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Entrevista a Alfredo Apilánez sobre la Teoría Monetaria Moderna,TMM (I)

«Hay dos paradigmas monetarios que determinan la visión del sistema económico y de las políticas públicas»

Fuentes: Rebelión

Presentación (del propio autor): Soy economista de formación -aunque, a decir verdad, eso es más bien un desdoro-, profesor de ciencias sociales en un centro de estudios y escritor de artículos sobre historia, teoría económica y finanzas en el blog Trampantojos y Embelecos. Allí trato de poner un granito de arena en la crítica del […]

Presentación (del propio autor): Soy economista de formación -aunque, a decir verdad, eso es más bien un desdoro-, profesor de ciencias sociales en un centro de estudios y escritor de artículos sobre historia, teoría económica y finanzas en el blog Trampantojos y Embelecos. Allí trato de poner un granito de arena en la crítica del discurso del capital -encarnado en la teoría económica ortodoxa y en el paradigma político neoliberal- y en la defensa de la necesidad de construir nuevos sujetos y prácticas emancipatorias. Soy miembro asimismo de la Asociación 500×20 , un humilde pero corajudo colectivo que lucha contra la violencia inmobiliaria, principalmente en el ámbito del alquiler, en el distrito de Nou Barris de Barcelona.

*

Permíteme unas preguntas previas sobre tu presentación antes de entrar en materia. Hablas en ella del discurso del capital. ¿A través de quiénes emite su discurso el capital? ¿Empresarios, políticos a su servicio, profesores bien remunerados?

Ya que te refieres a mi humilde currículo, déjame, en primer lugar, agradecerte efusivamente Salvador la oportunidad que me das de expresar mis opiniones sobre estas candentes cuestiones que normalmente no tienen cabida en los medios dominantes ni tampoco en muchos de los llamados alternativos. Yendo pues a tu pregunta, te diría que lo que llamo discurso del capital lo impregna, por desgracia, casi todo. Los que tu mencionas -yo añadiría, en lugar destacado y sin ánimo exhaustivo, a los jerarcas de la Internacional Capitalista en el FMI, la OMC y la OCDE- son sin duda sus principales «mamporreros», si me permites la expresión, pero el núcleo duro reside sin duda en la teoría económica ortodoxa. Toda esa jerigonza acerca de la desregulación de los mercados, como garantía de la tendencia al equilibrio óptimo y al bienestar general; el culto a la competitividad, a la productividad y al crecimiento; la exaltación del interés privado y la animadversión hacia todo lo que huela a políticas públicas que destilan los altavoces mencionados procede de la ortodoxia económica con mando en plaza en todas las tribunas académicas y mediáticas. Estamos ante una «ciencia» -como decía el gran economista, amigo de Gramsci, Piero Sraffa- aberrante, apologética, cuya construcción descansa sobre el objetivo falsario de ocultar el conflicto distributivo entre capital y trabajo. Por eso Marx se refería a los economistas de su época -y eso que no tuvo que sufrir la degeneración posterior, conocida como revolución marginalista, cuyo influjo hegemónico llega hasta nuestros días-, que trataban de manipular el legado de Ricardo para limar sus aristas «subversivas» derivadas de la teoría del valor trabajo, como economistas ‘vulgares’, simples legitimadores de la explotación capitalista. Fíjate, ya para terminar, en una curiosa contraprueba de la condición manipuladora de la pseudociencia económica: en los manuales de economía -las famosas señoritas Doña Micro y Doña Macro-, con los que se intoxica a los sufridos estudiantes, el término capitalismo está proscrito. La forma de desarrollarse la reproducción del sistema económico, a través de la lucha por la distribución del excedente, el origen del valor y el grado de viabilidad de la acumulación del capital -las preocupaciones de los economistas clásicos, cuando la economía era aún política-, brillan por su ausencia en la etérea cosmovisión de la música celestial de la pseudociencia económica. Y los profesores, empresarios, políticos y demás vulgarizadores -en lugar destacado, los infames tertulianos pseudoexpertos que bombardean diariamente con sus monsergas a la inerme ciudadanía- la propagan a los cuatro vientos, extendiendo la ignorancia y desorientación absolutas entre la inmensa mayoría de la población sobre las cuestiones que afectan directamente a sus condiciones de vida. Todo lo relacionado con el crucial papel del dinero en nuestra realidad social es un ejemplo paradigmático de esta ignorancia inducida y generalizada.  

