador. Tal como ha negociado su participación electoral al interior del Acuerdo Nacional por el Cambio y con la Izquierda Democrática, el espacio político que le han dejado sus socios al movimiento indígena es tan pequeño que es altamente probable que en las próximas elecciones el movimiento indígena no pueda cumplir siquiera con los requisitos planteados por el Código de la Democracia para su pervivencia política.

Quizá la coyuntura señale el agotamiento de un ciclo y de una dirigencia en el movimiento indígena. Quizá sea necesario que el movimiento indígena vuelva a encontrar el sentido histórico de su proyecto de largo plazo y empiece otra vez de cero. Con dirigencias más desasidas de la coyuntura. Con liderazgos más éticos y más comprometidos con su propio proyecto histórico. Con una visión de largo plazo en donde cuente lo fundamental: aquella utopía de construir el Estado Plurinacional y el Sumak Kawsay.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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