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La izquierda indefinida, el nuevo placebo del mundo

Fuentes: Rebelión

En la actualidad, pareciera que la sociedad no desea comprender el fenómeno del nuevo ascenso de la derecha no solo en América latina, sino en todo el mundo. Parece incluso, ser complicado lograr definir su más agresivo retorno no solo prometiendo libertad, orden o seguridad ‘’democrática’’, sino que, además, amenazando con pulverizar al fantasma del comunismo como villano sin la necesidad de construir una fachada o lenguaje alterno que continúe disfrazando sus más ambiciosos y depredadores objetivos. El manejo de redes sociales, el avance tecnológico de las IA y el desorbitante fondeo de las campañas electorales en diferentes países, son las nuevas armas de la derecha más esquizofrénica y psicópata, con el fin de ganarse el apoyo de los más jóvenes o vulnerables ante la construcción de narrativas y discursos implícitos, que a su vez, amenazan cualquier colectivo o lucha popular que intente crear conciencia suficiente por un cambio alterno a un sistema económico, desconociendo, que no ha entregado los resultados por décadas esperados para la clase trabajadora: el capitalismo.

Ahora bien, el avance de la derecha a través del uso de estas tácticas y estrategias, no solo son producto o resultado de su incesante deseo por recuperar el poder que garantice la continuidad de sus privilegios, su favorecida ventaja se da a través del progresismo, el cual no logra aún causar una ruptura con el capitalismo, postergando y convirtiendo cada reforma en un placebo para la clase obrera y el campesinado como ejemplo.

Por otro lado, muchos decidimos dejar en un inicio nuestras esperanzas en las nuevas políticas y movimientos progresistas que, si bien su objetivo es construir una sociedad más equitativa y justa para las masas, cada una de sus maniobras y reformas al tomarse el poder, no logra en poco tiempo resolver las contradicciones del capital a través de una verdadera administración estatal sobre los medios de producción en pro de construir soberanía, desarrollar al máximo su industria y fortalecer el avance tecnológico para que, en consecuencia, se empodere a la clase obrera. El resultado es simple a primera vista: El asentamiento del reformismo, a pesar de respaldar y aplicar nuevos programas sociales no cambia las condiciones materiales de la población, desarrolla y se esfuerza por construir equidad a través de políticas de redistribución de la riqueza acumulada sin trabajar sobre el diagnóstico real, que, en pleno siglo XXI aún prevalece, el capital y su movimiento y filtración por todos los canales o medios posibles para evadir estas medidas sin ningún inconveniente. Esto se ve reflejado, a través de cada esfuerzo para aliviar las problemáticas sociales por un tiempo determinado, pero está lejos de acabar de golpe, por ejemplo, con los pactos que se dan aún en las élites económicas, los diferentes programas sociales que se hallan lejos de entender y modificar la estructura productiva o incluso, las reformas que temen y evaden, intervenir sobre los grandes capitales.

El progresismo, en un intento por dar un golpe a la mesa en cada nación, parece olvidar el conflicto imperante e incómodo que entendiendo el materialismo histórico expuesto por Marx, no parece enfocar su análisis sobre quienes acumulan la riqueza por rentas, por la expropiación de la plusvalía, por la circulación del capital o por la evasión de impuestos, por el contrario, prefiere emplear su tiempo y trabajo en discursos de unión y diálogo nacional, cuando ignora la violenta forma del capitalista por favorecerse incluso con esa misma política y discurso como herramienta que le permita perpetuar el status quo. Parece que el progresismo cree en la igualdad de condiciones a través de un ‘’capitalismo con rostro humano’’ que no ha eliminado, estadísticamente, la amplia brecha social y la desproporcionada desigualdad que no puede superar sus propias condiciones.

En síntesis, el liberalismo como proyecto económico y el progresismo como discurso político que intenta tomar el poder a través del humanismo más idealista ignora, cómo a través de la historia, las condiciones de vida se han visto atravesadas por las relaciones de producción, por aquellos que poseen la tierra, las máquinas, los equipos, las herramientas y hasta la infraestructura contra el que solo puede vender su fuerza de trabajo. Al parecer lo hacen a conveniencia porque temen ser llamados sectarios, porque parece más sencillo construir una postura idealista, ética y moral, que desarrollar un discurso flexible que desnude la lógica del capital y ofrezca una alternativa palpable dónde realmente los medios de producción sean democratizados y pueda ser, por lo menos, el punto de partida de la transición socialista, de esta forma, el progresismo solo termina administrando la miseria que el capitalismo deja como huella, cree inocentemente en la lucha y transformación de la sociedad con buenas intenciones y se muere de susto, por modificar las relaciones de producción sin confrontar la lógica de la acumulación que nos intenta despojar, de una vida digna, justa, empática, tranquila, en paz, verdaderamente democrática y que finalmente, tanto hemos añorado por muchas generaciones.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.