La visita de Trump a China el 14 y 15 de mayo último, en medio de numerosos actos que están erosionando considerablemente la paz mundial y seguridad internacional, y encuentran su ejemplo más encarnizado en la guerra de EEUU/Israel contra Irán, por incluir una amenaza nuclear tangible, no representa una buena señal de China para un Estado aliado, Irán, y para el Nuevo Orden Mundial que China dice desea forjar. Es en realidad el peor momento para alcanzar serios acuerdos entre Estados antípodas, y encierra una grave ambivalencia no resuelta de la política exterior china: coquetear con el viejo Orden Unipolar expoliador y represivo de Occidente, que en su desenfreno actual está causando mayor destrucción por el mundo, y a la vez, sembrar esperanzas de forjar un Nuevo Orden Mundial más justo para el Planeta, que es evidentemente incompatible con aquél.
No se trata de objetar la decisión china en sí de reanudar sus relaciones diplomáticas con el país más poderoso del mundo, EEUU, sobre todo cuando está en su interés intentar zanjar los conflictos bilaterales surgidos en materias tan delicadas como las de Taiwan, los aranceles, las sanciones unilaterales, los chips, la IA, etc., sino el momento escogido de convulsión internacional y las circunstancias que lo rodean, como son el desvanecimiento de las normas internacionales en las conductas de los Estados, sobre todo en la de la superpotencia EEUU, y el resurgimiento de la ley de la selva en el orden internacional, en el que cada Estado está dejado y abandonado a su suerte para ser presa fácil de ella.
Independientemente de los acuerdos tomados en tal encuentro presidencial, y de los aciertos y desaciertos en sus detalles para ambas partes, tan solo la disposición de China de recibir a Trump y comitiva – Rubio, Hegseth, Bessent, etc- con los protocoles máximos presidenciales, tiene la gran relevancia histórica de caer como dardo lacerante a la humanidad en su moral y derecho alcanzados hasta hoy, porque con ello China comete el grave error histórico de lavar, limpiar, “desinfectar” la política exterior estadounidense destructiva y perniciosa que, en menos de un año, ha dado rienda suelta al uso casi exclusivo de métodos abyectos, mafiosos, delincuenciales y hasta criminales, teniendo el fin maximalista de sacar el mayor provecho para sí, perjudicando considerablemente al otro.
Trump, en su afán económico insaciable de llenarse de fondos nacionales, depurar la gigantesca deuda nacional, reindustrializar el país y convertirlo en un gran exportador mundial -fines políticos lícitos- ha focalizado su política económica interna en la financiación exterior. Para ello ha hecho uso de todos los recursos de poder económico, político, militar y medial combinados con la mano del garrote y cañón, siendo constantes en sus actos con el exterior el engaño, el dolo, el fraude, el chantaje, la coerción, la calumnia y difamación, empalmados con actos de desestabilización, cambio de régimen, operaciones de falsa bandera, instigación a las guerras y guerras pérfidas que incluyen asesinatos, bombardeos, invasiones, secuestros, piratería, saqueo de recursos valiosos como los energéticos, para los casos más duros de resistencia. Los daños individuales causados en poco más de un año no son aún cuantificables, pero ya son visibles las graves grietas a la estructura existente de paz y seguridad internacional, en las que China ha contribuido no sólo con su penoso silencio, sino con la rehabilitación de Trump y comitiva, de los que ella mismo ha sido víctima.
El genocidio y despojo de los palestinos de sus tierras en Gaza, la guerra arancelaria universal, los asesinatos de inocentes en el Caribe, la toma de control del petróleo venezolano y secuestro del país y su presidente, la guerra de agresión contra Irán con asesinatos de su cúpula gobernante y negociadora, la demanda de capitulación de Irán con la fuerza de los cañones, los bombardeos a Nigeria, los intentos de anexión de Groenlandia, las operaciones de desestabilización e intervencionismo en diferentes Estados, las insinuaciones de engullirse Venezuela totalmente e invadir Cuba después de décadas de sanciones y asfixia a su pueblo con un bloqueo militar, etc. etc. Estamos aquí frente a graves e innumerables violaciones del Derecho Internacional y de los derechos humanos que gritan a “crímenes internacionales”, y que están en peligro de quedar completamente impunes, ¡otra vez más! La inmunidad presidencial no es absoluta y nunca tuvo el fin de encubrir graves delitos y crímenes.
China debe estar consciente que dar la mano con todos los honores a un “bandido” de la política internacional significa un duro golpe a la legalidad del orden internacional y al orden de protección de los derechos humanos de poblaciones y grupos víctimas. Pero lo peor de esta miopía china está en dar carta libre al régimen plutocrático de Trump para que siga con sus actos ilícitos y crímenes por el mundo, como el acecho a Irán, la invasión de otros países que no pueden defenderse por sí solos como Venezuela y Cuba, entre tantos otros que están en sus planes secretos aún no divulgados.
China hace mucho dejó su estatus de país en desarrollo. Es ahora una superpotencia mundial emergente que puede hacerle frente a EEUU cuando pisotea gravemente el derecho internacional. Y tiene diversos recursos propios para frenarlo, si lo quisiera. Pero aún no está preparada para hacerlo. Por el contrario, se restringe a su papel de Estado “comerciante” e inversor defensor de sus intereses de vender y comprar libremente en el mercado mundial, practicando una diplomacia mayormente comercial. Ello le impide estar en condición de distinguir colores y formas de la realidad política internacional. No está aún en la posición de condenar actos crueles y criminales de Estados, ni menos los de una superpotencia igual o mayor que ella, limpiando tímidamente tales actos con el eufemismo de “actos impropios, erráticos”.
Si bien es cierto que la política exterior China ha hecho progresos con su ascenso al mostrarse bastante firme y segura en su papel de superpotencia, sigue siendo aún tibia, tímida, ambivalente e insegura para reconocer colores en los casos más álgidos de la política internacional. Su limitación a concentrarse en sus propios intereses económicos, y callar cuando debe criticar y condenar violaciones evidentes al derecho internacional, es una de sus más grandes debilidades que debe tenerse presente para no sembrar falsas expectativas. Por ello China no es ni será en tiempo cercano un garante de la paz y seguridad mundial; y aunque alcance el nivel de primera superpotencia, no es aconsejable, por lo menos por ahora, dejarle a ella el liderazgo del orden multipolar.
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