Desde hace unos años asistimos a la divulgación de una serie de mitos instalados por la ultraderecha en las redes sociales. Uno de los principales es que la izquierda sería una corriente política que lo que administra lo destruye, se elabora el concepto de la “izquierda empobrecedora”, que repiten sus adeptos y los bots en toda noticia que involucre a las ideas asociadas hacia concepciones políticas colectivas.
Este mantra se inscribe en la usurpación hecha por la ultraderecha de la idea de “batalla cultural”. Esta teoría fue desarrollada por Antonio Gramsci para explicar el fenómeno de la hegemonía, que expone tanto las formas como el por qué los trabajadores, siendo el grueso de la población, no podían ganar el poder político en la democracia liberal.
En el Chile de la Unidad Popular de Salvador Allende, la construcción del socialismo en democracia mostró que la hegemonía cultural era posible de lograr aún en los regímenes republicanos.
La batalla cultural fue identificada por la ultraderecha como la forma de usar las propias tácticas de la izquierda en su contra, sin embargo, al no poder generar un caudal relevante de capital cultural, simplifican sus objetivos para que la masa de sus seguidores repita consignas básicas, pero que se han mostrado efectivas en la sociedad de las redes sociales por la característica de bajo desarrollo de ideas, donde triunfan la imagen y la redundancia.
La ultraderecha, a pesar de haber alcanzado el poder político en diferentes países del mundo, siempre ha sido ajena al mundo de la cultura, donde la izquierda tiene supremacía absoluta en creadores literarios, musicales o en las artes escénicas.
La batalla cultural está también ligada a los espacios mediáticos, que representan a un mundo que pierde los trascendentes valores del arte, trocados por el más vulgar del espectáculo, donde cualquier personaje de la farándula es exaltado como “artista”.
La derecha y la ultraderecha son amos y señores de los medios de comunicación corporativa, entonces, el triunfo de la batalla cultural debiese estar asegurado para los sectores reaccionarios.
Esto lleva a pensar que esta confrontación declarada por la ultraderecha es también en contra de la derecha tradicional, pero especialmente, contra la democracia liberal.
Volviendo a lo relativo a la izquierda empobrecedora -mote ya aceptado por el grueso de la población colonizada mentalmente por la ultraderecha-, la lucha desde la izquierda no puede olvidar que en su propia historia están las herramientas para deconstruir esta mitología.
Después de la Revolución Rusa de 1917, con el ascenso de los bolcheviques al poder, estos se encuentran al frente de unos de los países más pobres de Europa, con una masa campesina preponderantemente analfabeta y de siervos, una sociedad aún feudal.
El historiador inglés E.H. Carr en una entrevista de 1978 definió la transformación ocurrida tras la revolución en Rusia: “pasó de ser un país en el que más del 80% de su población eran campesinos analfabetos o semianalfabetos, a un país cuya población el 60% reside en núcleos urbanos que está totalmente alfabetizados (…) es imposible que no tengan en mente lo que la revolución ha hecho por ellos. Y todo ha sido posible gracias al rechazo de los criterios fundamentales de la producción capitalista”.
La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) convirtió a Rusia en una de las dos potencias rectoras del siglo XX en un lapso pequeño de años, después de haber sido asolada por la guerra civil propiciada por occidente y las hordas nacionalsocialistas alemanas.
Qué decir de la República Popular China, un país que había sido colonizado por Europa, explotado al nivel de llegar a crear Guerras del Opio para mantener el estanco del mercado del narcótico y sus gigantescas ganancias.
China, con su sistema comunista ha logrado desafiar la hegemonía estadounidense amagando el primer lugar económico del planeta. Al desarrollo industrial del país asiático siguieron las altas cotas alcanzadas por su tecnología que compite e incluso triunfa sobre la occidental.
De las tres potencias preponderantes en el mundo, dos son o provienen de la órbita socialista, mientras que el capitalismo estadounidense ofrece el triste espectáculo de la decadencia en los apartados políticos (totalitarismo trumpiano); su menguante economía sumida en una deuda pública y privada gigantesca (ambas por sobre el 120% del PIB); y, un estado de la sociedad lamentable (con una escisión cada vez más acusada).
Por otra parte, los países socialistas que muestran un empobrecimiento están situados en Latinoamérica. En Venezuela fue destruida la producción petrolera mediante sanciones occidentales que significaron la reducción de su capacidad de explotación de hidrocarburos al mínimo, privándola de convertirse en un referente económico de nivel regional.
Cuba por su parte, carente de recursos naturales, ha sido cercada por más de 60 años por los Estados Unidos, convirtiéndola en un ejemplo de crisis en vez del faro de exportación de recursos humanos de nivel mundial.
La historia del socialismo es fecunda en creación de riqueza y de sacar a los países de la pobreza, logrando que las bondades del desarrollo lleguen a toda su población. Mientras que el capitalismo tiene necesidad de mantener una masa de trabajadores en la pobreza, un ejército de recambio que mantenga el precio del trabajo bajo.
Con la llegada de la inteligencia artificial (IA), los EE. UU. buscan no necesitar ya del ejército de trabajadores depreciados, quieren prescindir de estos limitando su población. En contraposición, China explicita que su revolución de IA se usará bajo criterios estrictamente humanos para aumentar las capacidades de trabajo y el nivel educacional de su población.
Quiénes repiten el mito de la izquierda empobrecedora, “el rebaño negro” (ver columna en Rebelion.org del 14/02 de este mismo autor), debieran preguntarse si no serán ellos mismos los que el capital propone dejar fuera del mundo laboral por el uso intensivo de la IA.
Si bien todos los países son diferentes en su devenir histórico, es deber de los trabajadores llevar a buen puerto las ideas que expresan abiertamente la contribución al bien común en oposición de quienes explicitan, sin ruborizarse, que buscan expandir los privilegios de la élite para que algo chorree sobre las clases empobrecidas.
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