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La lucha contra la pobreza

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Comencemos por una obviedad: la pobreza no es algo nuevo en el mundo. Definirla conceptualmente es algo que escapa a las pre-tensiones de este artículo; pero lo que se quiere remarcar es que, pese a la ver-dad de Perogrullo con que abrimos -y justamente por eso-, hay que entenderla siempre en contexto, en comparación con […]

Comencemos por una obviedad: la pobreza no es algo nuevo en el mundo. Definirla conceptualmente es algo que escapa a las pre-tensiones de este artículo; pero lo que se quiere remarcar es que, pese a la ver-dad de Perogrullo con que abrimos -y justamente por eso-, hay que entenderla siempre en contexto, en comparación con su contrario. En tal sentido, entonces, ‘pobreza’ es escasez, carencia, falta de algo. ¿Cuándo tenemos pobreza?, ¿cuándo comienza? es siempre difícil de establecer.

Ser pobre significa no disponer de todas las cosas que la productividad humana moderna puede ofrecer. La pobreza habla, en todo caso, no de la cantidad de me-dios de sobrevivencia sino del modo de su apropiación, de su distribución social. En tanto hay una injusta, una inadecuada repartición del producto social, hay pobres. Civilizaciones agrarias milenarias, que lograron desarrollos fenomenales en términos culturales (la india, las americanas precolombinas, la china) pasan a ser pobres frente a la avalancha modernizadora de oferta de bienes propuesta por Occidente. Surge ahí el mito del ‘desarrollo’ y su contrario: el ‘subdesarro-llo’.

La pobreza se fija en relación a otro referente. ¿Es pobre una población tribal africana? Lo es en relación a otro punto de referencia donde abundan más cosas, donde existe un universo mayor de bienes; en tal sentido, será pobre comparada con un europeo. ¿Es pobre un portugués? Tal vez no en relación al africano prove-niente de esa tribu, pero sí lo será con respecto a un alemán. ¿Quiénes eran más pobres hace 500 años: los españoles o los incas?

En definitiva -y sirva esto a modo de introducción- la pobreza es una construc-ción teórica que intenta dar cuenta de un estado de cosas de la realidad humana considerada desde un punto de vista; en tal sentido, su resultado es histórico, en dependencia del contexto. No hay ‘la pobreza’ en vacío sino distintas expre-siones de ‘las pobrezas’.

Asumiendo que es sinónimo de falta, de carencia, hoy por hoy su conceptualización ha quedado absolutamente subsumida bajo la óptica que fue forjando la sociedad capitalista, ligándose por entero al fetiche de la posesión de bienes materiales, al consumo. ¿Es pobre un maestro budista?, se podría preguntar para azuzar más aún el debate. ¿Y una autoridad tradicional maya, heredera de una cultura milena-ria? Desde la óptica moderna: sí, definitivamente, aunque la riqueza que atesoren sea fabulosa.

La lógica discursiva que se ha impuesto en el mundo moderno es la del capital. Los parámetros con que el sentido común se constituyó -legitimados por un discur-so académico pretendidamente científico- son los de los grupos de poder: la ri-queza es la propiedad privada, ‘dime cuánto tienes y te diré cuánto vales’. Se es rico si se tiene un reloj Rolex, un yate, si se usa ropa Armani y se viaja en avión en primera clase. Hoy día la disposición de servicios básicos (agua pota-ble, inmunizaciones, alfabetización, techo mínimo de cemento, sistema adecuado de manejo de excretas y basura) se da por descontada en el proceso de alejamiento de la pobreza.

En esta concepción dominante de la economía de mercado y de la propiedad privada, el discurso oficial separa claramente los pobres de los no-pobres: los pobres son quienes no entran en estos parámetros modernos que creó el desarrollo capitalis-ta.

La humanidad lleva ya tres millones de años sobreviviendo; no podríamos decir con certeza que el desarrollo nos hace mejores como especie (esto abre otro enorme debate, y en principio la respuesta es que ‘no’ -ahí están las armas nucleares, el machismo aún imperante o un muerto por hambre cada siete segundos para ratifi-carlo-), pero sin dudas lleva cada vez más a mayores grados de comodidad en el diario vivir. De esta suerte, el desarrollo que la humanidad se ha ido dando pro-duce cada vez mayor riqueza. ¿Cómo es posible entonces que no se termine la po-breza, que haya enormes cantidades de seres humanos que no pueden acceder a ese bienestar generado por el crecimiento de la capacidad productiva? Ello desnuda la injusticia (¿la incorrección podríamos decir?, ¿lo inapropiado?, ¿lo perverso?) del modelo de desarrollo en juego: es un desarrollo no armónico, desparejo, des-equilibrado, que favorece a pocos en detrimento de muchos. ¿Es desarrollo eso? ¿Qué dirán al respecto el sabio budista o el anciano maya?

