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La pirámide capitalista

Fuentes: El periódico de Aragón

Uno de los efectos de esta profunda crisis que estamos atravesando y que, lejos de remitir, parece profundizarse día a día, es que hemos recuperado para el lenguaje social palabras que casi habían desaparecido de nuestro vocabulario. Su desaparición se había producido no porque ya no designaran ninguna realidad, sino porque esa realidad se empeñaba […]

Uno de los efectos de esta profunda crisis que estamos atravesando y que, lejos de remitir, parece profundizarse día a día, es que hemos recuperado para el lenguaje social palabras que casi habían desaparecido de nuestro vocabulario. Su desaparición se había producido no porque ya no designaran ninguna realidad, sino porque esa realidad se empeñaba en ocultarse bajo otros conceptos que camuflaran su carácter ideológico. Hace unos meses, y a tenor de lo que sucede, de las continuas agresiones a la población por parte de una elite que cada día se enriquece más (el consumo de bienes de lujo ha aumentado en este periodo de crisis, lo mismo que el número de millonarios, los beneficios de las grandes empresas, las retribuciones de sus directivos, etc.), me atrevía a rescatar el concepto de lucha de clases. Por otro lado, la palabra «capitalismo», «sociedad capitalista», que se escondía bajo eufemismos como «sociedad de LIBRE mercado», vuelve a ser de uso cotidiano.

Que nuestras sociedades capitalistas han gozado de un nivel de bienestar, sobre todo en Europa, debido a la protección social arrancada por las luchas obreras, sin parangón, es un hecho incontestable. Aun con diferencias sociales profundas, el nivel de vida general de la ciudadanía europea ha sido más que aceptable. Ello venía acompañado de unas libertades individuales muy por encima de las existentes en el resto del planeta, aunque en el fondo los mecanismos de dominación actuaran con intensidad. Todo ello conformaba una sociedad habitable, que podía, incluso, servir de modelo para sociedades empobrecidas y reprimidas.

Ahora bien, el devenir de los acontecimientos está sacando a la luz lo que desde muchos sectores ya se había manifestado hace mucho tiempo. Y es que nuestro bienestar se ha conseguido a costa del malestar del resto del planeta, que nuestra riqueza procede de la explotación de amplias zonas del planeta, que nuestra libertad se construye sobre la opresión y humillación de los otros.

Nuestro sistema capitalista, compartido por las elites de los países explotados, convenientemente sostenidas y apoyadas por nuestros gobiernos, se eleva piramidalmente sobre dos patas. Una la que supone el control, directo o indirecto, de las materias primas que explotamos en los países empobrecidos a precios competitivos para nuestros intereses. Los recursos energéticos del planeta, ubicados en su mayoría en países periféricos, son explotados por empresas occidentales o por gobiernos amigos. Muchas de las intervenciones militares de los últimos años se han producido, precisamente, para garantizar ese suministro. El bienestar económico de la población occidental y de las elites del Sur (por llamarlo de alguna manera) se construye sobre la miseria de las poblaciones de los países empobrecidos. Empobrecidos, que no pobres, pues son ricos en materias primas que explotan las oligarquías, occidental y del lugar.

La segunda pata es la del control férreo de las poblaciones, su sometimiento a regímenes brutales, tiránicos, criminales, a los que se trata como amigos mientras interesa. El mismo día que habla de la necesidad de democracia en Libia, Zapatero visita a los sátrapas del Golfo, cuya diferencia con Gadafi es que todavía controlan su petróleo; mientras tanto, nuestro rey asiste a un desfile militar en uno de los países más tiránicos del planeta, Kuwait, y sonríe placentero a la derecha de su emir. La hipocresía occidental puede resumirse en esas dos imágenes, aunque los ejemplos son innumerables.

El nivel de vida de las sociedades capitalistas se ha construido sobre la explotación del resto de naciones. Nuestra sociedad de consumo y obsolescencia solo puede funcionar sobre la base de productos baratos, conseguidos a través de mano de obra esclava o de materias primas a bajo costo. Por eso, Occidente, que ahora clama contra los dirigentes del norte de Africa, ha sido el principal sustento de esos mismos dirigentes. Por eso Occidente hace la vista gorda ante la explotación laboral y social en China, pues este país se ha integrado en las reglas del juego y desempeña eficazmente su papel, amén de su evidente poderío militar. Por eso Occidente carga todas sus baterías mediáticas contra los países –Bolivia, Ecuador, Venezuela– que pretenden alterar las reglas del juego.

Pero Occidente no es una abstracción, somos cada uno y cada una de nosotros, responsables de nuestras acciones. Y de nuestros votos. Parece que, mal que nos pese a quienes hemos tenido la suerte de no nacer en el sitio equivocado y de haber gozado de una situación de privilegio, las cosas no volverán a ser como antes. Por la crisis y porque los que tenían poco que perder han decidido ponerlo en riesgo, hartos de ver en sus televisores el festín de Occidente. La salida que dibujan a la crisis quienes manejan el cotarro, y sus montatanto políticos, supone reducir y blindar las elites a costa de la precarización del resto. ¿Es eso por lo que apostamos la mayoría?

* El autor es profesor de Filosofía. Universidad de Zaragoza

Fuente: http://www.elperiodicodearagon.com/noticias/noticia.asp?pkid=652336