Tras haber ensayado y agotado un buen número de intentos para relanzar el crecimiento y la productividad, los dirigentes occidentales han encontrado una nueva martingala para asegurarnos futuros felices: el rearme. El aumento de los gastos militares, presentado inicialmente como un medio de defensa, es ya considerado también como un medio de alcanzar el crecimiento económico.
Este keynesianismo militar se ha convertido casi en la doctrina oficial de un país como Alemania, donde el gobierno de gran coalición dirigido por el conservador Friedrich Merz no oculta que su plan de invertir 150 000 millones de euros de aquí a 2029, en el sector militar, debería permitir una reactivación del crecimiento.
Confrontada al agotamiento de su modelo económico, Alemania parece haber encontrado un medio para utilizar de nuevo sus capacidades industriales. La Ministra federal de Economía, Katherina Reiche, proclamó el año pasado que «la política de defensa y de seguridad es un factor económico esencial». Por su parte, los institutos económicos alemanes prometen una recuperación de la actividad gracias a este relanzamiento militar.
Este escenario no es sorprendente. Tras el fracaso de los diferentes planes de relanzamiento y de apoyo monetario para intentar relanzar el crecimiento, con el apoyo casi incondicional del Estado tras la crisis sanitaria, la opción militar parece haberse convertido en la última tabla de salvación de economías que ya casi no tienen dinamismo.
Existen algunos ejemplos históricos en apoyo de un escenario en que el keynesianismo militar permitiría relanzar de forma duradera la economía. Estados Unidos salió de la crisis de 1929 por la inversión masiva y rápida que aportó el Estado al sector de defensa a partir de 1940. Una vez superado un corto período de transición, esta expansión se extendió al sector civil y constituyó la base del crecimiento de las tres décadas siguientes.
La esperanza de los dirigentes actuales se apoya sobre todo en este ejemplo. ¿Pero es razonable esperar que se repita? Un estudio publicado en abril por el Fondo Monetario Internacional (FMI) intenta elaborar un cuadro histórico de los episodios de relanzamiento militar. El FMI ha observado la evolución de 164 países desde 1945 y ha señalado 215 episodios de «crecimiento de los gastos militares», definido como un período de aumento medio de al menos un punto de PIB de estos gastos respecto a los dos últimos años.
Un efecto limitado sobre el crecimiento y llevado a cabo por el Estado
En los episodios analizados, el FMI identifica una subida media de 2,7 puntos de PIB durante una duración media de dos años y medio; una expansión financiada en dos terceras partes con el aumento de los gastos públicos. Este choque de demanda conduce, como media, a una subida suplementaria del PIB en línea con la subida de los gastos. Dicho de otra manera, el multiplicador del gasto militar es de 1: un euro invertido en la defensa incrementa en un euro el PIB.
Sin embargo, yendo al detalle, se puede constatar que la transmisión hacia el resto de la economía del crecimiento del PIB pasa principalmente por el gasto público, que aumenta un 9 % en tres años, y también por el consumo de las economías domésticas (+ 3 % en tres años) y la inversión privada (también cerca de + 3 %). En cambio, dicho relanzamiento degrada el comercio exterior al estimular las importaciones.
Este último elemento es importante porque muestra que, detrás del multiplicador, el relanzamiento militar es muy dependiente del gasto público. La autonomía del crecimiento privado es débil y esto induce un alza del déficit público. En otras palabras, el crecimiento producido por el rearme no se autofinancia: es costoso para el Estado. El FMI estima que cada relanzamiento militar cuesta, como media, 2,6 puntos de PIB de déficit suplementario y 7 puntos de PIB de deuda pública.
Para ser eficaz a corto plazo, el relanzamiento militar debe hacerse con nuevo déficit.
Cierto, el FMI señala un efecto duradero sobre las mejoras de productividad, pero hay que precisar tres elementos. En primer lugar, estas mejoras no son suficientes para financiar el relanzamiento a medio y largo plazo. En segundo lugar, precisa el FMI, estas mejoras se explican en gran parte por una «mejor utilización de las capacidades de producción». Una vez terminado el relanzamiento, esa utilización no puede sino reducirse. Y por último, lo esencial de los datos del FMI procede de países emergentes, donde el nivel de productividad es relativamente débil y, por tanto, facilita este tipo de reacción.
Así pues, al final, la dependencia del relanzamiento militar de la demanda pública, lógica en la medida en que el comprador final de las armas es el Estado, induce consecuencias importantes. Ante todo, este relanzamiento tan dependiente del flujo de dinero público no se mantiene en el tiempo una vez agotado este flujo.
Y también, y sobre todo, el mantenimiento de este flujo hacia los gastos militares debe hacerses, in fine, en detrimento de otros gastos. Puesto que el Estado pierde recursos por este relanzamiento, es necesario moderar a favor del Ejército los servicios públicos o de los gastos sociales. Es el debate clásico entre pan o armas.
Así se cierra la trampa: para ser eficaz a corto plazo, el relanzamiento militar debe hacerse con nuevo déficit, pero éste induce a un plazo recortes en los gastos públicos que acaban por recaer sobre las actividades civiles globales. Por tanto, el crecimiento no es sólo débil, sino más dependiente de los gastos militares.
Y también es inflacionista, porque ante una necesidad creciente de recursos para la defensa, las actividades civiles pronto se recalientan. La falta de recursos conduce entonces a un alza de los precios en el consumo. Todos los períodos de rearme son también períodos de inflación, salvo si se ponen en marcha medidas de control estricto de precios y racionamiento.
Déficit, austeridad y represión social
Lo que a veces se suele presentar como una solución económica no es tal. En concreto, en lo que se refiere a Europa, la mayor parte de los estudios no permiten creer en un repunte duradero y suficiente del crecimiento que permita evitar arbitrajes en detrimento de los servicios públicos y los gastos sociales.
