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La crisis financiera internacional: «se acabó la fiesta»

Fuentes: A Luchar por el Socialismo

Era ayer mismo, en julio, que los jerarcas del Fondo Monetario Internacional (FMI) y de la Comisión Europea declaraban a bombo y platillo que la economía mundial estaba en su apogeo y que iban a aumentar todavía más las ya elevadas previsiones de «crecimiento económico». Dos meses después, una ola de pánico acogotaba a los […]

Era ayer mismo, en julio, que los jerarcas del Fondo Monetario Internacional (FMI) y de la Comisión Europea declaraban a bombo y platillo que la economía mundial estaba en su apogeo y que iban a aumentar todavía más las ya elevadas previsiones de «crecimiento económico». Dos meses después, una ola de pánico acogotaba a los amos del mundo.

Y no era para menos, porque este agosto hemos estado a punto de que se desencadenara una sucesión de quiebras bancarias en cadena y un desplome generalizado de las Bolsas internacionales: un crash mundial que no hubiera tenido que envidiar al que en 1929 dio inicio a la Gran Depresión, la peor crisis jamás vivida por el capitalismo.

¿Qué había sucedido? Había explotado finalmente la gigantesca burbuja hipotecaria sobre la que se había asentado el celebrado crecimiento económico norteamericano de los últimos seis años. El colapso, como un tsunami, arrastró  rápidamente a las finanzas mundiales.

UNA ENORME BURBUJA

La inmensa burbuja se había gestado a partir de la recesión económica norteamericana que siguió al reventón, en 2001, de la burbuja de de las «empresas de Internet» (las llamadas «punto.com»). Entre 2000 y 2002, estas compañías perdieron el 95% de su valor en Bolsa;  60 de ellas quebraron y fueron despedidos 500.000 trabajadores (ver http://www.lahaine.org/index.php?blog=3&p=12915). Los sonados escándalos de Enron y Worldcom marcaron un hito histórico de manipulación contable, corrupción financiera y robo masivo. La crisis puso un final abrupto a las teorías del capitalismo sin crisis y en crecimiento continuo e ilimitado.

La respuesta del capital financiero y de la Administración norteamericana -favorecida por el atentado de las Torres Gemelas en 2001- tuvo varios frentes: uno de ellos fue atacar los salarios y condiciones de vida de la clase trabajadora estadounidense; otro fue acentuar la política imperialista de recolonización en los países dominados: su muestra más dramática fue la ocupación de Irak en marzo de 2003; un tercer elemento fue el aumento colosal de los gastos armamentísticos y, finalmente, el recurso al endeudamiento masivo, apoyado en la disminución de la tasa de interés, que llegó a alcanzar al 1%, por debajo del nivel de inflación.

Apoyados en estos bajos intereses y en un crédito sin límite aparente (sustentado en una emisión masiva de dinero por parte de la Reserva Federal) pusieron en marcha un boom especulativo descomunal: Cada año subían los precios de las viviendas, revalorizándose hasta un 20% anual en los mejores lugares. Al calor de la imparable escalada de los precios, el endeudamiento de las familias subía como la espuma, hasta alcanzar el 120% de la Renta Nacional. También se puso de moda el capital riesgo («equity capital»), por el que los tiburones financieros se afanaban en adquisiciones y fusiones de empresas, financiándolas con la emisión de bonos basura («junk funds», bonos de alto riesgo retribuidos con altos intereses).

Todo iría bien mientras la máquina estuviera bien cebada. Por eso, cuando ésta dio muestras de debilidad, decidieron suavizar las condiciones de los préstamos y promovieron el endeudamiento de sectores sociales con bajo poder adquisitivo, a través de las llamadas hipotecas basura (o «subprime»). La solvencia de este grupo de deudores no era problema mientras la máquina no parara. El boom inmobiliario se convirtió en la locomotora que tiraba de la economía norteamericana, generando más de dos tercios del aumento de la producción y del empleo de los últimos seis años.

Bancos, sociedades financieras, promotores inmobiliarios y constructoras alcanzaban beneficios astronómicos, a costa de una transferencia masiva de las rentas salariales de familias trabajadoras, cada vez más entrampadas. Era el esplendor del parasitismo. Los «hedge funds»(«sociedades de gestión de riesgo») hacían su agosto. Estas sociedades, con domicilio en paraísos fiscales y en su mayoría creadas por los grandes bancos, se dedicaban a comprar los préstamos hipotecarios para volverlos a vender con grandes márgenes por todo el mundo. Eran los llamados «derivados financieros». Todos querían participar en la fiesta. Los bancos europeos y asiáticos, directamente o por medio de sus «hedge funds», compraban para luego volver a vender otra vez con ganancia. Las agencias de calificación («rating») bendecían las operaciones, mientras los bancos centrales y las autoridades financieras callaban complacidos. Una monumental burbuja financiera se alzaba sobre la ya enorme burbuja hipotecaria. La economía mundial se aguantaba sobre una montaña descomunal de capital ficticio.

