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Ante el Centenario de la gesta más importante de la Humanidad

La revolución rusa interpela al futuro

Fuentes: Rebelión

«Es preciso soñar, pero con la condición de creer en nuestros sueños. De examinar con atención la vida real, de confrontar nuestra observación con esos sueños, y de realizar escrupulosamente nuestra fantasía» V.I.Lenin   Estamos, en términos históricos, en el Centenario del acontecimiento más importante de la Humanidad: la Revolución Rusa. El 7 de noviembre […]

«Es preciso soñar, pero con la condición de creer en nuestros sueños. De examinar con atención la vida real, de confrontar nuestra observación con esos sueños, y de realizar escrupulosamente nuestra fantasía» V.I.Lenin

 

Estamos, en términos históricos, en el Centenario del acontecimiento más importante de la Humanidad: la Revolución Rusa. El 7 de noviembre de 2017 se cumplen 100 años de aquella gesta, en la que los explotados de la Rusia zarista tomaron el Palacio de Invierno y el Poder, vanguardizados por los bolcheviques, dejando atrás siglos de opresión y desdichas. Con Lenin a la cabeza, estos se propusieron crear una sociedad totalmente diferente a las que los seres humanos modelaron a lo largo de la historia: una donde no existiera la explotación del hombre por el hombre, ni sus consecuencias nefastas, la desigualdad, la injusticia y la miseria.

La Revolución Bolchevique abrió la puerta de innumerables procesos revolucionarios en el mundo que maduraron a su luz. Hizo ver que se podía. Lo pobres podían rebelarse y triunfar. Y es que, más allá de las diferencias culturales de los pueblos de la Tierra, ninguno escapaba (ni escapa) a las lacras de la explotación y la pobreza. La virtud de los revolucionarios rusos fue comprender la realidad de su pueblo (su cultura y nivel de consciencia general, sus angustias y aspiraciones), y saber organizarse bajo una férrea disciplina partidaria para capitalizar toda esa potencia en pos del objetivo revolucionario, enmarcados en la teoría que ha guiado a millones de personas con el mismo anhelo desde mediados del siglo 19: el marxismo. Eso no fue casualidad, pues fueron Marx y Engels quienes mejor explicaron la estructura de la sociedad capitalista de la época, y la relación de poder de los explotadores sobre los explotados de todas las épocas. Y lo hicieron no con el sólo ánimo de explicar la realidad, sino de modificarla, tal cual expresara el filósofo alemán en el punto 11 de su Tesis sobre Feuerbach.

Octubre (según el calendario juliano), la Revolución, el Estado Soviético, su esplendor y sobre todo su caída nos llaman desde la esencia de la Historia Humana para interpelarnos a quienes tuvimos aquello como un faro, como norte, y a quienes sueñan con un mundo donde el hombre sea hermano del hombre y nunca lobo.

Es necesario erradicar el culto y analizar aquél periodo con la rigurosidad que exige la ideología que le dio sustento: más allá de las pasiones, lejos de toda idealización, que es lo que hubiesen hecho y exigido, en definitiva, los mismísimos Marx, Engels y Lenin. No puede ignorarse semejante implosión después de 70 años de experiencia soviética, derrumbe que el pueblo atestiguó desde sus casas. No puede atribuirse simplonamente a la acción contrarrevolucionaria del imperialismo burgués: si bien obviamente la hubo, la URSS hoy existiría si se hubiesen hecho las cosas como era debido hacerlas. Que la caída haya sido una experiencia de las contradicciones y claudicaciones de la cúpula, tiene todo que ver con la forma en que se desarrolló aquél Estado después de la muerte de Lenin, donde el PCUS llevó las riendas y relegó a la clase a recibir los «beneficios» de las políticas del partido, en lugar de socializar el poder en las masas, contradiciendo al propio líder de Octubre cuando, en sus Tesis de Abril, había labrado la consigna «todo el poder a los soviets». Eso, en los hechos, no ocurrió nunca. Como tampoco se vio la etapa del socialismo, si se entiende como tal la socialización de los medios de producción y el gobierno de la clase (y no del partido): en lo que vulgarmente se conoció como «socialismo real», nunca se superó la etapa del «capitalismo de estado», donde la burocracia del PC se transformó concretamente en la nueva burguesía.

Si la característica principal del sistema capitalista es la propiedad privada y el trabajo asalariado, en el bloque soviético la propiedad privada pasó a ser «estatal» pero nunca «social», y el trabajo asalariado… nunca dejó de existir.

Tal vez por ese lado, porque las desigualdades nunca se extinguieron, haya que buscarle la vuelta a la explicación de semejante fracaso.

