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Premio Nacional de Teatro 2004 a la 'resistencia intelectual' de José Monleón

«Hay que construir una imaginación más humana y solidaria»

Fuentes: El Mundo

Una vidal al marge / El autor dramático, ensayista y crítico se considera un ‘militante’ de la literatura comprometida / Es director del Instituto Internacional de Teatro Mediterráneo y del Festival Madrid Sur

Ha resistido y, mal que le pese -es alérgico a los conceptos de victoria y derrota-, parece haber ganado. «Ganar, ganar no», puntualiza él, «pero el que más resiste más posibilidades tiene de ser reconocido, claro», termina concediendo.

José Monleón, santo y seña del teatro comprometido, auténtico corredor de larga distancia de los escenarios patrios, nombre clave de la cultura española del último medio siglo desde las revistas Triunfo y Primer acto, ensayista, crítico, autor y quién sabe cuántas cosas más, fue anunciado ayer Premio Nacional de Teatro 2004.

El jurado, integrado entre otros por Lluís Homar, Cristina Rota, Juan Mayorga, Gustavo Pérez Puig y José Antonio Campos, le concedió el galardón «por unanimidad» en reconocimiento a su labor «como estudioso y promotor del teatro». El, desde Badajoz, dijo: «Hay quien muere en la resistencia, pero agradezco mucho la distinción».

El premio cogió a Monleón (Tabernes de Valldigna, Valencia, 1927) justo donde más le gusta: en una carretera secundaria del teatro, de esas que tanto ha frecuentado en su incansable labor pedagógica.Justo una que pasa por Hornachos (Badajoz) -casi sin cobertura en el móvil-, donde preside un foro sobre España y el Magreb.Este diario le pescó justamente en ruta, «corriendo en el coche, yendo a la cosa ésta». Con las muletas y sus problemas motrices a cuestas, pero el ánimo intacto.

El, tan reivindicador de la memoria. ¿Qué se le vino a la cabeza al recibir la noticia? «Pues que llevo 50 años en esto y he trabajado siempre en mi línea, cuando han pintado buenas y cuando han pintado malas».

Aislamiento

Y luego matizaba: «Es un premio a una persona teórica, no a un actor ni a un director, y resulta interesante: es comprender que el teatro no es sólo lo que pasa en un escenario, sino mucho más». Lo que no quita para que, en otro momento, reconociera haberse encontrado «muy aislado y sólo» en el papel que le ha tocado en esta vida.

Probablemente, se refería Monleón a la travesía del desierto que la posguerra y la dictadura supusieron en su trayectoria.Justo entonces, cuando llegó a Primer acto -revista que dirigiría desde 1957-, eligió el que ayer reconocía como su gran tema vital: «El humanismo y la barbarie, precisamente como se ha llamado mi último libro. En eso me he movido toda mi vida, en el humanismo contra la barbarie, y creo que este galardón viene a reconocer ese compromiso no politiquero, sino humanista».

Otro de los estribillos constantes de Monleón ha sido anteponer su condición de ciudadano a cualquier otra. Un blasón que impregna (y frecuentemente enriquece) cada una de sus reflexiones. Por ejemplo, la que regala a la pregunta de si ve con optimismo el futuro del teatro frente a las convulsiones del mundo actual: «Ni con optimismo ni con pesimismo», adelanta, y se lanza a pensar: «El problema de hoy no son las ideologías, sino algunos imaginarios crueles. Y ahí el arte debe servir para construir un imaginario de paz».

La reflexión de Monleón pasa por que «a través de las películas que vemos, de algunas cosas que leemos y escuchamos, recibimos un germen de crueldad». Y prosigue: «Mucha gente somos malos sin saberlo por esta causa. Hay que construir una imaginación humana, solidaria y abierta, y ahí el papel del teatro, y del arte en general, es fundamental».

Punto de encuentro

Monleón, ahí en el coche por esos caminos, con las muletas a cuestas, incluso construye una máxima: «A lo mejor en vez de encontrarnos todos físicamente, tenemos que encontrarnos primero en la imaginación». Justamente lo que el Instituto Internacional de Teatro Mediterráneo y el Festival Madrid Sur, por él creados y dirigidos ambos desde 1991 y 1996, respectivamente, suponen: un punto de encuentro de sensibilidades y conciencias.

Monleón, también catedrático de Sociología del Teatro en la Resad (Real Escuela Superior de Arte Dramático), saludó el cambio de gobierno desde Primer acto con alborozo. ¿Sigue intacto aquel entusiasmo? «La coyuntura es más pacífica y dialogante, muy en la línea de lo que mucha gente esperaba el 14 de Marzo».

Aunque quiere poner coto, perro viejo, a todo triunfalismo: «Es que yo viví una época de desencanto, que fue el resultado de la ingenuidad, cuando la tontería de quienes creían que por un resultado electoral, en una semana, un mes o un año, el país iba a sufrir un cambio profundo. Eso contribuye a la inmovilidad.Lo importante es respeto, la obligación y el trabajo diario.El plazo ha sido breve, pero sí se han movido cosas fundamentales».

Y es que la capacidad de sobreponerse a los entusiasmos y las derrotas también forma parte de la intensa heterodoxia que gasta José Monleón. Un creador que, si algo teme, son los reduccionismos gratuitos, de cualquier tipo. Y cómo no, el nacionalismo entre los primeros. «Muchos nacionalismos alimentan su furia hurgando en el pasado para ver qué ocurrió y para ver qué nos separa.Pero hay otra memoria, acompañada de la razón y la reflexión, donde aparecen claroscuros, y esa comprensión global del pasado es lo único que puede ayudarnos».

 


De la calle a la escena

José Monleón llegó al teatro cuando éste adolecía de una corrección forzada que le hacía mantener un cierto aroma a naftalina. Ante este panorama, aquel joven osado sintió el aguijonazo de tener que hacer algo, a su manera. Y comenzó su aventura al margen de todo lo manido que invadía la escena: «Era una época en la que se exigía la obra bien construida, lo correcto, el actor ingenioso… Eso me empujó a plantearme el problema entre teatro y sociedad, creación y sociedad, qué relación había entre religión y el teatro… No sé si alguien me ha seguido en esto. No me importa, me queda la satisfación de saber que he contribuido a situar el teatro en el centro de la sociedad y no en la práctica meramente escénica y profesional». Lo que vino después, lo que vendrá tiene una deuda pendiente.