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La FIFA World Cup 2026, México y la «crónica de una postración anunciada»

Fuentes: Rebelión

México, históricamente, cuenta con una afición futbolera que podría ubicarse entre las más involucradas, entregadas, hospitalarias e intensas del mundo. Así se observó en las copas mundiales de fútbol de 1970 y 1986.

Ello contrasta con la acusada mediocridad de la liga mexicana y de la selección nacional; ambas corrompidas por las dos principales concesionarias de televisión privada –especialmente por Televisa– y por las demás empresas patrocinadoras como los casinos y las casas de apuestas. El sobredimensionamiento de la realidad y el engaño por parte de las televisoras y las plataformas streaming son una constante en México, cuando menos desde 1994, y cada cuatro años se repite el mismo rosario de engaños para con la afición; leal en esencia y un apetecible negocio tanto para Adidas como para la gran cantidad de empresas vinculadas a la venta de merchandise y servicios anexos.

La ilusión es una constante en el ser humano; más ante una realidad social caótica, quebrada y desestructurada. Para el mexicano –como ocurre en múltiples naciones– ser espectador del fútbol significa contar con un mecanismo de cohesión social y de convivencia con los suyos en un contexto de festividad; un cultivo colectivo de esa ilusión y de ese afán por aceptar la derrota sin mayor trámite. El extremo de esta ilusión es explotado sin escrúpulos por esas corporaciones y por la Federación Mexicana de Fútbol (FMF), que recurrentemente traiciona a esa noble afición al hacer de los estadios de los Estados Unidos la casa de facto del equipo nacional.

El agravio moral y el abuso desmedido a la afición mexicana se extiende no solo a los magros resultados y al funcionamiento o rendimiento de los clubes nativos y de la selección nacional; sino que se exacerba con la híper-mercantilización del fútbol cada fin de semana al interrumpirse constantemente las transmisiones de los partidos por la publicidad de prácticamente cualquier mercadería; al fragmentar en múltiples plataformas streaming y servicios de televisión de paga los partidos de la liga nacional y de otros torneo internacionales; al usar a los jugadores para ofrecer gaseosas o cuanto producto pueda promoverse en los medios; los altos precios del boletaje comparado con el limitado nivel de vida del mexicano promedio; y los constantes atropellos de la Federación Mexicana de Futbol, a los que recientemente se suma la propia FIFA con el renovado engaño de la supuesta sede mundialista de México.

Al respecto, cabe recordar que la Copa Mundial de la FIFA 2026 será compartida por Estados Unidos, Canadá y México. De los 104 partidos, 78 se jugarán en estadios estadounidenses, 13 en Canadá y los restantes 13 en tres sedes mexicanas. Esta multi-sede mundialista fue confeccionada a raíz de las averiguaciones que el Departamento de Justicia y el FBI emprendieron en el año 2015 en torno a las prácticas mafiosas y amañadas de la FIFA en cuanto a la asignación de los mundiales del 2018 y el 2022. Se habló de sobornos a funcionarios de la FIFA y a las federaciones nacionales que votarían la sede en lo que fue designado como el caso FIFAGate; así como también en torno a derechos de comercialización y de transmisión de eventos de fútbol. Estados Unidos perdió la sede del 2018 ante Rusia en el marco de esas votaciones amañadas. Aunque también existieron acusaciones por lavado de dinero y fraude por parte de funcionarios de la FIFA. Para el 13 de junio de 2018, se realizó en Moscú el Sexagésimo Octavo Congreso de la FIFA, donde se votó la sede mundialista del 2026. En esa votación ganó la propuesta de América del Norte. Para disimular ese protagonismo de los Estados Unidos y su incursión en los asuntos de la FIFA fue que se acomodó de manera servil a Canadá y México como sedes del Mundial por venir.

El Mundial del 2026 tiene importantes connotaciones geopolíticas como parte de la diplomacia deportiva desplegada por las élites estadounidenses (https://shre.ink/LH8L). Estamos ante la emergencia de un cambio de ciclo histórico y de un colapso civilizatorio que tiene como epicentro a los propios Estados Unidos y a la lucha fratricida entre sus élites plutocráticas. En ese escenario, renovar la imagen internacional de esa sociedad es fundamental ante el agotamiento de su ciclo hegemónico en el sistema mundial y ante las campañas bélicas que le acarrean desgaste y cuestionamientos a esa imagen; especialmente a raíz de su incursión en Ucrania desde el 2022 y en Irán recientemente.

