Recomiendo:
1

La lección de Epstein sobre los criminales y psicópatas que nos gobiernan

Fuentes: Rebelión

Pam Bondi, la mujer de paja que Trump ha puesto al frente de la fiscalía general norteamericana, ha afirmado, recientemente, sin el menor disimulo, que si se encausase a todos los individuos que aparecen en los archivos Epstein el sistema entero se vendría abajo.

Esto es, una representante cualificada de la red de servidores que conforman el tupido entramado mediante el cual esta banda de psicópatas, sociópatas, criminales y bandidos que nos gobiernan ejerce su poder omnímodo, reconoce abiertamente lo que la inmensa mayoría se niega a ver, contra toda prueba y toda evidencia, que la realidad que vivimos es un puro constructo, un teatrillo montado para entretenernos, al cual, en algunas partes del mundo, llamamos democracia, o estado de derecho, o imperio de la ley, o compromiso político, o humanitarismo, o cultura, o civilización y todos los demás significantes vacíos con los que nos consolamos; todo para no reconocer lo incuestionable y no enfrentarnos a la realidad real, que estamos gobernados y sometidos –de un modo consentido y voluntario– a esa banda de criminales, asesinos, ladrones, violadores y depravados que mueven los hilos de lo real.

Sé que es duro enfrentarse a la verdad, que a un profesor universitario de cualquiera de las ramas del saber conocidas como humanidades le resulta insoportable reconocer, ante sus alumnos y ante sí mismo, que todo lo que enseña es una paparrucha inútil destinada tan solo, o bien a distraerse él y a justificar su sueldo y su papel encima del escenario, a consolarse, en el mejor de los casos, con una cierta ilusión de sentido, o bien a entretener a sus pupilos y apaciguarlos con la mentira piadosa de que lo que hacen y viven obedece a un cierto orden dotado de una lógica y coherencia, sin reconocer que toda su ciencia no contiene mayor lógica y coherencia que la que posee la ciencia de un juego de mesa, no digamos el ajedrez, demasiado complejo y sofisticado, en comparación, digamos mejor el parchís.

Reconozco que es duro aceptar el hecho de que todas esas paparruchas que llamamos cultura, saber, filosofía, etcétera, tienen como principal función no la lucidez crítica, sino impedir que aquellos a los que supuestamente enseñamos las claves del pensamiento libre, de la historia y del mundo social democrático y civilizado consigan pensar por sí mismos y lleguen a descubrir la desoladora mentira en la que nos debatimos; una farsa de la que ellos mismos, los ‘magistri’, desean escabullirse y consolarse, pero sobre la que se levanta todo este mortal teatrillo; reconozco que no es un plato de gusto, para muchos de ellos –para otros, sí, por supuesto–, impedir esa lucidez de sus pupilos, mantener la ilusión del sentido, para que nunca tomen conciencia exacta de la invención que se ha montado para ellos/nosotros, y que nunca se planteen/nos planteemos siquiera acabar con este ‘retablo de las maravillas’ con el que los/nos embaucan.

Sé que es duro aceptar la inutilidad de la filosofía, de la ética y de la moral, como es, también, enormemente difícil y frustrante para cualquier científico o especialista cualificado de las ciencias tecnológicas, positivas y naturales, después de tanto esfuerzo y sacrificio de formación y de estudio, aceptar que solo son meras herramientas del crimen, unos siervos eficientes de sus señores, unos simples peones en el tablero del latrocinio y el asesinato que han montado los dueños del teatrillo; que sus conocimientos e investigaciones son usadas para el mal, para la muerte, para la destrucción del planeta y la aniquilación de cualquier rastro de humanidad en ellos mismos y en el resto de sus congéneres.

Sé que es duro aceptar la realidad real y que es una tentación no reconocerla, ni siquiera cuando se nos presenta de un modo tan claro y diáfano, como en estos momentos, en esta coyuntura histórica, en la que sabemos, sin la menor duda, cuáles son los nombres y los apellidos de esos criminales y sociópatas que nos gobiernan, pues ha llegado a sentirse tan poderosos e impunes, que les da igual que los conozcamos y reconozcamos: es más, en realidad, piden nuestro reconocimiento y admiración. Las leyes son suyas, y a su servicio están: lo han estado siempre, pues este gobierno de los ladrones y de los criminales no es nuevo, se nos lleva anunciando y señalando desde hace centurias, pero nunca, ni siquiera en el Antiguo Régimen, los criminales han hecho tal ostentación y alarde de sus crímenes.

Sin ir más lejos, lo anunció y señaló, entre otros, en una gran parte de su obra, Carlos Marx, aunque, de un modo expreso, en la respuesta que da a Prudhon y a su Filosofía de la miseria, cuando le señala, a este, en qué consiste, de verdad, la miseria de esa filosofía, es decir, del pensamiento consolador, engañoso y engañador que trata de justificar lo injustificable, tratando de encontrar una lógica explicación en la miseria, en la desigualdad y en la radical injusticia de un mundo material y positivamente fundado y erigido para la muerte y la obsolescencia de lo humano.