Y COMO DICE EL REFRÁN: A TODO PUERCO LE LLEGA SU SAN MARTÍN

El problema vino cuando los préstamos que estaban en la base de esa enorme masa de deuda comenzaron a fallar en masa por su eslabón más débil, las hipotecas «subprime». Hacía meses que crecía la morosidad, alimentada por la subida de los tipos de interés y el descenso de los salarios reales. Ahora, dos millones de norteamericanos pobres han perdido su vivienda o están a punto de hacerlo. Las familias endeudadas comenzaron a poner a la venta unas casas que ya no podían pagar: se estiman en cinco millones las viviendas en esta situación. Después de 10 años de alzas continuadas, los precios de las casas comenzaron a bajar, las ventas retrocedieron y la construcción entraba en un fuerte parón. La fiesta tenía ya sus días contados.

La primera sacudida fue en febrero cuando algunas grandes sociedades hipotecarias norteamericanas anunciaron pérdidas. En junio vino la quiebra de dos «hedge funds» multimillonarios pertenecientes al quinto banco de inversión estadounidense, el Bear Stearn. La burbuja había pinchado. En agosto, finalmente, explotó.

La garantía de la montaña de títulos hipotecarios en circulación se había esfumado.  Los títulos se hicieron  invendibles y su valor de se desvaneció. Los «hedge funds», incapaces de atender sus deudas, entraban en bancarrota, poniendo en gravísimas dificultades a los bancos, aseguradoras y fondos que financiaron sus operaciones. El problema, además, era mundial, ya que los «derivados» habían sido comercializados a escala internacional. Algunos bancos hipotecarios ya habían caído en EEUU y los grandes grupos bancarios norteamericanos estaban seriamente afectados. Lo mismo sucedía en Europa con bancos medianos y con bancos de primera fila, como el Deutsche Bank, el Commerzbank, Barclays, el belga Fortis o la francesa BNP-Paribas. Esta última llegó a imponer el corralito en tres de sus fondos de inversión, inmovilizando los depósitos. Las pérdidas se cuentan por miles de millones de euros. Algunos bancos alemanes, como la Banca regional de Sajonia o el británico Northern Rock  (éste a mediados de setiembre) han tenido que ser rescatados.

Estas pérdidas multimillonarias se extendieron a las Bolsas, que comenzaron a entrar en caída libre. El sistema crediticio también quedó tocado de lleno. El «mercado interbancario», en el que los bancos se prestan entre sí, quedó colapsado: desconfiando mutuamente de su solvencia, los bancos dejaron de prestarse dinero entre sí, y si lo hacían, era con elevados intereses. El crédito bancario, por otro lado, quedó severamente restringido para las empresas y las familias.

LOS BANCOS CENTRALES ACUDEN AL RESCATE

Así pues, el crash bursátil y las bancarrotas en cadena se acercaban con botas de siete leguas. El capital, los grandes estafadores, aterrorizados, llamaron al Estado en su auxilio. Ya sólo podían intervenir los Bancos Centrales, los «prestamistas de última instancia». Y lo hicieron masivamente. Entre el Banco Central Europeo, la Reserva Federal americana, el Banco de Japón y otros, prestaron a los bancos en pocos días más de 500.000 millones de euros, una suma que produce vértigo. Pero aún produce más vértigo que los grandes bancos privados aportaran como garantía de dichos préstamos los mismos títulos hipotecarios podridos que ya no valían nada y que habían estado en el origen inmediato del estallido de la burbuja.

De esta manera, han conseguido, de momento, evitar el  crash. Ahora nos dicen que lo peor ya ha pasado, que la economía real apenas se verá afectada, que la crisis incluso será buena para sanear la economía y que pronto  volverán los «buenos tiempos». Todas las autoridades económicas repiten la misma cantinela como un conjuro. La patronal española ha llegado a prohibir a sus asociados que hagan ninguna declaración alarmista.

Pero los conjuros no cambian los hechos. La inyección masiva de dinero sólo ha conseguido ganar tiempo. Todos los problemas que estaban en la base de la crisis subsisten.

LOS PROBLEMAS DE FONDO DE LA ECONOMIA IMPERIALISTA MUNDIAL

El actual colapso es en realidad la segunda parte de la crisis de 2000-2002, en la que reventó la burbuja de las empresas «punto.com». Entonces lograron salir del agujero y aplazar la crisis, pero sólo a costa de agrandar los problemas. Stiglitz (que fue economista jefe del Banco Mundial, asesor de Clinton y premio Nóbel en 2001) reconocía recientemente (http://www.kaosenlared.net/noticia.php?id_noticia=40807) que la rebaja de intereses funcionó «de una manera fundamentalmente distinta a como funciona normalmente la política monetaria. (…) dado que el exceso de inversión de los años noventa fue parte del problema que provocó la recesión, las tasas de interés reducidas no estimularon una gran inversión. La economía creció, pero principalmente debido a que las familias estadounidenses decidieron endeudarse más».

