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El asalto a Venezuela en 2026 y la fase superior del imperialismo bajo la Doctrina "Donroe"

La dialéctica del saqueo

Fuentes: Rebelión

El inicio del año 2026 ha quedado marcado en la historia de las Relaciones Internacionales como el momento en que las pretensiones de un orden mundial basado en reglas fueron definitivamente enterradas bajo el estruendo de los misiles de crucero en los cielos de Caracas. La captura y extracción del presidente Nicolás Maduro por fuerzas especiales de los Estados Unidos, el 3 de enero de 2026, no constituye un evento aislado de cambio de régimen, sino que representa la manifestación más cruda, sincera y violenta de la lógica del capital en su fase imperialista.

Este asalto, legitimado bajo la recientemente proclamada Doctrina Donroe (una síntesis entre el apellido del actual mandatario estadounidense y la histórica doctrina de 1823), resucita las tesis que Lenin formuló hace más de un siglo en su obra fundamental sobre el imperialismo. Para el mismo, este suceso no es una anomalía, sino el resultado inevitable de la concentración del capital, la necesidad de controlar recursos estratégicos y el reparto territorial del mundo en un contexto de declive hegemónico.

La vigencia de El imperialismo, fase superior del capitalismo (1916) de Lenin se hace evidente cuando observamos el poder que sostiene y defiende la agresión contra Venezuela. Lenin definió el imperialismo no sólo como una política exterior agresiva, sino como una etapa económica específica caracterizada por cinco rasgos esenciales que hoy vemos reproducidos con una precisión quirúrgica en el escenario venezolano.

En primer lugar, Lenin destacaba cómo la libre competencia engendra la concentración de la producción, lo que conduce inevitablemente al monopolio. En la Venezuela de 2026, el «botín» no es solo el control político, sino la infraestructura productiva de las mayores reservas de petróleo del mundo. Las declaraciones de Donald Trump sobre el acceso total a los recursos venezolanos y la entrada de las «grandes compañías petroleras estadounidenses» para reconstruir el sector energético son la prueba de que el Estado actúa como el agente de los monopolios. Chevron, ConocoPhillips y ExxonMobil no son solo empresas que buscan mercados; son entidades monopólicas cuya rentabilidad y supervivencia dependen de la fuerza militar del Estado central para asegurar activos que previamente habían sido nacionalizados en nombre de la soberanía popular.

El segundo rasgo leninista es la creación del capital financiero mediante la fusión del capital bancario e industrial, lo que da lugar a una oligarquía financiera que ejerce un dominio absoluto sobre la sociedad. La reacción de Wall Street ante la invasión es un indicador irrefutable de este vínculo. Mientras las fuerzas especiales operaban en Caracas, las acciones de Chevron (CVX) y Halliburton se disparaban en los mercados secundarios, evidenciando que la guerra es, ante todo, una operación de balance financiero. La oligarquía financiera de Nueva York ha «descontado» la soberanía venezolana como un activo recuperado para sus carteras de inversión.Nota: Datos compilados a partir de los reportes de mercado de enero de 2026 tras la Operación Resolución Absoluta.9

Lenin diferenciaba el capitalismo clásico, basado en la exportación de mercancías, del imperialismo, centrado en la exportación de capitales. Cuando escuchamos a Trump es explícito: EE. UU. no gastará dinero público en la reconstrucción, sino que las petroleras «invertirán miles de millones» para reparar una infraestructura que el propio bloqueo estadounidense se encargó de degradar. Este mecanismo de inversión forzosa bajo ocupación militar es la forma moderna de la exportación de capital, donde el país ocupado queda atado a contratos perpetuos de deuda y mantenimiento. El concepto de «reembolso» que Trump exige (que Venezuela pague por el costo de su propia invasión)es la máxima expresión del parasitismo imperialista, donde el Estado agresor se alimenta directamente de la renta del Estado agredido.

Por otro lado, analistas contemporáneos señalaron que la intervención en Venezuela marca el «adiós a la biopolítica». Ya no se trata de «gestionar la vida» de los venezolanos o de integrarlos en un mercado democrático. El discurso de Trump es crudo: Venezuela es un «país muerto».Y en la lógica imperialista, lo que está muerto no se gobierna, se extrae. El interés se centra exclusivamente en el subsuelo: el petróleo, el gas, el oro, el hierro y las tierras raras como el coltán, esenciales para la industria tecnológica y militar de la metrópoli.

Esta visión post-biopolítica invierte las jerarquías tradicionales. Primero están los recursos, luego la contención de la población para evitar flujos migratorios, y finalmente (si queda algo) los ciudadanos. La militarización de la región, desde el Río Bravo hasta Tierra del Fuego, busca crear un cordón sanitario que asegure la estabilidad de la extracción mientras se desentiende de las condiciones de vida de las poblaciones locales.

La intervención en Venezuela no debe ser leída como una excepción ni como el exceso de un liderazgo particular, sino como una advertencia histórica. Cuando el capitalismo entra en una fase de agotamiento estructural, la violencia deja de ser un recurso extraordinario y se convierte en método ordinario de acumulación. El imperialismo ya no se disfraza de derechos humanos ni de institucionalismo liberal: actúa a cara descubierta, sin necesidad de consenso ni de legitimidad moral.

La Doctrina Donroe no inaugura una nueva era: confirma el fracaso del orden liberal y la plena restauración del imperialismo clásico, ahora despojado de su retórica civilizatoria. Frente a este escenario, la neutralidad no es una opción analítica sino una toma de partido. Comprender el imperialismo, como insistía Lenin, no es un ejercicio académico: es una condición necesaria para combatirlo.

Como dice Zibechi, el fundamento de las prácticas emancipatorias no surge del ímpetu de cambiar el mundo, sino de crear uno nuevo.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.