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La izquierda ante el reto global

Fuentes: Rebelión

Desde la caída de la Unión Soviética, el capitalismo se ha hecho universal. Sólo discutimos sobre interpretaciones de este sistema económico y social. Nadie pone en duda que ofrece un crecimiento económico a largo plazo que ningún otro sistema parece dar. Nadie podría realmente proponer un programa de decrecimiento cuando millones de personas están en […]

Desde la caída de la Unión Soviética, el capitalismo se ha hecho universal. Sólo discutimos sobre interpretaciones de este sistema económico y social. Nadie pone en duda que ofrece un crecimiento económico a largo plazo que ningún otro sistema parece dar. Nadie podría realmente proponer un programa de decrecimiento cuando millones de personas están en paro, y el miedo en los economistas es la posibilidad de que estemos en un estancamiento a largo plazo. Y el capitalismo ha impuesto la globalización, que es la apertura de barreras al intercambio de capital, y de bienes y servicios. Otra cuestión son las personas.

No hay alternativas globales, pero sí modulaciones o interpretaciones diferentes. Las interpretaciones del capitalismo se centran en dos grandes problemas del sistema. El primero la desigualdad y pobreza. Que, aparte de atentar contra cualquier principio de justicia social, más o menos liberal, que podamos plantearnos, pone en peligro la cohesión social, y, por lo tanto, el sistema. Y lo peor es que la desigualdad anda creciendo desde hace décadas. Triturando a las clases medias, incrementando las clases bajas. Acercando paso a paso a cada vez más personas a la carencia de derechos económicos básicos como el trabajo, la vivienda, una renta suficiente, etc. En 35 años, la parte de la renta nacional que va a los más ricos en Estados Unidos se ha doblado. Mientras la tasa de pobreza ronda el 15% de la población, un nivel más alto que en 1970. En España, el 1% más rico tiene un 8’58% de la renta nacional, aumentando ligeramente respecto a 1981, y el porcentaje de la población en la pobreza es del 20%. Sin que hayamos conseguido bajarlo.

El segundo problema es el tremendo impacto medioambiental, de una civilización basada en combustibles fósiles. Que está provocando un calentamiento global, del que ni siquiera conocemos las consecuencias. Sí sabemos que nos aproximamos a 1’5 grados de calentamiento y que el impacto en muchas zonas será terrible, originando desplazamientos de población y mayor pobreza. Sabemos las causas, tememos las consecuencias, pero hasta ahora no hemos puesto en marcha mecanismos correctores suficientes para que el cambio climático al menos sea limitado. Y la causa profunda de la falta de esfuerzos internacionales radica en que los países compiten entre sí y quien adopte mayores estándares medioambientales incurre en unos costes que pueden impedir a sus empresas competir en el mercado internacional. Un problema clásico de «free rider» en el que los costes de producción carecen de precios, y todos pueden pagar por lo que unos pocos hacen.

Si el socialismo es un movimiento, un proyecto, como afirmaba Kolakovski, para acercarnos a la igualdad y la libertad, sin dañar la dinámica económica, entonces necesitamos un nuevo planteamiento. Una forma diferente de hacer las cosas. En las últimas décadas, la izquierda en los países más ricos ha acumulado programas electorales incumplidos. El pasado 10 de mayo, el Gobierno francés, socialista, aprobaba por Decreto una reforma laboral del tipo aplicado en España. En contra de las promesas electorales realizadas. Syriza triunfó en las elecciones griegas, en 2015, prometiendo un amplio programa de reformas impositivas para ganar progresividad fiscal, y fin de la austeridad en el gasto público, pero lo incumplió. Lo que ha conducido a una proyectada reforma de las pensiones y sucesivas huelgas generales. El Gobierno de Zapatero realizó una reforma de la Constitución para garantizar el pago de la deuda, por encima de cualquier otro principio de servicio público o sostenimiento de gasto social. Hay una larga lista de ejemplos.

Por todo lo anterior, el problema no es ganar, sino tener un programa aplicable. Una nueva forma de desarrollar una combinación de libertad, igualdad y crecimiento económico. Y este programa debe llevar, como condición indispensable, una nueva estructura internacional de toma de decisiones en política económica. La globalización implica problemas para aquellos países que quieran desarrollar políticas económicas nacionales de tipo keynesiano, y proyectos de transferencia de rentas y de desarrollo de servicios para luchar contra la pobreza, la desigualdad y los costes medioambientales. La Unión Europea ha desarrollado normativa y órganos de toma de decisiones que multiplican los límites y presiones.

En definitiva, es preciso aprender de los errores para trazar un nuevo proyecto. Lo primero que debe hacer el socialismo del siglo XXI es evitar las divisiones estériles del pasado. Lo segundo es dar soluciones globales a un mundo globalizado.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.