Recomiendo:
0

Entrevista a Alfredo Serrano Mancilla sobre la situación económica española (y Ecuador)

«España debe mirar sin soberbia y entender que para no padecer ‘décadas sufridas’ las mayorías demanden otra manera de ejercer la democracia»

Fuentes: Rebelión

Alfredo Serrano Mancilla es doctor en Economía y Coordinador América Latina Fundación CEPS. La Fundación Centro de Estudios Políticos y Sociales (CEPS) es una organización política no partidaria dedicada a la producción de pensamiento crítico y al trabajo cultural e intelectual para fomentar consensos de izquierdas. Su compromiso con la izquierda, puede leerse en su […]

Alfredo Serrano Mancilla es doctor en Economía y Coordinador América Latina Fundación CEPS. La Fundación Centro de Estudios Políticos y Sociales (CEPS) es una organización política no partidaria dedicada a la producción de pensamiento crítico y al trabajo cultural e intelectual para fomentar consensos de izquierdas. Su compromiso con la izquierda, puede leerse en su página web, «está presidido por nuestras aspiraciones por la Democracia y el Socialismo, como tensiones siempre abiertas hacia la emancipación social, para construir formas de convivencia en libertad e igualdad». El sistema capitalista, en su opinión, «ha demostrado ser incapaz de asegurar una vida digna a la mayor parte de la población del planeta y hoy pone en riesgo la propia supervivencia del género humano». Para las mujeres y hombres que militan por la transformación social, por la Democracia y el Socialismo, añaden, «la denuncia de las promesas incumplidas del orden capitalista tiene que ir acompañada de la generación de un horizonte alternativo en torno al cual transformar el descontento en organización y movilización. Esto requiere, en primer lugar, de una batalla cultural e intelectual frente al pensamiento dominante, sus categorías y sus mitos».

***

Sostenía usted en un artículo reciente sobre la situación económica española -«Transición endeudada en España»- que el importe global de la deuda en España había aumentado -no disminuido- en estos últimos años: del 352,4% del PIB en 2008 al 395,7% en 2011. ¿Y esto cómo se come? Aquí, en España, no nos paran de hablar de disminuir en déficit público y -menos, mucho menos- de atajar la deuda privada.

Ha habido una reestructuración de la deuda, diseñada de la manera menos beneficiosa para el bienestar de las mayorías. La política económica en España, en las últimas décadas, siempre se ha ocupado muy hipócritamente por alcanzar el dogma neoliberal del déficit. Desde 1996, el gobierno español consiguió reducir el déficit a base de vender todo lo público que podía ser rentable, lo que en términos contables es «pan para hoy, hambre para mañana». Esto es, se obtienen ingresos en el presente para dejar de ingresar en el futuro. Pero además, aún hay algo más perverso en todo esto, y es que no es cierto el otro dogma de la eficiencia del sector privado, o la reducción de precios por la mayor competencia. ¿Alguien puede afirmar que el servicio de la Telefónica privatizada ha mejorado? ¿Alguien puede afirmar que se han bajado los precios? Todo lo contrario, lo privado no es per se nada mejor.

En los siguientes años, ya en siglo XXI, la obsesión fue el pago de la deuda pública asegurando a los acreedores sus tasas de ganancias. Se llegó a un valor muy bajo de la deuda pública, incluso mucho más bajo de lo marcado por los criterios de convergencia neoliberales de la UE (tratado de Maastricht). Sin embargo, el nuevo modelo económico, forjado en la alianza PSOE-PP y pensando para el beneficio de una minoría, permitió e incentivó una política de endeudamiento privado que en el corto plazo «inflara» la riqueza -el PIB, por ejemplo-, aunque luego se desinflara rápidamente en claro perjuicio de las grandes mayorías.

¿Por qué cree usted que el gran problema de España es la deuda privada? Por lo demás, cuando hablamos de deuda privada, ¿de qué y de quienes estamos hablando?

La deuda privada es el gran problema porque no tiene capacidad real de generar ingresos sostenibles para financiarse. Además, está muy concentrada, está en manos de muy pocos. El 95% de la deuda empresarial corresponde a las grandes empresas. En otras palabras, el 95% de la deuda empresarial, decía, pertenece sólo al 0,153% de las empresas españolas.

