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Entrevista con Roberto Scarpinato, fiscal de Palermo

La Iglesia y la mafia

Fuentes: ADISTA

Traducido para Rebelión por Juan Vivanco y Antonia Cilla

¿Puede haber un relativismo ético más devastador que el que bendice por igual a víctimas y verdugos? ¿Una defensa de la vida más falsa que la que es incapaz de ponerse del lado de la vida pisoteada? ¿Qué futuro les espera al país, a la Iglesia, sin la savia vital de la justicia?

Para reflexionar sobre estas preguntas hemos decidido ir a Palermo. Palermo: capital de Italia, porque aquí es donde se ve la otra cara de la historia del poder nacional. Porque en Palermo, en la fiscalía dirigida por Gian Carlo Caselli, han tenido el valor de «procesar al poder», de elegir entre oprimidos y opresores, en un atisbo de sociedad civil, a ejemplo de jueces como Chinnici, Falcone y Borsellino.

Uno de los protagonistas de la historia de esta fiscalía es Roberto Scarpinato, uno de los tres Ministerios Públicos del proceso Andreotti y hoy fiscal adjunto en el tribunal de Palermo.

Nos hemos entrevistado con él para reflexionar sobre el poder y sus pactos, y sobre el papel de la Iglesia en esos pactos. Su receta es clara: construir democracia es «volver a enamorarse del destino de los demás».

ADISTA: Fiscal Scarpinato, en el anuncio evangélico la justicia y el advenimiento del reino de los cielos están implicados recíprocamente: el uno sin la otra es una contradicción en los términos. Lo cual debería implicar que el catolicismo italiano, al menos en la percepción pública que se tiene de él o en las líneas públicas de su liderazgo, debería aparecer como protagonista principal de una acción nítida contra el extravío cada vez más evidente del estado de derecho, quebrantado por la pérdida de soberanía democrática en beneficio de otras soberanías, como las de la mafia o de la ley reducida a arbitrio, ad y contra personam. Pero de momento no se aprecia esta fuerza, esta nitidez en la acción. ¿Qué piensa al respecto?

SCARPINATO: Uno de los problemas que más me ha ocupado, interesado e intrigado durante estos largos años de trato con los asesinos y sus cómplices es el de su relación con Dios y la Iglesia católica. He buscado respuesta a una pregunta que no podía dejar de hacerme. Es esta: ¿cómo es posible que víctimas y verdugos se sienten en el mismo banco de la iglesia y recen al mismo Dios? Porque lo que me ha impresionado en el trato con los mafiosos ha sido comprobar que en muchísimos casos son católicos creyentes y practicantes, y no hay disimulo. Hay ejemplos bien conocidos, desde Nitto Santapaola, que había construido una capilla en su escondrijo, hasta Piero Aglieri, que mandaba buscar a un fraile para decir misa, y muchos más. ¿Cómo es compatible el hecho de que estos hombres maten, sean mafiosos y sin embargo estén en paz consigo mismos y con Dios? La conclusión a la que he llegado es que en realidad no rezan al mismo Dios, rezan a un Dios distinto. Rezan a un Dios distinto porque en su cultura católica la relación entre el individuo y Dios pasa por un mediador cultural, y cada articulación social crea su propio mediador. De modo que hay sacerdotes de la mafia y sacerdotes de la antimafia. Por un lado está el padre Puglisi, asesinado porque intenta sustraer a los muchachos de su barrio de un destino de mafia, y por otros sacerdotes que no son inmunes a la contaminación de la cultura mafiosa y paramafiosa.

El mafioso tiene una relación con Dios que no es conflictiva, porque el mediador con Dios que él mismo elige es una expresión de su propia cultura. Hay iglesias que los domingos se llenan con el pueblo de la mafia, donde hay curas que median en la relación con Dios para eliminar cualquier roce o fricción. De modo que la moral se centra en el aspecto sexual y en el deber de obediencia. Por lo demás, se trata de un fenómeno universal: por ejemplo, el dictador chileno Pinochet cree en Dios y se siente en paz consigo mismo y con Dios porque su relación con Dios está mediada por unos obispos que piensan como él. En Chile y otros países americanos que han sufrido dictaduras sanguinarias hay prelados que piensan como los dictadores y otros que están de parte de las víctimas asesinadas.

Lo que nos lleva a la postura de la jerarquía católica. Decía Jean-Paul Sartre que la ética consiste en elegir («somos lo que hemos querido ser»). Desde esta perspectiva laica se podría decir que la Iglesia ha tenido un comportamiento antiético, porque en el transcurso de su historia, su elección, demasiado a menudo, ha sido la de no elegir, lo que le ha permitido a cada cual tener su propio Dios. Hay, pues, un Dios de la aristocracia, un Dios de la alta burguesía, otro de la pequeña burguesía, un Dios de los dictadores, un Dios de las víctimas, un Dios de los mafiosos y otro de los antimafiosos. Cada cual tiene el suyo. Cada cual tiene su propio Dios, con

una jerarquía católica que no se pronuncia casi nunca, de modo que su falta de pronunciamiento alimenta una suerte de politeísmo secreto y moderno, merced al cual el Dios de los asesinos convive con el Dios de las víctimas.

