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Estados Unidos y el liberalismo económico: una historia en paralelo

Fuentes: Rebelión

Mil setecientos setenta y seis resultó un año clave. En ese año no sólo se declara la independencia de Estados Unidos, sino que se publica La Riqueza de las Naciones de Adam Smith, obra que habría de sentar las bases del liberalismo económico. La casualidad no podía resultar mayor. A fin de cuentas la historia […]

Mil setecientos setenta y seis resultó un año clave. En ese año no sólo se declara la independencia de Estados Unidos, sino que se publica La Riqueza de las Naciones de Adam Smith, obra que habría de sentar las bases del liberalismo económico. La casualidad no podía resultar mayor. A fin de cuentas la historia de ese país y la del liberalismo económico han estado consustanciadas durante largos períodos. La independencia norteamericana constituyó la primera reacción en contra del mercantilismo económico y del absolutismo político, de la misma manera en que el modelo liberal se sustentaría en la insurgencia frente a estas concepciones.

Bajo el modelo liberal se asumía la existencia de una dualidad entre la sociedad y el estado. La sociedad pasaba a ser considerada como una ordenación espontánea, dotada de una racionalidad propia e inmanente. El Estado, en cambio, era visto como una organización artificial a la cual debían imponerse límites precisos para evitar que modificase el orden natural de la sociedad. El Estado debía circunscribirse a asegurar las condiciones ambientales mínimas para el funcionamiento auto regulado de la sociedad.

El orden liberal vino a transformarse, a un mismo tiempo, en resultado e instrumento del programa político y económico de la burguesía en su lucha contra un Estado demasiado poderoso. Se postulaba, por su intermedio, que mientras menor fuera la interferencia del Estado, mayor sería el desarrollo económico de la sociedad. El «dejar hacer y dejar pasar» del Estado posibilitaría que la «mano invisible» del mercado, incrementara la riqueza colectiva.

La identidad nacional norteamericana resultó, durante largo tiempo, consustanciada con el liberalismo económico. Sin embargo, hasta 1865 Estados Unidos vio limitadas las posibilidades de una auténtica expansión económica. La razón era simple. Desde su independencia y hasta su guerra civil, sus gobiernos estuvieron siempre dominados por la élite esclavista y agraria de los estados sureños. Ello mantuvo a raya al capitalismo industrial de los estados del Norte. El partido Republicano, surgido como expresión de estos últimos, llegó al poder por primera vez con Abraham Lincoln, hecho que habría de desatar la guerra civil. Tras una cruenta guerra de cuatro años, el designio industrial del Norte se impondría sin obstáculos.

El curioso caso de las manos:

En las siguientes cinco décadas, Estados Unidos alcanzaría el más impresionante desarrollo económico del planeta, llegando a convertirse en la primera potencia industrial del mundo. Ello se debió fundamentalmente al influjo de las «manos». De un lado, la invisible del mercado. Del otro, la mano semiesclava de los millones de inmigrantes que llegaron al país en busca de nuevos horizontes. Fue una época en la que el más frenético crecimiento económico y la más rampante carencia de conciencia social se estrecharon también las manos. Una época en la que Herbert Spencer y su discípulo norteamericano William Graham Summer, popularizaron en Estados Unidos la tesis del «darwinismo social». Fue, en síntesis, la era del «capitalismo salvaje». Un capitalismo que el primero de los Roosevelt (Teodoro), intentó domar a comienzos del siglo XX.

Ese liberalismo económico habría de proyectarse con fuerza avasalladora hasta finales de la segunda década del nuevo siglo. Sin embargo, el «crack» de Wall Street en tiempos de Herbert Hoover, habría de desatar una profunda depresión económica cuyas ondas expansivas se harían sentir por doquier. Lo significativo es que el liberalismo que, a través de sus excesos había conducido al país a una gigantesca crisis económica, se mostraba impotente para sacarlo de allí.