La pobreza, lo decíamos, no es nueva en el mundo; pero el desarrollo del capita-lismo y su monumental poderío técnico dividió más claramente las aguas: las so-ciedades cuya historia las llevó primeramente a este modelo económico-social (las de Europa Occidental y posteriormente la colonia rebelde de Estados Unidos) fue-ron constituyéndose como ricas, opulentas, cada vez más ricas y opulentas sobre aquellas otras que no siguieron, o siguieron tardíamente, ese modelo ‘moderno’ de progreso.

Desde que se instauró el sistema capitalista hace ya varios cientos de años des-tronando a las monarquías feudales, el mundo ha ido globalizándose unipolarmente según los dictados del mercado moderno. Merced al desarrollo de ese sistema naci-do en Europa, basado en buena medida en el saqueo de recursos de otras partes del mundo (mano de obra esclava de Africa, recursos naturales de todos los continen-tes, mercados cautivos por doquier para las mercaderías industriales que producí-an las máquinas de los hombres blancos), se generó una riqueza material sin pre-cedentes, y ahí no quedó dudas de quiénes eran los pobres. Surgen así los mitos complementarios de ‘los primitivos’, ‘los salvajes’, ‘los bárbaros’, que son siempre los pobres en relación al capitalismo (civilizado, culto, prolijito y bien portado). La riqueza es la riqueza capitalista, la riqueza del que dispone de más cosas materiales (más bienes, más armas).

Hacia mediados del siglo XX, terminada la Segunda Guerra Mundial, el poder del capital transnacional era ya enorme, omnímodo; existía, de todos modos, su con-trapeso: un campo socialista, hoy en vías de extinción. Es en ese marco de hege-monía capitalista que se establecen hacia 1944 las así llamadas instituciones de Bretton Woods: el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, con sede en Estados Unidos, con la misión oficial de ayudar a paliar la pobreza en el mundo. En realidad, de lo que se trató siempre es de impedir que las masas paupérrimas de los países pobres marcharan hacia el modelo socialista. La defensa de la pro-piedad privada y de la ganancia es regla de oro, y que nadie ose meterse con ellas. En realidad nunca estas instituciones apuntaron -como mal o bien lo inten-tó la concepción socialista- a terminar con la pobreza en el mundo. La riqueza generada por 300 años de acumulación capitalista se hizo fabulosa, pero la pobre-za ética siguió primando: aunque materialmente alcanzara para satisfacer necesi-dades cada vez más sofisticadas en toda la población planetaria, la riqueza mate-rial se siguió concentrando en pocas manos, cada vez menos. El capital monopólico se fue imponiendo, y para finales de siglo unas pocos cientos de gigantescas cor-poraciones transnacionales disponían de mayor riqueza que la mitad de la humani-dad.

Para este modelo económico-social los pobres representan un problema: no porque el sistema se apiade de quienes no sólo no disponen del yate o del Rolex o que, en todo caso, ni siquiera tienen acceso a los servicios básicos que ya son moneda corriente en los lugares bendecidos por el desarrollo. Son un problema porque representan una bomba de tiempo: en cualquier momento pueden protestar por la injusticia de que son víctimas, y los poderosos pueden ver así cuestionado su lugar. De hecho algunas revoluciones sociales durante el pasado siglo ya lo con-siguieron. Las instituciones de Bretton Woods son, además de una garantía para el manejo financiero internacional que necesita el gran capital, una eficaz manera de poner paños fríos sobre el asunto.

Representando en realidad a los intereses de los grandes capitales del mundo, los estadounidenses en principio, para fines de los 80 y comienzo de la década de los 90 del pasado siglo imponen una nueva estrategia: la ‘lucha contra la pobreza’. En realidad no se trata sino de recetas pragmáticas, tecnocráticas, siempre des-politizadas, que intentan funcionar como recomendación útil para atender un sín-toma. La pobreza es la expresión de una injusticia estructural; si no se atiende -si no se cambian- las relaciones de poder que la producen, no hay forma alguna de terminar con el síntoma. Las fórmulas mágicas propuestas por estos organismos son diversas (gobernabilidad, democracia parlamentaria, gestión del riesgo, for-mación de capital social), poniendo siempre el énfasis en el crecimiento económi-co como la estrategia principal. Se trata de atacar la pobreza como un ‘mal’ en sí mismo, aliviándola, minimizándola y, de ser posible, erradicándola, pero no se tocan las estructuras del poder. Son pinceladas cosméticas, no más.