Sigo por la misma senda. ¿Cómo caracterizas el panorama político neoliberal? ¿Cuáles son en tu opinión sus ejes esenciales?

Arduas cuestiones me planteas. Por empezar por el final, si me permites, hay una cita de Alejandro Nadal, el economista mexicano, que refleja muy bien lo que en mi opinión es la esencia, casi nunca, por cierto, mencionada, del neoliberalismo: «El neoliberalismo es la respuesta a un gran fracaso de dimensiones históricas, a saber, la incapacidad del capital para mantener tasas de ganancia adecuadas». Este hecho histórico enmarca pues la llamada revolución conservadora, simbolizada por las políticas de Reagan y Thatcher en los años 80, como una derivada, una reacción superestructural -como se decía antes-, ante el fracaso del capitalismo -como, por cierto, pronosticó Marx- en mantener los niveles de acumulación y productividad, tras el boom de los treinta gloriosos, y el temido regreso -tras el terrible crack del 29- de su tendencia crónica al estancamiento secular. El endurecimiento de la política del capital que representa el neoliberalismo -frente a la «suavidad» redistributiva de las políticas keynesianas-, se desprende de este hecho capital. Lo que se deriva de esta tesis son dos cuestiones neurálgicas sobre la esfera de la política económica que normalmente pasan desapercibidas.  

La primera de esas tesis

La primera sería que la hegemonía del capital financiero y la creciente inestabilidad que causa en el sistema en su conjunto no son consecuencia de la exuberancia irracional del delirio especulativo del casino de las finanzas globales, como sostiene un discurso muy presente en la izquierda reformista y en muchos movimientos sociales, sino la característica principal de la nueva matriz de rentabilidad del capitalismo tras el final de los ‘treinta gloriosos’. Una especie de respiración asistida para un organismo languideciente. Por tanto, ante un escenario deprimido, la respuesta apremiante del capital tuvo dos ejes fundamentales que caracterizan las políticas neoliberales: sobreexplotación laboral -con la degradación de las precarizadas condiciones de trabajo y el agudo incremento de la desigualdad que presenciamos continuamente- y, he aquí la novedad, hipertrofia de la esfera financiera -ejemplificada en la proliferación de burbujas especulativas- para sostener la maltrecha tasa de ganancia y dopar mediante el crédito masivo la insuficiente demanda de la clase trabajadora. Esto exige liberalizar los flujos financieros y de capitales y destruir los restos de la soberanía nacional para explotar al máximo la extracción de rentas y la multiplicación ad eternum del capital ficticio en la nebulosa de las finanzas globales. He aquí pues el sustrato material de la hegemonía ideológico-política neoliberal: la progresiva destrucción del welfare, las privatizaciones y la liberalización de los mercados de capitales coinciden con una exuberancia de las finanzas y el crédito para sostener la tasa de ganancia y el poder de compra de las masas en un capitalismo tóxico que ya no puede cumplir con el sueño húmedo reformista de elevar el nivel general de vida hasta la clase media universal.  

La segunda

El segundo rasgo del paradigma político de la fase neoliberal, que se deriva directamente de lo anterior, es lo que podríamos denominar como la lenta agonía -junto con la degradación completa del parlamentarismo, como síntoma del ‘vaciamiento’ de la democracia- del reformismo socialdemócrata en el capitalismo financiarizado. Aquella famosa sentencia thatcheriana, el ‘no hay alternativa’, se ha vuelto premonitoria. El viejo sueño de Bernstein, Kautsky y los revisionistas de la Segunda Internacional de un capitalismo con rostro humano en el que la lucha parlamentaria y la mejora distributiva nos fueran acercando al ideal socialista a base de atemperar las aristas más acervas de la acumulación de capital ha fenecido. La prueba es la pusilanimidad e impotencia de los nuevos reformismos, representados por los partidos del cambio de la nueva política, a la hora de contener el embate del capital a través de la implementación de programas de mínimas reformas, casi siempre, meramente cosméticas, que harían sin duda enrojecer incluso a los viejos socialdemócratas revisionistas. En el fondo, si me permites la veleidad psicologista, saben perfectamente que su función es únicamente guardar las apariencias del reformismo electoralista, pero mantienen la fachada en la farsa que encarnan por mor de conservar un mínimo residuo de juego democrático que sostenga la paz social. Hay muchos intereses en juego interesados en preservar su papel de meros comparsas en la farsa parlamentaria. La total amputación de las herramientas fiscales y monetarias -cuya recuperación es, dicho sea de paso, el objetivo fundamental, lleno de utopismo idealista, de los adeptos de la Teoría Monetaria Moderna- de los estados soberanos perpetrada por el ariete financiero del embate neoliberal es la expresión de este gran triunfo del capital desembridado y la certificación del fracaso histórico de la izquierda del capital.