AD: Sin embargo, en otros momentos la Iglesia se preocupó por inculcar la responsabilidad de la elección. En particular, la llamada elección religiosa intentó emancipar a la Iglesia italiana de la unidad política de los católicos, uniforme y coactiva: una apuesta por la laicidad que se concretaba en argumentos políticos y culturales; por ejemplo, cuestionaba la aceptación tácita de cualquier acuerdo electoral en nombre del anticomunismo. En realidad fueron los acontecimientos nacionales e internacionales los que más tarde acabaron con esa unidad política confesional; la opción distinta, minoritaria, que se había mantenido en el humus católico, sólo fue capaz de teorizar la autonomía de la elección, pero no tuvo el coraje moral de hacerla efectiva, enredada en ese sinfín de cautelas que preparan el terreno a la normalización inevitable…

SC: Bueno, yo diría que el quid de la cuestión es la relación de la Iglesia con el poder.

Ese es el quid. Este pacto con el poder se mantiene desde el tiempo del emperador Constantino. Y como decía Fabrizio de André, no hay poderes buenos. A lo largo de la historia el poder ha usurpado a menudo el espacio que hay entre Dios y el hombre. Es un espacio difícil de recuperar. Este poder puede ser normalizador, puede ser represor, puede ser un poder de una astucia milenaria que a cada cual le permite tener su propio Dios, una forma de relativismo ético dentro de la Iglesia católica que permite la convivencia con el delito, con la violencia, con la mafia.

En una escucha telefónica captamos la conversación de la mujer de un jefe de la mafia; otro mafioso le decía que un miembro de la Cosa Nostra había entrado en una profunda crisis y temían que empezase a colaborar. La mujer del mafioso comentó: tiene que arrepentirse ante Dios, no ante los hombres. Dicho de otro modo, tiene que ponerse en manos del mediador cultural, que evita asumir responsabilidades frente a los demás. Este es el quid de la cuestión. Cuando veo que en Palermo viven y obran sacerdotes y frailes contaminados por la cultura paramafiosa, sacerdotes y frailes de la antimafia y los de la llamada palude[1] (ciénaga), y los que están arriba no se pronuncian, me resulta muy chocante. Porque se trata de una opción política, la de perpetuar la Iglesia-poder, que para perpetuarse no se pronuncia y busca la aprobación de todos. Creo que no se puede esgrimir por un lado el ejemplo del Padre Puglisi como símbolo de toda la Iglesia, y por otro rehuir la cotidianidad de unos pronunciamientos que sitúen frente a sus contradicciones a los curas próximos a la cultura mafiosa.

Esto reza también con todos los católicos creyentes, porque aquí nadie se ha sentido nunca culpable, nadie: ni la burguesía mafiosa ni los propios mafiosos. Si no existe sentido de culpa, porque nunca ha habido contradicción, es que en la Iglesia católica algo no ha funcionado y sigue sin funcionar.

AD: La objeción que suelen hacernos a Adista muchos católicos que no quieren oír hablar de críticas a la jerarquía, es que se debe impulsar la lucha social, más importante que la crítica interna. Si no hemos entendido mal, usted, en cambio, cree que la crítica dentro de la Iglesia es fundamental precisamente para llevar adelante esa lucha social contra ciertos poderes ilícitos.

SC: La falta de una crítica dentro de la Iglesia es algo que, a mi entender, obliga a asumir responsabilidades. Existe el compromiso sobre el terreno, pero este compromiso no suele ir acompañado de una crítica a las jerarquías superiores, para decirles: ¿por qué no os pronunciáis? Es una obediencia que perpetúa la ambigüedad en el seno de la Iglesia. Se trata de una carencia grave, porque en este país si alguien critica a la Iglesia católica inmediatamente le acusan de anticlericalismo y le desautorizan con esta acusación. Si la crítica militante se diera en el seno de la propia Iglesia católica otro gallo cantaría. Pensemos en la política de los santos: hacer santo o beato a alguien que no fue ajeno a la cultura fascista y al mismo tiempo a alguien que, por el contrario, luchó contra esa misma cultura, es un modo de hacer política a través de la religión, de subordinar la religión al realismo político. A mi entender, mientras no surja un fuerte fermento crítico en el mundo del catolicismo, existirá el peligro de una involución de la Iglesia católica que le hará perder terreno poco a poco, y para frenar este retroceso ya no servirán los cinco minutos diarios de Vaticano en el telediario ni las grandes manifestaciones de masas.

AD: Hay que decir que la Iglesia católica se considera la principal, cuando no la única, agencia de formación ética, frente a una laicidad desvirtuada y reducida a cansino procedimiento. Pensemos en la democracia o la justicia entendidas como respeto a las reglas. El problema es el sentido, la memoria histórica que arrastran ciertas reglas. La igualdad o la libertad no son el buen tono burgués de lo políticamente correcto, son fruto de historias sangrientas, de luchas de liberación que han entretejido el estado de derecho con la emancipación social, por las que todos los sans-culottes del mundo -metafóricamente hablando- han pagado un alto precio. Si la laicidad renuncia a vindicar con orgullo sus propias raíces (raíces que también son evangélicas, no hay que olvidarlo), si la izquierda ya no se atreve a proclamar la fuerza, el pensamiento fuerte que hay detrás de un procedimiento democrático, la Iglesia tiene vía libre para presentarse como la reserva ética que hace pensar en «cosas importantes», ¿no?

