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La violencia como herencia: memoria, cuerpos y resistencia en Eduardo Galeano y José Baroja

Fuentes: Rebelión

Comparar a Eduardo Galeano con José Baroja supone aceptar una tensión que no se resuelve por afinidad estilística ni por cercanía generacional, sino por una coincidencia ética profunda. Ambos escriben desde América Latina y contra una forma de silencio: Galeano contra el silencio impuesto por la historia oficial; Baroja contra el silencio que normaliza la violencia cotidiana y la vuelve paisaje. Uno trabaja con la memoria colectiva; el otro, con la experiencia íntima. Sin embargo, lo que parece una distancia irreconciliable termina revelándose como una continuidad: la historia que Galeano nombra reaparece en Baroja como herida, como residuo que ya no necesita explicación porque se ha vuelto carne.

La obra de Galeano se funda en una desconfianza radical hacia los relatos hegemónicos. Desde Las venas abiertas de América Latina, su escritura se propone desmontar la idea de progreso y mostrar que la desigualdad no es un accidente, sino una consecuencia histórica. Ese libro, con todas las discusiones que ha generado, conserva una fuerza difícil de negar porque no se presenta como un tratado académico, sino como una toma de palabra indignada. Galeano no escribe para demostrar: escribe para recordar y para acusar. La historia, en su prosa, no es un archivo muerto, sino una herida que sigue sangrando.

Con el paso de los años, esa estrategia se transforma. En Memoria del fuego, Galeano renuncia a la narración lineal y a la explicación totalizante. La historia se fragmenta en escenas breves, casi fulguraciones, donde aparecen esclavos, mujeres castigadas, dioses expulsados, derrotas mínimas. Esta elección formal no es decorativa: responde a la convicción de que la historia latinoamericana no puede ser contada como una continuidad ordenada. Cada fragmento es un acto de resistencia contra el olvido. Incluso en El libro de los abrazos, donde la escritura se vuelve más íntima, persiste la certeza de que lo personal está atravesado por lo político. El yo nunca es puro; siempre carga una historia que no eligió.

José Baroja escribe desde otro punto del mismo mapa. En sus libros, la historia ya no se formula como discurso, pero sigue operando con una violencia silenciosa. El lado oscuro de la sombra y otros ladridos presenta un mundo donde la marginalidad no necesita justificación. El perro callejero que narra su supervivencia no teoriza sobre el abandono ni sobre la pobreza; los padece. Hambre, frío, golpes, indiferencia: la violencia se manifiesta como experiencia inmediata. Allí donde Galeano señala estructuras, Baroja muestra consecuencias. No hay mediación histórica ni voluntad pedagógica. El relato se instala directamente en el cuerpo.

Este desplazamiento es central para entender el parentesco entre ambos. Galeano trabaja con la memoria para revelar cómo se construyó la injusticia; Baroja trabaja con la herida para mostrar cómo esa injusticia se reproduce en la intimidad de la vida cotidiana. En los cuentos de Baroja, la violencia no es excepcional: es una condición de existencia. Padres ausentes o crueles, infancias dañadas, vínculos familiares que asfixian en lugar de proteger. No hay promesa de redención ni aprendizaje moral. El daño no conduce a una lección: simplemente permanece.

Sin embargo, sería un error leer a Baroja como un autor del puro nihilismo. En medio de la crudeza, aparece una insistencia en la ternura mínima, en el gesto que no salva pero sostiene. La relación entre Juan y el perro en El lado oscuro de la sombra y otros ladridos no transforma el mundo ni cancela la violencia, pero introduce una forma elemental de compañía que impide el derrumbe total. Este gesto, aparentemente menor, establece un diálogo silencioso con Galeano. Ambos creen que incluso en los márgenes más hostiles persiste algo que merece ser contado: una dignidad mínima, frágil, pero real.

En No fue un catorce de febrero y otros cuentos, Baroja desplaza esta poética hacia escenarios urbanos donde la violencia se confunde con la normalidad. Los personajes actúan desde una ética personal que rara vez coincide con la moral social. La justicia institucional aparece desprovista de sentido, mientras que los gestos individuales —ambiguos, torpes, a veces violentos— revelan una lógica subterránea. Aquí el parentesco con Galeano se vuelve más visible: ambos desconfían de las instituciones y del lenguaje oficial, ambos saben que la violencia suele ser tolerada mientras no incomode a la mirada pública.