Es en este marco de degradación de la política institucional característico de la fase neoliberal en el que surgen los monstruos. El ascenso de los llamados populismos o nuevos fascismos, consecuencia directa de la creciente ruptura de la paz social causada por la violación del pacto interclasista de posguerra, simbolizado por la crisis del sueño propietario de la clase media, representaría el reverso de la moneda de este fracaso de los reguladores reformistas en su estéril -las palancas políticas que lo posibilitarían han desaparecido- obstinación en dotar de rostro humano a la bestia. En fin, sé que son respuestas deslavazadas pero creo que esto sería lo esencial del paradigma reaccionario que llamamos neoliberalismo: agudización de la agresión del capital y ruina del sueño reformista de un capitalismo redistributivo con rostro humano. En fin, mil disculpas por la lúgubre descripción basada, por desgracia, en el pesimismo de la inteligencia.  

Nada de qué disculparte. Por cierto, para que no haya confusión entre nuestros lectores: cuando hablas de los nuevos reformismos, «representados por los partidos del cambio de la nueva política», te estás refiriendo no ya al PSOE (o al PSC), que no es partido nuevo, o a Ciudadanos, Junts per Catalunya o ERC, sino a Unidas o Unidos Podemos, Más País, Catalunya en Comú, Compromís, Adelante Andalucía, Las mareas… ¿Me equivoco?

No Salvador, no te equivocas en absoluto. Me temo que tengo que insistir en lo mencionado más arriba. En mi opinión, a pesar de su fachada progresista y ciudadanista, estas nuevas formaciones -con pequeñas diferencias de matiz- no son más que un mero recambio de la ajada socialdemocracia pugnando por preservar su papel de comparsas en la farsa pseudodemocrática que presenciamos actualmente. Creo, por tanto, que su función principal es alejar la posibilidad de un cambio social real, alimentando la expectativa de lograr avances infinitesimales -o de contener el fascismo rampante, otra de sus coartadas favoritas- y, por desgracia, fácilmente reversibles, que preserven los restos del Estado del bienestar. Así pues, a pesar de la coartada, machaconamente reiterada, de su pretendida función de diques de contención contra el embate neoliberal mientras no haya movilización u organizaciones populares activas, en realidad, bien al contrario, no son más que un freno, por su deletéreo influjo pedagógico de ocultación de la imposibilidad de cambios sustanciales con las actuales reglas del juego, para el surgimiento de movimientos populares que nos acerquen a transformaciones de verdadero calado.

En fin, lamento ser tan crítico, pero creo que, como comprobamos día a día, las fuerzas llamadas ‘del cambio’ encarnan una función legitimadora del régimen vigente -por no hablar de su vertiginosa metamorfosis en maquinarias electorales con una verticalidad y un culto a la personalidad del ‘amado/a líder/esa’ verdaderamente pasmosos- , precisamente cuando este régimen ha dejado de cumplir ostensiblemente su función y sólo conserva su vacua carcasa. Por tanto, pedagógica y políticamente, son, insisto, una rémora para cualquier cambio real y representan sólo un recambio cosmético en el trampantojo del reformismo electoralista. Finalizo, si me permites la impudicia, con una cita del sociólogo Mario Domínguez, que incluí en un texto en el que traté de explicar mi posición sobre el reformismo electoralista que encarnan tales organizaciones y que suscribo a pies juntillas: «Apostaré por esto mismo, la política está en otro sitio, el que construimos a través de mecanismos colectivos y autogestionados, aquellos que crean otra cosa, otro pensamiento, otra práctica, organizada y perdurable, que controla sus propios tiempos y su débil proceso instituyente, suene o no ridículo a la contabilidad electoral; porque lo que en realidad ha movido la historia es la multiplicación del conflicto social a pesar de sus techos tanto materiales como simbólicos, y no hay mayor conflicto que el que se dirime en los escenarios no previstos de la acción colectiva».  