La cuestión, destaca usted con énfasis, no es propiamente el volumen de esa deuda sino el «para qué» de «ese alto nivel de endeudamiento». ¿Puede responder usted mismo a esa pregunta que formula?

Estamos en un mundo cada vez más obnubilado por la macrocifra, por el dato agregado que puede eclipsarlo. Es cierto que el volumen de deuda privada es algo a tener en cuenta, desde luego, pero lo más importante es saber para qué se usa esta deuda. Si esta deuda privada hubiese sido encaminada a la economía real y de rostro humano, estaríamos en otro escenario mucho más adecuado.

La deuda privada se ha direccionado mayoritariamente para una economía ficticia (de casino, de especulación, de productos financieros, de apuestas financieras). Y la otra parte de la deuda privada destinada a la economía real, ha sido para una economía real con fecha de caducidad temprana, la construcción; insostenible en el medio plazo, que generaba beneficios muy concentradamente, y que más que resolver un problema social lo agudizaba mediante hipotecas, con letra pequeña, muy desfavorable para los de abajo. Esta política económica no abogó por una economía real, ni por el cambio de matriz productiva, ni por superar la economía de base estrecha (el turismo y la construcción). No incorporó a las pequeñas y medianas empresas en el patrón productivo. No cambió el régimen de acumulación para que las mayorías tuvieran más participación.

¿Por qué, como también usted señala, esa deuda no es democrática? ¿Qué tiene que ver la democracia con las deudas privadas?

La transición política española instaló el concepto de democracia como una gran victoria. Y lo fue, pero la democracia no puede ser algo circunscrito exclusivamente a una regla procedimental para elegir gobierno cada cuatro años. Si a unos niños de una escuela les propusiéramos que la forma más justa de organizarse es depositar un papel con un nombre, y que el más votado fuera quien decidiera todo las reglas de convivencia durante cuatro años, todos los niños nos dirían que estamos locos, que eso no es justo en absoluto. Estamos, hoy en día, en España, en una democracia aparente, una democracia carente de eficacia en las cuestiones más fundamentales para las mayorías. En materia económica, la democracia brilla por su ausencia. Y con la deuda, sucede igual, está en muy pocas manos, y estas manos son las verdaderas responsables, y no las mayorías que sólo poseen un porcentaje menor de la deuda privada global. No puede existir democracia real si sólo unos pocos han podido financiarse.

No existe democracia real si las deudas privadas de las grandes fortunas pueden ser saneadas con fondos públicos, pero, por el contrario, las deudas privadas hipotecarias de las familias que no pueden pagarse son respondidas con embargos que expropian la casa condenando a seguir pagando parte de la deuda. ¿Esto es democracia?

¿Por qué tiene tanto poder la banca y las empresas financieras en España? ¿No ocurre lo mismo en otros muchos lugares del mundo? En Ecuador por ejemplo.

En España, como en buena parte del mundo globalizado por el neoliberalismo, el mundo financiero tiene un rol protagónico. No obstante, tampoco me parece acertado asumir cierto discurso que proponen un capitalismo bueno, el industrial, y otro malo, el financiero. No podemos descuidar que ambos son dos caras de una misma moneda, de un modo de acumular y generar estructuras desiguales. La reinvención del capitalismo, de fines de los 70s y principio de los 80s, defendió un modelo económico basado (entre otras cuestiones) en la financiariación de la economía, o sea, una economía cada más dependiente del capital financiero en todas sus formas. La reactivación de la tasa de beneficio de las grandes fortunas está, desde entonces, íntimamente ligada a esta nueva economía financiarizada. El neoliberalismo impuso las reglas del juego para que los poderes económicos financieros pudieran lucrarse tanto de la economía real como de la economía de casino. La banca ha ido abandonado progresivamente una función social y económica, para desarrollar cualquier tipo de actividad, productiva o no, real o no, que permitiera enriquecerse a costa de quien fuera. Los banqueros han dejado de ser banqueros.

