«La doctrina de la que nacieron los campos de concentración era muy simple, y por eso precisamente muy peligrosa: todo extranjero es un enemigo, y todo enemigo debe ser eliminado; y es extranjero todo aquel que se perciba como distinto, por su idioma, religión, apariencia, costumbres e ideas». Primo Levi, «La Europa de los campos de concentración» (1973)
La crueldad no es una anomalía en el transcurso de la historia humana. Me viene a la memoria lo que hizo Aquiles con el cadáver de noble Héctor (1) o lo que hizo Telémaco con las esclavas infieles (2), y también, en tierras distantes, la representación de algún faraón sujetando al vencido por los cabellos y una maza en la otra mano para destrozarle el cráneo. Claro que nada de esto es un hecho histórico constatado, pero es revelador de rasgos propios de las respectivas culturas: los poemas homéricos desempeñaron un papel inigualable en la fijación del «repertorio fundamental de los códigos sociales. morales y religiosos» (F.J. Gómez Espelosin, «La antigua Grecia»). En todo caso, no es necesario escarbar mucho para descubrir, en las zonas oscuras de las grandes civilizaciones, un ejercicio más o menos sistemático de la crueldad al amparo de creencias religiosas o «razones de estado»…
Una de las religiones más extendidas en todo el planeta está simbolizada por un instrumento de tortura, la cruz. Y precisamente la vida y el martirio padecido por quien en ella murió han sido empleados para establecer un antes y un después en la historia de buena parte de la humanidad (a.JC / d.JC). Dos milenios han transcurrido desde entonces y se requerirían numerosos volúmenes para situar en tiempo y espacio, dar cuenta de causas y consecuencias, describir cabalmente los conflictos que en ese lapso han puesto a los seres humanos frente a cuotas de crueldad inauditas. Hay una genealogía de la crueldad que difiere según la comunidad de que se trate. Y el presente no parece prometer algo mejor a este respecto.
Trump siembra el terror en las calles de Minneapolis, los uniformados del gobierno argentino apalean ancianos y discapacitados… La crueldad se ha instalado en el sistema político dando lugar al empleo frecuente de conceptos como «cultura de la crueldad» (Henry A. Giroux) (3), «democracia cruel» (Ezequiel Ipar) (4) o «política de la crueldad» (Verónica Gago) (5), siendo esta última quien propone que «en principio, la crueldad señalaría el disfrute, un modo del placer asociado a la ejecución de la violencia«. Ningún Estado puede ser considerado libre de practicar alguna forma más o menos manifiesta, más o menos intensa de crueldad: aquí o allá aparecerá, eso es seguro. La vigencia de instituciones -custodiadas por las fuerzas de seguridad- que perpetúan la injusticia social la hacen inevitable. Gobiernos como el de Milei tienen la «virtud» de desenmascarar al sistema, mostrándolo en pleno disfrute del ejercicio de la violencia contra ancianos, discapacitados, niños y, en general, contra una población empobrecida y aturdida.
Un intento de fechar este fenómeno hace hincapié en la década de 1980, cuando surge el neoliberalismo e instaura la primacía de lo individual sobre lo social, del lucro sobre lo comunitario.. Son palabras de Margaret Thatcher: «No existe tal cosa como la sociedad. Hay hombres y mujeres individuales, y esas familias» (1987). Es necesario remontarse a este pensamiento para entender el encendido individualismo de la época actual, la falta de empatía y solidaridad, el «sálvese quien pueda». En un extremo, ahora el presidente del país más poderoso declara que su accionar no reconoce otros límites que los que le impone su propia moralidad («El Estado soy yo» de Luis XIV, o el «Es legal porque yo quiero» de Luis XVI)). La particularidad de estos tiempos radica quizás en la intensidad con la que esto se pone de manifiesto, y me expreso así porque hubo momentos en que todavía existía cierto pudor en sacar a la luz este tipo de conducta. Recuerdo el testimonio de un periodista que, conmovido, narraba la experiencia de un hombre en situación de calle que había llegado a dudar de su propia existencia porque habiendo saludado aquella mañana a todo aquel que se le acercó, nadie respondió, ni siquiera con una fugaz mirada. La crueldad se manifiesta también en la indiferencia. Pero creo que lo que debe