De ahí que las élites estadounidenses interviniesen a fondo para hacerse de la sede mundialista, aún supeditando a dos gobiernos abyectos como Canadá y México.

La postración de México en estas circunstancias es evidente. A la afición no solo le expropiaron el nombre del legendario “Estadio Azteca”, el cual fue despojado del imaginario popular para comenzarse a usar el patrocinio de una entidad bancaria. La misma historia de ese estadio está vinculada al despojo –como ocurrió con varios recintos futbolísticos del Mundial Brasil 2014.

Inaugurado el Estadio Azteca en mayo de 1966, meses después –el 12 de septiembre– fueron desalojados y reprimidos miles de pobladores de las colonias Ajusco y Santa Úrsula Coapa. La maquinaria pesada y los cuerpos policiacos capitalinos destruyeron alrededor de 400 casas con la finalidad de despojar de los terrenos a los colonos, mismos que serían utilizados para la ampliación de los predios del estadio y la construcción de su estacionamiento. Se trató de un despojo perpetrado contra un pueblo originario que habitaba pequeñas casas de madera y lámina de cartón y que radicaba en esas colonias mencionadas. Era la época de Ernesto P. Urruchurtu, apodado como el “Regente de Hierro” del entonces Departamento del Distrito Federal. El argumento que esgrimieron las autoridades fue que ese pueblo originario -dotado de tierras comunales y ejidales- corría peligro ante las explosiones de dinamita efectuadas en las minas de piedra volcánica. Este desalojo violento de los pobladores, que corrieron –en situación de llanto– con sus hijos y sus pocas pertenencias, costó el cargo al mismo Urruchurtu.

El México del 2026 es diametralmente opuesto a aquel que precedió al Mundial de 1970 y al Mundial de 1986, luego de los sismos del 19 de septiembre de 1985. El México contemporáneo es el México de la economía clandestina y de la muerte; el México de la instauración oficial del miedo en aras de controlar poblaciones y territorios; el México raptado en su economía, sociedad y cultura por el crimen organizado. Vasta observar las 456 bolsas que contenían restos humanos y que fueron encontradas –entre el año 2022 y finales del 2025–  por parte de buscadores de personas masacradas o desaparecidas en fosas clandestinas en las inmediaciones del Estadio Akron, próximamente sede mundialista (https://shre.ink/LHfZ y https://shre.ink/LHfU). Es de destacar que estos restos humanos no fueron hallazgo de las autoridades, sino de los colectivos de buscadores con hijos o familiares desaparecidos. Es el México de los más de 30 mil homicidios anuales y de los 130 mil desaparecidos, en el contexto de una frontal guerra de exterminio contra los pobres. No menos importante es preguntarnos si México tiene la estatura moral y si se encuentra realmente preparado para albergar un macro-evento de las magnitudes de la Copa Mundial de la FIFA.

Lo entreverado que se encuentra el crimen organizado con la economía formal, hace pensar en la gravitación de estos grupos delictivos en los negocios relacionados con la Copa Mundial 2026. Boletaje o entradas falsificados, copia o piratería de ropa deportiva y accesorios –y que se extiende por la ausencia de regulaciones al comercio informal–, los servicios de transportación y hospedaje, venta de narcóticos al menudeo, los estacionamientos públicos de vehículos conducidos por los asistentes a los estadios, la provisión de servicios de explotación sexual para deleite de los turistas, apuestas deportivas ilegales, blanqueo de activos de procedencia ilícita en negocios temporales vinculados al evento, recorridos y viajes fraudulentos y que dan lugar a estafas masivas, el negocio inmobiliario y de la construcción, entre otros rubros, serán el principal objetivo del crimen organizado. No menos importante será la extorsión o amenazas a restaurantes y bares en torno a los estadios sede; y la apropiación violenta de comercios para reconvertir su giro hacia servicios dedicados al turista mundialista. Según investigaciones de la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF) evidencian una diversificación de los giros de las empresas crimínales con miras al Mundial de Fútbol, bajo el imperativo de controlar toda la experiencia del turista: desde el transporte privado desde los aeropuertos, el hospedaje temporal ofrecido vía plataformas digitales, hasta la provisión de alimentos y bebidas alcohólicas (https://shre.ink/LHId). Aupado todo ello por la corrupción y la impunidad propiciadas por las autoridades en sus distintos niveles de gobierno.