Señalas la defensa de la necesidad de construir nuevos sujetos y prácticas emancipatorias. ¿Qué significa aquí «emancipatorias»?

Pues bien Salvador, vamos con el cada vez más heroico ‘optimismo de la voluntad’. Como te decía, en estas aguas procelosas de la descorazonadora realidad sociopolítica que vivimos y ante la enorme dificultad de construcción de ámbitos de resistencia y oposición a la creciente agresión del capital contra las clases populares preferiría ceder, si me permites, la palabra a otros que han expresado mucho mejor que yo los rasgos básicos que deberían tener actualmente lo que denominamos sujetos y prácticas político-sociales emancipatorias.  

Te lo permito por supuesto

Me remito pues a la extraordinaria reflexión que creo compartirás realizada por el maestro Manuel Sacristán en el texto de una conferencia sobre el fenecido eurocomunismo -otra víctima de la ola neoliberal- que me parece inmejorable. Creo no andar demasiado errado si afirmara que, dado el panorama descrito anteriormente, que ha agudizado algunos de los rasgos que, premonitoriamente, Sacristán atisbaba en los inicios de la fase neoliberal, su diagnóstico actual sería aún más contundente:

Esa política tiene dos criterios: no engañarse y no desnaturalizarse. No engañarse con las cuentas de la lechera reformista ni con la fe izquierdista en la lotería histórica. No desnaturalizarse: no rebajar, no hacer programas deducidos de supuestas vías gradualistas al socialismo, sino atenerse a plataformas al hilo de la cotidiana lucha de clases y a tenor de la correlación de fuerzas de cada momento, pero sobre el fondo de un programa al que no vale la pena llamar máximo porque es el único: el comunismo .  

En esos dos criterios estaría en mi opinión la esencia de cualquier actitud, parafraseando también a Sacristán, espero que me disculpes la continua usurpación, que pretenda ‘ir en serio’.  

Por supuesto que te disculpo. ¡Cómo no iba a disculparte!

Y, en segundo lugar, decía, quisiera destacar la mención que hace en ese mismo texto a la necesidad de recuperar, en la más acendrada tradición libertaria, el desarrollo de actividades innovadoras en la vida cotidiana:

 Atenerse a plataformas de lucha orientadas por el «principio ético-jurídico» comunista debe incluir el desarrollo de actividades innovadoras en la vida cotidiana, desde la imprescindible renovación de la relación cultura-naturaleza hasta la experimentación de relaciones y comunidades de convivencia.  

Suscribo totalmente estas directrices que -si bien quedan muchas áreas por desbrozar- entroncan claramente con la milenaria tradición de la autogestión anarquista.  

Te interrumpo un momento. Permíteme que dé la referencia del texto que has recordado: Manuel Sacristán, «A propósito del ‘eurocomunismo». En Intervenciones políticas, Icaria, Barcelona, 1985, pp. 196-207. Como has señalado, se trata de una intervención en el debate del «Curso sobre problemas actuales del marxismo», dictado en la Escuela de Verano organizada por la institución «Rosa Sensat» en la UAB, julio de 1977. Disculpas por la interrupción. Continúa por favor

No, mil gracias a ti por la referencia precisa. Reitero la extraordinaria luminosidad -como casi siempre, en el caso de Sacristán- de tales reflexiones. Por último, si me permites, añadiría una reflexión del filósofo del grupo Krisis Anselm Jappe, que describe la necesidad de integrar las luchas cotidianas con la exigencia de ‘cambiar la propia vida’:

Podemos y debemos oponernos a cualquier deterioro de las condiciones de vida provocado por la lógica económica desencadenada, ya se trate de una mina o de un aeropuerto, de un centro comercial o de los pesticidas, de una ola de despidos o del cierre de un hospital. Sin embargo, al mismo tiempo es necesario cambiar la propia vida y romper con los valores oficiales asimilados, como el de trabajar tanto para consumir tanto.

