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La izquierda y el gobierno Lula

Fuentes: Outro Brasil

Por su incapacidad de formular una plataforma alternativa, de unirse y de promover una gran movilización popular, los sectores de la izquierda críticos al gobierno Lula -de adentro y afuera del PT- se han demostrado parte de la crisis y no factores de su superación. Canalizan, en parte el descontento con las políticas centrales del […]

Por su incapacidad de formular una plataforma alternativa, de unirse y de promover una gran movilización popular, los sectores de la izquierda críticos al gobierno Lula -de adentro y afuera del PT- se han demostrado parte de la crisis y no factores de su superación. Canalizan, en parte el descontento con las políticas centrales del gobierno, pero no han conseguido transformarlo en capacidad de movilización, ni en fuerza política. Tampoco han conseguido dar origen a iniciativas que reubiquen las pautas centrales del debate además de la polarización con los marcos del liberalismo hegemónico.

Excepciones son el MST y su capacidad de movilización popular por la reforma agraria, que al mismo tiempo ha puesto en práctica su posición de «palo y prosa», de conversaciones con el gobierno y movilización, de apoyo y crítica, pero cuya actitud no has servido, hasta ahora, de referencia para los grupos políticos de la izquierda. También excepción, apoyada por el MST, que puede transformarse en iniciativa que ayude a re-localizar el eje de los debates que le interesan prioritariamente a la izquierda, es la iniciativa de ley de consulta popular, presentada entre otras unidades por la OAB, que establece el derecho de consulta popular en cuestiones fundamentales para el destino del país.

El proceso de elección directa interna en el PT surge como un nuevo momento para retratar la situación de la izquierda -en este caso, de los sectores dentro del PT- tanto para conocer sus propuestas, como su fuerza y su capacidad de unificación interna. Solamente el hecho de haber presentado varios candidatos, ya presagia una victoria tranquila de la dirección actual del PT, y una reiteración de la incapacidad de construir fuerza por parte de la izquierda, con las tendencias privilegiando y midiendo fuerza entre ellas antes que la unidad en la lucha contra el eje del neoliberalismo, la política económica del gobierno.

El PT y la izquierda

El PT ocupó, en el último cuarto de siglo, el lugar central en el campo de la política de la izquierda. Desde el comienzo, ese protagonismo fue social y político, en el sentido de que el partido nació directamente vinculado a los movimientos sociales, había incluso la formulación de que era un «partido de los movimientos sociales, como una especie de expresión política de las luchas sociales, hasta porque había nacido directamente como expresión de las huelgas de finales de los años 70 y de un nuevo sindicalismo emergente. Nacía como un partido de oposición a la dictadura, con una base obrera clasista como uno de sus ejes de apoyo. El propio sentido de fundación del partido -que al mismo tiempo repudiaba la política tradicional- era el de dar a la política otro sentido mediante una nueva relación entre lo social y lo político, entre las bases y las direcciones.

Frente al carácter de centroizquierda del PMDB, del carácter centralizador del PDT y de la expresión limitada de otras fuerzas de izquierda -PCB, PCdoB, MR-8- además de las diferencias políticas, el PT surgía y se constituía en el representante más importante de la izquierda. Sus posiciones, incluso si pocas profundizadas, se identificaban con el anticapitalismo y el socialismo -y casi siempre se agregaba el calificativo de «democrático»- para diferenciarse del modelo soviético, aunque sin delimitarse claramente en relación a la socialdemocracia.

Posteriormente, conforme el campo político fue teniendo su desdoblamiento en el plano electoral, el PT pasó a consolidar esa identificación como partido más importante de la izquierda en el nuevo período histórico. La presencia de Lula como líder de masas, inmediatamente identificado con el PT, como su expresión electoral, fortalecía ese mecanismo.

La elección presindencial de 1989, con el pasaje de Lula al segundo turno, consagró ese lugar del PT y de Lula en particular, como centro del campo de la izquierda. La plataforma de la campaña presidencial de 1994 -ética en la política y prioridad de las políticas sociales- daba el tono y los límites de ese protagonismo. La derrota -todavía más en las condiciones traumáticas de haber sido favorito por primera vez y haber sido atropellado por el plan de estabilización monetaria de FHC – marcan el momento de mayor inflexión del PT en la dirección de buscar la gobernabilidad.