Se estima una derrama económica de 3 mil millones de dólares tan solo para México como sede mundialista. Varias organizaciones criminales cuentan con conocimiento y control territorial, especialmente en las tres sedes mundialistas –Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara–; de ahí que el despliegue de su poder y extorsión se vuelque a la apropiación de una importante porción de esta derrama económica. Si bien la violencia de estas organizaciones es probable que no se suscite en las fechas del Mundial, su despliegue criminal será sigiloso y estará presente en múltiples actividades comerciales y de servicios.

Según datos oficiales sobre la pobreza en México, se calcula que para que el año 2025 38,5 millones de personas –de un total de 133 millones de habitantes– se encuentra en esa condición social; mientras que siete millones están en condiciones de pobreza extrema (https://shre.ink/LHIl). Es altamente probable que esa población pobre y amplios segmentos de la clase media ni siquiera disfruten del Mundial de fútbol en algún estadio sede en México, o incluso a través de las plataformas híper-privatizadas que transmitirán los encuentros. Ni siquiera los vecinos de un recinto como el Estadio Azteca, son testigos de esos beneficios y disfrute tal como lo atestiguan sus palabras de cara a los procesos de gentrificación urbana que marchan a la par de los preparativos mundialistas (https://shre.ink/LHr4); testigos que no solo experimentan la exclusión social, sino también el ninguneo por parte de las élites políticas locales y de las empresas que invierten en el fútbol.

Este conflicto y tensión entre lo local y lo global no es aislado. Recientemente, la Gobernadora del estado de New Jersey, Mikie Sherrill, expresó públicamente la queja de que los costes por el transporte público durante la Copa Mundial de Fútbol será pagado por los contribuyentes durante varios años. La funcionaria insta a la FIFA a asumir los costes de ese servicio desde la ciudad de New York al MetLife Stadium y viceversa, el cual ascenderá a los 48 millones dólares para transportar a 40 mil aficiónanos durante cada uno de los ocho encuentros mundialistas en ese recinto. La FIFA –que aspira a recabar 11 mil millones de dólares durante este Mundial–, recordó a la Gobernadora que en los acuerdos firmados en 2018 para el otorgamiento de la sede mundialista se asentó que los aficionados recibirían transporte gratuito durante el evento, y que para ese servicio no aportaría ningún recurso ese organismo internacional. La polémica toma fuerza ante el anuncio de que se pagarían 100 dólares por boleto en el traslado desde Penn Station al MetLife Stadium (https://shre.ink/LHri).  

A la par de lo anterior, cabe destacar que el fútbol está hecho de significaciones simbólicas y que en esa lógica México está postrado desde décadas pasadas. No solo a la afición se le despoja de los nombres tradicionales de los estadios, sino también de los clubes –Atlante, Necaxa, Atlético Morelia, entre otros– que le brindaron cierta identidad regional a la población. La corrupción de los directivos y del duopolio televisivo envilecieron el fútbol mexicano durante los últimos 30 años, de tal modo que éste se quedó sin memoria histórica, sin reconocimiento a las pocas figuras deportivas –Hugo Sánchez, por ejemplo–, y sin una estructura que privilegia al deporte por encima del negocio ramplón que explota y engaña a una afición paciente en extremo –especialmente aquellos migrantes radicados en los Estados Unidos y que realizan un consumo de nostalgia. Más todavía: lo que ocurre en México desde la segunda mitad de los años noventa se finca en una casta empresarial depredadora que emprendió una cruzada en abierto exterminio de lo único positivo que tiene el futbol en ese país: la afición y su alegría –pese a la derrota constante.

Esta afición ya fue excluida de los estadios mundialistas e, incluso, del sofá frente al televisor en casa. Fue despojada de la ilusión y de la memoria histórica, hasta reducirla en amplias proporciones a la ignominia del desconocimiento del fascinante mundo del buen fútbol. El terreno de la construcción de significaciones abre importantes frentes de disputa y en ello las aficiones de todo el mundo tienen mucho que expresar de cara a la generalización de la crónica de la postración anunciada, que en sociedades como la mexicana ya es una realidad desde décadas atrás.    

Isaac Enríquez Pérez. Académico en la Universidad Autónoma de Zacatecas, escritor y autor del libro “La gran reclusión y los vericuetos sociohistóricos del coronavirus. Miedo, dispositivos de poder, tergiversación semántica y escenarios prospectivos” Twitter: @isaacepunam

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.