Sin embargo, seguimos haciendo como que la cosa no va con nosotros, seguimos estudiando a los clásicos del pensamiento y nos hacemos los despistados, continuamos en la ilusión de que todo tiene sentido y que vivimos en el mejor de los mundos posibles, la democracia occidental; seguimos debatiendo acerca del sexo democrático, ético o moral de los ángeles y lo del famoso imperio de la ley y todas esas paparruchas: esto parece que nos consuela del terror de mirar y ver lo real. Así, pues, seguimos leyendo novelas de amor o de criminales de libro, con razones puramente personales para el mal, finalmente, explicables, o víctimas, ellos mismos, de infancias problemáticas; o esas novelas históricas en las que todos sus protagonistas, al fin y al cabo, son malos y buenos, al mismo tiempo, porque no hay blanco y negro, solo grises, y todos somos iguales, al final; o, también, podemos seguir regodeándonos con poemas y canciones que rascan, una y otra vez, obsesivamente esos típicos sarpullidos y picorcillos existenciales de seres inmaduros, anclados en una eterna y egocéntrica adolescencia, a lo que llamamos sensibilidad lírica.

Por supuesto, podemos seguir expresando nuestra libre opinión y eligiendo a nuestros representantes, haciendo como que esto sirve para algo; podemos creernos amparados por las leyes, hechas para todos, pues todos somos iguales ante la ley; en fin, podemos seguir dejándonos manejar dentro de este teatrillo que han construido para nosotros, como dóciles títeres, sin querer levantar la vista y mirar hacia arriba y ver a los que tiran de los hilos, podemos negarnos, incluso, a ver los hilos.

Cerrar los ojos es una reacción instintiva ante el terror y el miedo, lo sabemos; sobre todo, en los niños. Y la inmensa mayoría parece que somos, al final, unos niños grandes, seres infantilizados y miedosos.

Sabemos sus nombres, sabemos quiénes son y cómo ejecutan sus crímenes, cómo masacran pueblos y arruinan naciones enteras, o cómo violan, vejan y asesinan a seres indefensos, adolescentes, niñas y niños, preferentemente; ya no podemos alegar desconocimiento; sabemos cómo nos roban lo que tenemos, cómo abandonan a su suerte a nuestros ancianos o a los más desfavorecidos; sabemos que nos quieren arrebatar y nos están arrebatando derechos que habíamos conquistado, tras siglos de lucha encarnizada; que buscan devolvernos a la vieja miseria. Los más sesudos y despabilados, de hecho, nos entretenemos reflexionando y filosofando acerca de cómo hemos vuelto a la vieja miseria: este es el caso.

Podemos conformarnos y seguir jugando al parchís del sentido, o podemos responder a los que nos quieren robar y asesinar, y tratar de deshacernos de ellos mediante la acción positiva, material y política, como hicieron y, hoy, hacen algunos humanistas y algunos científicos que no se conformaron, entonces, ni se conforman, ahora. Como hacen y han hecho los compañeros y compañeras de Rebelión Científica y tantos otros. En fin, podemos volver a ‘pensar la miseria’ o podemos acabar con ella, cambiando las bases de este mundo, y no es broma. Marx es, si optamos por lo segundo, más que nunca, nuestro contemporáneo.

Jorge Riechmann, uno de esos humanistas y científicos que han optado por la vía de la confrontación con la realidad establecida, de los que no se resignan a mantener la ilusión del sentido y laboran prácticamente contra ella, se pregunta: «Por qué no hay más científicos y profesores universitarios protestando».

Él se refiere a la emergencia climática, en concreto; pero cabría añadir, ¿por qué no los hay, tampoco, dedicados a abrir los ojos de sus alumnos, a prepararlos para mirar y ver los fundamentos criminales de la realidad en la que viven? Dicho de otro modo, por qué ellos y ellas, y todos nosotros y nosotras no nos ponemos a tratar de cambiar el mundo de base, de un modo práctico y positivo, sin descartar ninguna respuesta fáctica o política, ni ninguno de los caminos que nos parezcan viables y presumiblemente eficaces (aun los ensayados en el pasado), en vez de seguir mareando la perdiz –también, nosotros– con palabras y más palabras, con esa agobiante cantidad de imágenes elusivas, indirectas y dilatorias, de naturaleza política, moral y ética, que lo único que hacen es ocultarnos la auténtica sustancia del referente material: el imperio de los criminales y psicópatas que nos gobiernan, capaces de asesinar y de llevarnos a guerras de consecuencias incalculables, para que miremos a otro lado y olvidemos sus perversiones, o para mejorar sus expectativas electorales y los índices de aceptación en las encuestas, o para engordar la cuenta de resultados de sus compinches.

Matías Escalera Cordero es escritor.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.