Sin embargo, el partido consolidó su lugar de fuerza hegemónica en la izquierda. La propia alianza subordinada de Brizola en 1998, el apoyo sistemático del PCdoB y el PSB, ayudaban esa posición. La proyección de Lula como candidato a la presidencia, a través de las tres campañas presidenciales y el crecimiento mucho más lento del PT, fueron creando una distancia entre el partido y el candidato, formalizada por la existencia del Instituto de la Ciudadanía, que institucionalizaba la autonomización de Lula en relación al PT.

La campaña de 2002 y el gobierno Lula representan, finalmente, un dilema estratégico para la izquierda. Al mantener la política clave del gobierno FHC -contra la cual el PT se había manifestado sistemáticamente- manteniendo también su papel de eje del gobierno -definidor de los parámetros del gobierno y filtro para todo lo que se haga- Lula no rompió con el modelo neoliberal y colocó para la izquierda la cuestión de la relación a establecer con un gobierno de ese tipo.

Las vías de la izquierda

Los grados de crítica que los varios sectores de izquierda hacen al gobierno Lula, poseen en común la crítica al mantenimiento de la política económica. Sin embargo, al revés de ser un factor de unidad de esos sectores, para una plataforma alternativa común y de lucha unificada por ella- lo que se observa en los dos planos en las fuerzas que salieron y en las que continúan en el PT, es la división y la dispersión.

Tanto los que salieron o ya estaban afuera del PT -PSOL, PSTU, grupos que no se afiliaron a ninguno de los dos- como los que están dentro del partido -las varias tendencias, algunas de ellas con sectores internos, otras con grupos que salieron de ellas- se caracterizan por los factores apuntados anteriormente. No se presenta una alternativa de interpretación política -de la relación de fuerzas nacional e internacional, con propuestas alternativas- que pueda antes que nada, dar cuenta de lo que aconteció en el país, con el PT, el gobierno Lula y con la izquierda en general.

Esto es esencial, para que se perciba que el profundo cambio regresivo en la relación de fuerzas a escala mundial no dejó de alcanzar a América Latina y a Brasil, incluidas sus izquierdas, afectadas de formas y grados diferentes, pero modificando de forma significativa la relación de fuerzas en los planos económico, social, político e ideológico. Si no se caería mecánicamente en las interpretaciones sobre la «traición» de las direcciones políticas, argumento frágil, que en última instancia, al incluir tantas fuerzas y dirigentes, terminaría desembocando en tesis que -no por casualidad- vuelven a circular sobre la corrupción del poder, la debilidad de la naturaleza humana ante el poder, quedando apenas la posibilidad «foucaultiana» planteada por las ONGs, de control externo del poder para minimizar los daños que eso causa.

Esa visión, subjetiva y fragmentada, es incapaz de comprender los grandes movimientos históricos, desde su base material hasta llegar a sus proyecciones ideológicas, pasando por las transformaciones de las clases y de las relaciones entre ellas. Apoyándose en la capacidad de resistencia de los movimientos sociales -en gran parte, en América Latina, movimientos de base rural que, como en los casos de México y Brasil, son incapaces de cambiar el eje de la relación de fuerzas en países cuyo poder tiene su eje en los centros urbanos- se buscó subestimar el poder de la hegemonía neoliberal, cuando precisamente la incapacidad de transformar esa fuerza de resistencia social en fuerza política, resulta no apenas de las incapacidades de las direcciones políticas, sino de las dificultades específicas que la hegemonía neoliberal coloca a la izquierda.

El texto de Perry Anderson de balance del neoliberalismo («Pos-neoliberalismo»; Emir Sader y Pablo Gentili, Ed. Voces) y lo que él hace de comparación entre los años 60 y la primera década de este siglo («Afinidades electivas»; Emir Sader, Ed. Boitempo) son análisis esenciales para dar cuenta del pasaje de un período histórico a otro. Su lectura y debate continúan siendo condiciones de comprensión del carácter del período histórico actual, incluida la situación brasilera y las transformaciones que sufrió bajo la hegemonía liberal, primero en la oposición a la dictadura, con predominio de la concepción democrático liberal, después ya en el período pos-dictatorial, en que esa hegemonía se extendió del plano político jurídico para el económico y/o ideológico, con las políticas neoliberales y la ideología del consumo, del marketing, del individualismo del «american way of life», inclusive en la política.

