En 2016 Julian Barnes publicó su novela «El ruido del tiempo». En 2012 Julian Assange, fundador de Wikileaks, perseguido por sus revelaciones sobre los crímenes del Imperio, buscó protección y asilo en la sede de la embajada ecuatoriana en Londres. Julian Barnes, ciudadano británico, vive en Londres y, mientras escribía esta novela, el otro Julian se encontraba recluido en la embajada de Ecuador en Londres. Barnes guarda silencio ante el sufrimiento y la persecución de un periodista contemporáneo suyo en su propia ciudad y ante sus propios ojos.
El pasado día 10 de este mes, la Fundación Princesa de Asturias anunció que su Premio de Letras de 2026 había sido otorgado al escritor británico Julian Barnes. Tal y como informa en su página web La Fundación Princesa de Asturias es una institución privada sin ánimo de lucro, cuyos objetivos son contribuir a la exaltación y promoción de cuantos valores científicos, culturales y humanísticos son patrimonio universal y consolidar los vínculos existentes entre el Principado de Asturias y el título que tradicionalmente ostentan los herederos de la Corona de España. Su Majestad el Rey Don Felipe VI ha sido Presidente de Honor de la Fundación desde su creación en 1980. Tras su proclamación como Rey de España el 19 de junio de 2014,Su Alteza Real Doña Leonor de Borbón y Ortiz, Princesa de Asturias, ostenta la Presidencia de Honor de esta institución, que convoca anualmente los Premios Princesa de Asturias.
Destinados a galardonar la labor científica, técnica, cultural, social y humanitaria realizada por personas, instituciones, grupos de personas o de instituciones en el ámbito internacional, se conceden en ocho categorías: Artes, Letras, Ciencias Sociales, Comunicación y Humanidades, Investigación Científica y Técnica, Cooperación Internacional, Concordia y Deportes.
Los Premios son entregados en una solemne ceremonia anual que tiene lugar en octubre en el Teatro Campoamor de Oviedo.
La ceremonia de entrega de los Premios está considerada como uno de los actos culturales más importantes de la agenda internacional. A lo largo de su historia, estos galardones han recibido distintos reconocimientos, como la declaración extraordinaria que la UNESCO realizó en 2004 por su excepcional aportación al patrimonio cultural de la Humanidad.” (1)
En la misma página web, la Fundación también informa de que, al elegir a Julian Barnes, el jurado “ ha destacado su condición de extraordinario narrador y ensayista, dotado de humor, ironía y de un «optimismo melancólico y un pesimismo alegre», según sus propias palabras. Barnes ofrece una visión lúcida, cálida y compasiva del género humano, y emplea la memoria como configuradora de identidad sin renunciar a la imaginación, con el amor como principio esencial.
Su obra reelabora, con mirada europeísta, la historia de la literatura, el arte, la música e incluso la gastronomía, hasta alcanzar un estilo único, que lo singulariza dentro de una generación de autores británicos especialmente brillantes, que ha marcado la literatura contemporánea.” (2)
Por último, la Fundación destaca que Julian Barnes es “ comprometido con los derechos humanos, participa en las organizaciones Freedom from Torture y Dignity in Dying. Además de los reconocimientos ya citados, en 2021 se le concedió el Premio Jerusalén y ha recibido, entre otros, el E. M. Forster de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras (1986), el Femina étranger por Hablando del asunto (Francia, 1992), el Estatal de Austria de Literatura Europea (2004) y el Premio David Cohen de Literatura (Reino Unido, 2011). Es Caballero de las Artes y las Letras de Francia (2004). “ (3)
Julian Barnes es, sin duda, un buen escritor que alcanzó fama internacional con la publicación en 1984 de su tercera novela, «El loro de Flaubert», en la que mezcla varios géneros, desde la biografía hasta el ensayo.
El Premio Princesa de Asturias de Letras de 2026 contó con 37 candidaturas procedentes de 24 nacionalidades y, entre ellas, puede que haya otros escritores y escritoras tan merecedores del premio como Julian Barnes. La fundación no da a conocer los nombres de los demás candidatos y candidatas a su premio de Letras y, por lo tanto, no tenemos forma de juzgar si la elección fue la más acertada. El hecho es que el jurado decidió premiar a un buen escritor que, lamentablemente, también ha optado por hacer la vista gorda ante los crímenes del Imperio.