SC: Estoy de acuerdo. Me viene a la memoria un texto de Henry Miller, el autor de Trópico de capricornio, que es la «Carta abierta a los surrealistas». En esta carta Henry Miller decía: cuando los símbolos que conectan al hombre con el universo pierden su capacidad de significar la vida, todos los hombres se vuelven hermanos de cintura para abajo. Es decir: cuando las culturas mueren o se acercan al ocaso, perdiendo su capacidad para significar la vida, vuelve el dominio de los instintos. Es un proceso contrario al de la sublimación, es la «desublimación». Puede que vivamos en una etapa histórica en que algunas culturas están agotando su ciclo vital. Un proceso muy largo, que probablemente dura ya dos siglos. Como decía el poeta Hölderlin, los dioses que ocupaban el cielo se han ido, no han llegado otros nuevos y mientras tanto hay vacío. Si así fuera, la crisis de la política sería la crisis de las culturas. La cultura marxista, la cultura de izquierda, la cultura católica, la cultura liberal, probablemente son culturas que han perdido el contacto con la realidad y las relaciones sociales, y empiezan a perder su capacidad de significar la vida.

AD: ¿Entonces, inevitablemente, las miradas se vuelven hacia quien por lo menos proclama esta vida?

SC: Hay una necesidad de comunión, hay una necesidad de padre, han muchas necesidades que ya no encuentran respuesta en la laicidad e inevitablemente se dirigen al seno eclesial, pero tampoco allí reciben una respuesta satisfactoria.

Hay una búsqueda profunda, pero no creo que se den las condiciones para que surja una cultura nueva en sustitución de las viejas culturas moribundas. Estoy convencido de que si el catolicismo no se regenera en profundidad, lo más probable es que empiece a extinguirse lentamente. Tenemos la crisis de vocaciones, la indiferencia de cierto mundo juvenil, el alejamiento de sectores importantes del mundo femenino: hechos que no se pueden negar y probablemente significan que ya no se consigue caldear el corazón de las personas. Hay que preguntarse por qué.

Sciascia distinguía entre literatura de palabras y literatura de hechos. Se me ocurre pensar que hay religiones de palabras y religiones de hechos. En Palermo, mientras no veamos una actitud coherente, como la de muchas personas que han sido asesinadas por tener una actitud coherente entre sus principios y su vida, mientras la Iglesia católica no denuncie de un modo constante e inequívoco -y no sólo cuando se cometen delitos graves- que ciertos comportamientos no son compatibles con el Evangelio, mientras las iglesias se llenen de burguesía mafiosa que vuelve a su casa con la conciencia tranquila, podemos decir que hay algo que no funciona.

AD: A propósito de palabras y hechos. Durante el proceso que le sentó en el banquillo por asociación mafiosa, Andreotti contó en todo momento con el aliento y la protección de la jerarquía eclesiástica, que no esperó al fallo del tribunal para proclamarle inocente con la fuerza de los signos y las palabras (las cartas del papa, la solicitud de ciertos cardenales, el recibimiento festivo en las solemnidades vaticanas a las que le invitaban). El Supremo confirmó el fallo del Tribunal de Apelación, que declaró extinto por prescripción el delito de asociación para delinquir cometido hasta 1980. De modo que confirmó, por citar el caso más escandaloso, que Andreotti se reunió con los autores intelectuales del asesinato de Mattarella, sabedores «de que no les iba a denunciar», lo cual, por parte del senador vitalicio, fue «una verdadera participación en la asociación mafiosa, que presumiblemente se prolongó en el tiempo». ¿Cómo percibió usted todo esto? ¿Fue tan sólo una injerencia moral, por así decirlo, o se tradujo en formas que de alguna manera influyeron en el proceso?

SC: Para decir si influyó en el resultado del proceso habría que meterse en la cabeza o en el alma de los jueces, y no osaré tal cosa. Desde luego, recuerdo que uno de los abogados de Andreotti, en su alegato final, se dirigió a los jueces y les dijo: ¿cómo pueden siquiera imaginar que este hombre ha cometido los hechos que se le imputan, si hasta el papa le ha abrazado y bendecido? No cabe duda de que ese abrazo, esa bendición fueron una grave deslegitimación del proceso que se estaba desarrollando en Palermo. Por asociación de ideas, me viene a la memoria la actitud que ha tenido la Iglesia católica, en cambio, con los colaboradores de la justicia. Ha estado en perfecta sintonía con la actitud de la cultura italiana: rechazo total. Una vez me dijo un colaborador: ¿me puede explicar por qué si detienen a Riina, si detienen a Aglieri, los curas hacen cola para ir a convertirles, y cuando alguno de nosotros empieza a colaborar no se les ve el pelo? Cuando detienen a un jefe de la mafia inmediatamente intentan hablar con él, quizá porque su posible conversión se vería como una señal del poder de Dios. En cambio todos los colaboradores que han tenido que sufrir un trauma muy profundo de aislamiento casi nunca han tenido este consuelo, no sólo eso, sino que algunas revistas católicas autorizadas les han demonizado, les han señalado casi como seres infames.

AD: Es que los colaboradores y los pinchazos telefónicos son métodos judiciales que no gustan a ciertas jerarquías, incluyendo la católica, recordemos los pronunciamientos sobre el caso Fazio…

SC: Sí, recuerdo haber leído que la mujer de Fazio declaró a un periódico que ellos sólo respondían ante Dios…

AD: Ah, ¿también ellos?

SC: Sí, pero volviendo a lo nuestro… el drama de este país es, a mi juicio, que todo esto forma parte de la normalidad italiana (vicios privados y virtudes públicas, la doble moral). Cuando se cita «el fin justifica los medios» como una invención de Maquiavelo creo que es un error, porque el maquiavelismo no lo inventó la cultura laica, lo inventó el catolicismo. ¿Acaso puede haber un fin más elevado que el de salvar el alma? Para este fin cualquier medio es válido: desde la hoguera hasta el pacto con el poder.