No era ya posible seguir exigiéndole pasividad al Estado frente a la marcha de la economía. Todo parecía indicar que el liberalismo económico había cavado su propia tumba en tanto modelo fracasado y que en ella reposaría para siempre. El keynesianismo y el «Welfare State» pasaban a convertirse en las bases conceptuales sobre las cuales se apoyaba el nuevo rol interventor e socialmente incluyente del Estado. El «New Deal» del segundo Roosevelt (Franklin Delano) sentó la orientación a seguir y la «Gran Sociedad» de Lyndon Johnson llevó a su máxima expresión la orientación del Estado interventor e incluyente.

Figuras e instituciones como Von Hayek, Von Mises o Friedman y la Sociedad Mont Pelerin, clamaron en soledad durante décadas por el retorno de una era liberal. Estos nuevos liberales -neoliberales- parecían más la expresión nostálgica de un pasado irredimible que la manifestación de un futuro plausible. Sin embargo el triunfo electoral de Ronald Reagan, precedido por el de la señora Thatcher en el Reino Unido, logró lo que pocos años antes lucía como una imposibilidad: el retorno del liberalismo económico. Los nostálgicos del pasado ascendían al Olimpo de los nuevos dioses y sustentados en la hegemonía económica estadounidense, proyectaron la fuerza inapelable de sus enseñanzas a los más remotos rincones del planeta. Era una repetición, a la inversa, de las ondas expansivas que años atrás había generado la gran depresión norteamericana.

El Olimpo de los nuevos dioses:

Se entró así en una nueva era caracterizada por l a globalización de los mercados y el predominio de las finanzas. La economía estadounidense se imbricaba integralmente con la del resto del mundo, proyectando sobre ésta sus valores, estilos y preferencias. Se trataba, a fin de cuentas, de una globalización que hablaba en lenguaje norteamericano.

Bajo la cobertura de la moderna tecnología de las comunicaciones y de la información, y bajo el ambiente de desregulación prevaleciente, las bolsas de valores del mundo pasaron a movilizar diariamente cantidades difícilmente comprensibles para la mente humana. Ello a través de instrumentos bursátiles cada vez arriesgados que no buscaban otra cosa que la riqueza rápida.

La situación anterior respondía a la consolidación de vastos reservorios de inversiones, que habían de ser manejados bajo enormes presiones competitivas para obtener beneficios en el corto plazo. Tal competitividad imponía límites de tiempo demasiado cortos como para permitir la maduración de las inversiones productivas. Esto se combinaba de manera simbiótica con la visión de corto plazo de las empresas -producto típico de la realidad norteamericana- que sometidas a la dictadura de los informes financieros trimestrales, perseguían la rentabilidad inmediata a expensas de sus fortalezas estructurales. El resultado de ello no pudo ser otro que el abandono de las inversiones productivas, mediante fórmulas que posibilitaban la creación de dinero sin la consiguiente creación de valor. Cada vez más la economía financiera de nuestros días recordaba a las célebres burbujas especulativas del pasado, como la de los bulbos de tulipán en el Amsterdam de 1637 o a la de la Compañía del Mississipi en el París de 1720.

En los últimos lustros los mercados financieros atravesaron por un conjunto sucesivo de crisis intensas, como resultado de esa situación. Las mismas incluyeron, entre otras menores, la de las divisas europeas durante 1992-93, la crisis del peso en México en 1994, la crisis asiática en 1997-98, la crisis rusa en 1998, la crisis de los fondos «hedge» en 1998, la crisis de la Nueva Economía a partir de abril del 2000 o la crisis argentina en 2001-2002. En todas estas ocasiones la economía mundial se ha encontrado frente a efectos bola de nieve, que amenazaban con salirse de control y aplastar todo a su paso. Era la resultante inevitable de una economía mundial profundamente entrelazada.