En 2016, Julian Barnes publicó su novela El ruido del tiempo. En 2012, Julian Assange, periodista y fundador Wikileaks, perseguido por sus revelaciones sobre los crímenes del Imperio, buscó protección y asilo en la sede de la embajada de Ecuador en Londres. Julian Barnes es ciudadano británico, vive en Londres y, mientras escribía El ruido del tiempo, el otro Julian (Assange) se encontraba ya literalmente recluido en las instalaciones de la embajada de Ecuador, de donde no podía salir para no ser detenido y extraditado a EE. UU., donde correría peligro de muerte y se enfrentaría a una larga pena de prisión.
El ruido del tiempo es una biografía novelada del compositor ruso Dimitri Shostakovich, centrada sobre todo en el periodo en que vivió en la URSS bajo el régimen de Stalin. El libro está repleto de datos reales sobre la vida de Shostakóvich, quien sufrió bajo la esquizofrenia autoritaria de Stalin, que unas veces lo premiaba como el mayor compositor de la URSS y otras lo perseguía y le impedía interpretar sus obras, como ocurrió sobre todo con su ópera Lady Macbeth de Mtsensk, la obra que desató las sospechas del régimen estalinista sobre la «lealtad» de Shostakovich.
En el momento de su publicación, El ruido del tiempo fue ampliamente elogiado por la crítica en el Reino Unido.
En el libro, Julian Barnes dice lo siguiente sobre Shostakóvich:
«Admiraba a quienes se alzaban y decían la verdad al poder. Admiraba su valentía y su integridad moral».
De ser así, Shostakóvich habría sido un admirador de Julian Assange. Barnes, por el contrario, nunca se ha pronunciado en defensa de Assange ni ha apoyado su lucha.
Otra muestra de esquizofrenia: ¡un escritor inglés escribe sobre los sufrimientos de un compositor ruso bajo el estalinismo en Rusia, al tiempo que guarda silencio ante el sufrimiento y la persecución de un periodista contemporáneo suyo en su propia ciudad y ante sus propios ojos! Peor aún, la prensa que acoge con tanto entusiasmo la publicación del libro y su denuncia, ¡también guarda silencio sobre el caso mucho más grave de Julian Assange! ¡Y, al parecer, nadie se da cuenta siquiera de la contradicción!
Parece que Assange, al no ser un artista como Shostakóvich, no merece la misma atención. Sin embargo, el caso de Assange es mucho más grave que el de Shostakóvich, ya que implica la revelación de HECHOS sobre el Poder —con P mayúscula, como escribe Barnes en su libro— y no juicios subjetivos sobre si una música es o no «antirrevolucionaria».
En El ruido del Tiempo Julian Barnes manifiesta su solidaridad con Shostakóvich y expresa toda su indignación ante la persecución que sufrió, solidaridad e indignación que Assange no mereció por parte de Barnes.
En su libro, Barnes escribió, denunciando el estalinismo:
«Miedo: ¿qué sabían quienes lo infligían? Sabían que funcionaba, e incluso cómo funcionaba, pero no sabían cómo se sentía».
Probablemente Assange tuvo mucho más miedo y durante mucho más tiempo que Shostakovich, ya que la persecución que sufrió fue mucho mayor. Assange permaneció recluido en la embajada de Ecuador desde agosto de 2012 hasta abril de 2019, cuando la policía de Londres, con permiso del Gobierno de Ecuador, entró en la embajada y lo detuvo. Shostakóvich nunca fue detenido y, a pesar de todas las humillaciones que sufrió, pudo seguir componiendo. Si la lucha de Shostakóvich fue por la libertad de expresión, la de Assange fue por la no menos importante y fundamental libertad de información.
Y si el estalinismo conocía y sabía cómo hacer funcionar el mecanismo del miedo, el Imperio también lo sabe. La implacable persecución contra Assange siempre ha tenido además como objetivo infundir miedo en todos aquellos y aquellas que pensaran en seguir el mismo camino: las consecuencias serían devastadoras.
Julian Barnes escribió en su libro:
«Y sí, la música puede ser inmortal, pero los compositores, por desgracia, no lo son. Se les silencia con facilidad y se les mata con mayor facilidad aún».
