Rayando la cancha
La analogía con el cine es metodológicamente adecuada para empezar a hablar de fútbol en esta ocasión, tanto para quienes lo califican como «un simple juego», como para aquellos que ven en él una conspiración ideológica de dominación geopolítica o, en términos más coloquiales, un circo.
Dentro de las diversas corrientes de análisis cinematográfico, existen tres grandes lecturas que pueden englobar a las demás. La primera es la lectura formalista, que hace hincapié en aspectos técnicos, logísticos y simbólicos como el manejo de planos, la iluminación, la actuación, la escenografía y el montaje. La segunda es la lectura contextual o sociológica, la cual entiende al cine como un reflejo de la realidad social, política y cultural; ve en la pantalla tanto un aparato ideológico de dominación o liberación como una representación fiel de su época.
Finalmente, la tercera lectura proviene del estructuralismo, que no solo reconoce los elementos sociológicos y políticos en las películas, sino que entiende que los criterios técnicos no son puramente técnicos, sino explicaciones estructurales de narrativas que reproducen los cánones más íntimos de las sociedades (el psicoanálisis, el feminismo, etc.). Para esta corriente, un plano no es solo un plano y una película no es solo propaganda. En resumen: la primera postura busca la imparcialidad del cine como obra de arte y técnica; la segunda lo reduce a un escenario de dominio y lucha política; y la tercera engloba a ambas como partes constituyentes de una macro-narrativa.
En el fútbol el panorama es un poco más sencillo, pero adolece del mismo dilema. Por un lado, están quienes lo califican como un simple deporte y evitan hablar de las múltiples disyuntivas sociales e históricas que lo constituyen como práctica social en cada época (lo que podríamos llamar una lectura formalista del fútbol). Por el otro, están quienes lo reducen a un fenómeno de entretenimiento que aliena a las personas de las cosas «realmente importantes», omitiendo explicar cómo el fútbol produce efectos sociales que ningún otro deporte o arte logra replicar (la lectura sociopolítica).
En este sentido, este texto busca una tercera vía: la de las narrativas futbolísticas, que explora la relación intrínseca entre la lectura formalista y la sociológica.
El fútbol es un poco más que fútbol
Con estos antecedentes, podemos afirmar que el fútbol no es solo fútbol; es también todo lo que queda fuera de la cancha cuando se juega un partido que llena estadios y moviliza multitudes. Esto significa que la «otra mitad» del fútbol es todo aquello que produce pero que no ocurre estrictamente en el césped, tanto en la previa como en el postpartido. En otras palabras: lo extrafutbolístico también es futbolístico.
El reconocido ensayista argentino y estudioso del fútbol, Pablo Alabarces, sostiene la tesis de que, aunque el fútbol en América Latina y Europa tiene un origen estrechamente ligado a procesos sociales, políticos, industriales e incluso coloniales, no puede entenderse únicamente desde esa óptica. Al respecto, señala: “Es difícil afirmar que la expansión de los deportes en las colonias o en las neocolonias funcionara únicamente como herramienta de control social y, mucho menos, imperial. En América Latina esa afirmación es refutable: no se trata de simple reproducción del orden metropolitano, especialmente porque no hay ocupación (…) Ni siquiera se trata de imposición disciplinadora de las pautas sociales y culturales de la potencia imperial”.
Reducir el fútbol a un mero fenómeno social o político es dejar de hablar del juego en sí, tal como apunta Alabarces. No obstante, ignorar sus implicaciones extrafutbolísticas impide dimensionar su verdadera magnitud y comprender la inmensa fuerza popular que adquirió tras su nacimiento, a diferencia de otras disciplinas.
El mismo Alabarces, citando al sociólogo del deporte Allen Guttmann, afirma que: “(…) en el campo deportivo, los dominados pueden vencer finalmente a los dominantes: más aún, que sólo en el campo deportivo es posible esa inversión. Por ello, no podemos afirmar que los deportes se inventaron e implantaron para recibir victorias falsas por parte de los viejos dominados o colonizados. Lo que los inventores y difusores del deporte moderno nunca tuvieron en consideración fue que, junto a sus posibilidades disciplinadoras —para formar buenos ciudadanos con mentes sanas en cuerpos sanos—, el deporte tuviera posibilidades indisciplinadoras: la derrota del maestro, entre ellas.
”Con esto, el autor demuestra que el fútbol es también un vehículo mediante el cual las naciones se materializan, crean códigos comunes e incluso combaten contra potencias a las que no podrían enfrentar en un terreno geopolítico o militar.
En este sentido, el periodista Simon Kuper —inspirado en el ensayo El espíritu deportivo de George Orwell— llega a la conclusión de que el fútbol funciona como una vía para canalizar o sublimar los conflictos entre pueblos, incluidos los diplomáticos. Los históricos incidentes entre El Salvador y Honduras en 1969 (la llamada «Guerra del Fútbol») o el partido entre el Dinamo de Zagreb y el Estrella Roja en 1990 son pruebas palpables de que, si bien el fútbol canaliza tensiones, también puede convertirse en el detonante de conflictos mayores.
