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Entrevista con el presidente del Instituto de Estudios Latinoamericanos (IELA), el economista Nildo Ouriques, que analiza la crisis y su repercusión en Brasil

«Hay uma bomba no desarmada»

Fuentes: Rebelión

Elaine: ¿La crisis tan propalada en las últimas semanas ya se agotó? Nildo Ouriques : Hay un problema central en esta crisis que no fue resuelto. Es un hecho que envuelve aproximadamente 400 empresas. Ellas se pueden beneficiar, utilizando una liberalidad del Banco Central, constituida en la época de Gustavo Franco y perpetuada con Henrique […]

Elaine: ¿La crisis tan propalada en las últimas semanas ya se agotó?

Nildo Ouriques : Hay un problema central en esta crisis que no fue resuelto. Es un hecho que envuelve aproximadamente 400 empresas. Ellas se pueden beneficiar, utilizando una liberalidad del Banco Central, constituida en la época de Gustavo Franco y perpetuada con Henrique Meirelles, que permitió al capital productivo exportador ventajas indebidas y absurdas con la especulación del cambio. O sea, estas empresas pueden vender en el exterior y que quedarse con estos recursos sin internalizarlos durante un año. Eso le permite a las empresas exportadoras, junto con el sistema bancario especular con la moneda nacional. Fueron mecanismos de esta naturaleza que justamente provocaron este perjuicio considerable, hoy seguramente superior a los 60 mil millones de dólares, involucrando a la salud financiera de más de 400 empresas brasileñas que no encuentran apoyo en el Banco Nacional de Desarrollo – BNDS, escaso recurso en el sistema bancario y que observan los 170 mil millones de reservas brasileñas como la única salida posible. Esto significa que hay un acuerdo entre banqueros y empresarios con gastos financieros extraordinarios no previstos, ultra interesados en un ataque especulativo contra la moneda nacional. Es ésa bomba que no fue desarmada en Brasil.

Y es la suerte de este sector que va a determinar los rumbos de la política económica y la capacidad del gobierno para manejar la crisis. Este es el aspecto fundamental. Por lo tanto, los 170 mil millones de reservas que el gobierno brasileño afirma que son suficientes para estabilizar la moneda, la historia financiera de América Latina y de Brasil muestra que ellos pueden desaparecer en cuestión de una semana, si un ataque especulativo se configura. Es un problema serísimo que va a exigir un cuidado muy grande del Banco Central, un monitoreo muy grande del sector productivo que hasta hoy no fue hecho, por el contrario. Ese es el problema número uno. Los 170 mil millones, más los 30 mil millones del Fondo Monetario Internacional, más 30 mil millones de la Reserva Federal son, a mi juicio, incapaces de parar la voracidad del capital cuando el patrimonio está en riesgo. Y, sobre todo, la incapacidad del gobierno de hacer con que el empresario y el banquero tengan confianza en la moneda en la medida en que él no pueda resguardarse en dólares, ese es el secreto de una moneda nacional fuerte.

El segundo problema es que el endeudamiento interno brasileño que ya era muy preocupante en el pasado y alcanzó la cifra de un trillón y 400 mil millones de reales sigue costando su precio, razón por la cual ya hay un consenso en la gran media, en el sector empresarial, en el sector bancario de que las garantías para hace honor a los remates de la deuda deben necesariamente ser originados a partir de superávits fiscales todavía más expresivos de lo que aquel que nosotros tenemos desde 1994. Eso significa que el gobierno está siendo forzado y, tal vez de buena gana actúe en esa dirección, a cortar inversiones en la salud, en la educación, en la seguridad, en la cultura, en la ciencia y tecnología, impidiendo el reajuste de los empleados públicos, haciendo el corte de gastos corriente y tradicional. Y, naturalmente, limitando la capacidad de inversión del gobierno, lo que sería fundamental en una estrategia de tipo keynesiano, lo que se puede prever es un futuro muy amenazado en Brasil.

El tercer elemento es que parece que esa crisis muy profunda no le enseño al gobierno, que continúa con la amnesia creada en 1994 con el Plan Real, que de herencia maldita pasó a ser la joya de la corona, razón por la cual el gobierno aplica la misma política preconizada por el FMI, con un disciplina jamás vista. Y no obstante la gran perturbación de las ideas producidas por esta catástrofe mundial, los principales órganos de comunicación y los intereses consolidados en Brasil parece que no aprendieron la lección y no están dispuestos a recular un milímetro en las convicciones que los tornaron más poderosos, más ricos, y tornaron al gobierno cautivo de estos intereses.

Entonces yo diría que hay un desarme intelectual muy grande, que todavía no fue debidamente desarticulado. Hay un perjuicio del sector productivo que ahora observa las reservas como, tal vez, la única salida para fundir al país y salvar su patrimonio y tenemos todavía el drama tradicional de la deuda interna en particular, una deuda considerable que hace que una parte muy pequeña de la sociedad brasileña tenga ganancias extraordinarias sin producir un clavo siquiera, razón por la cual la tasa de interés no baja y no va a bajar. Porque gran parte de los títulos de la deuda pública son remunerados a partir de ella. Tal vez el capítulo más trágico y menos visible es que tres millones de trabajadores que apostaron su futuro a los llamados fondos de pensión vieron que con las pérdidas multimillonarias de empresas que parecían sólidas, se afectó la salud financiera de estos fondos como fue en el caso de la Sadia y la Previ. Eso muestra que aquella alianza hecha en 1994 y 1998 de cambiar las privatizaciones por la ganancia fácil de la deuda pública también llegó a su límite, por lo tanto ninguno de los problemas estructurales fueron desarmados con las medidas tomadas por el gobierno brasileño y el futuro es incierto y puede tornarse trágico si n son tomadas medidas adicionales.

Elaine: En la crisis de Estados Unidos el estado aplicó dinero para salvar a los banqueros, aquí en Brasil Lula ya le dio dinero a los bancos y a las montadoras. Esa gente nunca pierde. ¿Quién es que realmente pierde en la crise?

Nildo Ouriques: Antes de la eclosión de la crisis el gobierno brasileño largó un paquete para el sector industrial de 75 mil millones de dólares, y todavía en la primera mitad del año un paquete adicional de 2 mil millones para el agro-negocio, con exención de impuestos, líneas de crédito favorecidas, recursos considerables que sumaron 100 mil millones de reales y que se mostró una estrategia insuficiente. Son recursos del presupuesto público y capacidad productiva del país que é colocada en un modelo de acumulación de capital y de desarrollo de la economía capitalista, extremamente nocivo, regresivo desde el punto de vista de la renta que limita al mercado interno, que no transforma las empresas brasileñas en multinacionales, no obstante una ligera expansión del mercado mundial que muestra que la estrategia no esencial está equivocada.

Esta es una estrategia que consolida una economía exportadora y, por lo tanto, sacrifica al mercado interno, posterga a las calendas griegas cualquier política de distribución de la renta y hace que la mayor parte de la población conviva con una tasa de desempleo altísima, salarios ultra precarizados. Es, porque el 7t6% de los asalariados brasileños ganan hasta dos salarios mínimos, lo que genera un mercado interno muy reducido, razón por la cual los capitales cierran su ciclo de valorización fuera, en el extranjero. Esto transforma a Brasil un país profundamente débil y desigual. Los recursos que el gobierno está repasando para el sector privado, tanto en el campo como en la ciudad están lejos de sacar a Brasil de la crisis y apenas se constituyen en la vieja y conocida socialización de los perjuicios y privatización de los lucros para los mismos que históricamente gobiernan el país.

Traducción: Raúl Fitipaldi, de América Latina Palavra Viva.