preocuparnos ahora es que la indiferencia parece estar cediendo lugar al maltrato, a la agresión, y que existe un principio de crueldad extendido a todos los aspectos de la vida comunitaria en forma vertical (desde el Estado y sus instituciones) y horizontal (entre integrantes de la comunidad), que impregna y envenena las relaciones humanas. Las extremas derechas sostienen un discurso que hace blanco, de manera cruel, en los sectores más vulnerables: diversidades sexuales, migrantes, pobres, y también en los ancianos (6) ; la perversión consiste en hacerlos «culpables» de su diferencia. La crueldad ya no se oculta sino que por el contrario se nos muestra como espectáculo, tal como puede verse en las coberturas de los hechos acontecidos en Minneapolis: la violencia directa y espectacularizada como mecanismo que produce insensibilización (Verónica Gago). Se hace lo necesario desde los sectores del poder para que sea la crueldad y no la solidaridad o la compasión lo que consolide el vínculo entre grupos cada vez más numerosos y desinhibidos, y de esta manera se erosiona la democracia al mismo que tiempo que se fortalecen el autoritarismo y la opresión. Las redes sociales proveen cataratas de ejemplos en los que prolifera la deshumanización, la cosificación del otro y en todo esto subyace el impulso tanático, la pulsión de muerte, de destrucción, que anima al fascismo en todas sus manifestaciones.
Me parece inocultable el vínculo del fenómeno que motiva esta nota con el fascismo, y adhiero a lo manifestado por Rocco Carbone (7): «Fascismo (…) una modalidad, un instrumento, una herramienta del capitalismo (…) un poder que preserva al capitalismo frente a la crisis». Creo que para entender de qué trata la «democracia cruel», la «cultura de la crueldad», la «política de la crueldad» es necesario entender la deriva fascista del capitalismo actual. Es necesario conocer la ideología, el lenguaje y procederes de individuos y grupos que tienen en vilo al planeta para desmontar -si ello fuera posible- sus proyectos.
Una muy buena introducción a estos temas nos la brindó hace varios años Federico Fellini con su visión del fascismo: «Las eternas premisas del fascismo me parece que se encuentran precisamente en el ser provincianos, en la falta de conocimiento de los problemas concretamente reales, en el rechazo a profundizar, por pereza, por prejuicio, por comodidad, por presunción, la propia relación individual con la vida. Jactarse de ser ignorantes, buscar la afirmación de uno mismo o del pequeño grupo propio no con esa fuerza que procede de la capacidad efectiva, sino con la jactancia, con las afirmaciones que terminan en sí mismas, el despliegue de cualidades imitadas (miméticas) en lugar de verdaderas (…) No se puede combatir el fascismo sin identificarlo con nuestra parte estúpida, mezquina, veleidosa; una parte (…) de la cual deberíamos avergonzarnos (…). Porque esa parte está dentro de cada uno de nosotros». (8)
(1) «Le taladró por detrás los tendones de ambos pies desde el tobillo al talón, enhebró correas de bovina piel que ató a la caja del carro y dejó que la cabeza arrastrara»
(2) «Como tordos de gráciles alas (…) tal mostraban allí sus cabezas en fila y un nudo constriñó cada cuello hasta darles el fin más penoso»
(3) Henry A. Giroux: «Estamos en una era dominada por formas extremas de crueldad, que además no están ocultas y se reciben con cierto nivel de alegría». BBC News Mundo (11-03-25)
(4) Ezequiel Ipar «Las derechas radicales y las políticas de la crueldad» en «Desquiciados: los vertiginosos cambios que impulsa la extrema derecha», coordinado por Alejandro Grimson.
(5) Verónica Gago, «La crueldad como política de Estado»
(6) Una nota publicada en The Guardian (22/01/13) reproduce declaraciones del Ministro japonés de Finanzas manifestando que «se debería permitir a los ancianos apresurarse y morir para aliviar la presión sobre el Estado para que pague su atención médica», el mismo personaje que se refirió a los ancianos que no pueden alimentarse por sí mismos como «personas con tubo»: Taro Aso
(7) Rocco Carbone, «Lanzallamas: Milei y el fascismo psicotizante», y «Ultra: aristocracia tecnofinanciera, capitalismo mafioso y fascismo global»
(8) Citado por Rocco Carbone en «Ultra».
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