Esta es pues para mí la clave del desarrollo de nuevas prácticas emancipatorias: combinar la resistencia, si se quiere, la reducción de daños ante el crecientemente intenso embate del capital, con el desarrollo de nuevas formas de vida y comunidades de convivencia que prefiguren, como dice el bello lema, ‘el embrión de otros mundos que están en éste’. Pienso que son muy sabias reflexiones y yo las suscribo.  

Me sumo a lo que señalas y prosigo. ¿Hablar de violencia inmobiliaria no es apurar el concepto de violencia? ¿A qué te estás refiriendo?

Bueno Salvador, creo que convendremos en que la cruda realidad que vivimos de deterioro generalizado de las condiciones de vida de las clases trabajadoras, en un contexto de choque contra los límites biofísicos del planeta bajo este capitalismo senil y desbocado -sólo hay que fijarse en los niveles desorbitados de desigualdad de riqueza y en el colapso climático y ecológico que presenciamos- habilita el uso del término violencia para caracterizar las agresiones del capital. Incluso el muy restrictivo diccionario de la Academia acepta la ampliación del concepto, más allá del aspecto puramente físico, en una de las acepciones de ‘violencia’: ‘Aquello que está fuera de su natural estado, situación o modo’.

Es en este marco degenerativo que antes esbozábamos en el que la violencia inmobiliaria ocupa un lugar destacado. Creo que pocos ejemplos podremos encontrar más evidentes de situaciones fuera de su ‘natural situación o modo’ que la agresión continua contra el maltrecho y pisoteado derecho popular a la vivienda digna. La conversión de la vivienda en un activo financiero especulativo, una de las bases neurálgicas, como decíamos antes, a través del crédito personal hipotecario, de la matriz de rentabilidad del capitalismo financiarizado en la fase neoliberal, ha tenido el efecto colateral de despojar a la mayor parte de las clases populares de la posibilidad de acceso a un techo digno y asequible. Los brutales efectos de la crisis en curso no han hecho más que agudizar este atropello. Te daré solamente unos pocos datos ‘a sangre fría’ -emulando humildemente tus magníficos textos en los que recopilas abrumadoras colecciones de datos que reflejan la acerva realidad-, extraídos deslavazadamente, que en mi opinión servirían para justificar sobradamente el uso del concepto de ‘violencia inmobiliaria’:

«Número de desahucios de vivienda habitual desde 2008: más de 700.000».

«Coste del rescate bancario a cargo del erario público y del sufrido contribuyente: más de medio billón de euros -sin contar la colosal ‘manguera de liquidez’ del BCE, que salvó a la banca en el momento álgido de la crisis de 2008-»

«El 43% de los barceloneses que viven de alquiler tienen que destinar más de un 40% de sus ingresos al pago de los gastos de vivienda. Es la llamada tasa de sobrecarga».
«Los menores de 30 deben pagar más del 90% de su sueldo para poder alquilar una vivienda solos y sólo el 19% se había emancipado a final de 2018, la cifra más baja desde 2002».

«En España hay 3,5 millones de viviendas vacías, según el último censo de poblaciones y viviendas disponible, realizado en 2011. Esto supone unas 500.000 casas más que la última vez que se realizó el registro en el 2001».

Tus «A sangre fría» son mejores, más concluyentes si cabe… y más claros

Mil gracias, pero quiero que conste mi enérgica protesta ante tu afirmación. Creo pues que convendremos Salvador en que, sólo con estas breves pinceladas, hay suficiente munición para calificar de auténtico desastre socioeconómico -además del drama humano soterrado- la situación del derecho a la vivienda en la ‘piel de toro’. Todo ello por no mencionar la violencia jurídica ejercida por un estado de «derecho» -cambiando sólo una letra, si me permites la humorada, quedaría quizás mejor: ‘estado de desecho’- que salvaguarda el sacrosanto derecho a la propiedad privada y a la expropiación financiera de las clases trabajadoras muy por encima del ignorado derecho a la vivienda, recogido vanamente en nuestra manoseada Carta Magna. Y por no hablar tampoco del abuso flagrante -y totalmente ignorado por sus víctimas- que supone -ya que hablamos de temas monetarios- el crédito hipotecario basado en el privilegio del mecanismo de creación de dinero del ‘puro aire’ por parte de la banca privada, que es la base de la generación de rentabilidad extra hacia la nebulosa del casino global en el capitalismo financiarizado.