El fútbol corrompido
Si el fútbol cumple una función social, inevitablemente cumple una función política. Esta última es la cara más visible, utilizada a menudo por los más escépticos para desacreditar el deporte, aunque, paradójicamente, quienes lo usan para fines mezquinos suelen ser los primeros en intentar despolitizarlo públicamente.
Si un deporte tiene el poder de provocar o canalizar enfrentamientos, se convierte también en un poderoso instrumento de dominación y usufructo. La historia está llena de ejemplos: desde el fascismo italiano en 1934, cuando Benito Mussolini prácticamente compró un Mundial mediante el miedo y el dinero —sobornando arbitrajes e instaurando un régimen de terror para beneficiar a su selección—, hasta casos más recientes como el Fifagate en 2015 o los polémicos arbitrajes de Corea-Japón 2002, sin olvidar el Mundial de 1978 instrumentalizado por la dictadura militar argentina.
Estos casos demuestran de qué son capaces las dirigencias futbolísticas y políticas para instrumentalizar el deporte en su propio beneficio. Estos escándalos están probados, y con seguridad no son los únicos. Sin embargo, lo crucial aquí es que, mientras la corrupción en otras disciplinas suele pasar desapercibida, en el fútbol adquiere una dimensión de interés geopolítico internacional. El Mundial actual es la prueba fehaciente de ello.
El pueblo y el fútbol
A pesar de que el fútbol se ha transformado en un negocio multimillonario hipercomercializado —capaz de inventar pausas artificiales para publicidad como el tan criticado cooling break—, su naturaleza popular en este Mundial 2026 sigue siendo inagotable. Si el fútbol moderno en América Latina comenzó con la migración inglesa en el Río de la Plata y el mestizaje brasileño, hoy prácticamente cada barrio, zona, estamento o grupo social del continente cuenta con un equipo que lo representa. Y allí donde no lo hay, surgen hinchas que adoptan y alientan a un club local; una conducta que, con sus respectivos matices, se replica en todo el planeta.
El fútbol comenzó siendo de élite, como casi todos los deportes, pero la democratización y la revolución industrial lo convirtieron en un pilar elemental de las clases populares y obreras. El historiador inglés Eric Hobsbawm señalaba que la construcción de la identidad de la clase obrera en su país estuvo íntimamente ligada al fútbol. Ese fenómeno se puede exportar a casi cualquier rincón del mundo: ocurrió en Buenos Aires y ocurrió también en Bolivia con el nacimiento del Oruro Royal, impulsado por el desarrollo del ferrocarril que conectaba con Antofagasta. Incluso el máximo exponente histórico del sindicalismo minero boliviano, Juan Lechín Oquendo («Don Juan»), jugó en el Racing de Llallagua y fundó el club 31 de Octubre junto a la COMIBOL.
El fenómeno de la migración comparte esta misma raíz. Como bien señala Alabarces: “El terreno en el que el fútbol argentino, como el uruguayo, se reveló profundamente exitoso fue el de la integración de los migrantes. Frente a la desbordante presencia británica en la fundación, el proceso de popularización también significó uno de criollización, es decir, de incorporación como práctica cultural nativa”.
El fútbol, la clase obrera, los sectores populares y la migración son patas de una misma mesa; una lección histórica que actualmente parece haber sido olvidada por varios.
El mundial y la actualidad
Los grandes temas del debate social y geopolítico global contemporáneo están a la luz del día: racismo, privatizaciones, guerras e inmigración. ¿Puede alguien sostener que estos elementos han quedado fuera del Mundial o que el Mundial simplemente los opacó?
Nadie puede negar el racismo ejercido contra selecciones como la de Irán, el peso de las realidades migratorias en los planteles de España, Bélgica, Suiza o Francia, el impacto del genocidio palestino en los partidos, al nivel que técnicos de fútbol se arriesgaron a ser castigados por portar su bandera, o las constantes tensiones en torno a los supuestos favoritismos de la FIFA a equipos como Argentina. Son dinámicas aparentemente extrafutbolísticas que, al final del día, repercuten directamente en el juego.
¿A quién le molestaría ver a Lamine Yamal levantando la Copa del Mundo con una bandera palestina (como ya ocurrió en otros torneos)? Probablemente a algunos, pero no por razones futbolísticas, sino porque lo extrafutbolístico orbita constantemente sobre el balón. ¿O acaso no incomodaría a otras personas ver a futbolistas alineados con posturas sionistas proisraelíes celebrando junto a Donald Trump? ¿O quizás, no llama la atención que figuras como Mbappé se posicionen políticamente como izquierdistas y cuestionen la ultramercantilización del deporte? ¿O es que a nadie le gustaría volver a escuchar a Diego Armando Maradona arremetiendo contra el poder de la FIFA?
Sí, eso también es fútbol……como también son los partidos, las estrategias, los grandes jugadores y los goles.
Finalmente, como diría Marcelo Bielsa: «El fútbol es el primer deporte del mundo, es el deporte más atractivo para todos los continentes. Si yo tuviera que decir por qué sucede eso, es porque no siempre ganan los poderosos».
José Llorenti, hincha del Bolívar anti-Claure (antes hincha de San José)1
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