En Ecuador, también sucedió lo mismo en las décadas anteriores, pero la gran diferencia es que actualmente se está procurando enfrentarse a este mal sistémico. Así, la actual Constitución ecuatoriana pone límites a la relación banca y medios de comunicación; ha habido una aprobación de la ley antimonopolios que también limita al poder financiero en sus prácticas (no es una ley de libre competencia); se ha aprobado una ley para que la banca deba traer los fondos depositados en el extranjero; se ha implementado un impuesto sobre divisas que regula la circulación libre de capitales. Son muchos cambios que aspiran a poner frenos a la todopoderosa banca. Y aún restan muchos desafíos en este terreno. Por ejemplo, convertir al crédito en más productivo, o que la banca puede obtener sus beneficios pero bajo la tutela de un plan nacional para el buen vivir que afecte positivamente a la mayoría de los ciudadanos.

Entre 1999 y 2006, es un dato que también destaca en su artículo, las empresas españolas han aumentado «sus beneficios netos en un 73%, más del doble que la media de la UE». ¿Se han evaporado esos beneficios? ¿No demuestra su cuantía, mirada comparativamente, que el empresariado español es muy listo, muy práctico y muy eficaz?

En economía, la ortodoxia neoclásica al servicio del neoliberalismo, se olvida con mucha facilidad de la acumulación originaria (como diría Marx). La anualidad como horizonte temporal para hacer política económica invisibiliza lo acumulado en años anteriores. El neoliberalismo formuló una estrategia muy eficaz en este aspecto: lo público debe ser vez más reducido, pero por el contrario, cuando el sector privado (me refiero a las grandes fortunas) tienen alguna reducción de beneficios, el estado «neoliberalizado» se hace servidor no público sino corporativo. Es decir, las grandes fortunas en España tuvieron todas las facilidades para ordeñar al extremo a la burbuja económica, y después, cuando no hubo más burbuja, el estado corporativo asume el riesgo y las pérdidas. Todo un clásico: privatizar beneficios para unos pocos, pero repartir las pérdidas para las mayorías

Desempleo y caída de salarios, señala usted, para mantener constante la tasa de ganancia, «esto y no la mal llamada crisis es lo que ocasiona que el desempleo haya pasado del 9% en 2007 al 24,63% en 2012». ¿Mal llamada crisis? ¿Nos explica este matiz?

La crisis es explicada como causa de todo lo que está pasando, y no es así. La llamada crisis es el resultado de una patrón de crecimiento basado en una estructura distributiva desigual. Recuerdo ahora lo que dice el compañero secretario nacional de Ciencia y Tecnología (Senescyt) de Ecuador, René Ramírez, «La crisis es un momento de apogeo del capitalismo porque concentran mucho más el poder económico». En estos momentos, las decisiones político-económicas también se concentran en muy pocos.

La caída de la tasa de ganancia de las grandes fortunas es siempre usada como excusa para hablar de la crisis como fenómeno meteorológico (no político, sino técnico) que debe ser resuelto con el famoso ajuste de las condiciones sociales de las mayorías: más desempleo, caída de los salarios reales y exterminio de muchos derechos sociales. .

Habla usted de «una nueva transición en marcha». ¿Qué transición es esa? ¿Hacia donde va?

Está en disputa el sentido de la transición. Unos, la minoría representada por los instrumentos de la democracia aparente (PP y PSOE), propugnan una transición que defienda sus propios intereses. Y he aquí el quid de la cuestión: las mayorías deben de plantear otra transición que proteja y vele por los suyos. La minoría usa «la técnica» como artilugio para transitar a otro escenario donde las mayorías sigan condenadas a repartirse las migajas (teoría del goteo) que sobran del «empacho» de las minorías. Los de arriba, en España, desean forzar un remake de los Pactos de la Moncloa como modelo «ejemplar» de transición político-económica, en versión más neoliberal y anclada en la Unión-Alemana-Europea. En el otro lado, está la otra transición, guiada por la mayoría, en pro de una soberana y democrática economía, donde los mercados solo sean lugares de compras para los ciudadanos, los servicios básicos sean rescatados, la vivienda sea un lugar sólo para vivir y no para especular, la educación no sea un privilegio, la sanidad sea pública para todo el mundo, la banca preste dinero en vez de robarlo y/o inventarlo, el tejido productivo se reactive y se distribuya, la jubilación sea un derecho y no un chantaje, las relaciones económicas sean humanas, sociales, estratégicas y soberanas, y por último, la Unión Europea sea una institución que garantice que no haya deuda social y que la deuda monetaria ilegítima no sea pagada, y la que haya que pagar se pague poco a poco y cuando se pueda. La disputa de la transición está servida.

