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Sobre la obra de Sphie Baby, El mito de la Transición pacífica. Violencia y política en España (1975-1982), Akal 2018.

La Transición a debate

Fuentes: Rebelión

Este texto fue presentado en el Aula Debate «la España actual», celebrado en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Salamanca, organizada por los catedráticos de historia Contemporánea Manuel Redero San Román y Mariano Esteban de Vega. En él participaron también la autora del libro, Sophie Baby, a quien agradezco su paciencia sobre mis comentarios, y Fernando López-Alves, catedrático de sociología de la Universidad de California.

Existen dentro de la historiografía española ciertos traumas que, de cuando en cuando, emergen para recordarnos algunos aspectos que no nos permiten reconciliarnos con nuestro pasado más reciente. Traumas que articulan imaginarios y discursos políticos y que, irremediablemente, problematizan nuestro presente, recordándonos que la Historia es un campo de estudio muy rico, enormemente subjetivo y a menudo contradictorio. Debates como los que se realizan en estos encuentros nos recuerdan que la historia, en palabras de Enzo Traverso, es un auténtico campo de batalla. Afirma este historiador que su escritura, especialmente la contemporánea, continúa profundamente anclada en el presente: «siempre es desde el presente que uno se esmera en reconstruir, repensar e interpretar el pasado. Y la escritura de la historia [especialmente la historia política, como es el caso] participa, aunque también sufre las restricciones de lo que Jürgen Habermas llama su uso público» (Traverso, 2016, p. 26). Julio Aróstegui se refirió a estos sucesos como hechos matriciales de la Historia reciente de nuestro país, a saber, fundamentalmente: guerra civil, franquismo y Transición. A (casi) nadie se le escapa que todos ellos comparecen irremediablemente cuando se trata de configurar una opinión sobre un trabajo que versa sobre el último de estos procesos. Al mismo tiempo, y como telón de fondo a todos los debates suscitados en torno a los múltiples relatos que los historiadores construimos para explicar este pasado, revelándonos la naturaleza plural de los discursos históricos, así como del debate político, el cual, de nuevo, y de manera recurrente, rescata viejos fantasmas que evocan esos miedos. 

Por ello la obra de Sophie Baby [ii] , El mito de la Transición pacífica, es tan polémica, porque nadie (o casi nadie) está dispuesto, a estas alturas, a confrontar el pasado sin su carga política, un hecho que no me parece malo, siempre que se realice desde el rigor y el respeto, tal y como hace su autora. Probablemente tan siquiera ella, a pesar de aclararlo en múltiples ocasiones,y en este punto lanzo mi primera consideración intempestiva sobre su trabajo, escape a esta paradoja. Más allá de su tesis central, con la que coincido en algunos aspectos, como después aclararé, el libro se propone más que destruir,deconstruir uno de los grandes mitos de la Transición: su carácter pacífico; enmarcándose para ello dentro de una corriente que, desde principios del siglo XXI, sino antes, se muestra crítica con el carácter modélico de este proceso histórico, pero sin inscribirse en él. Apela para ello, ya desde el capítulo introductorio, al «rigor del método crítico» (Baby, 2018, p. 31) [iii] . Si bien me temo que para muchas personas tan siquiera este rigor del método será suficiente. O bien que mi duda, cual Descartes postmoderno, si me permiten una pequeña broma, me desacredite como historiador. En fin, siguiendo su confianza en este método infalible, continúo con la carga irónica, la doctora Baby pone en marcha un ingente aparato crítico y documental en el que pocos podrán decir que no consiga demostrar la hipótesis que defiende y que no es otra que la idea de una Transición pacífica opera más bien como mito fundacional, tanto histórico como político, de la joven democracia (hoy no ya tan joven) surgida de ese proceso, expresada en la Constitución de 1978 y asentada definitivamente en un proceso que comprende desde la muerte del dictador en 1975 hasta el intento de golpe de Estado fallido del 23 de febrero de 1981 y la victoria de la socialdemocracia en las elecciones de 1982.El trabajo en este sentido es sobradamente solvente y la cantidad de datos y documentación aportada suficiente como para prestar atención o dar crédito a este relato alternativo: hasta 715 muertos entre 1975 y 1982, la mayoría perpetrados por ETA, pero casi 200 a manos de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado. Solamente cabría hacer una valoración crítica de hasta qué punto el argumento no se pierde entre números, cuadros y tablas estadísticas que podrían haberse presentado de manera más resumida o más accesible para un público no especializado, con la intención, precisamente, de animar el debate público más que entre especialistas.

