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Golpe contra Dilma: un giro decisivo en la historia brasileña

Fuentes: Rebelión [Imagen: Dilma Rousseff durante la visita a la Casa de Cultura Frida Khalo, en la Escola Nacional Florestán Fernandes del MST. Créditos: Leonardo Fernandes/Brasil de Fato]

En este artículo el autor analiza el giro dramático que supuso en la historia de Brasil el golpe contra Dilma Rousseff en 2016.


En la guerra híbrida, la nueva forma de golpes de la derecha, el golpe contra Dilma fue decisivo. Fue una forma de ruptura institucional de la democracia, erosionando la democracia desde dentro.

De la misma manera que el golpe de 1964 se venía gestando desde mucho tiempo antes, con la fundación de la Escuela Superior de Guerra, a fines de la década de 1940; el golpe contra Dilma tiene su antecedente más inmediato unos años antes, con las movilizaciones de 2013 y los medios de comunicación jugando un papel fundamental para revertir las demandas iniciales, imponiendo la lucha contra la política y la corrupción.

Esta descalificación de la política se retomó en las movilizaciones de 2015, ya durante la preparación del golpe de 2016, contra las políticas sociales del PT, contra los gobiernos del PT.

En ese momento, cuando se produce la quiebra democrática mediante un impeachment contra Dilma que no tenía ni fundamento legal ni constitucional, comenzaron las tragedias que atraviesa Brasil en la actualidad. Esa quiebra democrática, no se debió a la voluntad de la mayoría, sino a la manipulación minoritaria de las élites, cuya manipulación prevaleció en el tiempo.

El gobierno de Temer, a diferencia de los gobiernos de Lula y Dilma, no fue producto del voto mayoritario de los brasileños, sino de un golpe de Estado, que eliminó a una presidenta reelegida por la mayoría de los votos de la población, para poner en su lugar un vicepresidente, reelegido con un programa que una vez en el poder puso en práctica el programa derrotado de la oposición. Si faltaba algo para caracterizar que fue un golpe a la democracia, ahí está ese giro hacia las políticas del neoliberalismo, que había sido derrotado cuatro veces en elecciones democráticas.

Fue así como se interrumpió el período de gobierno más virtuoso de Brasil. Un gobierno que retomó el crecimiento económico, que generó más de 22 millones de puestos de trabajo con contrato formal y que elevó el salario mínimo un 70% por encima de la inflación. Un gobierno que promovió grandes inversiones estatales, sin producir inflación ni déficit público, acabando con el dogma neoliberal. Un gobierno que fortaleció el Estado, con inversiones públicas, con la expansión de la educación pública y la fundación de 18 universidades públicas -la mayoría de ellas en el noreste-, y la salud pública, especialmente el Sistema Universal de Salud (SUS).

Brasil nunca ha tenido una imagen internacional tan prestigiosa, como la que tuvo cuando Lula era el protagonista de grandes eventos en el escena internacional. Nunca tuvo tan buenas relaciones con países latinoamericanos y nunca tuvo tantas relaciones con países africanos.

Fue un momento especial en la historia brasileña, que solo pudo romperse con el colapso de la democracia en 2016. A partir de entonces, todo lo que se había construido en su mejor momento fue destruido: el Estado brasileño atravesó un proceso de deterioro de los activos públicos debido a las privatizaciones; las políticas sociales fueron destruidas como consecuencia de los drásticos recortes de recursos; los derechos conquistados por los trabajadores fueron liquidados, arrojando a la mayoría de los brasileños a la supervivencia en la precariedad.

Por eso el golpe contra Dilma fue la línea divisoria entre un momento ascendente de Brasil como país y como democracia y este momento de decadencia, como país y como democracia. Un giro que ahora completa 5 años trágicos para Brasil y para los brasileños.

Los años de Temer y Bolsonaro, presidentes sin legitimidad y sin prestigio que degradaron la imagen misma de la presidencia en Brasil, proyectaron la peor imagen que Brasil ha tenido en el mundo.

Tiempos de infelicidad, desesperación, abandono, autoritarismo. Ir de Lula a Bolsonaro es ir del cielo al infierno, del prestigio al descrédito, de la legitimidad a la ilegitimidad.

Solo superar y revertir el golpe de 2016 permitirá a Brasil rescatar la democracia y, con ella, la autoestima, el crecimiento económico, la generación de empleo y la lucha prioritaria contra la desigualdad, dando prioridad a las políticas sociales, la educación y la salud.

Cinco años de tragedia humanitaria que será revertida por la voluntad mayoritaria de los brasileños a través de elecciones democráticas, que pasarán esta página catastrófica de la historia brasileña.

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