A los periodistas también se les silencia con facilidad y se les mata con mayor facilidad aún, una verdad obvia que parece haberle pasado por alto al escritor Julian Barnes.
Este otro pasaje de El ruido del tiempo es muy revelador:
«Pero lo que más le indignaba (a Shostakóvich) eran los famosos humanitarios occidentales que venían a Rusia y les decían a sus habitantes que vivían en el paraíso. Malraux, que alababa el Canal del Mar Blanco sin mencionar jamás que sus constructores eran llevados a la muerte por exceso de trabajo. Feuchtwanger, que adulaba a Stalin y «comprendía» que los juicios públicos eran una parte necesaria del desarrollo de la democracia. El cantante Robeson, que aplaudía ruidosamente los asesinatos políticos. Romain Rolland y Bernard Shaw, que le causaban aún más repulsa porque tenían la osadía de admirar su música mientras ignoraban cómo le trataba el Poder, al igual que a todos los demás artistas».
En el fragmento anterior, Barnes no consideró necesario precisar que Malraux, Fuechtwanger, Romain Rolland y Bernard Shaw eran todos escritores, dando por sentado que sus lectores ya lo sabían. Sin embargo, Barnes consideró necesario precisar que Robeson era cantante, ya que, a diferencia de los demás, quizá sus lectores no supieran quién era Robeson.
No obstante, Paul Robeson fue una de las personalidades más extraordinarias del siglo XX. Desde la década de los 30 hasta los años 60, el cantante, actor y activista afroamericano Paul Robeson era conocido prácticamente en todo el mundo. Su «olvido» es una prueba más del poder del Imperio para hacer «desaparecer» de la memoria colectiva a todos aquellos que lo desafían.
Paul Robeson comenzó a darse a conocer en primer lugar como actor interpretando obras de Eugene O’Neill a finales de la década de 1910. Fue sobre todo en Londres, a finales de la década de 1920, donde Robeson se hizo famoso por sus interpretaciones en el musical Show Boat y en Otelo, de Shakespeare. Robeson vivió varios años en Londres, donde inició su actividad política junto a los trabajadores desempleados y el movimiento antiimperialista. Apoyó la causa republicana durante la Guerra Civil Española y, por invitación del científico británico J. B. S. Haldane, visitó España en 1938, donde cantó para los combatientes heridos en el hospital de Benicásim. Robeson también se comprometió con la lucha por la independencia de las colonias africanas. Vivió en Londres hasta el comienzo de la Segunda Guerra Mundial y su nombre figuraba en la famosa Sonderfahndungsliste G.B. —Lista Especial de Búsqueda de Gran Bretaña—, en la que figuraban los nombres de las personas que debían ser detenidas inmediatamente cuando los nazis invadieran Inglaterra. En 1934, por invitación de Serguéi Eisenstein, Robeson visitó la URSS por primera vez y, al llegar a Moscú, declaró:
«Aquí, por primera vez en mi vida, no soy un negro, sino un ser humano… Camino con toda la dignidad humana».
En El ruido del tiempo Barnes presenta una visión totalmente negativa de la URSS. Pero para afroamericanos como Paul Robeson, Sidney Bechet y muchos otros que también estuvieron allí, la URSS era un oasis de paz, un lugar donde podían pasear por las calles en compañía de mujeres blancas sin correr el riesgo de ser asesinados en un linchamiento. En 1936, Robeson envió a su hijo a estudiar a la URSS para protegerlo del racismo. Robeson fue amigo de Albert Einstein durante casi 20 años, desde 1935, cuando Einstein fue a saludarlo a su camerino tras un concierto y ambos descubrieron una afinidad que los uniría: el odio al fascismo.
En 1946, en una reunión con el presidente de EE. UU., Harry Truman, Robeson afirmó que, si el Gobierno no aprobaba una ley para acabar con los linchamientos, «los negros se defenderían por sí mismos». Robeson fundó la Asociación Americana contra el Linchamiento. Malcolm X y el Partido Black Panther fueron herederos de Paul Robeson.