Al margen de esto, que no es poco, y más allá de esta hipótesis, el relato presentado al final no se distancia tanto de otros al uso, de carácter más hegemónico, en el que se prima la idea de una «reforma» inspirada desde el poder, esto es, «desde arriba», con sus personajes canónicos o canonizados como Adolfo Suárez, el ciudadano Juan Carlos de Borbón, algunos líderes sindicales y políticos de izquierdas como Santiago Carrillo o Felipe González, entre otros sobre los que cabe mayor controversia como pueden ser Gutiérrez Mellado, el general Alfonso Armada, Rodolfo Martín Villa, Salvador Sánchez-Terán, Juan José Rosón, etc., que nos sitúan frente a un trabajo que prima la historia política y en el que las cifras, a veces sobrecogedoras, olvidan la reflexión sobre procesos sociales muchísimo más complejos que muestran que la Historia, también la española, esconde espacios interpretativos repletos de zonas grises en los que la autora no termina de mojarse. Pues bien, desde mi punto de vista, el cual comparto con mi amigo y maestro Raimundo Cuesta: «la democracia española de hoy es hija de la dictadura de ayer. Y más precisamente del armazón y fundamento sociológico gestado en los años del desarrollismo» (Cuesta, 2010, p. 19.), el cual este historiador define como una mezcla de razón tecnocrática y autoritarismo político en la que se gestó una élite burocrática que, finalmente y a pesar de todo, consiguió mantenerse en el poder.

En este sentido, se echa también en falta, en un libro que versa sobre la violencia política, los relatos de las víctimas y victimarios, como testimonio oral que habría ayudado a enriquecer el volumen de documentación de carácter más tradicional aportada, desde una perspectiva social, esto es, «desde abajo». El propio concepto de violencia, atendiendo a la clasificación de Bourdieu, la cual reformula y actualiza las consideraciones clásicas de Weber sobre las que asienta mayoritariamente el análisis de la profesora Baby, está repleto de estas zonas grises sobre las que convendría pensar detenidamente pero en las que la obra, de nuevo, no se mete. Por un lado está la violencia física, que se correspondería con su uso más extendido, el cual acota la autora en su libro, y por otro, la simbólica, que se fundamenta en las relaciones de poder y que, desde mi punto de vista, sería el que permite explicar el éxito o fracaso de procesos políticos como el de la Transición española. En este sentido, el relato de una hipotética Transición feliz opera como símbolo y escondite de los viejos franquistas que, en el transcurso de este proceso y como por arte de magia, aparecen convertidos en demócratas de toda la vida.