Quienes vivimos aunque sea algunos años de aquél mundo extinto, donde la clase obrera (con las desviaciones del caso) había logrado niveles de organización tales que podía discutir la estructuración de la Humanidad con la burguesía imperialista, hoy somos apenas sobrevivientes del naufragio. La realidad nos ha golpeado de manera brutal, y nos exige asumirla con entereza pero también inteligencia, dignidad y humildad para afrontar la lucha presente y futura. Venimos de una derrota. Y esa derrota ha calado en la sociedad mundial transformándose en cultura, lo que se suma a la cultura ya impuesta por la burguesía y su modo de producción. Para la mayoría de los seres humanos «el comunismo murió», aunque no tengan idea de lo que es el comunismo o lo hayan asociado a una experiencia «dirigida por comunistas» que ni siquiera llegó a la etapa del socialismo. Los instrumentos de dominación cultural de la burguesía imperialista se han encargado desde entonces de afirmar esa falacia y convertirla en «verdad» para los habitantes de la Tierra.

Marx Y Engels explicaron claramente cómo se organiza la sociedad capitalista, dividida en la estructura, donde se desarrollan el modo de producción y las fuerzas productivas, y la superestructura, donde se desenvuelve la ideología dominante en la sociedad y crea su Estado, sus leyes, sus instrumentos de convencimiento, de formación y de represión. También explicaron que toda relación en la naturaleza y en las construcciones humanas es dialéctica. Y que por lo tanto, tanto en la estructura como en la superestructura se expresan las contradicciones que genera el sistema: en la estructura, la contradicción económica y social palpable y concreta que es la de los intereses de los capitalistas contra los intereses de los trabajadores; y en la superestructura, la ideológica, donde la burguesía ha impuesto e impone la suya, en detrimento de la de los trabajadores, hoy más confusa que nunca, pues mientras hasta hace unos años se luchaba por la liberación política y social y por el poder, hoy se contenta con pelear por formas de explotación «más humanizadas». Más allá de lo que quieran esgrimir los denostadores del marxismo, queda expuesto que Marx y Engels se ocuparon de las cuestiones objetivas de la explotación capitalista, expresadas en la estructura social, basándose en las formas del capitalismo de su época; pero también de las cuestiones subjetivas, plasmadas en la superestructura y tan importantes o más que las meramente economicistas. «El obrero tiene más necesidad de respeto que de pan» decía Marx, y con ello hacía hincapié en lo verdaderamente importante de su pensamiento: si había respeto entre los seres humanos, habría igualdad y si había igualdad, habría pan para todos. «De cada quién según su capacidad, a cada cual según su necesidad«, otra de las frases humanistas del gran Karl. Los fundadores del socialismo científico sabían que la conciencia social se forjaba en el modo de producción del sistema imperante, por lo cual había que dominar el conocimiento de ese factor concreto de la realidad para poder cambiarlo, pero el objetivo era una sociedad donde cada ser humano pudiese ser objetivamente libre y subjetivamente feliz. El obrero tiene más necesidad de respeto que de pan, pero para poder lograr ese respeto, debería destruir las condiciones materiales que determinaban su carácter de explotado. Ése fue el espíritu que guió a las masas rusas a la Revolución.

Si el modo de producción genera las ideas para sostenerlo y con ello los privilegios de quienes dominan, su imposición en la sociedad toda genera una cultura, entendiendo la cultura como los usos, tradiciones y costumbres de un pueblo. Es por eso que para el trabajador del sistema burgués, no hay trabajo si no hay patrón, y no hay otra realidad que la que vive. Su lugar en la sociedad está determinado de antemano y no se puede modificar. Para afirmar ello, están las herramientas del sistema más allá de los lugares de trabajo, como los medios de comunicación masivos o los planes de estudio en las políticas educativas. Y ni hablar del aparato de represión estatal. Entonces, es allí donde debe estar la tarea fundamental de todo revolucionario: en interponer la cultura de lo nuevo (el socialismo) a la impuesta por la clase dominante, a través de la acción política. Ésa es la tarea. Denunciar la realidad creada por los capitalistas. Mostrar otra posible, elaborada por los trabajadores. Convencer. Convencer a las mayorías de que otra realidad es posible. La revolución no es un instante, es un proceso que implica la acumulación de todo el conocimiento humano en el marco de la lucha de clases.

Hay que entender que sólo con el convencimiento de las masas, con el cambio de paradigmas superestructurales en la estructura social, cualquier cambio será duradero. Los pueblos deben persuadirse de que el sistema en el cual han vivido durante siglos ya no les puede solucionar los problemas de la vida cotidiana, para abrazarse en un nuevo paradigma. Si eso pasa, el cambio es irreversible. Es lo que ha ocurrido a lo largo de la historia con el esclavismo y el feudalismo. Y si bien esos conceptos subsisten en lo formal en algunas expresiones de la sociedad mundial actual, son marginales y minoritarios, absorbidos por el modo de producción burgués y su avasallante dominio de las relaciones sociales del presente planetario. Para terminar con ello, debe haber una acción de masas que dé fin a esa hegemonía e imponga la suya propia. A eso Marx y Engels llamaron «dictadura del proletariado», pues vieron que sólo la clase trabajadora tenía las herramientas necesarias y concretas para llevar a cabo tal labor, guiando a las demás clases explotadas y marginadas por los capitalistas. Pero las masas no actúan «con razón», lo hacen explosiva y hasta caóticamente. Para encarrilar esa energía hace falta una dirección pensante, una vanguardia, algo que supieron construir los bolcheviques. La tarea de todo revolucionario es generar las condiciones para hacer realidad ese concepto. Entonces, se pueden discutir las diferentes visiones de la política revolucionaria, se pueden y se deben debatir las tácticas y hasta las estrategias, pero lo que no puede dejar de verse es que para abordar las conciencias de los pueblos debe hacerse desde la coherencia ideológica para que el mensaje sea potente y creíble.