Como alternativa, usted defiende un «gran pacto de las mayorías a favor del desendeudamiento social sin pagar deuda ilegítima». ¿Cómo cree que puede conseguirse este gran pacto? ¿Cree en él realmente?

Sí, absolutamente, creo en ese gran pacto. Sólo se transformará la situación pensando que es posible. Si uno mira a lugares como Bolivia o Ecuador, no hubiera sido fácil imaginar ese gran pacto de una mayoría excluida por el modelo económico y político. Y fue posible. Claro que las diferencias son muchas entre un lugar y otro, pero claro que es factible un gran pacto de las mayorías. Estas tienen más puntos de acuerdo de lo que a veces creemos, o mejor dicho, de lo de que nos ha hecho ver la maquinaria comunicativa cultural-económica-política-social.

¿Deuda ilegítima? Nos explica esta noción que también usted usa alguna vez en su artículo.

Es aquella que no es justa, que reside fuera de la democracia real. Es aquella deuda que no tiene fin social, no es una deuda para el bien de todos.

Es importante romper con el tabú de la legalidad; muchas veces, lo legal es fruto de pactos políticos (y económicos) de la minoría y no necesariamente garantiza el interés de las mayorías. Podríamos citar muchos ejemplos de leyes durante el franquismo que tenían muy poco de legítimo. La deuda legal es resultado de una democracia aparente. Y esta deuda es ilegítima porque es contratada para «blanquear» la deuda privada. Es una deuda a favor del bien de unos pocos, que no debe ser asumida por las mayorías. Por eso es absolutamente ilegítima.

Cuando las instituciones tipo FMI, UE, Banco Mundial o BCE hablan de rescate, ¿de qué están hablando exactamente?

Hablan de rescatar pero se refieren a lo que ellos mismos denominan entidades financieras sistémicas. Son palabras del ex presidente del BCE, Trichet, refiriéndose a las entidades financieras que sostienen el sistema, dicho de otro modo, las que sostienen el negocio. Se rescata el beneficio de las grandes fortunas. Se pretende rescatar el propio sistema que nos llevó a esta situación insoportable e injusta para las mayorías.

Cambio un poco de tercio. En 2007, señala usted, el nuevo gobierno de Ecuador decidió «auditar la deuda contraída por la vieja casta política», declarando ilegitima una parte no marginal de la misma. ¿Qué pasó? ¿El Dios-Mercado no se les comió crudos?

El Dios-mercado -que, por cierto, es muy terrenal y tiene nombres y apellidos y rostro humano (habría que discutir mucho, eso sí, si este último adjetivo es aceptable para estos casos)- consideró que la amenaza del gobierno de Ecuador era creíble. Este acto de soberanía de Ecuador era muy sólido porque era sustentado por una gran mayoría que había respaldado al propio gobierno. Y, por otra parte, la amenaza de los acreedores financieros internacionales no fue tan creíble por diferentes motivos: en primer lugar, porque Ecuador tenía otras opciones de financiación en un mundo cada vez más multipolar, y, en segundo lugar, porque los poderes económicos siempre juegan a ganar algo, y en caso de no poder recuperarlo todo, pensaron que era mejor recuperar parte del valor inicial de la deuda. Y así fue: el gobierno de Ecuador aseveró que no pagaría deuda ilegítima. Los acreedores vieron peligrar hasta el último dólar y aceptaron el 30% del valor. El gobierno de Ecuador entendió que esto no era una cuestión técnica, sino eminentemente política, y además, usó todas las armas del mercado, incluyendo las especulativas, para reducir la expectativa de cobro de los acreedores, devaluando de este modo el valor de la deuda.

Ecuador ha preferido optar, son palabra suyas, «por el desendeudamiento social». Parece usted muy partidario de la revolución ciudadana del presidente Correa. ¿Nos regala alguna de sus razones?