Digamos pues, en conclusión, que el sector inmobiliario es el principal ámbito de ataque a las condiciones de vida de las clases populares a través de la extracción de rentas por parte del capitalismo parasitario que sufrimos. No por casualidad, este es uno de los rasgos centrales de las políticas neoliberales para sostener la maltrecha tasa de ganancia del capital a través de las ‘burbujas de activos’: aumentar la expropiación financiera de la población a través del endeudamiento, para compensar la devaluación salarial y la insuficiencia de demanda derivadas de los enormes niveles de desigualdad que provocan las políticas neoliberales del capital. Se trata pues de empujarnos a todos hasta las cejas en los días de vino y rosas -todos recordamos aquella falacia de que ‘las casas nunca bajan de precio’ y que alquilar era ‘tirar el dinero’- y de traspasarnos el coste del derrumbe del castillo de naipes especulativo cuando vienen mal dadas.

Podría seguir preguntando y preguntando sobre estos temas pero no abuso más. Vayamos a lo que tenemos entre manos. Empecemos por el nombre si te parece: TMM, teoría monetaria moderna. ¿Qué es una teoría monetaria?

Aunque pueda resultar sorprendente, la respuesta a tu pregunta Salvador resulta mucho más ardua de lo que aparenta. Obviamente, una teoría monetaria debe abordar el estudio del papel que juega el dinero en una economía capitalista, lo que el economista Augusto Graziani denomina una economía monetaria de producción. Las preguntas claves a las que debería contestar cualquier teoría monetaria serían pues las siguientes: ¿qué es el dinero y cómo se crea y se canaliza a través de los flujos económicos de producción y consumo?, ¿qué instituciones tienen el privilegio de fabricarlo e inyectarlo en el circuito económico?, ¿cuáles son sus funciones en el capitalismo actual?, y, sobre todo, ¿qué efectos tiene el dinero sobre las variables llamadas reales de la economía como la producción y el nivel de empleo? Por tanto, más allá del -sumamente polémico- debate sobre el origen y la evolución histórica de las distintas formas y funciones del dinero, se trataría de describir el funcionamiento de la ‘fábrica de dinero’ y su relación con el conjunto de la actividad económica en el capitalismo realmente existente. Y aquí entramos en terreno pantanoso, si me permites la expresión.  

¿Y por qué pantanoso?

Pues porque al ser la economía una disciplina profundamente ideológica y tendenciosa, dado su carácter legitimador del orden vigente, las distintas teorías sobre la naturaleza y las funciones del ‘objeto por excelencia’, como lo llamaba Marx, son absolutamente divergentes. Para ilustrar este antagonismo, podríamos dividirlas de acuerdo con su enfoque acerca del papel de la fábrica de dinero en el funcionamiento del sistema económico y en su influencia en las variables reales como la producción y el empleo. Resulta imprescindible hacerlo para la correcta comprensión de las características más relevantes de la TMM y de su ubicación en la enmarañada historia del pensamiento económico sobre el hecho monetario.  

Adelante con ello, adelante con esa división

Siguiendo este criterio podríamos hablar de dos grandes grupos de teorías monetarias: aquellas para las que el dinero ‘importa’ y aquellas para las que el dinero ‘no importa’ en la determinación de las variables reales como el nivel de actividad económica y el empleo. Es decir, el caballo de batalla es -aunque parezca sorprendente para un profano- si el dinero tiene o no influencia sobre la economía real. Trataré de explicarlo brevemente.