 Si la misión de todo revolucionario es «hacer la Revolución», y para ello hay que convencer a las masas de que el sistema en el que nacieron, se desarrollaron y vivieron hasta el presente no sirve a sus intereses y hay que crear uno nuevo, el acto revolucionario no se agota en la toma del poder. La revolución es un proceso que hay que parir antes de ese acto, y hay que seguir desarrollando después de acontecido. Para la toma del poder hay que prepararse y organizarse de manera tal que se pueda derrotar al poder burgués en todos los planos, pero sobre todo en el militar: derrotado el brazo armado de la burguesía, no habrá obstáculos para avanzar en los cambios de raíz, destruyendo la institucionalidad del sistema. Al mismo tiempo, en ese proceso anterior al asalto al poder, hay que ir creando los atributos propios del sistema futuro, para que sectores cada vez más amplios de la clase vayan interactuando y asumiéndolos como propios: a la (in)Justicia burguesa, hay que oponerle una justicia proletaria; las asambleas obreras y populares deben ir desarrollando su propia legalidad; las tomas de fábrica deben adelantar el cambio de carácter de la producción; y las organizaciones más avanzadas deben crear fuerzas en condiciones de chocar y vencer a las de la burguesía. No hay otra forma de poder hacerlo. Aquellos que se autoproclaman «revolucionarios» e insisten en sólo concentrarse en la lucha economicista y electoral, se engañan a sí mismos, engañan al proletariado y lo desvían de su camino, de su tarea histórica. Esperar a que toda la clase o la mayoría esté convencida para «asaltar el Palacio de Invierno», es muy parecido a resignarse a la derrota permanente. Si la consciencia de las masas surge del modo de producción, sólo después de conquistar el poder se moldeará efectivamente esa consciencia hacia el socialismo. Eso es lo que nos enseñan desde la historia Lenin y los bolcheviques.

Sin embargo, la confusión en el espectro revolucionario es total desde la implosión del campo soviético. Los sacudones de la hecatombe todavía se sienten en la actualidad. Los pretendidos revolucionarios nos desenvolvemos en el caos inevitable que deviene de todo derrumbe. Y desde el caos no se convence a nadie, mucho menos desde el desorden, el desatino, la necedad o el sectarismo resultantes. Pero si la división es funcional al interés de los monopolios, mucho más lo es el techo que se han autoimpuesto la mayoría de las organizaciones de izquierda, incluso aquellas que «dicen» tener a la revolución como estrategia: la ausencia total de la lucha por el poder como política y la concentración tozuda y claudicante en el economicismo y el electoralismo.

La realidad de la izquierda revolucionaria hoy, en nuestro país y en el mundo, muestra un sector marginal de la sociedad con aspiraciones adultas pero comportamiento infantil. Un sector de la sociedad que dice querer dejar atrás la cultura de la burguesía, pero que la termina reproduciendo en todo lo que pergeña. Un sector de la sociedad que dice estar en contra de la propiedad privada, pero que cada espacio que genera lo considera propio y no socializable. Un sector de la sociedad que ha conformado incontables direcciones que, en su gran mayoría, terminan acomodándose dentro de las instituciones del sistema que dicen combatir. Direcciones que se aíslan de los movimientos concretos de las masas en el devenir de la lucha de clases, y no aciertan a confluir ni siquiera ante el espanto del avance burgués hacia formas menos disimuladas de esclavitud para los trabajadores. Habrá que madurar más temprano que tarde porque la división y el aggiornamiento ya no son tolerables y son absolutamente funcionales a los privilegios de los explotadores del mundo.

Eso es lo que nos demandan Octubre y la memoria de los bolcheviques, a casi 100 años de su heroica gesta: ser merecedores de su legado, asumiendo lo que realmente hay que hacer, dejando de lado todo lo que es funcional al poder de la burguesía y sus instituciones. No sirve de nada homenajear el Centenario del hito de un pueblo que destruyó a su burguesía y enfrentó al imperialismo, si no se intenta hacer lo mismo de manera concreta.

Lenin nos llama desde el fondo de la historia. Marx y Engels nos convocan. Los bolcheviques nos interpelan. Sin dudas, un Congreso de la Izquierda revolucionaria sería de fundamental importancia para debatir la manera de abordar el futuro, para dejar atrás los vicios de la vieja izquierda, su división eterna y su involución hacia el reformismo. Para, en definitiva, retomar la senda revolucionaria, única vía para destruir al sistema capitalista y sus miserias e inequidades.

Sólo así seremos dignos de aquellos que escribieron la página más gloriosa de los marginados de la Tierra.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.