AD: Pero hay un pueblo católico sinceramente convencido de que otro mundo, y también otra Italia, son posibles. La Iglesia italiana se encamina hacia el Congreso Eclesial Nacional de todas las Iglesias locales (Verona, octubre de 2006). Como Iglesia-institución, ¿cree que debería dar prioridad a una cultura de la justicia? Un tal Jesucristo dijo: si vuestra justicia no es superior a la de los escribas y los fariseos no entraréis en el reino de los cielos (¡primer ataque importante a la idea de la justicia como mero procedimiento!). ¿Qué señales debe dar la Iglesia que se proclama hija de ese Jesucristo?

SC: A Jesucristo le mató el poder democráticamente. Pienso que algunas jerarquías de la Iglesia católica se han visto en apuros al afrontar ciertos aspectos problemáticos de la justicia, porque en Italia es un asunto en el que está implicada inevitablemente la responsabilidad de la clase dirigente. Es una criminalidad que ha tenido varias caras. Tangentopoli no empezó en los años ochenta y noventa del siglo XX, el escándalo de la Banca Romana es de finales del siglo XIX y todos los escándalos de la Italia de Humberto I fueron fruto de la corrupción sistemática de la época, una corrupción que a través de la primera y la segunda posguerra mundial se conecta, en una línea ininterrumpida, con la de la última Tangentopoli de los años ochenta y noventa.

El terrorismo desestabilizador de la derecha subversiva, amparado por los servicios secretos, fue otra cara de la criminalidad de algunos sectores de la clase dirigente. También la mafia, como supo revelar Leonardo Franchetti en su memorable investigación sobre la mafia tras la unidad de Italia, ha sido y en parte sigue siendo una cara de la criminalidad de sectores de la clase dirigente: desde el asesinato político-mafioso de Emanuele Notarbartolo[2] al final del siglo XIX hasta la matanza político-mafiosa de Portella delle Ginestre[3] tras la segunda guerra mundial, pasando por los asesinatos de docenas de sindicalistas del movimiento campesino, la decapitación de funcionarios reformistas y dirigentes de la oposición en la primera mitad de los años ochenta (como el secretario provincial de la Democracia Cristiana, Michele Reina, el presidente regional Piersanti Mattarella, el prefecto Carlo Alberto Dalla Chiesa y el diputado Pio La Torre), el asesinato de periodistas que investigaban las tramas de poder (De Mauro, Fava y otros), de magistrados y policías que habían osado investigar a los poderosos intocables (por ejemplo, el consejero instructor de Palermo, Rocco Chinnici, o el jefe de la brigada móvil Ninni Cassarà) y así hasta el terrorismo de principios de los noventa; son capítulos de una historia cruenta del poder que se ha injertado inextricablemente en la Historia con mayúscula. Todos los que intentaron cambiar las cosas fueron diezmados, con la complicidad de sectores de una burguesía que no ha dudado en recurrir al asesinato y el terrorismo para perpetuar su poder y defender sus privilegios. Y en todo esto hay otro aspecto: por un lado tenemos una criminalidad de la clase dirigente que con todas sus caras ha marcado la historia del país, y por otro la composición social de las cárceles italianas, desde la unidad nacional hasta hoy, casi no ha cambiado.

A la cárcel, hoy como ayer, van a parar casi exclusivamente los pringaos, y ello a pesar de los cambios en la forma de estado: la monarquía, el fascismo, la primera y la segunda república. Por muchos cambios que haya habido en la forma del estado y en las mayorías políticas, la justicia de clase ha sido constante y siempre ha garantizado la impunidad casi absoluta de la clase dirigente.

Entonces, a mi juicio, enfrentarse al tema de la justicia en Italia a veces implica también la responsabilidad de tomar posición contra ciertas desviaciones criminales de sectores de nuestra clase dirigente. Me parece reveladora, al respecto, la indiferencia calculada sobre el tema de la corrupción, forma criminal que, al drenar los recursos públicos destinados al desarrollo y al estado social, genera pobreza y degradación y roba el futuro a las generaciones jóvenes.

AD: Pero la Iglesia, en los más altos niveles, se ha pronunciado contra la mafia…

SC: Salvo algunas honrosas excepciones (la amonestación del cardenal Pappalardo tras el asesinato de Dalla Chiesa y el anatema lanzado por Juan Pablo II contra la mafia en Agrigento tras el asesinato del juez Livatino), la Iglesia católica ha sido durante demasiado tiempo la gran ausente en el terreno de la justicia y la lucha contra la mafia. Recordaré, a modo de ejemplo, la postura del cardenal Ruffini después de la guerra: es preferible la mafia al comunismo. Porque el mundo mafioso no cuestionaba el poder de la Iglesia y el comunismo era alternativo. Muchos jerarcas de la Iglesia católica, salvo algunas excepciones esporádicas ya mencionadas, casi siempre callaron ante los abusos y las desviaciones anticristianas de la burguesía mafiosa y paramafiosa. Se ha favorecido la cultura de la limosna y del favor, una cultura que perpetúa la dependencia del poder en vez de fomentar la cultura alternativa de los derechos, que garantiza un verdadero estatuto de ciudadanía y emancipa al individuo de la dependencia obligada del poder, restituyéndole la libertad y la dignidad.

AD: ¿Entonces, según usted, tampoco ha servido de nada la formación católica para un estado democrático entendido como Bien Común, como Cosa Pública? ¿Y la formación para la legalidad de una ley igual para todos sólo es una veleidad ingenua?