La ortodoxia dominante -neoclásica y monetarista- considera el dinero únicamente como un ‘lubricante de los intercambios’, algo insignificante, sin influencia en la determinación de las variables reales. La descripción de Marshall, uno de los patriarcas de la ortodoxia, ilustra que, si se produce en la cantidad justa, el dinero es neutral, un simple velo en la determinación de los equilibrios de precios y cantidades producidas en los idílicos mercados perfectos de bienes y de factores productivos. Aunque resulte increíble, esta sigue siendo la teoría monetaria transmitida en las facultades de economía del mundo entero y -a través del dogma monetarista del gran «adalid» de los derechos humanos que se llamó Milton Friedman- el pseudofundamento teórico del talón de hierro neoliberal de las políticas de austeridad.

Por el contrario, el lema ‘el dinero importa’ en el funcionamiento de la sala de máquinas del sistema y en la determinación de los niveles de producción y de empleo podría ser el mínimo común denominador de las posiciones heterodoxas keynesianas y marxistas -e incluso en algún ilustre representante del mainstream como Wicksell-. Es decir, según el llamado ‘bajo mundo’ de la economía, el dinero no sólo no es en absoluto un mero lubricante de los intercambios sino que, en palabras de Marx, es ‘el principio y el fin de todo proceso de valorización de capital’. Que una afirmación de este tenor, considerada una obviedad por cualquier lego en la materia, sea la marca de la heterodoxia en teoría económica, frente al axioma de la «neutralidad» postulado por el credo neoclásico, da una idea del nivel de enajenación alcanzado por la teoría dominante.  

Lo parece, realmente lo parece por lo que señalas

Así pues, podríamos distinguir dos paradigmas monetarios que, a su vez, determinan la visión del sistema económico y de las políticas públicas: la ortodoxia del dinero-lubricante y las heterodoxias keynesiana y marxista, en las que el dinero es un elemento clave del proceso de acumulación de capital. Por ejemplo, la preferencia por la liquidez o atesoramiento, que implica retirar el dinero de la circulación, sería la clave del déficit de inversión y de consumo que provoca el desempleo involuntario en el modelo de Keynes y la piedra miliar de su ataque a la ley de Say y a la concepción de la neutralidad del dinero de las teorías clásica y neoclásica.  

Te interrumpo un momento. ¿Qué es la Ley de Say? ¿Qué tipo de ley es esa Ley?

Bueno, en primer lugar decirte Salvador, que el uso del término ‘Ley’ -sin entrar en cuestiones de filosofía de la ciencia que obviamente exceden mis magros conocimientos- debería quedar en mi opinión restringido a las ciencias llamadas duras y excluido de las ciencias sociales. La economía, como decíamos antes, es una disciplina político-ideológica -así era conocida, como economía política, en la época de los economistas clásicos- y no científica, por mucho que los devotos de la ortodoxia de la música celestial profesen la religión matematizada de las teorías del equilibrio general y las pseudoleyes de la oferta y la demanda y demás paparruchas con las que lavan el cerebro de los estudiantes y del público en general. Por tanto, cualquier similitud con, por ejemplo, las leyes de la termodinámica o las leyes de Mendel, es pura fantasía construida por los que utilizan la ilegítima formalización lógico-matemática de hechos y conductas sociales, basadas en una supuesta racionalidad instrumental de ese engendro llamado Homo Oeconomicus, para ocultar su deformación de la realidad. Ni siquiera -y sé que con esto entro en un terreno sumamente polémico sobre el que han corrido ríos de tinta- en el caso de la corriente -el marxismo- que, en mi opinión, más se acerca a la descripción veraz del funcionamiento de una economía capitalista me parece legítimo que sus llamadas leyes puedan alcanzar ese estatus: la ley del valor o la de descenso de la tasa de ganancia serían a lo sumo teorías descriptivas, sin duda veraces, pero no formalizables al estilo de las leyes lógico-matemáticas.

Perdón por la digresión.  