No termina de quedar claro si todo eso es cinismo o ingenuidad. Para algunos fun-cionarios de las mencionadas instituciones -técnicos despolitizados muy bien pa-gados- es probable que haya cuotas de lo segundo. Para los dueños del capital transnacional no. Y para muestra: en algún manual estadounidense de cooperación al desarrollo de los años 60 puede encontrarse definida la misma como una ‘tácti-ca contrainsurgente’.

La experiencia demuestra que nunca, en años de haber sido aplicadas, ninguna de estas estrategias recomendadas ha servido en lo más mínimo para terminar con la pobreza ni la exclusión de grandes masas. Aunque se quiera presentar como ‘pasado de moda’, el discurso de la lucha de clases y el fenómeno del poder en tanto eje de las relaciones interhumanas sigue siendo la matriz elemental con que se es-tructuran todas las sociedades. En tanto ello no cambie no puede haber cambios reales en la distribución de la riqueza. Y de eso se trata para terminar con la pobreza.

‘Aunque los donantes nos piden que nos sentemos en el asiento del conductor, des-pués de sentarnos nos damos cuenta que el manubrio se encuentra realmente en las manos de los donantes y nuestra tarea corresponde únicamente a reparar ruedas pinchadas después de los accidentes’, afirmaba el Ministro de Finanzas de Bangla-desh en declaraciones hechas en el 2002.

El último informe del Banco Mundial revela que la República Popular China sacó de la marginación a 200 millones de personas en 20 años sin que sus reformas se ape-garan a las recetas neoliberales en boga, pero más aún, con una organización po-lítica abominada por las democracias occidentales en la que brillan por su ausen-cia todas las libertades esgrimidas como logros democráticos. Como dice Luis Mén-dez Asensio: ‘El ejemplo chino nos incita a una de las preguntas clave de nuestro tiempo: ¿es la democracia sinónimo de desarrollo? Mucho me temo que la respuesta habrá que encontrarla en otra galaxia. Porque lo que reflejan los números macroe-conómicos, a los que son tan adictos los neoliberales, es que el gigante asiático ha conseguido abatir los parámetros de pobreza sin recurrir a las urnas, sin hacer gala de las libertades, sin amnistiar al prójimo.’

Por cierto que terminar con la pobreza no es tarea fácil; la pobreza material, además, va siempre entrelazada con otras formas de pobreza: ignorancia, prejui-cios, pesadas tradiciones conservadoras, miedos. Los países pobres del Tercer Mundo que recorrieron sendas socialistas en la segunda mitad del siglo pasado encontraron inconmensurables escollos para superar la pobreza; y a decir verdad, no lo lograron muy exitosamente. La pobreza, siempre, golpea fuerte a los excluí-dos de cualquier país, aún de los incipientes socialismos. Es tan difícil acabar con ella en una dictadura centroamericana como en el Vietnam revolucionario, en la Uganda de Idi Amín o en la Nicaragua sandinista.

Definitivamente no hay recetas universales; China está logrando algo que, desde modelos populares como Cuba y Venezuela, se mira con interés. Ninguno de los paí-ses del Sur que reciben cooperación para el desarrollo desde el Norte ha abando-nado la pobreza. Más aún: sus deudas se acrecientan y las posibilidades reales de competir contra los grandes capitales es cada vez más remota. ¿Cuál es entonces la fórmula?

La verdadera lucha contra la pobreza es la lucha contra las injusticias. Y en esto juega un papel decisivo el poder que van tomando los oprimidos. Poder popu-lar no es lo mismo que la aguada recomendación del Banco Mundial o del Fondo Mo-netario Internacional de ‘participación cívica’. Poder popular es, como dijera León Trosky, la real gestión en que ‘las masas rompen las barreras que les exclu-yen del escenario político, dejan de lado a sus representantes tradicionales y crean sus propios órganos de relación en un nuevo régimen’. Si no, sigue siendo una cruel verdad lo que irónicamente dijo Paul Valery cuando satirizó que ‘la política es el arte de evitar que la gente tome parte en los asuntos que le con-ciernen’.

* Marcelo Colussi. Psicólogo y licenciado en filosofía. Italo-argentino, desde hace 15 años vive y trabaja en el ámbito de los derechos humanos en Centroamérica. Ensayista y escritor, ha publicado en el campo de las ciencias sociales y en la narrativa.