SC: La Iglesia tiene la estructura de una monarquía absoluta, basada en la jerarquía y la obediencia. Mi punto de vista es el de un laico. No creo que se pueda hablar de la liberación de los demás si la institución que habla así no se dota de una profunda y auténtica democracia interna. Es una contradicción en los términos. En el seno de la Iglesia hay una grave cuestión femenina y una grave cuestión democrática. A mi entender, mientras no se resuelvan estas dos cuestiones la supervivencia de la Iglesia católica dependerá cada vez más de su influencia sobre la imaginación colectiva y de estratagemas mediáticas, con una pérdida progresiva de sustancia espiritual. Naturalmente la necesidad manda, y son muchos los que miran a la Iglesia buscando sentido a la vida, pero creo que la respuesta es inadecuada.

A propósito de la relación entre Iglesia y democracia, recuerdo un magnífico ensayo del teólogo Alberto Maggi (Un Dio che serve gli uomini, publicado en la revista católica Segno), en el que explica que a Jesús le mataron porque su enseñanza sentaba las bases de una democratización de la sociedad que podía desestabilizar el orden existente.

Su programa de liberación del hombre proponía una imagen de Dios que implicaba un profundo cambio, no sólo en la relación del hombre con Dios, sino también en la relación entre los hombres, e inauguraba una relación nueva en la que se excluía toda forma de dominio: si Dios no domina, sino que sirve, nadie puede dominar a los demás y menos aún hacerlo en nombre de Dios. Lo cual, observa Maggi, hizo que cundiera la alarma en los círculos del poder político y religioso, donde el concepto de libertad era totalmente desconocido y la religión legitimaba el dominio y el poder. Desarrollando el razonamiento de Maggi, yo diría que la alianza entre César y Caifás (símbolos de un poder político y religioso que se aliaron para matar las semillas de libertad y democracia del mensaje evangélico) ha sido constante en la historia y se ha renovado con distintas formas en los siglos posteriores.

En efecto, cuando en el siglo III el mensaje cristiano recuperó su vigor con el colapso de poder y sentido del imperio romano, el emperador Constantino y sus sucesores transformaron el cristianismo en religión de estado. Se apropiaron así de ese mensaje, desnaturalizándolo y aprovechando su gran fuerza catártica para ejercer un nuevo dominio sobre los hombres que, por el contrario, esperaban liberarse gracias a ella. Sucedió en Occidente, pero también en Oriente. Por ejemplo, en la India la casta de los brahmanes neutralizó los valores de libertad y democracia de la «herejía» budista al incorporar ese mensaje al hinduismo tradicional y ponerlo, ya desnaturalizado, al servicio de la perpetuación de la sociedad india de castas. En todo el mundo el poder se entromete en el espacio entre Dios y el hombre e intenta ocuparlo.

Según el escritor inglés católico Chesterton, el cristianismo ha fracasado porque nadie ha intentado aplicarlo nunca. Dios empezó a morir en el momento en que unas instituciones antidemocráticas y opresoras, para fortalecer su prestigio y poder, se presentaron a la gente en su nombre y durante siglos dijeron: nosotros hablamos en nombre de Dios, somos sus servidores y representantes, de modo que nos debéis obediencia, porque al obedecernos en realidad le obedecéis a Él. Los que nos censuran y critican cometen pecado de soberbia y blasfemia.

La gran revolución del cristianismo no pasó de las palabras. En la práctica, ese Dios que por fin estaba elevándose de la tierra al cielo fue atrapado a mitad de camino y arrojado en medio de un montón de instituciones y símbolos, desde las espadas de los conquistadores hasta los mantos de los reyes y las mitras de los obispos.

En conclusión, creo que habría que reanudar el discurso desde el momento en que quedó interrumpido con la doble muerte de Jesús, la física primero y la cultural después.

AD: Entonces analicemos el asunto desde el otro lado, el del poder. En la historia de nuestro país, la democracia ha sido interrumpida o desautorizada por los poderes mafiosos y ocultos. No obstante, la cultura política de nuestro país no ha conseguido que la lucha contra la mafia se planteara como una cuestión de política nacional y prioritaria. En la imaginación colectiva todavía se percibe la criminalidad organizada como algo separado del consenso civil. Sin embargo, hoy, ¿qué pacto de poder nos arriesgamos a no ver como «estructural», como «sistema» criminal?

SC: La situación es muy grave. Pero empecemos haciéndonos una pregunta: ¿por qué la mafia asesina? Porque debe superar un obstáculo que no se puede superar de modo incruento. En efecto, los mafiosos dicen: Dios sabe que es él quien ha querido ser asesinado. Siempre se intenta buscar una solución pacífica. Cuando no se consigue encontrar una solución incruenta, se mata. Al presidente Mattarella intentaron convencerle por todos los medios y como no lo consiguieron al final le asesinaron.

Si no hay obstáculos, no se asesina. Digamos que este es un periodo histórico en el que no se mata. Los centros de poder han sido ocupados a través de procedimientos democráticos. Si hay sujetos incómodos no hay necesidad de asesinarlos porque se les puede eliminar de modo incruento: ciertos magistrados antimafia, ciertos periodistas, ciertos administradores, se marginan, se silencian, se les echa fuera.