Otro punto de encuentro decisivo es el rechazo de la épica. Galeano podría haber escrito una historia heroica de América Latina, pero elige a los vencidos, a los anónimos, a quienes no figuran en los monumentos. Incluso cuando narra actos de resistencia, estos aparecen frágiles, incompletos, muchas veces derrotados. Baroja radicaliza esta elección: sus personajes no esperan nada. En Sueño en Guadalajara y otros cuentos, la ciudad se fragmenta en múltiples rostros, ninguna Guadalajara es definitiva, ninguna ofrece una salida clara. El narrador escribe para no desaparecer, para no ser absorbido por una maquinaria urbana que devora tiempo, afectos y cuerpos. La escritura no promete salvación; apenas permite seguir respirando.

En este libro, además, la literatura se vuelve consciente de su propia precariedad. Escribir no es un gesto heroico ni una vocación idealizada: es una insistencia, una necesidad atravesada por la duda y la carencia material. Esta concepción dialoga de manera profunda con el Galeano tardío, aquel que en El libro de los abrazos parece haber abandonado la ambición de explicar el mundo para concentrarse en sostener una sensibilidad frente a él. En ambos casos, escribir es una forma de no rendirse, aunque no se sepa muy bien para qué sirve.

El cuerpo, nuevamente, aparece como territorio común. En Galeano, la historia se encarna: el dolor del continente se manifiesta en cuerpos explotados, exiliados, silenciados. En Baroja, el cuerpo ya no representa nada más que a sí mismo. Golpes, abuso, hambre afectiva: la violencia no es metáfora, es evidencia. Esta diferencia no los separa; los conecta. Lo que Galeano muestra como proceso histórico, Baroja lo exhibe como resultado íntimo.

También comparten una economía del lenguaje que evita el embellecimiento del dolor. Galeano depura su prosa hasta convertirla en una herramienta de precisión: frases breves, imágenes claras, silencios elocuentes. Baroja practica una sequedad más áspera, más cortante, pero igualmente consciente. En ninguno hay complacencia estética. Ambos saben que el sentimentalismo puede convertirse en otra forma de mentira.

La relación con el lector es distinta, pero complementaria. Galeano interpela: invita a recordar, a asumir una herencia histórica, a reconocerse en un nosotros herido. Baroja no interpela; expone. Coloca al lector frente a escenas que no ofrecen salida moral ni consuelo. Sin embargo, el efecto es similar: impedir la indiferencia. La literatura, para ambos, no debe tranquilizar ni confirmar certezas.

Leídos en conjunto, Galeano y Baroja revelan una continuidad menos visible que profunda. Entre la memoria colectiva y la herida íntima se traza una misma línea: la certeza de que callar sería una forma de complicidad. Galeano escribe para que la historia no sea borrada; Baroja escribe para que el daño no se vuelva paisaje. Uno confía en la memoria como acto político; el otro, en la escritura como acto de supervivencia. Ambos saben que la literatura no redime, pero también que puede impedir el olvido y la indiferencia.

En un continente acostumbrado a normalizar la violencia, la obra de Galeano y la de Baroja insisten en mirar de frente. No prometen consuelo ni soluciones, pero sostienen una ética común: nombrar aquello que duele, aun cuando nombrarlo no baste. Esa insistencia, quizá, es su punto de encuentro más radical.

Eduardo Galeano (Montevideo, 1940–2015) fue escritor y periodista uruguayo. Su obra combinó historia, crónica y lirismo para cuestionar los relatos oficiales del poder y recuperar la memoria de los pueblos latinoamericanos. Libros como Las venas abiertas de América Latina, Memoria del fuego y El libro de los abrazos lo consolidaron como una voz central de la literatura crítica del continente.

José Baroja (Valdivia, Chile, 1983) es escritor chileno radicado en México. Su narrativa, centrada en el cuento, aborda la violencia cotidiana, la marginalidad y las fracturas afectivas desde una prosa directa y sin concesiones. Es autor de Un hijo de perra y otros cuentos, El lado oscuro de la sombra y otros ladridos y Sueño en Guadalajara y otros cuentos.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.