Otra vez la caída en picada:

Finalmente la gran crisis estalló y, como correspondía a una crisis llamada a asumir dimensión planetaria, lo hizo en Estados Unidos. Era otra caída en picada. Según señala el Premio Nobel de Economía Paul Krugman, la crisis actual es particularmente grave pues combina elementos de diversas crisis anteriores: el estallido de una burbuja inmobiliaria similar a la ocurrida en Japón en los ochenta; una sucesión de pánicos bancarios muy parecidos a los que se produjeron en ocasión de la Gran Depresión; una carencia de liquidez que recuerda de nuevo al Japón de los ochenta; un conjunto de crisis de divisas en sintonía con la producida por la crisis asiática de finales de los noventa y una interrupción de flujos de capital internacional que recuerda a las generadas por algunas de las situaciones referidas (El Retorno de la Economía de la Depresión y la Crisis Actual, Barcelona, 2009).

Se trata, al igual que en caso de la Gran Depresión, de una crisis global de la cual nadie resulta inmune. En su génesis, sin embargo, fue una crisis de Wall Street. En tal sentido se enmarca dentro de una tradición de pánicos bancarios muy propios de los Estados Unidos: el de 1873, el de 1907 y el de 1929. La misma tuvo su génesis en los abusos especulativos de las hipotecas «subprime» y se sustentó en como en los tres casos antes citados en los excesos del «dejar hacer, dejar pasar» propio del liberalismo económico.

La hasta hace poco reverenciada mano invisible del mercado, se evidencia en los hechos recientes como la mano blanca de los magos de vaudeville o la mano negra de los estafadores. En el primer caso se encuentran quienes lograron que créditos de muy alto riesgo fueran empaquetados bajo la forma de títulos negociables y llegaran a transarse en el mercado bajo calificación triple A. Contando con el arma imbatible de los llamados derivativos, los seguidores contemporáneos del mago Mandrake trasmutaron lo que en el argot financiero se conoce como «residuos tóxicos», en acciones de alta cotización. En el segundo caso aparecen los timadores de oficio. Los casos Maddoff o Stanford son excelentes ejemplos de lo último. Cuando la confianza de los mercados financieros y de la economía real había tocado bajos históricos, como resultado del caos causado por la mano blanca, la mano negra entraba en escena para otorgarle nuevos tintes épicos a la crisis.

¿Podrá Obama poner fin a una tormentosa relación de pareja?:

Obama llega a la presidencia cabalgando sobre la frustración y la amargura de sus conciudadanos frente a esta crisis. Una nueva y desbastadora crisis del liberalismo. Y, al igual que Franklin Delano Roosevelt su estrategia va dirigida a rescatar la economía y a revertir el ciclo económico liberal. Dentro del amplio conjunto de medidas adoptadas con tal propósito sobresale su presupuesto para el 2009. El mismo lo presenta como un progresista dispuesto a echar por tierra el proceso iniciado en tiempos de Reagan. La redistribución de ingresos desde los sectores más pudientes hacia los estratos medios y bajos de la sociedad. Su determinación en reformar la sanidad pública haciéndola asequible a todos. Su énfasis en ampliar y mejorar sustancialmente la educación pública. Su claro propósito en enfrentar el cambio climático. En síntesis, un Presidente dispuesto a poner en marcha un nuevo ciclo de rasgos progresistas y naturaleza incluyente.

Tan importante como el fondo es la forma. Y allí, Obama utiliza la crisis económica como oportunidad perfecta para arremeter con ventaja contra los inmensamente poderosos intereses creados que se oponen al cambio de modelo. Contando con el ariete de un gigantesco presupuesto, necesario para superar la crisis, el inquilino de la Casa Blanca se dispone a derribar las murallas construidas por los grupos de presión. Una agenda de cambio que en cualquier otra circunstancia hubiese resultado utópica, luce ahora posible.

Estados Unidos y el liberalismo económico nacieron el mismo año. Desde entonces la suya ha sido una historia de pareja inmensamente compleja, compuesta por grandes amores y grandes rupturas. Ojalá esta constituya la ruptura definitiva. Ojalá Estados Unidos no se deje seducir más por los engañosos encantos de la mano invisible. Ojalá Obama entierre para siempre esta tormentosa relación.