En realidad, el problema de fondo en 2000, y ahora, era justamente lo que Stiglitz llama el «exceso de inversión», es decir una sobreabundancia tal de capital que llevaba al descenso de la tasa de ganancia capitalista por debajo de un punto que frena las inversiones y que debería conducir inevitablemente a la crisis. Las crisis capitalistas, como la de 1929, por medio del hundimiento de la Bolsa, los cierres generalizados de empresas y el paro masivo, consiguen una fuerte desvalorización del capital y un potente incremento de la tasa de explotación de los trabajadores, factores ambos que permiten al capital recuperar su tasa de ganancia e iniciar un nuevo ciclo de acumulación. Sin embargo, estas crisis entrañan, por su tremendo impacto social y por su larga duración, graves riesgos para la continuidad del capitalismo. Por eso el capital trata, una y otra vez, de suavizarlas y aplazarlas.

En 2000-2002 torearon la crisis en base a un endeudamiento masivo y al recurso a un parasitismo financiero exacerbado. Pero la especulación financiera, que cebó la máquina al principio, choca con límites infranqueables. El capital financiero, a diferencia del capital productivo, no crea plusvalía sino que parasita de ella. Por eso cada boom financiero, acompañamiento obligado del ciclo económico, inevitablemente acaba explotando. En 2000 aplazaron la crisis. Hoy, en 2007, nos encontramos de nuevo con ella, con la misma baja tasa de ganancia capitalista y con una montaña aún mayor de deuda y parasitismo.

¿ADÓNDE NOS DIRIGIMOS?

El imperialismo trata denodadamente de superar el actual momento crítico y estabilizar la situación, al menos unos pocos años. Todo indica que la Reserva Federal y el Gobierno norteamericano van a tratar de seguir la misma senda que en la crisis de 2000. Se anuncia que se disponen a bajar los tipos de interés y a facilitar a los bancos los préstamos que necesiten, promoviendo así un nuevo endeudamiento global que anime otra vez la economía.

Pero hemos visto ya lo que dio de sí esta política en estos seis años. Y si entonces no acabó de funcionar, en las actuales circunstancias va a ser bastante más difícil: La «sobrecapacidad» de las empresas o, lo que es lo mismo, su «falta de rentabilidad», persiste. La burbuja inmobiliaria, gracias a las ayudas oficiales, se mantiene estacionaria, como un gran nubarrón, con el riesgo permanente de tormenta. La Comisión Europea estima que «el volumen de créditos contaminados y de difícil recuperación» alcanza la impresionante cifra de 1,2 billones de euros. Percances como el del banco británico Northern Rock, con miles de clientes haciendo cola para retirar los depósitos, pueden surgir en cualquier momento. Y la crisis inmobiliaria estadounidense, lejos de haber finalizado, va para largo y tiende a profundizarse, con importantes efectos en el empleo y en el consumo. No es extraño entonces que el propio Secretario del Tesoro norteamericano, Paulson, reconozca que la actual crisis puede prolongarse bastante más tiempo que las que se han sucedido en las últimas décadas.

Además, una bajada continuada de los tipos de interés norteamericanos significará una importante devaluación del dólar respecto al euro o al yen. Esto facilitará las exportaciones norteamericanas y dificultará las de Alemania y Japón a EEUU. Pero haría peligrar, al mismo tiempo, el papel del dólar como moneda mundial de reserva. Este especialísimo privilegio ha permitido al capitalismo norteamericano, durante 25 años, pagar a sus acreedores con propia moneda, esquilmar a los países de la periferia endeudados en dólares y financiar su déficit comercial y su déficit público con entradas masivas del exterior. Estas entradas son actualmente de 3.000 millones de dólares diarios y proceden en buena parte de China, la mayoría de cuyas reservas de divisas está invertida en valores del Tesoro norteamericano (900.000 millones de dólares).

Así pues, no se debe excluir que, en las actuales circunstancias, el capitalismo norteamericano, a pesar de sus esfuerzos, sea incapaz de evitar a corto plazo un crack financiero mundial, al que seguiría una profunda depresión. Pero hay también otras hipótesis intermedias: que los imperialistas demoren el crack y la crisis, pero a costa de una economía estancada, como ocurre en Japón desde finales de los años 80. Podría suceder incluso que esta situación de estancamiento durara algún tiempo para después precipitarse en la crisis. No es posible saberlo por adelantado.

En cualquiera de los casos, hay una cosa clara: la fiesta se ha acabado. Vienen tiempos complicados y difíciles. El capitalismo, como decía el viejo Marx, no tiene más medios de salir de la crisis que aumentar la explotación de la clase trabajadora y el expolio de los pueblos oprimidos del mundo. Hemos de estar bien preparados para los próximos enfrentamientos.

(*) A Luchar por el Socialismo es una publicación mensual del PRT-Izquierda Revolucionaria, sección oficial en el Estado Español de la Liga Internacional de los Trabajadores – IV Internacional (LIT-CI)