Por lo tanto la violencia de la calle se ha trasladado al interior de algunos organismos, trasformándose en una violencia estructural. Hoy no hay espacio para la crítica, no hay espacio para la pluralidad cultural, por consiguiente no hay necesidad de asesinar. El enriquecimiento se hace de modo incruento. El caso de la clínica Aiello es muy interesante: no queda dinero para los concursos públicos, entonces para encontrarlo se recurre a los sectores del gasto social que son irreducibles, como, por ejemplo, la sanidad que es la partida más importante del presupuesto tanto en Sicilia como en Calabria. Así, hoy, el modo de enriquecerse, por ejemplo, es desmantelar la sanidad pública y transferir los recursos a la privada. Sicilia es la región de Italia que tiene el mayor número de convenios, alrededor de 2.000, y el caso Aiello sólo es la punta del iceberg. Allí anidan los intereses de la burguesía mafiosa, de una cierta política, también está Provenzano: entre ellos se reparten la tarta. Es un momento histórico en el que se ha vuelto a los orígenes, porque si recordamos los años 70 y 80 ¿Quiénes eran los mafiosos importantes? Pues, por ejemplo, eran los primos Salvo, hombres emblemáticos de la burguesía mafiosa. Los Salvo se hicieron millonarios gracias a que todas las subvenciones públicas para la agricultura las acaparaban ellos. A través de sus contactos políticos conseguían antes que nadie la información y presentaban las solicitudes, y de este modo el 90% de las subvenciones las obtenían ellos. Con el mismo método obtenían comisiones desmesuradas en las concesiones estatales para la recaudación de impuestos. Cuando alguien obstaculizaba sus intereses, los Salvo, como se ha visto en algunos procesos, pedían a los especialistas de la violencia material, es decir, a los miembros de la mafia militar, que le quitaran de en medio. Es lo que sucedió con el juez Rocco Chinnici, jefe de la oficina de instrucción de Palermo. Ésta es la burguesía mafiosa: la historia de la violencia de tantos cuellos blancos, de tantos sepulcros ornamentales. El decenio corleonese, que en la imaginación colectiva se proyecta como la auténtica historia de la mafia, no es toda la historia de la mafia sino más bien un paréntesis patológico que duró desde el inicio de los años 80 al inicio de los años 90. En este periodo, los corleoneses, los así llamados «viddani»[4] rompieron la relación que existía con la burguesía mafiosa, que hasta ese momento siempre había tenido un papel hegemónico nunca cuestionado por los miembros de la mafia militar y popular. El famoso Gaetano Badalamenti resumía ese papel de subordinación repitiendo: «no se puede hacer la guerra al Estado», entendiendo por Estado los jefes de la clase dirigente que lo ocupaban. Concluido ese paréntesis temporal, si nos fijamos en los nombres de algunos de los protagonistas de la historia mafiosa de hoy, nos damos cuenta de que hay un retorno de la hegemonía de la burguesía mafiosa y paramafiosa. El jefe de uno de los partidos judiciales más importantes de Palermo, el partido judicial de Brancaccio, con una población de más de 100.000 habitantes, era hasta hace pocos meses un conocido médico, el doctor Guttadauro, en cuya casa recibía de día a la burguesía palermitana (políticos, administradores, empresarios) y de noche a los criminales. Y burgueses son el doctor Cinà, el doctor Pennino, y otros muchos, menos famosos, que hoy, probablemente, están ocupados en enriquecerse como se hacía en los viejos tiempos.

AD.: ¿Por qué hoy?

SC: Por que hoy no hay necesidad de asesinar. El homicidio político-mafioso, como el de Fortugno, cometido hace poco en Calabria, es un hecho excepcional motivado por la exigencia de superar un «anómalo» punto de resistencia. Si tenemos en cuenta que tenemos un presidente de la Región procesado por un delito de encubrimiento a la mafia, y que tenemos un nutrido grupo de representantes del partido en el gobierno regional incriminados por pertenencia a la mafia, y se hacemos un reconocimiento de los cuellos blancos que de un modo u otro son indagados por mafia, podemos concluir que tenemos un problema grave no ya judicial sino político, porque este mundo ha llegado al poder a través de legítimos procedimientos democráticos. Esta es la situación. Por lo demás, queda demostrado que el consenso es espontáneo por lo que ha sucedido estos años: se ha elegido a personas que han sufrido condenas, a veces definitivas, cuya relación con ciertos hombres es notoria. El doctor Guttadauro, el jefe del partido judicial de Brancaccio, hacía poco que había salido de la cárcel donde había cumplido una condena por mafia, por lo tanto aquellos que le visitaban sabían perfectamente con quien hablaban, sin embargo, en su salón recibía a la crema y nata de la burguesía palermitana. En esta ficha, en esta micro historia, está la macro historia.

Estoy leyendo un libro titulado «democracia mafiosa»; parece una paradoja pero en parte es así. A este respecto se pueden sacar algunas reflexiones interesantes de la experiencia de los ayuntamientos disueltos por mafia. En efecto, el procedimiento de disolución de una administración municipal por mafia no parte del presupuesto de que el proceso electoral haya sido alterado por la mafia. No; se considera que las elecciones se han hecho democráticamente pero que no obstante la colectividad ha elegido una representación política mafiosa. Por ese motivo se dispone la intervención estatal de la administración municipal durante un periodo. Una vez terminado dicho periodo, la intervención se renueva si se considera que la colectividad no ha alcanzado una madurez civil suficiente para elegir una representación no mafiosa.

Nos encontramos ante formas de democracia mafiosa. Y lo paradójico es que, en este caso, el Estado es «antidemocrático» porque impide a la colectividad local elegir la representación que quiere. Y este planteamiento lo podemos aplicar, cum grano salis[5], desde los gobiernos municipales a los gobiernos regionales y así progresivamente.