La izquierda tiene mucha dificultad para analizar los cambios regresivos en la correlación de fuerzas. Exactamente en el momento de derrotas o de reveses, se necesita balances autocríticos, que encuentren las debilidades y constaten la nueva y real relación de fuerza, negativa en relación a lo que ella había sido. Como se mueve también por el entusiasmo de la militancia, hay tendencia a subestimar la regresión y el aumento de las dificultades, comenzando a predominar la caracterización de «derrotista» a los que tienen divergencias. Se mantienen los mismos objetivos políticos, incluso afirmando la «traición» de las direcciones políticas, como si esta no representase, por sí solo, un golpe en la fuerza de la izquierda.

Derrota y dispersión

La fragmentación es un elemento común entre los sectores dentro y fuera del PT. La fundación del PSOL no consiguió, hasta ahora -y conforme pasa el tiempo, va perdiendo la oportunidad de conseguirlo- catalizar el descontento de la mayoría de los petistas. Ganó algunos sectores del PSTU, pero no consiguió atraer a otros grupos. Uno de ellos, que abandonó el PT durante el Foro Social Mundial de Porto Alegre, en enero de este año, ni siquiera se afilió al PSOL. La política de desafiliación de la CUT, que tuvo en la desafiliación de ANDES su punto más importante, revela la incapacidad de distinguir entre un aliado moderado a la política económica del gobierno, de los enemigos, llevando así al aislamiento y a la fragmentación todavía mayor de los sindicatos, cuando necesitan de más fuerza y de más unidad. Se debilita la izquierda de la CUT y se procesa un auto-aislamiento de los sindicatos que se desafilian, en una actitud equivocada y suicida que lleva a esos sectores a debilitarse, pierden espacio y siguen la lógica derrotista de la escisión grupuscular siempre acompañada del sectarismo, analizada por Lenin como comportamientos de ultraizquierda.

El gran -y aparente único- proyecto del PSOL gira en torno de la candidatura de Heloisa Helena a la presidencia en 2006, buscando rescatar las reivindicaciones históricas del PT, en el intento de reagrupar el descontento dentro y fuera del partido. Pero por el momento, la presencia política del partido en el plano nacional es casi inexistente, tampoco se observa la construcción de una visión política general y un proceso de construcción colectiva de la plataforma de la candidatura, que pudiese movilizar a amplios sectores sociales. Incentivando la desafiliación de la CUT, y promoviendo a sectores que pretenden ser alternativos al MST en el campo, el PSOL tampoco ha demostrado capacidad de movilización social, ni de presencia ideológica y política mediante publicaciones, seminarios u otros tipos de eventos. Por lo pronto, el PSTU ocupa ese espacio, con una política mucho más inteligente y más amplia, catalizando ese descontento, el PSOL parece envejecer precozmente, esperando la campaña electoral del año que viene, sin avanzar en la construcción de alternativas que superen el plano electoral, en una extraña combinación de ultraizquierdismo y electoralismo.

Mientras tanto, como ya fue mencionado al inicio de este análisis, las tendencias internas del PT, sin comprender la oportunidad que el momento presenta para una gran unificación de las fuerzas en contra del eje del neoliberalismo -la política económica del gobierno- se dividen y presentan por lo menos cuatro candidaturas, cada una de ellas ligada a una tendencia o a un conjunto de fuerzas internas, que afirman coincidir en esa oposición, pero que prefieren medir fuerzas entre sí, como si restringiesen su universo a la lucha por la hegemonía en la oposición a la dirección y no en la construcción de una alternativa hegemónica a esa dirección.

El lanzamiento de candidaturas por la Articulación de Izquierda y por la DS, ya marcó ese objetivo de competencia entre esas tendencias, en lugar de unificar su lucha contra el neoliberalismo. Gramsci ya había advertido contra el riesgo sectario de escribir la historia de los partidos como aquella de sus escenarios internos, sin dar cuenta de la real relación de fuerzas, que se da en el conjunto de la sociedad, que es el espacio de construcción de alternativas y de disputa hegemónica. Las otras tendencias o sectores acompañan esa postura, lanzando sus candidatos y facilitando la victoria de la dirección del PT, paradójicamente cuando se constata un descontento cada vez mayor en la militancia petista. Termina contribuyéndo a la anestesia del PT como partido, lo que facilita a su vez, la autonomización del gobierno y de Lula ante el partido.

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Traducción de Ernesto Herrera – Correspondencia de Prensa