En los últimos años, el gobierno de Ecuador ha decidido poner la deuda social (heredada por el neoliberalismo) en el centro de su política económica. La pobreza y la desigualdad se ha reducido año tras año. El desempleo también. EL subempleo, aún elevado, también ha ido reduciéndose en los últimos años. El gasto en inversión social ha crecido mucho en detrimento de pago de deuda pública económica. Además, hay que tener en cuenta que Ecuador decidió abandonar soberanamente el CIADI [Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones, una institución del Banco Mundial con sede en Washington] porque no estaba dispuesto a verse sometido a un arbitro que es más parte (del poder económico) que juez. Expulsó las bases estadounidenses de Manta frente al chantaje de las preferencias arancelarias. Resolvió no pagar buena parte de la deuda ilegitima después de auditarla. Prefirió ser parte del ALBA y no firmar el Tratado de Libre Comercio con la UE ni con Estados Unidos.

No es poco.

No lo es. Todo lo anterior hace que uno sí considere que este proceso merece la pena. No hay duda que en el proceso, como en cualquier otro intento de transformación, hay contradicciones y tensiones, y retos aún por lograr, como, por ejemplo, saldar la deuda histórica de la dependencia, democratizar verdaderamente la matriz productiva para modificar el régimen de especialización no como objetivo en sí mismo sino para cambiar el régimen de acumulación, que reparta más justamente la riqueza para todos.

La pregunta es obligada en estos momentos: que el gobierno ecuatoriano haya mostrado la dignidad que ha mostrado en el caso de Julian Assange, ¿no sitúa a su país en el punto de mira del poder imperial? ¿Duermen tranquilos?

Me imagino que sí. Lo destacable es que ahora no duermen, no dormimos solos, sino con el apoyo de buena parte de la región. Por un lado, se ha tenido un claro apoyo del ALBA, y, por otro, de UNASUR. Pero además creo que se ha logrado el mejor de los disensos en el marco de la OEA: consenso de todos con el voto en contra de los Estados Unidos.

¿Qué experiencias podemos extraer en España de lo que sucedió en América Latina en los años finales del siglo pasado?

La periferia europea debe mirar con atención a lo que está sucediendo en América Latina. Nuestra región sabe muy bien lo que es ser periferia en plena gestión neoliberal del sistema capitalista y conoce en sus propias venas el padecimiento de todas las políticas de ajustes y programas estructurales. Toda periferia padece de ciertas pautas similares: estrechamiento de la matriz productiva, intercambio comercial dependiente, competitividad vía retroceso laboral, descontrol de los sectores estratégicos, financiarización subordinada y sumisión a las superestructuras institucionales internacionales.

No hay duda que hay importantes diferencias, pero sí hay algo en común: mismo instrumental tecnocrático de alto voltaje para implementar las mismas políticas económicas neoliberales. España debe aprender de todo esto, mirar sin soberbia, y al menos entender que la única manera de no padecer «décadas sufridas» es que las mayorías demanden otra manera más real de ejercer la democracia, tal como ocurre en muchos países progresistas de América Latina donde se ha iniciado ya un periodo de década ganada.

La última pregunta, no abuso más: ¿cree que la crisis-estafa que estamos sufriendo puede desplazar al capitalismo al basurero de la Historia?

Esta es una gran cuestión. A veces hablamos del neoliberalismo como si no tuviera nada que ver con el capitalismo y hay que tener claro que el neoliberalismo gestiona el capitalismo, y este último es, sigue siendo, un modo de acumular riquezas distribuidas desigualmente desde las propias estructuras de funcionamiento. Son muchos los momentos en la historia donde el capitalismo se reinventó (crisis de sobreproducción de 1870, crack del 1929, fines de los 70s), y, ahora, el capitalismo global opta por un particular sincretismo en su nueva propuesta de gestión: salida neoliberal a la crisis del capitalismo y recuperación del estado para el servicio corporativo de las grandes estructuras económicas.

¿Quiere añadir algo más?

Agradecer las preguntas porque es una manera linda de pensar y compartir en voz alta.

@alfreserramanci

Para contactar con Alfredo Serrano: [email protected] 

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.