AD: De nuevo el problema de la democracia que no es sólo un procedimiento, ni una suma aritmética de votos…

SC: La democracia está en las culturas de base. Cuando los pozos están contaminados, hay poco que hacer. Y es necesario preguntarse por qué los pozos están contaminados allí. Leonardo Sciascia se fue de Italia diagnosticando la imposibilidad de redención del país, la imposibilidad de salvación de sus culturas verdaderas que nunca han pertenecido ni a la cultura de la ilustración, ni a la cultura marxista, ni a la cultura liberal: todas ellas culturas importadas de Francia, de Alemania, de Inglaterra. Las verdaderas culturas italianas de base han sido las milenarias: la cultura católica, la cultura del familismo[6] amoral, la cultura del maquiavelismo y del cortesano. El catolicismo, que durante siglos ha sido la principal agencia de formación cultural del país, ha contribuido a construir esta identidad. Es para preguntarse qué hacer. Ciertamente existen heroicos ejemplos de personas dentro del mundo católico que viven con una gran actitud ética, pero no me parece que sea la norma.

AD: Apelemos al habitual recurso del pesimismo de la razón unido al optimismo de la voluntad. Quizás no nos quede otra que seguir pidiendo que reflexiones de este tipo sigan teniendo derecho de ciudadanía en los centros de formación cultural y en los medios de comunicación, mientras sea «consentido». Quizás no nos queda otra que trabajar tenazmente para que llegue a ser prioritaria la formación que capacite para saber reconocer en la mafia la otra cara de la historia del poder, al menos para tener conocimiento, al menos que sirva como reflexión cultural ¿En qué situación se encuentra la fiscalía de Palermo respecto a la fuerza y las futuras actuaciones antimafia? ¿Cómo se han valorado las competencias humanas y profesionales forjadas en la época en que la fiscalía estaba dirigida por Caselli? ¿Y sobre el asunto de la DNA y de la ley hecha aposta para que Caselli no fuera nombrado fiscal nacional antimafia, quiere añadir algo?

SC: Prefiero no responder a esa pregunta.

AD: Ahora ¿de qué se ocupa?

SC: De criminalidad económica, hasta que se me permita.

AD: Por lo tanto de mafia…

SC: Sí, yo me ocupo de mafia en el sentido de que hoy, a mi parecer, los modos para hacer dinero ya no son los clásicos de los chantajes y las extorsiones que la mafia popular, que es la que constituye el aparato organizativo interno de Cosa Nostra, sigue haciendo. La elite mafiosa y la burguesía paramafiosa y negociante han descubierto el modo de ganar dinero de manera silenciosa e incruenta con los apaños políticos y la criminalidad económica que son muy difíciles de perseguir.

Se enriquecen usando la astucia de la que los cuellos blancos son maestros. Por ejemplo la ley 488, que es una ley que financia iniciativas empresariales, es uno de los agujeros negros de la economía nacional porque una gran parte de estas financiaciones han ido a parar a los amigos de los amigos o a estafadores, que no han creado puestos de trabajo, no han creado actividad empresarial. Veo el agujero negro de los fondos de la sanidad que sabemos que sirven para financiar las clínicas de los amigos de los amigos. Veo los grandes negocios del sector de la recogida de residuos urbanos, etc. Sin embargo, todavía para mucha gente, cuando se habla de mafia les viene en mente la imagen de Riina y de Provenzano. Durante meses y años se ha hablado de la próstata de Provenzano, usado como una de las muchas «armas de distracción de masas» como he escrito en un artículo sobre él, mientras que el dinero lo conseguían de un modo bien diferente. Y ésta es una elección político-cultural, porque está claro que se quiere avalar la idea de que la mafia sólo es la mafia de la droga, la mafia de las extorsiones y que el resto no tiene nada que ver con ella.

AD: Rocco Chinnici, Giovanni Falcone, Paolo Borsellino, Ninni Cassarà, Roberto Antiochia, y también Placido Rizzotto, Peppino Impastato, Pio La Torre, Accursio Miraglia… Y muchos otros… nos vienen a la memoria sin orden cronológico, pero todos ellos ligados por el férreo «orden» lógico que les asesinó. El corazón se estremece al nombrarlos, como algo que no se nombra en vano. Incluso osamos decir que Les sentimos verdaderos hermanos y mártires de una fe que va más allá de cualquier credo porque es la fe en la vida, en la justicia, en la entrañable belleza de los sentimientos del corazón. No obstante son ignorados por la «hagiografía» eclesiástica que tal vez prefiere hacer mártires a los imputados de mafia y no a las víctimas de mafia.

¿Y entonces por qué sentimos como retóricas las celebraciones oficiales dedicadas a recordarlos? ¿Por qué sentimos que no hay memoria allí donde ha disminuido la voluntad política de recoger el testimonio de la esperanza que ellos defendieron hasta dar la vida?

SC: Por eso yo hablo de envenenamiento de los pozos, los pozos están contaminados…

AD: Sin embargo surge una pregunta espontánea: hay personas que han hecho de estos nombres, que han hecho de la historia de Palermo su dolor pero también su esperanza en la convivencia humana. Hay personas, católicas y no católicas, que prescindiendo de las diferentes oligarquías y jerarquías, no sólo eclesiásticas, quieren mantener la memoria y continuar sembrando la democracia, la no mafiosa y consciente del soplo humano de justicia que la historia de la democracia tiene dentro de sí. ¿Qué les puede decir? ¿Vivimos en nuestro propio aislamiento o todavía podemos tener esperanza en los cientos y cientos de pasos de lucha que se han dado como aquella de Libera para que la ley de confiscación y uso social de los bienes mafiosos no sea desautorizada, o para que en Sicilia esté Rita Borsellino como presidenta de la Región?