El FMI examina el caso polaco, un país que ha aumentado mucho sus gastos militares, sobre todo en equipamiento. Entre 2021 y 2025, estos gastos han pasado del 2,2 % del PIB a 4,5 %. Pero si Polonia conoce un crecimiento sostenido, no lo debe a este esfuerzo de guerra. «El impacto macroeconómico sobre Polonia de la subida de los gastos militares ha sido discreto», resume el FMI. Las consecuencias sobre los gastos públicos son, por su parte, muy palpables.
En el caso de Alemania, un estudio de junio de 2025 llevado a cabo por dos investigadores de la universidad de Mannheim, Tom Krebs y Patrick Kaczmarczyk, dice lo mismo. «El análisis muestra que el multiplicador presupuestario de los gastos militares en Alemania no es superior a 0,5, e incluso puede situarse en 0», explican los dos economistas, recordando que el multiplicador de los gastos de infraestructura es 2 y de los gastos de cuidados a las personas es 3.
Esto significa que un euro gastado en la defensa de Alemania produce 50 céntimos de crecimiento y contribuye a aumentar el déficit. Los cálculos de la Unión Europea tampoco hacen esperar nada mejor. La UE sólo espera un efecto moderado sobre el crecimiento de la subida de 1,5 puntos de PIB de los gastos de defensa. La deuda pública, por su parte, podría aumentar globalmente de 4 a 5,5 puntos de PIB.
De forma ineludible, se refuerza el papel de los financiadores y por tanto de los mercados financieros sobre las políticas económicas. Ahora bien, estas políticas económicas son políticas de clase: hacen recaer lo esencial del ajuste sobre el mundo del trabajo. Por tanto, habrá que esperar que se exijan sacrificios a los pueblos en nombre de la defensa regional o nacional.
En el caso de Francia, el Consejo Superior de Finanzas Públicas, guardián de estas políticas de clase, ha llamado a moderar las políticas sociales para asegurar la financiación del esfuerzo militar. En un texto de diciembre de 2025, el think tank proeuropeo Bruegel destaca la necesidad de un «mayor ajuste de los presupuestos de los países miembros de la UE» para hacer frente a la subida de los gastos militares. En realidad, la represión social forma parte de un todo en la lógica de militarización de la economía.
Cuando la actividad económica se vuelve parte de la defensa nacional, no se admite la contestación. La acumulación del capital privado realizada en este marco se vuelve sagrada, y oponerse a ella se vuelve un crimen. Es una de las razones por las que, más allá de su estricto impacto económico, el desarrollo del sector de la defensa es tan importante para el capitalismo contemporáneo.
La huida hacia adelante militar
Pero todo esto tiene sus límites. La persistencia de la cuestión de la financiación conduce a un dilema que desemboca en desastrosas huídas hacia adelante. Puesto que los gastos militares ahondan el déficit comercial y crecen las necesidades de divisas para financiar estos gastos, una política masiva de rearme puede desembocar en clásicas crisis de balanza de pagos. La única manera de escapar de ellas es o bien volver atrás, o utilizar las armas para tener acceso directo a los recursos por medio de la guerra.
En El Salario de la destrucción, el historiador Adam Tooze explica cómo el rearme alemán iniciado en 1934 llegó en 1938 a un impasse: las entradas netas de divisas se agotaron y amenazaron al país con una crisis extrema, y a la industria de la defensa con una falta de recursos.
Entonces sólo quedan dos opciones: la reconversión civil, dolorosa en el plano social, o la huída hacia adelante militarista. La guerra se vuelve entonces la opción más razonable: la que permite mantener la industria militar a la vez que asegura, por medio de la predación militar, los recursos necesarios. Esta fue la decisión que tomó el régimen nazi, arrastrando al mundo a la destrucción.
En el caso más próximo de Rusia, la entrada en guerra contra Ucrania en 2022 permitió una recuperación del crecimiento. Pero al cabo de poco más de dos años, el agotamiento progresivo de los recursos financieros del Kremlin obligó a reducir la demanda civil por medio de impuestos elevados para mantener la prioridad concedida al Ejército. Y ahora mismo, al estar el crecimiento global tan dependiente de la demanda militar, la solución elegida adopta la forma de una verdadera huída hacia adelante militar.
Por lo demás, esta lógica de huída hacia adelante sigue en marcha cuando el crecimiento es más fuerte y más duradero. Es lógico: si el crecimiento depende cada vez más de los gastos militares, hay que hacer todo lo posible para mantener la necesidad. Estados Unidos y Unión Soviética mantuvieron gastos militares sostenidos durante toda la Guerra Fría, utilizando teatros secundarios de su oposición para renovar y vender los stocks y probar nuevas armas.
Esta huída hacia adelante tendrá un alto precio. La guerra de Vietnam llevó a Washington a enterrar los acuerdos económicos de Bretton Woods y la carrera armamentística de los años 1980 agotó y condenó a la URSS y su campo. El caso israelí es también un ejemplo de esta dinámica nefasta entre crecimiento y gastos militares. El sector tecnológico del Estado hebreo depende en gran medida del sector militar. Mantener los conflictos permite sostener el crecimiento del país.
El relanzamiento militar es por tanto una idea peligrosa. No sólo porque no es operativa en el plano económico, sino porque hace la cama a la represión social y a una huída hacia adelante militarista y destructora. Por esta razón se ha convertido en la política preferida de los dirigentes del capitalismo contemporáneo.
Texto original: Mediapart
Traduccion: viento sur
Fuente: https://vientosur.info/ilusiones-y-peligros-del-keynesianismo-militar/


