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Entre marido y mujer…

Fuentes: Insurgente

La Habana- Iba yo de Boyeros hacia el capitalino Vedado, cruzando el cementerio de Colón. Al enfilar por 12, un tumulto divisado a la altura de 23 me obligó al paso cauto, porque ya son historia aquellos tiempos cuando la curiosidad me lanzaba al gentío para averiguar sobre el suceso congregador. «¿Qué pasó, señor?» Y […]

La Habana- Iba yo de Boyeros hacia el capitalino Vedado, cruzando el cementerio de Colón. Al enfilar por 12, un tumulto divisado a la altura de 23 me obligó al paso cauto, porque ya son historia aquellos tiempos cuando la curiosidad me lanzaba al gentío para averiguar sobre el suceso congregador.

«¿Qué pasó, señor?» Y me explicaron con lujo de detalles. Un hombre había vapuleado sin contemplación a una mujer, su pareja, como si esta fuera un saco de boxeo. Un joven que presenciaba la escena desde la acera de enfrente abandonó el Café Literario, para intentar a las buenas detener la golpiza. El agresor se le encaró raudo e intentó una embestida, que el defensor esquivó, antes de derribar al machazo de un puñetazo sensacional. Sentado en el piso, el hombrón no atinaba sino a mascullar: «Yo te cojo, coño, seguro que te cojo». Y ahí vino el acabóse. Una viejecita le impidió pararse, a mandobles de sombrilla. Llegó la policía -rápidamente esta vez-, y se llevó al cromañón, la mar de contento, «porque me matan, compañero, me matan».

El escarmiento no dejó de alegrarme, aunque me llamé a capítulo por lo pernicioso de la justicia por su propia mano, y porque socialmente la violencia no se responderá con dosis de lo mismo. En honor a la verdad, mi complacencia encontraba causa más bien en el espíritu gregario de desagravio, de protección. Porque -raro, ¿eh?- en esta ocasión dejó de funcionar la justificativa máxima populachera de «entre marido y mujer nadie se debe meter», y una multitud imbuida de un ejemplo -el de un imberbe caballero sin tacha y sin miedo, o con el miedo embridado- había deshecho un entuerto, cual Quijote colectivo. Como en Fuenteovejuna, todos a una.

Demás está puntualizar que en todas partes cuecen habas. Y que, en medio de cierto auge de una actitud presentista, de sálvese quien pueda, inherente a la crisis económica, en determinados sectores poblacionales se han desgastado valores como el arrojo con que los cubanos solemos impedir cualquier abuso. Más uno contra la mujer. Contra un sexo protegido por las leyes aquí, en el archipiélago, pero no exento de experimentar violencia física o de otro tipo: la intimidación, el maltrato psicológico, son variantes de un mismo fenómeno.

Y a escala planetaria la situación resulta peor, a juzgar por las estadísticas: «el 25 por ciento de las mujeres sufre abusos sexuales por parte de sus parejas; solo el cinco por ciento de las violaciones denunciadas termina en condena; seis mil de ellas mueren cada año por las consecuencias de abortos clandestinos en América Latina; el 80 por ciento de los refugiados son mujeres, niñas y niños; el 70 por ciento de los mil 300 millones de pobres del mundo son también mujeres y niñas; el 70 por ciento de las víctimas de acoso sexual, moral, en el trabajo son mujeres…».

Según la ONU, una de cada tres sufre violencia de género. Violencia que se explaya en el ámbito familiar, el espacio laboral y la vida política, y cuya base radica en la posición inferior que, desde el patriarcado de antaño hasta el de ahora -casi siempre- se les ha deparado, como parte de una humana naturaleza empecinada en lucir inmutable.

Si de datos se trata, prosigamos un tanto al azar. En Argentina, una es asesinada cada 36 horas -el 40 por ciento de ellas, por sus parejas-, mientras en México el 67 por ciento ha recibido en cuerpo y alma al menos algún tipo de desafuero en su vida. En el sur del antes laico Iraq, grupos de fundamentalistas se solazan en matarlas, si osan maquillarse o desoír la orden de andar cubiertas de la cabeza a los pies.

Como ha expresado la analista Nazarim Amiriam, en muchos países, entre los inmigrantes, los hombres afrontan un acelerado proceso de pérdida de autoridad y el trueque de los roles tradicionales. Todo un choque contra su fondo cultural, que legitima el control del varón sobre su hembra, su «artículo personal». Ellas devendrán criaturas seudo mitológicas, mitad objeto del deseo, mitad makiwara (habría que preguntar a un karateca si la palabra se escribe así).

A todas luces, una cultura de respeto y paz, de no agresión, representa uno de los mayores desafíos de las sociedades actuales, transidas de la violencia de género, sobre todo de la «invisible», la de puertas adentro, la familiar, que descansa en el poder patriarcal. Según la psicóloga cubana Lourdes Fernández, «con sus normas y mandatos diferentes para mujeres y hombres, el amor reproduce relaciones de poder de género existentes en la sociedad». Aquí y allá, dondequiera. Claro, «el patriarcado hoy es más sutil, consensual, con otros rostros de dominación. Los estereotipos se transforman pero la masculinidad, su connotación patriarcal, sobrevive, permitiendo incentivar ciertos comportamientos y censurar a quienes quieren cambiar».

Censurar incluso a esos que no escuchan el consejo populachero de «entre marido y mujer»…, y siguen el paradigma de un joven presto, cuya violencia o contraviolencia, respondona y justiciera, aplaudí con delectación, yo mismo, de suyo tan pacífico… Y acepto la crítica. Y hasta la psicoterapia.