SC: Lo que puedo decir es que en estos años la escena pública ha estado ocupada por el conflicto entre el centro derecha y el centro izquierda. En realidad, a mi me parece que se ha desatado otra guerra, la guerra de toda la nomenclatura política de centro derecha y de centro izquierda contra el intento de la sociedad civil de recuperar la política desde abajo.

Este intento se ha frustrado de mil maneras: mediante la demonización de los llamados movimientos presentados como peligrosas formas de antipolítica y de orientación qualunquista[7], mediante el silencio en los medios de comunicación sobre las manifestaciones espontáneas y de base, mediante la marginación política de algunos lideres elegidos por la sociedad civil o su cooptación en la oligarquía de los partidos. A la sociedad civil se la ha mortificado y se la ha invitado a quedarse en casa delegando la política a los «profesionales».El caso de la señora Borsellino en las primarias, en Sicilia, es muy interesante porque constituye el enésimo intento de la sociedad civil de recuperar la política desde abajo sin padecer pasivamente el dictado de los jefes de los partidos y de sus acuerdos secretos. Creo que este es el único camino para intentar regenerar la política porque no me parece que haya soluciones por parte de las oligarquías de los partidos, portadoras de una visión economicista y auto referencial de la realidad tanto por parte de la derecha como de la izquierda. Hay algunas tendencias muy interesantes que indican un posible camino colectivo para restituir el alma y el corazón a una política ahora reducida a pura técnica de gestión del poder.

La experiencia de las primarias de la Unión, por ejemplo, puede ser indicativa: 4 millones y medio de personas que van a votar indican esas ganas de participación y una dirección que se puede seguir.

Estos conciudadanos han dado a entender que la verdadera renovación tiene un corazón antiguo: el renovado interés en la participación como momento de construcción institucional, así como está previsto en los artículos 3 y 49 de la Constitución. Estos ciudadanos, como ya se ha observado, no querían ni quieren formar un nuevo partido. Quieren un modo nuevo para construir los partidos; han puesto en evidencia la vía para democratizar la democracia. Entonces se trata de potenciar institucionalmente un nuevo modo de ser de la ciudadanía activa mediante la valorización y la extensión de algunos instrumentos de democracia directa ya existentes y la creación de otros nuevos.

Algunos constitucionalistas ya se mueven en esta dirección. Me refiero por ejemplo, no solo a la institucionalización del método de las primarias sino a la apertura del parlamento a la sociedad civil también para aquellas leyes formalmente ordinarias pero densas de sustancia constitucional como, por ejemplo, las leyes electorales, la disciplina de las comunicaciones de masa, el ordenamiento de la magistratura y de las autoridades independientes, etc., mediante la extensión del referéndum confirmativo, hoy sólo previsto para las leyes de revisión constitucional. También se podría proyectar que los institutos de la ley de iniciativa popular y de la petición popular fueran más sencillos y eficaces mediante la creación de un mediador parlamentario, como el modelo europeo, para canalizar las propuestas y las peticiones en el complejo procedimiento parlamentario. Son sólo proyectos, ideas, pero es necesario hacer algo para restituir dignidad a la política.

A propósito de esto, creo que no se debe olvidar la gran lección griega. Los griegos fueron los primeros en comprender que la infelicidad del individuo no nacía de los caprichos de los dioses o de los demonios sino que era hija de la infelicidad de la polis. Si no se cura la polis no se puede curar la infelicidad de las personas. Para los griegos ocuparse de la política era la actividad más elevada que podía existir. Sin embargo para nosotros – y no digamos en Sicilia – la política tiene fuertes connotaciones de negatividad, o una actividad árida delegada en algunos profesionales. Tal vez ha llegado el momento de volver a los orígenes de la política y apropiarnos de ellos. Lo que significa salir del recinto del pequeño yo, de los propios egoísmos individuales y volver a enamorarse del destino de los otros sabiendo que no existen soluciones individuales. Es necesario invertir la ruta porque hoy parece que todo va en la dirección opuesta. Pensemos en la nueva ley electoral proporcional que permite a las jerarquías de los partidos proponer a los candidatos y que priva a las representaciones electorales de tener una relación con la base. La democracia, así, se transforma en una competición entre elites, con la sociedad civil que se queda mirando a ver quien vence y quien pierde. En realidad son los ciudadanos que no pertenecen a ningún grupo de presión ni a ninguna clientela los que pierden siempre porque quedan privados de un verdadero estatuto de ciudadanía. De este modo se corre el riesgo de que la historia se repita, como una eterna historia circular, por los abusos de las minorías organizadas a perjuicio de las mayorías desorganizadas.

Notas de los traductores :

[1] Inercia moral dictada por la indiferencia y la pereza.

2 Banquero siciliano que destapó la conexión entre la mafia y la política. El principal acusado de su asesinato fue absuelto.

3 El 1 de mayo de 1947 la mafia disparó contra una manifestación obrera en Sicilia, cuando las izquierdas unidas estaban a punto de ganar las elecciones regionales. Al final se formó un gobierno monocolor de la Democracia Cristiana.

4 Originalmente los viddani eran los pobres, los sin tierra, que vivían en míseras casas cohabitando con los animales.

5 Con criterio.

6 Concepto según el cual la solidaridad entre los miembros de la misma familia debe prevalecer sobre los demás vínculos sociales.

7 Qualunquismo, movimiento político italiano de los primeros años de la 2ª posguerra mundial, polémico respecto a la democracia, al régimen de partidos y a cualquier ideología.

http://www.adistaonline.it/?op=articolo&id=15622.