También existenotras categorías en torno al concepto de violencia tales como violencia legítima, esto es, la ejercida por parte del Estado (un Estado en Transición, y aquí radican las dificultades analíticas que podrían ayudar a enriquecer la carga interpretativa del trabajo, más allá de las cifras), y la ilegítima, que en el periodo estudiado se desparrama en una multiplicidad de actores, haciéndose incluso difusa en muchas de estas zonas grises, tal y como ponen de manifiesto los apartados dedicados a la «guerra sucia» contra el terrorismo y el terrorismo de Estado. Al fin y al cabo, mucho me temo que, a menudo los datos no hablan por sí solos, siendo tarea también del historiador su interpretación. De este modo, aparte del caso concreto estudiado, el fenómeno de la violencia ha estado vinculado al origen del Estado moderno desde su sociogénesis-tal y como afirma el propio Bourdieu- en tanto que: «posesión de la violencia física y simbólica legítima» (Bourdieu, 2014, p. 14), pero retratado desde los propios orígenes de este Leviatán, conocida es la cita de Hobbes (2012, p. 135) en la obra del mismo nombre redactada en 1651: «es manifiesto que durante el tiempo en que los hombres viven sin un poder común que atemorice a todos, se hallan en la condición o estado que se denomina guerra (…) de todos contra todos». También autores más cercanos en el tiempo como Walter Benjamin, en uno de sus estudios tempranos (Crítica de la violencia, 1920), han reflexionado sobre esto, señalando la importancia del Derecho para el ejercicio de este monopolio de la violencia: «existe por tanto -afirmaba- implícito en toda violencia un carácter de creación jurídica» (Benjamin, 2010, p. 95). En efecto, creo que algunos de los pasajes más lúcidos de este trabajo son los que tienen que ver con la crítica al Derecho construido en nuestro país, así como en otros de Europa, en torno a la lucha antiterrorista, especialmente durante los gobiernos socialdemócratas del partido socialista en la década de los ochenta, y cómo este Derecho puede ser cuestionado desde el punto de vista ético en relación con la defensa de los Derechos Humanos. Igualmente que, demostrada la hipótesis de que la Transición no fue un proceso tan pacífico, el trasfondo político que se puso sobre la mesa durante este periodo tiene mucha más enjundia, en tanto que el control de la violencia física y simbólica se sitúa como una de las batallas centrales, desde sus orígenes, de la construcción de los Estados modernos, así como el desarrollo de sus formas de control y disciplinamiento de las relaciones sociales entre dominantes y dominados, y catalizador también de sus disidencias. Estamos de acuerdo con la autora en una entrevista en un diario digital cuando afirma que: «La pregunta fundamental para la época de la Transición es ¿Qué es el Estado? El Estado está en proceso de mutación, los poderes se enfrentan entre sí, no hay un Estado monolítico» (El Salto Diario, 2018/10/24).

Lo que sí que considero de vital importancia, en definitiva, es que la Historia, dentro de unas sociedades atravesadas por la condición postmoderna, la idea de postverdad, de metarrelato, discurso o de interpretación, si bien yo preferiría emplear el concepto de ideología, es un campo de estudio que pone a prueba nuestro propio pedigrí democrático: ¿Hasta qué punto estamos dispuestos a aceptar otros relatos, otras subjetividades o ideologías distintas a la nuestra? ¿Existe o debe existir un solo relato sobre el pasado? ¿Qué es la verdad? O de manera más concreta: ¿Cómo opera el régimen de verdad en lo que a la Historia se refiere? ¿Todo vale?¿Poseen solamente los historiadores esta verdad? En este caso: ¿Qué historiadores? De cualquier modo, no cabe duda de que la obra frente a la que nos encontramos se trata de un trabajo brillante, traducido quizá demasiado tarde, pero sin ninguna duda interesante para reflexionar y debatir, así como ahondar y conocer más datos en torno a un proceso histórico de tanto calado. Sin duda muy recomendable para toda aquella persona que quiera tener una opinión fundada y contrastada, a pesar de mis consideraciones, con un riguroso trabajo empírico.

 

Referencias:

Baby, Sophie (2018). El mito de la Transición pacífica. Violencia y política en España (1975-1982). Madrid: Akal.

Benjamin, Walter (2010 [1920]). Crítica de la violencia. Madrid: Biblioteca Nueva.

Bourdieu, Pierre (2014). Sobre el Estado. Cursos en el Collège de France (1989-1992). Barcelona: Anagrama.

Cuesta, Raimundo (2010). «La memoria de la Transición española a la democracia. Fábrica de embelecos e identidades», Pliegos de Yuste: revista de cultura y pensamiento europeos, 11-12, pp. 17-24.

Hobbes, Thomas (2012 [1651]). Antología de textos políticos. Madrid: Tecnos.

Traverso, Enzo (2016). La historia como campo de batalla: interpretar las violencias del siglo XX. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

Notas:

[ii] Sophie Baby es maître de conférences en Historia contemporánea en la Universidad de Bourgogne, donde participa en el grupo de investigación sobre violencias extremistas («Dire et représenter la violence de crise») del Centre Georges Chevrier.

[iii] En esta línea, algunos pasajes del libro como el que ilustramos a continuación, albergan un marcado sesgo positivista: «es por tanto el historiador el que debe distinguir la parte que corresponde respectivamente, a la objetividad y a la opinión, él es quien ha de detectar la huella de los hechos más allá de los velos discursivos» (Ibídem, p. 42).

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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