En los años 50, Robeson fue una de las víctimas de la persecución macartista. Le confiscaron el pasaporte, se le prohibió viajar, se le impidió casi por completo trabajar y sus ingresos se redujeron a niveles mínimos. No le devolvieron el pasaporte hasta 1958, cuando pudo regresar a Europa.
Paul Robeson merecería una novela como la que Julian Barnes dedicó a Shostakovich. Pero parece que hay mucha más simpatía por las víctimas de las persecuciones estalinistas que por las víctimas de las persecuciones imperiales.
Julian Barnes da a entender que las persecuciones a los artistas solo tenían lugar en la URSS. ¿Qué decir de los artistas de EE. UU. —directores, guionistas, actores, actrices, escritores, músicos— perseguidos por el macartismo, impedidos de trabajar, muchos de ellos reducidos a la miseria? Ni siquiera Charles Chaplin escapó de esas persecuciones; tuvo que huir de EE. UU. y establecerse en Suiza.
En su libro, Barnes relata el episodio de la visita de Shostakóvich a Estados Unidos, organizada por la URSS. En aquella ocasión, Shostakóvich se vio obligado a leer un discurso en el que, entre otras cosas, repudiaba la música del anticomunista Igor Stravinski. Shostakóvich se avergonzó toda su vida de ese gesto, tal y como relata Barnes. Durante el macartismo, muchos artistas se vieron obligados no solo a repudiar públicamente la obra de sus colegas, sino también a delatarlos para que estos también entraran en esa máquina trituradora de vidas y reputaciones que fue el macartismo.
¿Y la persecución, la furia del Imperio que hoy ataca sin piedad a todos los que lo desafían? ¡En Londres, a quienes se atreven a manifestarse en defensa del aterrorizado pueblo palestino se les acusa de terrorismo! No es casualidad que Orwell fuera inglés…
Esta indignación selectiva es intrínseca a la servidumbre imperial: se puede, incluso se debe, indignarse por la situación de los niños en Ucrania, pero se ignora el sufrimiento de los niños palestinos.
Cuando se producen en el Imperio, las persecuciones políticas y la violencia contra las voces disidentes siempre se tratan como «excepciones», «errores» normalmente pasajeros de un sistema básicamente justo. Esas mismas persecuciones y esa misma violencia en lugares considerados hostiles por el Imperio son prueba de un régimen totalitario y fundamentalmente opresor, enemigo de la propia humanidad.
En El ruido del tiempo Julian Barnes nos presenta a uno de los verdugos de Shostakóvich, Tikhon Khrennikov, primer secretario de la Unión de Compositores de la URSS en la época de Stalin:
«Tikhon Khrennikov viviría para siempre, como un símbolo permanente e indispensable del hombre que amaba el poder y sabía cómo hacer para que este le correspondiera».
Khrennikov es aquel que está dispuesto a todo para complacer al Poder y así mantener su posición; es a la vez servidor y pilar del Poder, pues este necesita a los Khrennikovs.
Al final del libro, en las Notas del autor, Julian Barnes enumera sus fuentes biográficas y comenta:
«Khrennikov nunca desapareció de la escena, ni perdió su amor por el poder: en 2003, fue condecorado por Vladimir Putin».
La implicación es clara: al condecorar a Khrennikov, Vladimir Putin representa la continuidad del sistema estalinista y la Rusia de Putin es la continuación de la maligna URSS…
De este modo, la indignación selectiva ni siquiera es verdadera indignación, sino solo un medio para cortejar al poder, ayudando a legitimar sus narrativas. Con El ruido del Tiempo, Julian Barnes repitió y legitimó la narrativa imperial sobre Rusia y alimentó la rusofobia, tan importante para que la clase dominante europea continúe con sus políticas de austeridad y se mantenga en el poder. Al mismo tiempo, hizo la vista gorda ante los abusos, la violencia y las persecuciones del Imperio. ¿No sería este, precisamente, el comportamiento de un Khrennikov?
Se le ha concedido el Premio Princesa de Asturias. El poder le corresponde con amor.
(1) https://www.fpa.es/es/la-fundacion/fundacion-princesa-de-asturias/
(2) https://www.fpa.es/es/premios-princesa-de-asturias/premiados/2026-julian-barnes/?texto=acta
(3) https://www.fpa.es/es/premios-princesa-de-asturias/premiados/2026-julian-barnes/?texto=trayectoria
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