Nada que perdonar. Hay mucha reflexión epistemológica de interés en lo que has apuntado

Yendo a tu pregunta, el principio llamado ley de Say -formulada por el economista francés Jean Baptiste Say en 1803- es, podríamos decir, la piedra angular de la rama ortodoxa de la teoría económica hasta nuestros días. Su afirmación esencial es que la oferta crea su propia demanda y no pueden existir por tanto ni desempleo involuntario ni crisis económicas. Una formulación didáctica podría ser la siguiente: «Al producir, el hombre se transforma necesariamente en consumidor de sus propios productos, o en comprador y consumidor de los productos de alguna otra persona. […] Las producciones se compran con producciones o con servicios; el dinero es únicamente el medio por el cual se efectúa el cambio». Según Ricardo, uno de sus acérrimos defensores en su polémica con Malthus, la producción y venta de mercancías genera unos ingresos que o se gastan para el consumo o se ahorran. Sin embargo, lo que se ahorra también se gasta: se invierte para emplear a más trabajadores. Por consiguiente, es imposible que se produzca una sobreproducción general de mercancías.

El cariz legitimador salta, como ves, a la vista: el capitalismo se autorregula, no puede haber sobreproducción ni atesoramiento. El dinero es un simple lubricante de los intercambios y las esferas monetaria y real de la vida económica están totalmente separadas.

Keynes y Marx son los principales críticos de la ley de Say -en su obra magna, Keynes comienza su ‘demolición controlada’ de la ortodoxia neoclásica con la crítica de la ley de Say-. Ambos destacaron el papel central del dinero -el dinero importa, como decíamos antes- en la refutación de la pseudoley. El dinero no es neutral, puede haber atesoramiento -la preferencia por la liquidez keynesiana-, dinero ocioso, que rompa el fluido canal entre oferta y demanda o producción y consumo. En una economía capitalista, argumentó Marx, el dinero no es simplemente un medio de circulación o de pago: «El dinero es también una reserva de valor y de plusvalor: puede ser atesorado, permanecer inactivo. Los empresarios capitalistas pueden ser inducidos a atesorar dinero en lugar de utilizarlo para iniciar procesos productivos y para invertir. El comercio (bajo las condiciones capitalistas) no es trueque, y por eso el vendedor de una mercancía no es necesariamente al mismo tiempo el comprador de otra. Es pues esencial la separación de la compra y la venta».

Pues parece razonable y ajustado a la empiria, salvo error por mi parte, lo señalado por el autor de El Capital

Sí, incluso, si me permites la ironía, parece tan obvio como tener que resaltar la blancura de la nieve frente al oscurantismo mistificador de la teoría dominante. Aún hoy, a pesar de la evidencia abrumadora de las crisis periódicas, con su corolario de desempleo y subempleo masivos, la ortodoxia de la música celestial sigue postulando tal despropósito. Los neoclásicos sostienen que el atesoramiento no tiene sentido precisamente porque siempre se puede ganar un interés invirtiendo -el llamado coste de oportunidad-, o ahorrando para el futuro, de manera que el ahorro siempre fluirá a la inversión -a través de los bancos, que son, para la música celestial, únicamente intermediarios financieros- a no ser que alguien renuncie, en un comportamiento no racional, a maximizar sus utilidades: «¿por qué alguien, que no esté loco, querría usar el dinero como reserva de valor depreciable si puede ganar intereses sobre él?».

No sé qué opinaría el señor Popper, pero diría que el ‘principio de falsación’ no parece precisamente el punto fuerte de la economía neoclásica.

No, no lo parece, no parecen ser muy popperianos en este punto. Sigamos

Sí, pues para concluir con las posiciones contrapuestas acerca del papel del dinero en los procesos económicos, citaría, si me permites, al malogrado historiador francés Marc Bloch, fundador de la escuela de los Annales, que nos brinda un magnífico y muy didáctico resumen de la ‘no neutralidad’ del dinero y de las múltiples aristas del fenómeno monetario: «se trataría de algo así como un sismógrafo que, no contento con indicar los terremotos, algunas veces los provocase».

El objeto de nuestra charla, la Teoría Monetaria Moderna, se situaría dentro de la corriente heterodoxa poskeynesiana y podría caracterizarse, como trataré de explicar, dentro de esta taxonomía, por una versión extremista de esta tesis: ‘el dinero es lo único que importa’. Sirva como botón de muestra ilustrativo de este lema la siguiente afirmación de Randall Wray, uno de los líderes de la corriente: «Toda nación dotada de una moneda soberana será capaz de alcanzar el pleno empleo».

Recojo la frase: «El dinero es lo único que importa». Te pregunto sobre ello. Descansemos un momento si te parece

Me parece. 

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.